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Inicio > REVISTA > Opinión >

Una nueva guerra fría en África
12/07/2019 -



Las crecientes tensiones entre China y Estados Unidos serán perjudiciales para la prosperidad y paz africanas

La semana pasada, tuvo lugar en Maputo, Mozambique, la 12ª Cumbre Empresarial entre Estados Unidos y África, un evento de alto nivel al que atendieron 11 jefes de Estado y de Gobierno, además de alrededor de un millar de representantes de compañías y empresas multinacionales. Durante el evento, que duró tres días, delegados del gobierno estadounidense revelaron la creación de una agencia de inversión de 60.000 millones de dólares que buscará invertir en países de bajos y medios ingresos, con especial atención a los estados africanos.

El anuncio se ha producido seis meses después de que John Bolton, Consejero de Seguridad Nacional, presentase la “Nueva Estrategia de África” ante la administración de Trump. Según el documento, “competidores de gran poder, a saber China y Rusia, están expandiendo rápidamente su influencia financiera y política en África. De forma deliberada y agresiva, apuntan sus inversiones en la región con el objetivo de obtener una ventaja competitiva sobre los Estados Unidos”.

Aunque ambas, China y Rusia, aparecen mencionadas, durante los últimos meses, EE.UU. ha demostrado que le preocupa especialmente el primero. De hecho, parece ya que África se ha convertido en otro campo de batalla más para la creciente guerra comercial entre Beijing y Washington.

Con una presencia militar progresiva y crecientes tensiones diplomáticas, el continente está siendo testigo de las primeras señales de una nueva guerra fría. Y al igual que en la anterior, que devastó a África, alimentó las guerras y obligó a los gobiernos africanos a tomar decisiones económicas que no eran las mejores para ellos, esta también será perjudicial para el desarrollo y la paz en el continente.

Guerra económica

El acercamiento de China a África siempre se ha orientado en base a los negocios. El continente se convirtió en uno de los destinos principales para la inversión china después de que Beijing introdujese la denominada política “Go Out” en 1999, que fomentó a negocios privados y estatales a buscar oportunidades económicas en el extranjero.

Como resultado, el comercio chino con África se ha multiplicado por 40 en las últimas dos décadas: en 2017 se situaba en 140.000 millones de dólares. Entre 2003 y 2007, los flujos de inversión extranjera directa (IED) de China también se multiplicaron por 60 hasta alcanzar los 4.000 millones de dólares al año; las existencias de IED alcanzan los 43 mil millones de dólares, de los cuales una significativa parte se ha destinado a proyectos de infraestructura y energía.

China ha expandido significativamente las líneas de ferrocarril africanas, con inversiones en distintos proyectos en Kenia, Etiopía, Djibouti, Angola y Nigeria; está construyendo una central hidroeléctrica masiva en Angola y ha construido el ferrocarril más largo de África que conecta Etiopía y Djibouti; ha construido la sede de la Unión Africana en Addis Abeba y la sede de la organización regional de África Occidental ECOWAS en Abuja.

Por el contrario, Estados Unidos ha visto África durante mucho tiempo como un campo de batalla donde puede enfrentarse a sus enemigos, ya sean los soviéticos durante la Guerra Fría, terroristas después del 11-S o, ahora, los chinos. Washington nunca ha llevado a cabo un esfuerzo para desarrollar sus relaciones económicas con el continente.

Como resultado, el comercio entre EE.UU. y África ha caído desde los 120.000 millones de dólares en 2012 a apenas 50.000 millones a día de hoy. Los flujos de IED también han caído de 9.400 millones de dólares en 2009 a alrededor de 330 millones en 2017. El nuevo fondo de inversión de 60.000 millones anunciado la semana pasada es una iniciativa bienvenida pero no será capaz de cambiar la presencia económica china en el continente. El año pasado, el presidente Xi Jinping prometió la misma cantidad dedicada solamente a invertir en África.

Estados Unidos ha acusado repetidamente a China de usar “la deuda para mantener a los estados de África cautivos de [sus] deseos y demandas” y ha advertido a los estados africanos que eviten la “diplomacia de la deuda” china que, supuestamente, es incompatible con la independencia de las naciones africanas y la sociedad civil y representa “una amenaza importante para los intereses estadounidenses de seguridad”.

Sin embargo, África es solo el cuarto mayor receptor de la IED china después del euro (con Alemania, Reino Unido y Países Bajos a la cabeza), las Américas (Estados Unidos y Canadá) y Asia. EE.UU. también han tomado muchos préstamos de China; actualmente la deuda con su rival asciende a 1,12 billones de dólares. Por el contrario, África debe a China alrededor de 83.000 millones de dólares.

