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Violación y Religión
15/03/2017 -

Nuestras vidas comienzan, se crean en las profundidades ocultas de nuestras madres, intrincadamente tejidas a ellas desde el momento mismo de la concepción que resulta de las relaciones sexuales entre dos personas. Este es un acto profundamente íntimo. Dos seres que se tornan uno, una carne.

Las relaciones sexuales tienen el potencial de crear vida. Sin embargo, no las llamamos “hacer vida”, se nombran de una manera igualmente misteriosa y maravillosa: “hacer el amor”, y así conectan con la necesidad más profunda de la humanidad. Su mayor anhelo.

El acto sexual encarna un poder tan hermoso, tan vulnerable, tan maravilloso y tan íntimo de crear vida o transmitir amor que no se puede medir. Del mismo modo, cuando el acto sexual se perpetra sin consentimiento y respeto mutuo, cuando se comete con violencia, el horror y el daño que cause tampoco se puede medir. Es una tortura de la mente y el cuerpo. Lo llamamos violación. La violación es un acto de tortura. La violación convierte la maravilla del amor en un arma de guerra. La violación convierte lo que por naturaleza es hermoso en un acto brutal. La violación convierte un acto de vulnerabilidad en uno de violencia. Lo que debería ser un acto de igualdad, reciprocidad y placer en un acto de dominación, egoísmo y poder.

Esto está sucediendo en un contexto social e histórico, perpetuado a través de los siglos, que avergüenza y culpa a la víctima y superviviente de la violación en vez de a quien la perpetra.

Demasiado a menudo, esta narrativa de culpabilidad persigue a la víctima de violación durante el interrogatorio. Las insinuaciones de que la violación se ha producido por su propia irresponsabilidad ponen toda la culpa de un crimen que se ha cometido contra ella en ella.

Por lo tanto, la violación no supone un solo acto de tortura, ya que le siguen muchos secundarios. Y secundarios no por “menores”, sino secundario por “más de uno”, ya que una superviviente de violación tendrá que contar su historia otra vez a la hora de defenderse. Deberá volver a contarla una y otra vez bajo el microscopio de una sociedad de extraños y sus preguntas. Tendrá que probar que la han violado. Cuando la mujer explica que el terror la paralizó y no pudo gritar ni resistirse, su explicación se interpreta como consentimiento, convirtiendo al violador en víctima y a ella en la delincuente. Se la acusará de mentir, y puede que algunos incluso pidan que se la queme en la hoguera como a una bruja.

#RememberKhezi

Esta situación es una pandemia en nuestra tierra. En el año 2014-2015, se denunciaron más de 53.000 casos de violación. Eso son unos 150 al día y se cree que, en realidad, se comenten 8 o 9 veces más violaciones, pero que nunca llegan a denunciarse. Eso sumaría 480.000 casos – más de 1.000 violaciones al día que nunca llegan a denunciarse.

La violación no tiene que ver con el sexo per se. Muchos son los violadores que podrían tener sexo por otros medios. Tiene que ver con el poder. Con la dominación. Nace y se alimenta de muchas fuentes no menos importantes que un retorcido sentido de la masculinidad amparado por una sociedad híperpatriarcal que dice que las mujeres son ciudadanas de segunda. Todavía se cree que los hombres tienen algunos derechos sobre las mujeres –muchos de ellos sexuales- y que el papel predominante de la mujer es servir al hombre. Que la mujer pertenece al hombre, que es su propiedad. Si tratamos este contexto con un enfoque interseccional, vemos que el problema no tiene que ver sólo con el género, sino también con el color de la piel, la clase social y la orientación sexual. En otras palabras, siempre entran en juego muchos niveles de vulnerabilidad (del violado con respecto al violador).

¿Cómo es posible que todos nosotros le debamos la vida a nuestras madres y que muchos hombres traten como tratan a las mujeres, negando y traicionando la fuente de vida que son las mujeres en cada una de nuestras vidas? ¿De dónde viene esta desconexión entre la madre que nos dio la vida y las violaciones que nos sentimos con derecho a perpetrar contra nuestras hermanas? ¿Dónde aprendimos que el papel principal de las mujeres es servirnos?

Hay un sinfín de respuestas a esta pregunta, y gente más hábil podrá señalarlas todas, pero yo sólo voy a señalar una: la religión. La religión se ha utilizado para justificar el poder del hombre sobre la mujer. Señalo mi propia fe cristiana y como muchas interpretaciones de la Biblia, más concretamente interpretaciones masculinas de las escrituras, han perpetuado una sociedad patriarcal que a su vez contribuye a las pocas sanciones para el abuso de los hombres sobre las mujeres.

Haced memoria… Puede que, cuando estabas en el colegio, tuvieras discusiones infantiles que fueron más o menos así, “los hombres primeros, las mujeres segundas, porque Dios creo a la mujer la segunda” “No eres más que la costilla de un hombre”. Entonces nos reíamos, pero este tipo de comentarios no son una broma y, lo que es más, no son fieles a las sagradas escrituras, esas palabras ni siquiera aparecen en las escrituras. En la Biblia no aparece ninguna mención a género alguno. Adamoi significa en hebreo “criatura de la tierra” (del suelo) y es de una criatura de la tierra – una criatura de la tierra sin género – de quien se tomó una costilla. Ambos géneros se crearon al mismo tiempo en Génesis 3 y En Génesis 1, tanto el hombre como la mujer son creados a imagen de Dios. Por lo tanto, Dios encarna y trasciende el género, todos los géneros.

#RememberBathseba

Alan Storey

* Alan Storey es un ministro metodista y trabaja en la Misión Metodista Central de Ciudad del Cabo. Está graduado con honor en Teología y tiene un Master en Filosofía de la Ética aplicada a la economía. Es, ademas, director del movimiento Sudáfrica Libre de Armas.

Puedes leer el documento completo siguiendo el enlace

Daily Maverick

[Traducción y edición, Sarai de la Mata]

[Fundación Sur]


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