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Inicio > Bitácora africana >

Vicisitudes del África Occidental, por Aire Pardo

11 de febrero de 2008.

En esta tierra la vida se impone con todo su esplendor, mostrándose maravillosa y terrible a la vez. Aquí la existencia se respira en todas sus formas y variedades, escondiendo algo inmenso y primitivo detrás de cada cosa, sonrisa o mirada. Este mundo misterioso impacta e incluso aterroriza al pequeño hombre blanco. Éste proviene de un lugar desgajado de esa vida que hay aquí. Un mundo que ha decidido prescindir de la magia, de lo peligroso, del miedo a lo desconocido, de la suciedad, de las bacterias, de los animales y las plantas, de los olores y los colores. En Occidente la vida se ha criogenizado y sus habitantes permanecen sumidos en un profundo letargo; alejados del bullicio impetuoso de lo imprevisible; subyugados por expectativas emplazadas en un futuro inexistente; separados para siempre del inquietante presente. La existencia en el África Occidental pronto revela la verdadera posición del ser humano en la naturaleza. Éste no puede sino rendirse al poder impredecible de la misma. De ahí provienen su humildad y sencillez. El africano sabe cual es su lugar en el mundo. Su actitud apela a la del sabio primitivo, pues, consciente de su insignificancia en el eterno ciclo vital, es capaz de integrarse modestamente en su entorno.

El africano ha tenido la suerte y la desgracia de no poseer el espíritu arrogante y despreciable del hombre blanco. Éste se se piensa dominador del mundo, controlador de todos los planos de la existencia y elemento supremo de la escala evolutiva. Sin embargo esa soberbia, ese espíritu científico y planificador, esa separación para con su medio natural olvidando cual es es su lugar en el mundo no ha hecho mas que desorientarle. El hombre occidental se halla sumido en una forma de vida extraña, ajena a su condición de ser vivo. El hombre blanco no vive: hiberna. El hombre africano no hiberna, pues no tiene tiempo para ello. Su tarea se centra en vivir; su existencia se limita al mero hecho de salir adelante día a día, lo que le concede dinamismo, libertad, desparpajo e ingenio. Elementos que en nosotros se encuentran atrofiados. El africano convive cara a cara con la penuria, la suciedad y la enfermedad; desde edades tempranas es conocedor de la vida en todas sus facetas; es consciente de su terrible crueldad e indiferencia, y lo acepta sin fatalismo.

Es preciso pues, evitar esa actitud compasiva y paternalista propia del occidental, y trascender ese primer impacto que puede provocar la visión del mundo sin esterilizar. Solo entonces podremos descubrir la belleza que irradia este continente, así como la inquietante indolencia que golpea nuestras vidas en la tierra del hombre blanco.

Escribo todo esto después de haber experimentado lo que los lugareños llaman “le bonjour de Burkina”. En este caso el bonjour ha sido bastante duro, pues normalmente no suele ir mas allá de una simple indigestión seguida de algunos días de diarrea, vómitos y estreñimiento. Sin embargo no he pasado – que yo recuerde- una noche tan terrible como la del 21 de julio. Todo empezó con una diarrea corriente a la que no presté mucha atención. Fue más tarde, al caer la noche, cuando mi cuerpo se vió sacudido por un tremendo golpe de fiebre. Pronto mis miembros se encontraron agarrotados y mi cuerpo invadido por temblores y escalofríos. En un principio pensamos que se trataba de malaria, ya que la fiebre se apoderó de mi súbitasmente. La temperatura corporal superó los 40º c, y mis intentos desesperados por conciliar el sueño y alejar el dolor resultaban inútiles. Después de un anoche interminable, amaneció. Las fiebre había bajado un poco, pero continuaba la diarrea y los mareos, así que me llevaron a una clínica .Por suerte no se trataba de malaria, sino de disentería ( una fuerte intoxicación alimenticia). Permanecí todo el día ingresado y atiborrado de de medicamentos. Ahora no me queda mas que recuperar los kilos perdidos. Así es como el pobre hombre blanco se adapta al entorno africano y a su desmesurado torrente de vida y muerte.

Aire Pardo Bobo Dioulasso (Burkina Faso)



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