Los africanos son plenamente conscientes y están preocupados por el alto índice de endeudamiento, los desequilibrios comerciales, la calidad relativamente baja de los bienes y servicios chinos y la aplicación por parte de Pekín de estándares laborales y ambientales más bajos. Pero muchos no comparten la perspectiva estadounidense de que su relación económica con China es en detrimento de la suya y, más bien, la ven como una oportunidad que proporciona una financiación incondicional muy necesaria y que tiene en cuenta las prioridades locales.

Tal y como ha señalado el presidente de Djibouti Ismail Omar Guelleh, “la realidad es que nadie excepto los chinos ofrecen una relación a largo plazo”. La presión que Estados Unidos ejerce actualmente sobre los países africanos para dejar de lado las relaciones con China podría dañar las economías africanas. Podría forzar a estados africanos a tomar decisiones que no están dentro de sus mejores intereses económicos, perdiendo importantes proyectos de desarrollo y financiación.

Mientras tanto, la guerra comercial entre China y Estados Unidos ya está afectando al continente. Según el Banco de Desarrollo Africano, podría llevar a una disminución del 2,5% en el PIB para las economías africanas con un uso intensivo de recursos y una caída del 1,9% para los países exportadores de petróleo.

Militarización

Las crecientes tensiones entre China y Estados Unidos también podría amenazar a la seguridad en el continente. Ambos países están militarmente involucrados en África.

Durante los últimos 15 años, el Ejército Popular de Liberación de China ha estado involucrado en misiones de seguridad a través del continente, aportando modestas contribuciones de tropas auxiliares a las operaciones de mantenimiento de la paz en Sudán, Sudán del Sur, Liberia, Mali y la República Democrática del Congo. También ha aportado millones de dólares en equipos de mantenimiento de la paz a la Misión de la Unión Africana en Somalia, así como importantes fondos a la Autoridad Intergubernamental para el Desarrollo para su mediación en Sudán del Sur.

En 2017, se abrió en Djibouti la primera base militar china de ultramar. Las instalaciones, que actualmente albergan 400 empleados y efectivos, y que tiene capacidad para dar alojamiento a 10.000, se supone que oficialmente debe brindar apoyo para las operaciones antipiratería en curso de la marina china, pero también desempeña un papel en la seguridad de las rutas marítimas, parte de la Iniciativa Belt and Road. Del mismo modo, se ha especulado que esta es la primera de una serie de bases planeadas destinadas a asegurar los intereses chinos en África.

No obstante, la presencia militar china en África palidece en comparación con la de Estados Unidos. En los últimos años, el Comando de África de los Estados Unidos ha llevado a cabo unas 36 operaciones militares diferentes en 13 países africanos, entre ellos Burkina Faso, Camerún, República Centroafricana, Chad, República Democrática del Congo, Kenia, Libia, Mali, Mauritania, Níger, Somalia, Sudán del sur y Túnez. Cuenta con más de 7.000 efectivos desplegados en el continente.

Tiene una gran base en Djibouti (la base militar estadounidense más grande y la única permanente en África), pero también cuenta con al menos otros 34 puestos militares dispersos en el oeste, este y norte del continente donde se despliegan las tropas estadounidenses y se llevan a cabo las operaciones militares (incluidos los ataques con aviones no tripulados). EE.UU. también da apoyo directo a los ejércitos de Egipto, Nigeria, Etiopía, Mali y Níger entre otros, además de las fuerzas del G5 en el Sahel destinadas a la lucha contra el terrorismo.

Mientras que una confrontación directa entre Estados Unidos y China es improbable, su creciente presencia se está convirtiendo en un factor crecientemente desestabilizador. La estrategia de Washington de contener la influencia de China en África se está manifestando en diferentes conflictos y zonas de agitación social en todo el continente. Las consecuencias de la competencia entre Estados Unidos y China son particularmente evidentes en la estratégica región del Mar Rojo, a través de la cual pasa una de las rutas marítimas más importantes. Los países de la región no sólo sienten la presión de China y Estados Unidos por posicionarse de parte de uno o del otro, también están crecientemente expuestos a interferencia del exterior por diversos poderes regionales.

Crecientes tensiones regionales

Djibouti se ha encontrado recientemente en el centro de la confrontación diplomática estadounidense-china. Siendo anfitrión de las bases militares de ambas superpotencias, el pequeño país ha tenido que manejar un difícil juego de equilibrio.

En 2018, Djibouti se hizo con el control de la Terminal de Contenedores de Doraleh de la compañía emiratí DP World, alegando que la gestión de la instalación amenazaba su soberanía. Las autoridades de Djibouti temían que la inversión de los EAU en el cercano puerto de Berbera, situando en la región autónoma somalí de Somalilandia, pudiera desafiar su posición como el principal centro marítimo para la gran economía de Etiopía. Sin embargo, su decisión de acabar el contrato con DP World, desencadenó una reacción aguda de Washington, aliado cercano de EAU. La administración Trump teme que Djibouti pudiera darle el control de la terminal a China.

