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La Guerra contra el Terror de USA deja un reguero de sangre en África
15/03/2017 -

En los años recientes, los asesinatos extrajudiciales se han convertido en una marca distintiva de la estrategia contraterrorista de Kenia. Pero incluso cuando estos abusos han empeorado, los fondos americanos para las fuerzas de seguridad Keniatas se ha incrementado. Este proceso se ha repetido a lo largo de toda África, subrayando la distancia entre las palabras de Estados Unidos (EE.UU.) y sus actos en los derechos humanos de África

Justo antes de que los torturadores le empujaran fuera de la furgoneta, le dijeron a Abdi que era uno de los afortunados “deberías haber muerto hoy, pero creemos tu historia” le dijeron. Apenas consciente, Abdi se desmayó en el pavimento de Nairobi. Media hora más tarde se despertó sin su cartera, teléfono o idea de donde estaba o que había hecho mal.

Bienvenidos a la edición Africana de la guerra contra el terror. Los operadores de seguridad que secuestraron a Abdi podrían ser de Kenia, pero la investigación sugiere que están siendo financiados desde Washington como parte de una estrategia contraterrorista de escala continental, que está dejando un reguero de cuerpos a su paso.

Esta estrategia está reñida con el publicitado compromiso de los EE.UU. con los derechos humanos en Africa. Abdi no fue la primera víctima y no será la última, especialmente ahora que Donald Trump ha reiterado su apoyo a la tortura contra sospechosos de terrorismo, y ya ha empezado a cumplir sus promesas en la campaña de destruir a los grupos terroristas.

Trump todavía tiene que detallar sus planes en política exterior y contraterrorismo. Pero de acuerdo con los anuncios que hizo durante la campaña, es factible asumir que los líderes autoritarios que usan el contraterrorismo para reprimir a sus oponentes tendrán todavía menos razones para temer una reducción en el apoyo que actualmente reciben de Estados Unidos.

Cualquier país que comparta nuestro objetivo de acabar con el Islam radical será nuestro aliado, dijo Trump en un discurso de política exterior: “No podemos escoger a nuestros amigos, pero no podemos fallar en reconocer a nuestros enemigos”.

“Sube o te disparamos”

Abdi tiene alrededor de 20 años, es un estudiante en la prestigiosa escuela de derecho de Nairobi. Tiene un hablar culto y va vestido de forma elegante. Aunque fue criado en la capital de Kenia, su familia viene del noreste del país, hogar de la mayoría de la población étnicamente somalí en Kenia. El mismo Abdi es étnicamente somalí, pero se considera keniata por completo.

Desde 2011, cuando Kenia invadió Somalia en una apuesta para acabar con el grupo Islamista al-Shabaab, los keniatas étnicos de Somalia se han encontrado en la mira del brutal programa de contraterrorismo del país. Miles han sido detenidos bajo razones dudosas en operaciones gubernamentales, al menos 4000 en solo una operación en 2014, mientras que las fuerzas de seguridad que tomaron parte en la respuesta contraterrorista, en particular la fuerza de defensa keniata (financiados por Estados Unidos) han sido acusados de cometer graves abusos de los derechos humanos, entre los que se incluyen torturas y ejecuciones sumarias.

El turno de Abdi llegó a mediados de 2015. Dado la naturaleza de su relato es difícil saber lo que pasó realmente, pero sus detalles concuerdan con las tendencias que cuentan organizaciones civiles de la localidad, mientras que los gobernantes de Kenia no respondieron a repetidas peticiones de comentar esta historia.

Hablando en un café del centro de Nairobi, Abdi dijo que estaba saliendo de la universidad cuando un Nissan blanco se paró cerca de el. La puerta se abrió, y una pistola le apunto a la cara. Abdi había visto suficientes películas de Hollywood para reconocer que la pistola llevaba un silenciador. "Me dicen que tengo dos opciones. Subirme o ser disparado, así que subo” comentaba.

El interior del vehículo había sido remodelado, con los asientos arrancados y cadenas añadidas. Abdi fue atado de tal manera que no podía mover sus manos o cuello. Había cinco hombres más en el coche, todos con ropas monocromáticas. El interrogador jefe le dijo a Abdi que eran de la policía, y que había estado bajo vigilancia durante varios años.

Tenían los documentos que lo probaban. Un pesado fichero contenía fotografías, registros de llamadas y una grabación de sus movimientos. Mientras se movían por las calles de Nairobi, lo comentaron con él, preguntando cuestiones detalladas sobre la gente que había conocido, incluidos los amigos, familia y ancianos del clan, y las razones. Cuando no les gustaba una respuesta, le electrocutaban con un marcador industrial de ganado hasta que se desmayaba, y repetían la pregunta una vez que había vuelto a la consciencia.

