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Arozarena, Ramón

Catedrático de Francés, jubilado.

Cooperante con su mujer en Ruanda, como profesores de la Escuela Normal de Rwaza, de 1969 a 1973.

Coordinador de la red de escuelas primarias en los campos de refugiados ruandeses de Goma (Mugunga, Kibumba, Kahindo y Katale), en 1995, con un programa de Caritas Internacional.

Observador – integrado en las organizaciones de la sociedad civil congoleña – de las elecciones presidenciales y legislativas de la República Democrática del Congo, en Bukavu y en Bunia, en julio y octubre de 2006.

Socio de las ONGDs Nakupenda-Áfrika, Medicus Mundi Navarra y colaborador de los Comités de Solidaridad con África Negra (UMOYA).

Ha traducido al castellano varios libros relativos a la situación en Ruanda.

Ha escrito y/o traducido para CIDAF (Ahora Fundación Sur) algunos cuadernos monográficos sobre los países de la región de los Grandes Lagos.

Parlamentario por Euskadiko Ezkerra entre 1987-1991, en el Parlamento de Navarra.

Ver más artículos del autor

Conflicto y postconflicto en Ruanda (1990-2017) (parte 4/6)
11/04/2017 -

4) Millones de hutu huyen a Tanzania y Zaire.

- Instalación y destrucción de los campos de refugiados (julio 1994-octubre 1996)

En un bellísimo marco de volcanes y lagos y en un país, el Zaire, al borde de la descomposición, se aglomeraron casi dos millones de ruandeses hutu. En el caso de los campos de refugiados del Kivu Norte, 4 campos (Mugunga, Kibumba, Kahindo, Katale), cada uno de ellos con 200.000 personas apiñadas y alojadas bajo el plástico.

La mayoría de estos refugiados pensaba y soñaba con que pronto retornarían, tal y como se lo prometían las autoridades del régimen destituido, a sus casas en Ruanda. Este sueño fue desapareciendo, a la vez que aumentaba la desesperación. El retorno, además de imposible, se hizo indeseable cuando llegó a los campos de refugiados la noticia del asesinato en unos 8.000 desplazados en el campo de desplazados de Kibeho, en el interior del país, por parte del ejército ruandés. Era abril de 1995.

En octubre de 1996, estos campos fueron atacados por el ejército ruandés y destruidos a cañonazos. Muchos refugiados perecieron en este ataque y se produjo una caótica desbandada en el entorno. Un Padre Blanco francés presentó un informe a las autoridades de su país en el que informaba de las numerosas fosas comunes repletas de cadáveres de ruandeses hutu que él mismo descubrió en la zona del campo de Katale. Los supervivientes tuvieron que adoptar una difícil decisión: regresar al país y afrontar previsibles y temidas represalias o huir hacia el hostil y selvático interior del Zaire.

- Regreso forzado a Ruanda

Dos personas que trabajaron conmigo en Goma me han relatado su regreso a Ruanda. Por un lado, mi secretaria Julienne, madre de cuatro muchachos, y por otro Dominique, responsable de las escuelas del campo de Katale. Este último pudo llegar sin excesivos problemas a su casa, aunque meses después fue encarcelado y ha pasado más de 10 años en la cárcel. Julienne se separó de su marido que optó por emprender el camino de vuelta en solitario. Madre e hijos tuvieron que superar varias barreras guardadas por soldados del FPR. Avanzaban lentamente, sucios por el barro, “con pinta de ser campesinos pobres”, según palabras de Julienne. Ordenó a sus hijos que no respondieran a posibles preguntas de los soldados en los controles. La pregunta, “¿quiénes son estudiantes?” trataba de descubrir a los jóvenes con estudios. Los que respondían YO, eran apartados del grupo y eran eliminados. A mi pregunta de “¿Cómo?”, ¿apuñalados o por disparo”? (poignardés ou par balle?), Julienne contestó, “de los dos modos”. Así es como desapareció el joven Raymond, de Rwaza, al que habían puesto mi nombre en recuerdo de mi estancia en Rwaza.

Quiero con estos ejemplos señalar que no todos los que decidieron regresar a Ruanda llegaron a su destino. Hubo una criba.

