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Ramos Sierra, Leo

Leonildo (Leo) Ramos Sierra nación en la ciudad suiza de Lucerna en 1.972 .

Sacerdote diocesano de Salamanca destinado en Zimbabue como asociado del IEME, el Instituto Español de Misiones Extranjeras. Llegó a Zimbabue el 26 de julio de 2016 trabaja en la diócesis de Hwange. Vive en una población de unos 3.000-4.000 habitantes llamada Binga, junto al lago Kariba, a lo largo del cual se encuentran los tongas, pueblo bantú que también vive en el fue de Zambia y, en menor medida, en Mozambique

Se define como Buscador de preguntas y de respuestas. De vida y de plenitud. Buscador del hombre. Buscador de Dios. y tabién en su blog Mwapona.com

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Mipululu o el ulular vital , por Leo Ramos Sierra

27 de noviembre de 2017.

Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, “ulular” significa “dar gritos o alaridos”. Esta definición, aunque es técnicamente correcta, se me antoja un poco pobre, con todos los respetos a los señores que forman dicha institución. Lo digo porque le falta un matiz que le viene dado por los sentimientos. Mirad, en algunas culturas, entre ellas muchísimas africanas, las mujeres tienen la costumbre de ulular en momentos especiales, ya sean de dolor como un funeral, o de alegría, como en concreto hacen los tongas. Por ejemplo, en una boda, en la bienvenida a alguien, o cantando un himno de alabanza en una celebración.

Buscando en internet, he encontrado mejor descrito lo que yo quería expresar. “Ulular” es un sonido vocal agudo, largo, vacilante, parecido a un aullido o un gorjeo. Se produce por la emisión de una voz aguda acompañada con un movimiento rápido de lado a lado o hacia detrás y delante de la lengua de la boca. Añado yo, a veces se acompaña este sonido con una o las dos manos, algo similar a como cuando éramos niños y jugábamos a imitar a los indios.

Esta palabra en tonga es “kupululuzya” y el sustantivo es “mupululu”, en plural “mipululu”; “ululación”, podríamos decir, que no recoge la Academia de la Lengua. Me parece una palabra estupenda cuando escucho a alguien decir o gritar “¡Mipululu, mipululu!”, y mucho más estupendo aún el sonido que realizan las mujeres a continuación, o incluso sin que nadie haga la invitación. Yo nunca había visto, o mejor, oído, nada igual en España, sólo en algunos documentales de esos de “La 2”.

¿Por qué me gustan tanto esta palabra y esta acción? Pues porque creo que expresa, en gran medida la idiosincrasia de un pueblo como son los tongas y, por extensión de todo Zimbabue. Gente sencilla, pobre en gran medida, pero sobre todo empobrecidos. Gente con cantidad de problemas y situaciones que los occidentales ni siquiera sospechamos: pagar para que sus hijos vayan al colegio o para recibir asistencia sanitaria, andar kilómetros para coger agua y traérsela a cuestas, no tener trabajo en un ¿90% de la población más o menos?, depender básicamente de que las lluvias vengan bien durante el año para tener buena cosecha o no y, por lo tanto, poder comer o no… Así podría seguir con multitud de ejemplos.

Sin embargo, los tongas son gente, siempre con sus excepciones, acogedora, sonriente, amable, paciente, religiosa casi de modo natural, que sabe vivir el día a día, con sentido del humor, sentido comunitario… y, sobre todo, son gente con un sentido vital y celebrativo que es para quitarse el sombrero. En medio de todas esas dificultades son capaces de ulular y sacar ganas de vivir de en medio de donde uno no pensaría, su pobreza y sus sufrimientos. Supongo que está en las entrañas del corazón humano.

Aquí tenéis un fragmento de una canción donde la gente está cantando y las mujeres ululan: ( entrar en el original)

Por ello, quiero rescatar y hacer mío como forma de vida, o al menos, intentarlo, este grito, “mipululu”, justo ahora que me vuelvo a Salamanca, al cabo de casi dos años y medio que llegué aquí. Para mí es el mejor símbolo que me llevo de recuerdo de mi breve estancia en Zimbabue. Y claro, junto con caras y nombres concretos, historias de alegría y sufrimiento… que son las que dan cuerpo a ese ulular vital y que tanto me han aportado.

En este tiempo en Zimbabue, he pasado momentos duros, como podéis imaginar: no tener aquí a la familia ni a los amigos, no conocer la cultura ni la lengua, empezar en una nueva diócesis… Pero también me llevo todo lo que os acabo de contar, y es lo que pesa en mi corazón, francamente.

Sin embargo, después de intentarlo en Binga y en Kariyangwe, me he dado cuenta de que no es mi lugar: las dificultades con la lengua, el distinto ritmo vital africano y el europeo, la tan continua sensación de sentirte inútil… De esto que te lo dicen tus entrañas. Que un tiempo, sí, pero no más, ni siquiera el tiempo que tú habías previsto. Es como andar con unos zapatos que no son de tu número; por muy buenos que sean, e incluso te protejan el pie, no vas cómodo. Recorres el camino, pero estás deseando quitarte los zapatos. Son momentos tristes, de despedidas… pero también de ilusión y de nuevos desafíos por lo que tenga que venir. Los caminos de Dios nunca son rectos y van en ocasiones por muchos vericuetos.

¿Dónde queda, pues, la misión? La misión, siempre lo he pensado, es una actitud y no un lugar. Allí donde me coloque Dios de nuevo procuraré ser testigo suyo y testigo de lo que pasa a mi alrededor, para encontrar su rastro y su rostro en mi vida diaria. Así espero poder seguir levantando mi corazón al Señor con mi ulular vital, con mi particular mipululu.

Los que me conocéis, sabéis que me encanta el cine. Quiero terminar con estas palabras de un fragmento de “Un lugar en el mundo”, la genial película de Adolfo Aristarain. En concreto, son parte del “diálogo” que Ernesto tiene con su padre que está en la tumba, justo al final de la película.

Dice Ernesto: “Me gustaría que me dijeras cómo hace uno para saber cuál es su lugar. Yo por ahora no lo tengo. Supongo que me voy a dar cuenta cuando esté en un lugar y no me pueda ir. Supongo que es así.”

Pues nada, ahí vamos, a seguir buscando a Dios y al hombre en otras latitudes y a seguir gritando “¡Mipululu, mipululu!”

Original en : Testigo en Zimbabue



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