Sus interrogadores estaban particularmente preocupados de que viviera en una casa fuera de Eastleigh, el suburbio de Nairobi predominantemente somalí, con somalíes no keniatas. Le preguntaron una y otra vez: “¿estas tratando de reclutarlos para al-Shabaab?”

La odisea de Abdi duro siete horas. No puede recordar cuantas veces fue electrocutado. Era mucho más tarde de medianoche cuando finalmente se despertó al lado de una carretera en una parte de la ciudad que no conocía bien. Herido y medio ciego sin sus gafas, suplicó un viaje a un minibús que pasaba y consiguió llegar a casa.

Desde entonces Abdi ha sido forzado a cambiar de casa- “estoy en contra del tribalismo, pero es más seguro vivir con otros somalíes, es menos sospechoso” dijo. Sufre de un dolor crónico en la espalda, donde las descargas eléctricas dañaron su espina dorsal. Pero de forma increíble, está de acuerdo con los torturadores en que tuvo mucha suerte: “no me sorprendió que me cogieran. Tres días antes, alguien había sido cogido de Eastleigh. No volvió. De cada 10 que cogen, a lo mejor uno regresa.”

“Normalmente no estoy asi”

El doctor Abdallah Waititu no tuvo tanta suerte. Dejo el trabajo el 4 de abril en 2016 y no ha sido visto desde entonces. Su posesión más preciada, un Mercedes Benz de segunda mano, está todavía aparcado en el aparcamiento del hospital gubernamental en el condado de Machakos, donde trabajaba en la farmacia. Con 33 años, y conocido cariñosamente por su título doctor, era un pilar de la comunidad de Eastleigh. Sus conocimientos le hacían un modelo a seguir en los que es un suburbio muy pobre, y era generoso con su tiempo y dinero. No demasiada gente escapa de la pobreza en Easteligh, pero él fue una excepción, era la prueba de que era posible. Ahora ha desaparecido.

Nuestros amigos nos dicen que no nos preocupemos, que todavía está vivo. Pero no me lo creo, no hasta que lo vea” nos dice el hermano de Waititu, Imran. Está hablando desde la parte trasera de un taxi en una callejuela de Eastleigh, para que nadie le vea hablando con un periodista extranjero. Es una tarde calurosa, pero las ventanas tintadas están subidas. Está preocupado de que él sea el siguiente, pero también tiene la esperanza de que algo de publicidad pueda traer al doctor de vuelta.
He estado sufriendo un montón. Mírame, normalmente no estoy así”. La cara de Imran está apagada y habla de forma nerviosa mirando a su alrededor constantemente.

Al principio, las tres esposas de Waititu y sus cinco hijos no se preocuparon con que no llegara a casa. El tráfico de Nairobi es impredecible. Pero mientras iba anocheciendo, empezaron a preocuparse. Llamaron a sus compañeros, que dijeron que no estaba en el hospital pero que su coche seguía aparcado. Supieron que algo iba muy mal.

La búsqueda comenzó. El doctor no estaba en casa ni en el trabajo. No estaba en la mezquita. Tampoco en un hospital, en la estación de policía o en la morgue. Había desaparecido.

Para la familia de Waititu, la vida cambió drásticamente en los siguientes meses. Además de la penas, tuvieron que adaptarse a la nueva realidad financiera, ya que Waititu era el único que llevaba comida a casa. Se movieron a un apartamento más pequeño, y los hermanos tienen que trabajar para pagar la comida y el alquiler.

Cada semana, Imran u otro hermano dan una vuelta por las morgues y estaciones de policía locales, para comprobar si han encontrado al doctor. También han demandado al gobierno que revelen el paradero, a lo que han respondido que no tienen ni idea de donde está.

Imran dice que el gobierno esta mintiendo. No duda que Waititu fue capturado por la policía: “y si no fue la policía, entonces fue el ejército keniata”. Sus acusaciones tienen sentido. Las desapariciones han sido una de las mayores herramientas en la política antiterrorista, y el puesto de Witita como tesorero de su mezquita local le hizo un objetivo.