- Persecución y muerte en Zaire

Miles de fugitivos (hombres, mujeres, niños, ancianos) vivieron un auténtico calvario. Esta masa fue implacablemente perseguida y en gran parte aniquilada por los soldados del FPR. El ejército ruandés penetró en el Zaire formando parte de una coalición de fuerzas ruandesas, ugandesas y congoleñas entorno a la figura de Laurent-Désiré Kabila con el propósito de derribar el régimen dictatorial de Mobutu. Esta operación estaba bien vista, e incluso tácitamente apoyada, por la comunidad internacional. Ruanda alcanzó dos objetivos: destruir los campos de refugiados y eliminar a miles de hutu a la vez que se covertía en uno de los padrinos de un nuevo orden en la región de los Grandes Lagos y ocupar y explotar amplias zonas del este del Congo, especialmente ricas en recursos minerales. Kabila llegó victorioso a Kinshasa en mayo de 1997.

En los caminos, senderos selváticos, en los caudalosos ríos, en el trayecto de más de 2.000 km que realizaron los fugitivos murieron, asesinados sin piedad, ahogados, exterminados por la fatiga, el hambre y la desesperación, unos 300.000 ruandeses (los diversos informes elaborados al respecto señalan la dificultad para precisar con exactitud el número de víctimas; éstas varían de un mínimo de 150.000 a un máximo de 300.000). Algunos, los que tuvieron mayor fortuna y los más robustos, llegaron al oeste del Congo o a la República centroafricana. En aquellos días se dijo que “se había perdido la pista” de los huidos. Sin embargo algunos (los soldados del FPR) iban conociendo sus rutas, porque recibían información al respecto de los aviones que sobrevolaban el cielo congoleño. En más de un caso, se atrajo a grandes grupos de fugitivos a determinados lugares con el señuelo de que las organizaciones humanitarias se habían instalado para ofrecerles comida y cobijo, cuando en realidad se buscaba reunirlos para controlarlos y/o liquidarlos más fácilmente. Quizás la única personalidad europea que en esos momentos tuvo una actuación digna fue Emma Bobino, que se acercó a Kisangani y Tingi-Tingi para conocer y luego denunciar el horror y la pasividad internacional. Lo importante a ojos de ésta fue la destrucción del régimen del mariscal MOBUTU, personaje indeseable, aunque había sido en el pasado aliado y peón al servicio de los intereses occidentales en el centro de África para contener la influencia e infiltración soviética en África. Lo que las tropas ruandesas – involucradas en esta misión contra Mobutu - pudieran hacer con los miles de fugitivos ruandeses se convirtieron en “daños colaterales” sin importancia frente al objetivo final: la destitución de Mobutu y el control de un inmenso territorio especialmente dotado por la naturaleza. Recientemente, el pasado 14 de marzo de 2017, he podido oír el testimonio del norteamericano Reed Brody en Radio France Internationale (RFI) sobre la terrible masacre de civiles hutu en Tingi-Tingi, un campo de refugiados que albergó unos 150.000 ruandeses; muchos de ellos pudieron seguir huyendo ante el ataque del ejército ruandés; otros, los más débiles, enfermos, ancianos, mujeres y niños no pudieron hacerlo y fueron exterminados “à coups de couteau”. Reed Brody recuerda este hecho criminal perpetrado hace exactamente 20 años e indica también las dificultades que tuvo para realizar la investigación pedida por Kofi Annan de la ONU y cómo recibió presiones directas de la administración norteamericana para que no salieran los datos y detalles de la misma. Como ya he señalado, el objetivo de la operación era la destitución de Mobutu; la comunidad internacional miró a otro lado y las masacres de poblaciones civiles e indefensas hutu, asesinadas a machetazos por ser hutu, cometidas por el ejército ruandés dejaron de “existir”. La innegable ayuda del ejército ruandés – evidentemente peón eficaz de una operación diseñada y aplaudida por EEUU – bien merecía el “premio” de la impunidad.