Bolton ya ha advertido sobre esto: “si tuviese lugar, el balance de poder en el Cuerno de África (a horcajadas en las principales arterias del comercio marítimo entre Europa, Oriente Medio y el sur de Asia) se desplazaría a favor de China. Y nuestro personal militar en Camp Lemonnier podría enfrentarse a más retos en sus esfuerzos de proteger al pueblo norteamericano”. Djibouti fue forzado a declarar públicamente que no permitiría que China tomase el control de la terminal, pero no ha aliviado los temores de Estados Unidos. Desde entonces, EE.UU. ha buscado asegurar una posible ubicación alternativa para su base militar africana: la vecina Eritrea. Ha impulsado a actores regionales, incluidos Arabia Saudí y EAU, a sacar a Eritrea del aislamiento en el que había estado metida durante décadas. En cuestión de meses, los antiguos enemigos Etiopía y Eritrea concluyeron un acuerdo de paz para poner fin a su frío conflicto de 20 años, mientras la ONU levantaba las sanciones a Asmara. Como resultado, Eritrea podría emerger como un rival estratégico para Djibouti, ofreciendo su costa para instalaciones militares y económicas extranjeras. EAU, por ejemplo, ya han establecido una base militar cerca del puerto de Assab.

Sudán, al norte, también ha sido el campo de batalla de la actual guerra de superpotencias en el territorio. China había sido partidaria durante largo tiempo del presidente Omar al-Bashir. Bajo su gobierno, Beijing llegó a dominar su industria petrolera, comprando alrededor del 80% de su petróleo y, por lo tanto, proporcionaba a Jartum el dinero necesario para librar la guerra contra varios grupos rebeldes. También fue uno de los pocos países, junto con Rusia, que rompería el embargo de armas de la ONU y vendería armas al régimen de al-Bashir.

Tras la independencia de Sudán del Sur en 2011, China continuó siendo un aliado cercano del régimen sudanés, manteniéndose como su principal socio comercial. De hecho, Sudán se convirtió en el mayor beneficiario del paquete de inversión de 60.000 millones de dólares prometido en 2018, consiguiendo que se cancelasen unos 10.000 millones de dólares de deuda china. El gobierno asiático había elaborado múltiples planes para desarrollar instalaciones en Port Sudán, donde ya tiene una terminal petrolera. Qatar y Turquía también han firmado acuerdos con al-Bashir para diferentes instalaciones en la ciudad portuaria.

Cuando las protestas masivas estallaron en diciembre del año pasado, Beijing apoyó a al-Bashir, al que consideraban el principal garante de estabilidad del país, el cual cae en rutas estratégicas, parte de la iniciativa Belt and Road.

Mientras tanto, EE.UU. había hecho ver repetidas veces que no quería que al-Bashir compitiese por estar otro mandato al frente del poder. Su destitución fue aprobada desde Washington, que desde entonces apoya aparentemente los intereses de Arabia Saudí y Emiratos Árabes en el país.

Los dos países del Golfo esperan instaurar en el poder a otro hombre fuerte que simpatice con su política regional, que mantendría la participación de Sudán en la guerra de Yemen y frenaría la influencia turca y qatarí. Hasta ahora, parece que China está en riesgo de verse marginada por la importante influencia que los Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí tienen con el Consejo Militar de Transición de Sudán (CMT).

Aparte de Djibouti y Sudán, otros países en la región han vivido las consecuencias de la oferta estadounidense para contener a China. Esta confrontación política se añade a las crecientes tensiones entre otros países de la región, entre los que se incluyen Egipto, países del Golfo, Irán y Turquía.

La administración Trump ha favorecido particularmente los intereses emiratís, saudíes y egipcios, que han animado a estos tres países en sus esfuerzos por influenciar las dinámicas regionales para su beneficio. De esta manera, en el largo plazo y dadas las líneas de fallas y conflictos pre-existentes, la guerra civil entre EE.UU. y China podría tener un efecto perjudicial en África, no sólo económicamente sino también en su seguridad.

Llegados a este punto, para preservar sus intereses y la paz en el continente, África sólo tiene una opción: rechazar las presiones externas para jurar lealtad a cualquiera de los dos poderes. Los países africanos deberían preservar su soberanía en políticas y procesos de decisiones y seguir el curso que sea de mayor interés para sus naciones.

Si Estados Unidos quiere competir contra China en el continente, debería hacerlo de buena fe. Puede ganar una ventaja competitiva ofreciendo a los países africanos alternativas mejores, más creíbles y basadas en principios que aquellas propuestas por China. Pero esto sólo puede tener lugar si EE.UU. desarrolla una estrategia que se focalice en África como tal en lugar de contener y socavar el comercio de terceros.

Mehari Taddele Maru

Fuente: Al Jazeera

[Traducción y edición, Ángela Martínez Pradas]

[Fundación Sur]

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