Durante años, el gobierno keniata ha actuado contra la mezquita de Eastleigh, describiéndola como una fuente de financiación de los grupos terroristas, Un antiguo miembro de la mezquita, Ahman Uman Ali, se convirtió en el líder de Al-Shabaab en Kenia. Aunque la mezquita niega los vínculos con el terrorismo, las acusaciones han sido continuas. Waititu no ha sido el último de los líderes de la mezquita en desaparecer. En junio, Abdul Mwangi estaba en camino de sus plegarias matutinas cuando fue arrojado dentro de un vehículo. Karuri es una figura importante en la mezquita y un político activo. Es el líder de la juventud del Partido Democrático, que han acusado a la policía de ser responsable.

Intimidación, arrestos, torturas, desapariciones. Estas son las herramientas de la guerra contra el terror en Kenia. Pero Imran dice que estas tácticas son contraproducentes. Las desapariciones no son una forma de luchar contra el terrorismo. Kenia solo lo está haciendo para agradar al mundo exterior. Cada desaparición es una prueba de que el dinero de los donantes está siendo usado. Y Estados Unidos es el mayor de los donantes.

Siguiendo el rastro del dinero

En Julio de 2015, Barack Obama dio un discurso en Addis Abeba. Obama usó la oportunidad para describir su visión de un África democrática y próspera “El progreso de África dependerá de respetar los derechos de toda la gente, ya que si cada uno de nosotros quiere ser tratado con dignidad, también debe tratar así a los demás.”

Obama prometió ayuda a las naciones Africanas para extender libertades y mejorar la democracia: “Cuando los periodistas son encerrados por hacer su trabajo o los activistas son amenazados, puedes tener democracia en el nombre, pero no en la sustancia”.

Fue un discurso precioso, pero el rastro del dinero traiciona la retórica de Obama. En vez de promover la libertad, Estados Unidos está financiando algunos de los peores violadores de derechos humanos del continente.

Todavía no sabemos cómo Trump afectara a la situación de los derechos humanos globalmente". Dijo Salil Shetty, “el secretario general de Amnistía internacional, “pero si su retórica se traslada a la política, las consecuencias serán gravísimas”.

Trump ha repetido que la tortura funciona. Pero una semana más tarde dijo que su secretario de Defensa James Mattis tendría la última palabra sobre el tema, y Mattis ha hablado en contra de la tortura.

¿Dónde podemos empezar a cuestionar el apoyo de los Estados Unidos a los derechos humanos? Podemos empezar en Nigeria, donde Estados Unidos está financiando una fuerza local contra Boko Haram, además de dar 600 millones en ayuda al desarrollo a Nigeria este año.

El apoyo militar directo va a aumentar de acuerdo con Reuters, que dijo que el entonces secretario de Estado John Kerry se comprometió a aumentar el apoyo miliar y a ayudar a Nigeria en la compra de aviones militares americanos. Todo esto a pesar de que un informe del propio departamento de Estado de abril dijo que las fuerzas de seguridad de Nigeria perpetraban asesinatos extrajudiciales, y cometían torturas y violaciones.

Cada año desde 2012, la administración Obama ha creado una excepción para poder financiar a Sudan del Sur a pesar de usar niños soldados en su ejército. Excepciones similares se han dado en Chad, República Democrática del Congo, Libia y Somalia. En un memorándum, Obama dijo que esto era el “interés nacional”.

¿Y que pasa con el proyecto contraterrorista TransSahariano? Esta iniciativa estrella de la guerra contra el terror, que lleva activa desde 2005, da decenas de millones a fuerzas de seguridad en más de 10 países en el Magreb y Sahel: Argelia, Burkina Faso, Chad, Mauritania, Mali, Marruecos, Níger, Nigeria, Senegal y Túnez.
Muchos de los paises envueltos en este proyecto han violado los derechos humanos repetidamente. Sin embargo siguen recibiendo financiación continuada de Estados Unidos.

El Hermano mayor te guarda la espalda

Kenia es un ejemplo particularmente claro de cómo la financiación de Estados Unidos de las fuerzas de seguridad Africanas no tienen en cuenta el comportamiento de los que la reciben. La cantidad que reciben es desconocida.

Human Rights Watch, en un informe de Julio de 2016, documentó 34 desapariciones forzosas en Nairobi y el noreste de Kenia relacionadas con las operaciones contraterroristas. Tuvieron conclusiones similares cuando descubrieron que el apoyo de Estados Unidos a los militares de Kenia llegarían a 120 millones en 2016 (más de un 10% del presupuesto militar de Kenia).