Además de la multitud de testimonios escritos por los supervivientes (en castellano tenemos el libro de Béatrice Umutesi “Huir y morir en Zaire”, de la editorial Milenio), incluso los informes redactados por expertos de la ONU han documentado con rigor esta persecución y muerte. Ya en 1997, el chileno Roberto Garretón trató de investigar lo sucedido; lo logró en parte a pesar del boicot y dificultades que el gobierno de Laurent-Désiré Kabila impuso a esta investigación oficial. En ese momento no le convenía a Kabila, loado por su triunfo sobre Mobutu, que aparecieran sombras a su acción liberadora, aunque ellas pudieran ser adjudicadas a las tropas ruandesas que el ayudaron a conquistar Kinshasa.

Para terminar estas líneas, no puede menos que recordar a una persona que conocí en 1989 en uno de mis viajes a Ruanda: Jean Bizimana, de Nyamata. La verdad es que tengo serias sospechas respecto de su actitud durante el genocidio; alguien, sacerdote en dicha parroquia, me insinuó en 1995 que Jean, como representante local del MRND, podría ser responsable de muchos crímenes perpetrados en Nyamata. Bizimana y su familia huyeron del campo INERA (Bukavu) hacia Kisangani. En Tingi-Tingi su mujer e hijos decidieron regresar a Ruanda en una operación de retorno por avión. Una vez en Ruanda, “desaparecieron”, salvo la pequeña Victoire (le pusieron el nombre de mi suegra). Jean siguió errando por Zaire y llegó a la República Centroafricana. Por medio de conexiones un tanto inverosímiles le enviamos algo de dinero. Un día, unas monjas nos comunicaron que había muerto, asesinado por un compañero para robarle los 20 dólares que escondía entre sus prendas de vestir.

5) Instalación del poder FPR en Ruanda: un poder dictatorial mono-étnico-tutsi (1994-2017) : el postgenocidio o postconflicto

El 19 de julio de 1994, se constituyó el nuevo gobierno de Ruanda bajo la Presidencia de Pasteur Bizimungu; Faustin Twagiramungu, de la fracción MDR colaboradora con el FPR; es el Primer Ministro, de acuerdo con los establecido en los acuerdos de Arusha. Paul Kagame es el vicepresidente y ministro de Defensa. Bizimungu y Twagiramungu son dos personalidades hutu, con lo que la fachada del nuevo gobierno se presenta como interétnica. No pasará mucho tiempo para que esas personalidades, y otras como el presidente del FPR, otro hutu, el coronel Alexis Kanyarengwe, sean apartadas de las altas instancias. Se asistió a la recaída en un régimen de desigualdad étnica y a la emergencia y consolidación definitiva de un Estado-cuartel.

- Persecución/eliminación de opositores y disidentes: cárcel, muerte, desaparición, exilio.

A pesar de una apariencia, que no engaña a nadie, de pluripartidismo, ya que tanto a las elecciones presidenciales como a las legislativas se presentan personas no explícitamente militantes del FPR, los partidos deben inscribirse oficialmente y pasar un filtro para ser reconocidos legalmente. Los que lo superan pasan a formar parte de un foro de partidos totalmente controlado por el FPR. Hoy no existe una oposición real y las personas que se prestan a presentarse a las elecciones son, en expresión popular despectiva, “señoritas de compañía del FPR”.

En 2010, aterrizó en Kigali la señora Victoire Ingabire, presidenta de un partido político creado en el exilio: las Fuerzas Democráticas Unificadas (FDU). Su mensaje fue claro: vengo para presentarme a las elecciones presidenciales con el propósito de velar por los derechos humanos e impulsar la reconciliación entre los ruandeses. Tuvo la intolerable osadía de, después de condenar las matanzas de los tutsi, afirmar en uno de los Memoriales más simbólicos de la tragedia (Gisozi), que también miles de hutu habían sido víctimas de la violencia indiscriminada y que por lo tanto también merecían un recuerdo. El gobierno reaccionó con enorme virulencia. El partido no fue legalizado. Ingabire fue acusada de ideología genocida, de atentado al Estado, de connivencia con el terrorismo de la Fuerzas Democráticas de Liberación de Ruanda (FDLR) que operaban desde el Congo. Fue condenada a 8 años de cárcel. Apeló y el tribunal la volvió a condenar, esta vez a 15 años. Sigue en la cárcel, a pesar de que su caso ha tenido resonancias internacionales. Pero Ingabire representa un caso entre muchos otros.

