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Inicio > Bitácora africana >
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Rodríguez Soto, José Carlos

(Madrid, 1960). Ex-Sacerdote Misionero Comboniano. Es licenciado en Teología (Kampala, Uganda) y en Periodismo (Universidad Complutense).

Ha trabajado en Uganda de 1984 a 1987 y desde 1991, todos estos 17 años, los ha pasado en Acholiland (norte de Uganda), siempre en tiempo de guerra. Ha participado activamente en conversaciones de mediación con las guerrillas del norte de Uganda y en comisiones de Justicia y Paz. Actualmente trabaja para caritas

Entre sus cargos periodísticos columnista de la publicación semanal Ugandan Observer , director de la revista Leadership, actualmente escribe en el blog "En clave de África" en el Periódico de Catalunya" y en Periodista Digital y trabaja en la ONGD Red Deporte y Cooperación

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Jóvenes africanos en países "inhabitables", por José Carlos Rodríguez Soto

23 de mayo de 2019.

El paro juvenil, que no para de crecer, está en el origen de la inmigración.

Hace pocos días, el Cardenal nigeriano John Onaiyekan hizo unas declaraciones en las que acusaba a los gobernantes de su país de hacerlo “inhabitable” para los jóvenes mientras que tales dirigentes solo se preocupan de sus intereses personales: construir mansiones para ellos mismos y viajar por el mundo. El prelado, que es arzobispo de Abuya, completaba sus críticas señalando que este drama empujaba a muchos de ellos a emigrar ilegalmente a Europa, al mismo tiempo que decía sentir “vergüenza”, durante sus visitas a Roma, cuando veía a mujeres de su país ejerciendo la prostitución en las calles.

Llevo 30 años trabajando en países africanos y pienso que tiene toda la razón del mundo el Cardenal nigeriano al poner el dedo en esta llaga: si, en muchos lugares del continente los jóvenes encuentran su propio país “inhabitable”, sobre todo porque no tienen trabajo ni perspectiva alguna de encontrarlo. Y lo más normal del mundo es que quien se encuentre en esta situación busque otras salidas, como la inmigración.

Pero nos equivocaríamos si pensamos que los jóvenes africanos que arriesgan seriamente su vida atravesando un desierto lleno de bandidos y traficantes sin escrúpulos o embarcándose en pateras en las que pueden terminar ahogados en el mar lo hagan solo movidos por un interés personal de buscar una vida mejor para ellos. Como señala el periodista Xavier Aldekoa en su reciente libro “Indestructibles”, lo que de verdad mueve a estos jóvenes a literalmente jugarse la vida es el afán por dar a sus familias una vida digna. Un joven africano que se gana la vida como puede en Madrid con el top manta o, si tiene mucha suerte, en la construcción, estará orgulloso de enviar a su madre y a sus hermanos pequeños cien euros al mes para que puedan comer (aunque para ello el mismo tenga que malcomer una vez al día a base de arroz y salsa de tomate), ir a la escuela y tal vez poco a poco construir una vivienda a base de mucho sacrificio. Me sorprende que ciertos partidos que dicen defender tanto a la familia (que es sagrada, según proclaman) no piensen en esto cuando hablan sobre la inmigración e incluso cuando llegan a convertir a los inmigrantes en el objetivo de sus ataques, culpabilizándolos de no sé cuántos males.

En los tres países africanos donde he vivido y trabajado anteriormente (Uganda, República Democrática del Congo y Gabón), el desempleo de los jóvenes es un problema muy serio. Pero en la República Centroafricana, desde donde escribo estas líneas, la situación es alarmante. Los datos oficiales lo sitúan como el país de la zona de África Central (que cubre once países) con la mayor tasa de paro juvenil, nada más y nada menos que el 80 por ciento. Y si ya es difícil para un joven que haya tenido la enorme suerte de completar la Universidad, que decir de los que no han tenido la oportunidad de completar ni siquiera la educación primaria, que en muchos lugares es un lujo al alcance de muy pocos. Cuando llegue aquí, en 2012, según datos de UNICEF la mitad de los niños no estaban escolarizados, y eso que era antes de la crisis.

Por razón de mi trabajo, casi todos los días tengo actividades en los barrios de Bangui, sobre todo en las zonas más pobres, donde abundan las casas medio destruidas en ataques armados y las personas desplazadas. Duele ver a grupos de jóvenes sentados todo el día en esquinas o debajo de un árbol sin hacer nada. Muchos de ellos terminan enganchados a bandas que se dedican a pequeños robos, a consumir aguardiente casero o -un fenómeno que crece de forma imparable- a consumir drogas baratas pero muy peligrosas. Y no digamos nada cuando hay crisis en la capital y estos jóvenes son manipulados para engrosar las filas de milicias armadas que atacan a sus propios vecinos. No conozco ningún plan gubernamental para combatir el paro juvenil.

Hay otros países africanos donde se realizan esfuerzos por atraer inversión extranjera, la cual en teoría podría crear empleo. Pero -como pude comprobar el año y medio que viví en Gabón- muchas veces las compañías que vienen para, por ejemplo, explotar recursos naturales como el petróleo o el gas, crean pocos puestos de trabajo porque generalmente se traen a prácticamente todo el personal que necesitan, y no hablo solo de cuadros técnicos muy cualificados, sino de simples peones de construcción o de personal que en general realizan tareas auxiliares. Y tampoco suelen favorecer la actividad de pequeñas empresas como carpintería, fontanería o mecánica porque no es raro que se traigan de sus países de origen hasta el último tornillo que necesitan para sus proyectos.

Y, para colmo de males, ciertos inversores -como por ejemplo los chinos- no solo no crean puestos de trabajo, sino que a base de traer productos manufacturados de bajo precio (y peor calidad) a menudo destruyen las pocas empresas locales que uno se encuentra en África. Eso, por no hablar del enorme daño medioambiental que causan con muchas de sus explotaciones de recursos naturales. Recuerdo en Uganda, cuando llegaron los chinos en tropel en los años 90, que las empresas textiles del país acabaron cerrando al no poder soportar la competencia que les hacían las telas de colores africanos fabricadas en China y que ofrecían a un precio mucho más bajo.

África es el continente que tiene la población más joven del planeta. Sus jóvenes cada vez tienen más expectativas pero muy pocas posibilidades de satisfacerlas. La primera responsabilidad de asegurar un futuro digno de un ser humano a los jóvenes africanos corresponde a sus propios gobiernos. Es una pena que, como dice el cardenal de Abuya, muchas veces sean sus propios dirigentes lo que conviertan a sus países en “inhabitable” para sus ciudadanos más jóvenes.

Original en : En Clave de África



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