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Inicio > Bitácora africana >
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Muñoz Abad, Rafael

Cuando por primera vez llegué a Ciudad del Cabo supe que era el sitio y se cerró así el círculo abierto una tarde de los setenta frente a un desgastado atlas de Reader´s Digest. El por qué está de más y todo pasó a un segundo plano. Africa suele elegir de la misma manera que un gato o los libros nos escogen; no entra en tus cálculos. Con un doctorado en evolución e historia de la navegación me gano la vida como profesor asociado de la Universidad de la Laguna y desde el año 2003 trabajando como controlador. Piloto de la marina mercante, con frecuencia echo de falta la mar y su soledad en sus guardias de inalcanzable horizonte azul. De trabajar para Salvamento Marítimo aprendí a respetar el coraje de los que en un cayuco, dejando atrás semanas de zarandeo en ese otro océano de arena que es el Sahel, ven por primera vez la mar en Dakar o Nouadhibou rumbo a El Dorado de los papeles europeos y su incierto destino. Angola, Costa de Marfil, Ghana, Mauritania, Senegal…pero sobre todo Sudáfrica y Namibia, son las que llenan mis acuarelas africanas. En su momento en forma de estudios y trabajo y después por mero vagabundeo, la conexión emocional con Africa austral es demasiado no mundana para intentar osar explicarla. El africanista nace y no se hace aunque pueda intentarlo y, si bien no sé nada de Africa, sí que aprendí más sentado en un café de Luanda viendo la gente pasar que bajo las decenas de libros que cogen polvo en mi biblioteca…sé dónde me voy a morir pero también lo saben la brisa de El Cabo de Buena Esperanza o el silencio del Namib.

@Springbok1973

cuadernosdeafrica@gmail.com

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El último correo, por Rafael Muñoz Abad

29 de abril de 2019.

Viajar en barco tiene un ritmo vital humano. Los husos horarios se atraviesan con la digestión filosófica de un rumiante mientras que hacerlo en avión supone una indigestión de meridianos que requiere de varios días de asimilación. Aunque el mundo de los barcos también ha girado y muchos de los marinos de hoy son meros oficinistas que olvidaron el noble arte de observar el cielo para situarse y con ello entender muchas cosas.

De espaldas y arropado en su capa gris con pose de Waterloo, lo imagino apoyado al ventanal del océano, sentado en una silla roída por el tiempo observando la quietud de un azul infinito que no necesita barrotes para enjaularte sin mediar más palabra que la brisa. Napoleón acabó desterrado a la soledad de Santa Helena, allí murió y es el embajador inmortal de la isla. Vértebra central de la descendencia de hijastros de ultramar que Inglaterra aún posee en el atlántico. Un peñasco que rompe la monotonía del océano. Una piedra modesta en extensión pero rica en historias. Recuerdo vivo de su imperio colonial que ha sabido mantener y con orgullo cuidar. Sí, Inglaterra mima su historia. Entre muchas posesiones, Gibraltar, Ascension, The Falklands…y St.Helena. Atlántica, también es África y a la par algo de La India y de Sudamérica tiene. Incluso fue usada como campo de concentración en la guerra de los Boers. Todo esto originó un ecosistema humano distinto. Lo cierto es que la encrucijada del atlántico vivió sus días de gloria con la navegación a vela y la East India Company en busca de los mercados de oriente doblando el Cabo de Buena Esperanza.

Escorada al costado del tiempo, vi languidecer atracada en Cape Town, al Royal Mail Ship (RMS) St. Helena. La cruel y bipolar gramática inglesa le da trato de dama a cualquier cosa que flote. Alfil postrero de la ya vencida gloria del rule Britannia como guardián de los océanos, quizás sea la última de una estirpe. El ultimo correo. Estilete de una época en que mercancía y pasaje viajaban juntos; donde el tiempo a bordo se destilaba en elegantes cubiertas promenade de madera para conversar, leer u otear la raya del horizonte que no es más que un futuro inalcanzable. Cricket y te a las cinco. La gente moderna no es apta para navíos sin prisas. Y sí, ha sido afortunada Tenerife, piedra atlántica prima lejana de Santa Helena con la que comparte acantilados y valles suicidas al mar, pues fue escala habitual del buque en sus periplos de bajada y subida procedente del Atlántico sur. Ya no volverá; habría negociado con el demonio por singlar en ese navío ya fuera de grumete. No lo sé, los barcos y sus costillas tienen algo de alma.

Nunca en lo físico, emocionalmente sí he pasado alguna tarde al fresco de Santa Helena. Aunque lo más cerca que estuve de la isla fue en una visita al buque y en las derrotas navegadas que cosían Ciudad del Cabo y Vigo hace ya centenares de lunas. Lo cierto es que no es nada fácil ganar el piercing del atlántico pues hasta hace dos tardes no había aeropuerto y solamente el citado barco conectaba la isla con el mundo exterior. Adquirido por una corporación privada y registrado bajo el pabellón de conveniencia de Saint. Kitts & Nevis, ahora es una santabárbara en los accesos al Golfo de Adén para combatir los incidentes relacionados con la piratería. Se le ha dado así una nueva vida; más indigna en mi parecer. Ya no arribará más al balcón de Napoleón y su final, triste final, dista mucho del romanticismo que envolvió sus singladuras entre el mundo y la solitaria isla pues ha sido el último correo del viejo león británico.

CENTRO DE ESTUDIOS AFRICANOS DE LA ULL

cuadernosdeafrica@gmai.com

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