La misma suerte han conocido los disidentes en el seno mismo del FPR. Algunos han sido eliminados físicamente, como los hutu Théoneste. Lizinde o Seth Sendashonga; este último fue ministro del interior y desde su puesto tuvo constancia, y se enfrentó a Kagame por ello, de las fechorías que cometía con total impunidad el FPR; huyó a Nairobi, donde fue asesinado el 16 de mayo de 1998 por sicarios ruandeses; otros han “desaparecido”, como Agustin Cyiza, militar jurista, que se quedó en el país después de la victoria del FPR. Cyiza, profesor universitario, vicepresidente de la Corte Suprema, crítico del régimen de Habyarimana y también del de Kagame, fue secuestrado por militares en Kigali en abril de 2003 y desde entonces nada se ha sabido de él.

Las disidencias más significativas, y también las más preocupantes para el régimen, son las producidas en el núcleo mismo del poder. De ahí que la reacción haya sido especialmente contundente. Un antiguo patrón de los servicios secretos, Patrick Karegeya, huido a Suráfrica, fue asesinado. Un antiguo jefe del Estado Mayor, Kayumba Nyamwasa, huido también a Suráfrica, ha sido objeto de dos atentados, frustrados, contra su vida. Otros compañeros de armas, de planes y de negocios, que ocuparon altos puestos en la estructura militar y civil del FPR (Théoneste Rudasingwa, Gerarld Gahima) han abandonado a Kagame y son perseguidos y denostados. Constituyen ahora mismo, mucho más que el FDLR, la principal preocupación del poder.

- Control total del territorio y de la sociedad civil.

El régimen tiene ojos y odios hasta en las colinas más alejadas. Ha desplegado en todo el territorio sus agentes encuadrados en las Fuerzas Locales de Defensa. Los ruandeses parece que ya se han resignado a esta situación; el miedo al poder se ha generalizado y el mecanismo del miedo, interiorizado, ha ido sustituyendo a la represión directa; la represión violenta ya resulta innecesaria; es uno de los “logros” del sistema: ¡Para qué reprimir si ya casi nadie se mueve!

El régimen se ha ocupado con especial dedicación en desmantelar las organizaciones de la sociedad civil. En algunos casos, mediante la persecución de sus dirigentes; en otros, tratando de infiltrar en las ejecutivas a miembros adictos al régimen y sustituir a los que pretendían mantener las organizaciones sociales fuera de la influencia y control del poder establecido. Muchos periodistas independientes, responsables de asociaciones de defensa de los derechos humanos, han sido eliminados, obligados a exiliarse y silenciados. Así, además de control total del poder ejecutivo, del legislativo y, como veremos, del poder judicial, el régimen ha logrado controlar el tejido social y anular cualquier posibilidad de crítica o contestación popular.

- Los campos de reeducación (ingando): la relectura de la historia, el control del “relato”.

Merece un párrafo particular el establecimiento de un mecanismo de control que tiene cierto “sabor maoísta” o quizás “falangista” (y su Formación del Espíritu Nacional). Se trata de los campos de reeducación por los que deben pasar todos los jóvenes para que se impregnen del auténtico espíritu y de los nuevos valores nacionales. En ellos, además de insistir en que en el nuevo Ruanda ya no hay hutu, tutsi ni twa, sino solo ruandeses, se explica la verdadera historia de Ruanda. Historia que podría dividirse en tres capítulos fundamentales: Primer capítulo: En el Ruanda antiguo existía una armonía plena entre todos sus habitantes; estos se diferenciaban únicamente por los distintos roles económicos que los definían (pastores, agricultores, recolectores). Llegaron los blancos a finales del siglo XIX, segundo capítulo, y sembraron la discordia, la división y el odio entre los habitantes de Ruanda. Inventaron las etnias tutsi, hutu y twa. En esta labor destructora de la armonía primigenia jugaron un papel decisivo los primeros misioneros. El genocidio contra los tutsi, perpetrado en 1994, no es sino el resultado último de esta ruptura del equilibrio preexistente antes de la llegada de los blancos colonizadores. Con el fin del genocidio, tercer capítulo, y la victoria del FPR se restablece la armonía, equilibrio y buen entendimiento que existía en el Ruanda antiguo; todo ello gracias al régimen actual, al que hay que ayudar y con el que hay que cooperar para crear el nuevo Ruanda.

