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Federico Mayor Zaragoza

Federico Mayor Zaragoza nació en Barcelona, en 1934. Doctor en Farmacia por la Universidad Complutense de Madrid (1958), en 1963 fue Catedrático de Bioquímica de la Facultad de Farmacia de la Universidad de Granada y en 1968 llegó a ser Rector de esta institución, cargo que desempeñó hasta 1972. Al año siguiente fue nombrado catedrático en la Universidad Autónoma de Madrid.

Cofundador en 1974 del Centro de Biología Molecular Severo Ochoa, de la Universidad Autónoma de Madrid y del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, entre otras responsabilidades, el Profesor Mayor ha desempeñado los cargos de Subsecretario de Educación y Ciencia del Gobierno español (1974-1975), Diputado al Parlamento Español (1977-78), Consejero del Presidente del Gobierno (1977-78), Ministro de Educación y Ciencia (1981-82) y Diputado al Parlamento Europeo (1987).

En 1978 pasó a ocupar el cargo de Director General Adjunto de la UNESCO y, en 1987, fue elegido Director General de dicha Organización, siendo reelegido en 1993 para su segundo mandato. En 1999, decide no presentarse a un tercer mandato y, a su regreso a España, crea la Fundación para una Cultura de Paz. Preside el Consejo Científico de la Fundación Ramón Areces.

Además de sus numerosas publicaciones científicas, ha publicado cuatro poemarios y varios libros de ensayos. Es miembro de una treintena de academias de las ciencias y asociaciones de todo el mundo y Doctor Honoris Causa de varias universidades.

La fuerza de la palabra: http://federicomayor.blogspot.com.es/

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¡Ciudadanos del mundo!, por Federico Mayor Zaragoza

10 de octubre de 2017.

Catalanes, españoles, europeos… ¡ciudadanos del mundo!

Ahora mismo, estamos enfrascados y ofuscados en dilucidar pertenencias a pequeñas “parcelas”, cuando los retos son globales y sin precedentes y las soluciones deben ser, lógicamente, globales y sin precedentes. En lugar de concentrarnos en innecesarios y osados “inventos” sobre lo más cercano y circundante, abordemos conjuntamente, manos y voces unidas, los peligros que nos amenazan y reaccionemos antes que sea demasiado tarde.

Deberíamos ser todos plenamente conscientes de que nos hallamos, por primera vez en la historia de la humanidad, en una situación de extrema gravedad y complejidad, enfrentados a desafíos potencialmente irreversibles de tal modo que, si no actuamos a tiempo y con firmeza, podrían alcanzarse puntos de no retorno en la habitabilidad de la Tierra.

En octubre de 2014, Roberto Savio escribió un artículo aleccionador: “Mientras el planeta marcha hacia la catástrofe, los políticos sólo observan…”. La Carta de la Tierra hace referencia a la responsabilidad de los seres humanos en la conservación del planeta. Y la Constitución de la UNESCO indica que los educados son “¡libres y responsables!”.

Quiéranlo o no reconocer interesados y cortoplacistas libres actuales, nos hallamos en el antropoceno –influencia humana sobre las condiciones ecológicas- y debemos cumplir nuestros deberes oportunamente se convierte en una exigencia ética irrenunciable.

Ahora ya no tenemos excusa: ya sabemos lo que acontece y podemos expresarnos libremente gracias a la tecnología digital. Y, sobre todo, la mujer, marginada totalmente hasta hace poco ocupa progresivamente el importantísimo lugar -“piedra angular”- que le corresponde en la toma de decisiones a todos los niveles.

Miremos a los ojos de nuestros hijos y nuestros nietos y digámosles que –sabiendo a ciencia cierta los perjuicios que les causaríamos de otro modo- no nos distraerán y, ciudadanos del mundo, actuaremos en consecuencia.

En primer lugar, promoveremos la refundación de un Sistema multilateral democrático a escala mundial, de tal modo que:

• Se prescinda inmediatamente de los grupos plutocráticos (G7, G8, G20) que estableció el neoliberalismo globalizador y que han conducido a la actual situación de desconcierto conceptual, social y económico en que se halla el mundo.

• Se elimine la amenaza nuclear y, en toda la medida de lo posible, los riesgos de catástrofes globales, aplicando un nuevo concepto de seguridad (no sólo territorial sino que garantice a todos los seres humanos las cinco prioridades establecidas hace años por las Naciones Unidas: alimentación, agua, servicios de salud, cuidado del medio ambiente y educación) y, llevando a la práctica sin demora el desarme para el desarrollo (es intolerable, no me canso de repetirlo, que se inviertan cada día más de 4000 millones de dólares en armas y gastos militares, al tiempo que mueren de hambre miles de personas, la mayoría niñas y niños de uno a cinco años de edad).

• Asegurar una vida digna a todos en sus lugares de origen, mediante una ayuda al desarrollo integral y endógeno, para evitar flujos de emigrantes debido a las pésimas condiciones que la explotación y la carencia progresiva de acción solidaria les imponen.

• Esfuerzos sinérgicos a escala global para la transición desde una economía basada en la especulación, la deslocalización productiva y la guerra a una economía basada en el conocimiento para un desarrollo global humano y sostenible, abandonando para siempre el parámetro del PIB, exclusiva referencia al crecimiento económico.

• Con el estricto cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) y los Acuerdos de París sobre Cambio Climático podría contrarrestarse la actual degradación de las características ecológicas y favorecerse la sostenibilidad, con nuevos estilos de vida y un nuevo concepto de trabajo.

• Especial cuidado se mantendrá a escala mundial en relación a los brotes xenófobos, racistas y supremacistas, ya que ellos han sido el origen de grandes confrontaciones, con millones de víctimas. Este tema es esencial y debe figurar como una de las prioridades de acción colectiva en la nueva era.

• Las Naciones Unidas se estructurarían de tal modo que, en breve plazo, la Asamblea General tuviera, junto al 50% de Estados, el 50% de representación de instituciones de la sociedad civil (“Nosotros, los pueblos”). Al actual Consejo de Seguridad, exclusivamente territorial, se añadiría un Consejo de Seguridad Medioambiental y otro de Seguridad Socioeconómica.

Sólo de esta manera se pondría en práctica la lúcida y entonces prematura expresión con de la primera frase de la Carta: “Nosotros, los pueblos…”. Nosotros, los ciudadanos del mundo tenemos, en nuestras manos, las riendas de nuestro destino común. Es apremiante. Dejemos a un lado anacrónicos y desfasados proyectos y dediquémonos con inteligencia y solidaridad planetaria a hacer posible el bienestar de toda la humanidad en la nueva era. Cada ser humano capaz de crear, nuestra esperanza. Actuar como ciudadanos del mundo comprometidos con las generaciones venideras es nuestro deber supremo.

Original en: Federico Mayor Zaragoza : La fuerza de la Palabra



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