“Más transparencia en la cantidad de dinero americano que financia ciertas operaciones es crítico para asegurar que no se están financiando abusos” Dijo Otsieno Namwaya, autor del informe de Human Rights Watch. “Creo que la policía keniata necesita mucho a Estados Unidos no solo en el dinero, sino en el entrenamiento que reciben sus agentes”. A pesar de todo esto, desde 2013 Estados Unidos ha aumentado la cantidad de dinero que da al ejército Keniata, aprobando de facto sus operaciones.

América no tendría que estar financiando a violadores de derechos humanos debido a una ley pasada por el Senador Leahy en los 90. Leahy dijo al New York Times en 2013 que si no nos aseguramos en reformar las fuerzas de seguridad que estamos financiando estamos apoyando los abusos que queremos prevenir.

Sin embargo, la prioridad de Estados Unidos es el terrorismo islámico, específicamente Al-Shabaab. Esta rama de Al-Qaeda ha ganado fuerza en Somalia desde la intervención Keniata en 2011. Como parte de la Misión de la Unión Africana, Kenia juega un papel importante en mantener la estabilidad de Somalia, y en casa tienen el encargo de prevenir nuevas radicalizaciones, sin importar la legalidad o ética de las tácticas empleadas.

En la práctica, las fuerzas de seguridad Keniatas son financiadas por estados Unidos para hacer el trabajo sucio que ellos no quieren hacer. Es contraterrorismo vía proxy.

Como perder una guerra contra el terror

Que la guerra contra el terror va contra los derechos básicos es una cuestión ya sabida. Parece ser que la seguridad es más importante que las libertades.

Si Estados Unidos estuviera ganando la guerra, este argumento podría tener sentido, pero no está ganando. Particularmente en África, donde la actividad terrorista ha aumentado dramáticamente estos últimos años. Los ataques terroristas Islámicos se han cuadruplicado desde 2009 y los muertos han crecido un 850%.

La explicación de estos números no es solo el creciente rol del Estado Islámico, sino también las violaciones derechos humanos que los Estados Unidos prefieren ignorar.

En 2014, Anneli Botha, una investigadora de seguridad preguntó a militantes de grupos islámicos por las cuestiones que les habían hecho unirse. Su investigación, que se centró en Kenia, encontró que la mayoría de los militantes de Al Shabaab dijeron que las injusticias a manos de las fuerzas de seguridad Keniatas les habían hecho unirse al grupo terrorista. Muchos dijeron que el tratamiento de todos los musulmanes como terroristas y los castigos colectivos jugaron un papel clave, mientras que otros hablan de asesinatos de individuos específicos como imanes.

La evidencia es abrumadora: el contraterrorismo de Kenia no solo es moral y legalmente incorrecto. También es contraproducente. Cada vez que alguien como Abdi es torturado Al-Shabaab consigue nueva propaganda, cada vez que un doctor desaparece, nuevos recrutas aparecen. Solo esto debería hacer pensar a los Estados Unidos sus aliados en la guerra contra el terror, ya que en la práctica están acelerando, no impidiendo, el avance del terrorismo en África.

¿Quiénes son los terroristas?

Un año después de su secuestro a manos de la policía Keniata, Abdi dice que ya no tiene miedo “Solo tengo una vida. Si alguien quiere quitármela, especialmente el gobierno, ¿Cómo puedo impedirlo? Así que simplemente sigo avanzando. No puedo desaparecer, no puedo esconderme. Es doloroso ver a mi agresor caminando por la calle, pero no se puede hacer nada”.

Intenta no ceder a la ira, pero tiene muchas razones para estar furioso. Su gobierno le ha traicionado y no sabe a quién pedir ayuda. “Los que deberían ayudarme son los que me persiguen. Dicen perseguir el terror pero son terroristas”.

En Kenia, como en otras partes de África, la línea entre el gobierno y los terroristas es cada vez más borrosa. Para combatir la brutalidad de Al-Shabaab, las fuerzas de seguridad Keniatas copian sus crímenes. Y lo hacen con el sello de aprobación multimillonario del único superpoder del mundo.

Como el dinero habla más alto que las palabras, el mensaje está siendo enviado a Nigeria, al Chad, a Argelia, a Etiopía, a Mauritania, a Burkina Faso, a Sudan del Sur y a todas las fuerzas de seguridad africanas que ven los abusos de los derechos humanos como un daño colateral inevitable.

El argumento de que es contraproductivo ha caído en saco roto. Y Bajo el gobierno de Trump esto no tiene pinta de cambiar.

Simon Allison

Fuente: Daily Maverick

[Traducción y edición, Fernando Martín]

[Fundación Sur]


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