- Los memoriales del genocidio contra los tutsi; la memoria selectiva

En muchos lugares de Ruanda se han creado Memoriales del genocidio. Desde hace ya más de 20 años, en torno a la fecha del 7 de abril se organizan actos conmemorativos del genocidio contra los tutsi. El presidente aprovecha la ocasión para pronunciar discursos de gran carga emotiva y vindicativa. Solo los supervivientes tutsi tienen derecho a recordar a sus familiares. Cualquier alusión a la necesidad de recordar a las víctimas hutu es perseguida y tachada de alimentar el divisionismo y la ideología genocida. Ha habido casos, por ejemplo, de sacerdotes hutu que en sus sermones han recordado a sus familiares asesinados y han sido detenidos y condenados por ello. Los hutu no pueden llorar públicamente a sus desaparecidos. Una de las acusaciones contra la líder de las FDU, Victoire Ingabire, en la cárcel desde 2011, ha sido que el día de su llegada a Kigali para presentar su candidatura a las elecciones presidenciales, visitó el Memorial de Gisozi de Kigali y pronunció un discurso en el que tras condenar el genocidio contra los tutsi y reclamar que los responsables del mismo fueran juzgados, exigió también que se reconociera la verdad del asesinato de muchos hutu por parte de elementos del FPR, que fueran juzgados los responsables, ya que la reconciliación verdadera entre ruandeses debía pasar por el reconocimiento de la verdad, por compartir el sufrimiento de todas las víctimas, tutsi y hutu.

-  Apoyo exterior y silencio sobre violaciones flagrantes de los derechos humanos.

El régimen de Kigali ha recibido a lo largo de estos años un importante apoyo exterior, tanto político como económico. Los principales valedores del régimen han sido los EEUU y el Reino Unido, siendo los Clinton y los Blair los símbolos más evidentes de este apoyo. Tony Blair sigue siendo asesor personal del presidente Paul Kagame. Este apoyo se ha expresado sobre todo en la inyección de grandes cantidades de dinero, ayudas financieras, en los presupuestos anuales. Durante muchos años, el 50% del presupuesto nacional ha dependido de la ayuda exterior. Actualmente ha disminuido algo. No tengo datos del presupuesto de 2017. Además de los países citados (EEUU y Reino Unido), hay que citar a Alemania, Holanda y Canadá, como importantes donantes. Algunos interpretan esta “generosidad” como una obligada reparación por la inacción e impasibilidad occidentales a la hora de impedir el genocidio; esto es, como fruto de un sentimiento de culpabilidad.

Este sentimiento de culpabilidad explicaría también el silencio, y a mi juicio complicidad y connivencia, ante la deriva dictatorial del régimen de Kagame. Bien es cierto que los informes de organizaciones defensoras de los derechos humanos y de la misma ONU han ido mostrando el verdadero rostro del régimen y que la opinión pública internacional ha ido modificándose, por lo que, a su vez, los Estados, las instituciones internacionales (Naciones Unidas, UE), empiezan a ser más críticos. Sin embargo, Ruanda sigue teniendo una buena imagen debido a la “estabilidad” (¿?) y buen funcionamiento tecnocrático de un régimen, que garantizaría además cierto orden y estabilidad en una región tan convulsa. Que Kigali haya sido un factor determinante en la generación de conflictos en el este del Congo y, junto con Uganda, autor del pillaje de las riquezas congoleñas, no ha sido obstáculo para que nadie “haya tosido” a Kagame.

Un episodio significativo de cierto cambio en la percepción de la realidad ruandesa fue la emisión en octubre de 2014 por la BBC de un informe/reportaje, especialmente equilibrado, sobre la tragedia ruandesa. El régimen se sintió ofendido y atacado. Su reacción fue brutal, como lo es siempre que alguien pone en cuestión su legitimidad y la “verdad oficial”.

Ramón Arozarena

[Fundación Sur]


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