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Inicio > Bitácora africana >
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Rodríguez Soto, José Carlos

(Madrid, 1960). Ex-Sacerdote Misionero Comboniano. Es licenciado en Teología (Kampala, Uganda) y en Periodismo (Universidad Complutense).

Ha trabajado en Uganda de 1984 a 1987 y desde 1991, todos estos 17 años, los ha pasado en Acholiland (norte de Uganda), siempre en tiempo de guerra. Ha participado activamente en conversaciones de mediación con las guerrillas del norte de Uganda y en comisiones de Justicia y Paz. Actualmente trabaja para caritas

Entre sus cargos periodísticos columnista de la publicación semanal Ugandan Observer , director de la revista Leadership, actualmente escribe en el blog "En clave de África" en el Periódico de Catalunya" y en Periodista Digital y trabaja en la ONGD Red Deporte y Cooperación

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La ciudad con peor calidad de vida del mundo, por José Carlos Rodríguez Soto

6 de marzo de 2017.

¿Dónde vas este fin de semana? ¿A la ópera o al teatro?” Así me suele tomar el pelo un compañero de la oficina cuando nos despedimos el viernes por la tarde. Tratándose de una ciudad como Bangui, las posibilidades de distracción son escasísimas, y no sólo porque casi siempre trabajo los sábados y domingos, sino porque aunque tuviera esas 48 horas libres no tendría ningún lugar donde ir: ni un cine, ni un museo o exposición, ni un parque ni un lugar agradable donde pasear.

Pero no hablemos de posibilidades de pasar un supuesto tiempo de ocio en Bangui -algo en lo que sólo un privilegiado como yo puede permitirse el lujo de pensar-, sino de cosas mucho más básicas de las que la gente del país donde trabajo carecen casi por completo. Para la mayor parte de los apenas 800.000 habitantes de la capital centroafricana su vida cotidiana es dura: la mayor parte de ellos come una vez al día, en la mayor parte de sus barrios no hay suministro eléctrico regular (yo vivo en un barrio popular donde tengo unas pocas horas de luz al día y a veces ni eso), el transporte público -casi siempre un moto-taxi que puede llevar a cuatro pasajeros- es escaso y peligroso y un tercio de los niños no están escolarizados. Para llenar un bidón de agua en una fuente pública muchas mujeres se levantan a las dos de la madrugada. Y si uno cae enfermo, el tratamiento para un simple paludismo puede costarle unos 40.000 francos (70 euros), equivalente a un sueldo mensual normalito; eso para los que tienen la suerte de tener un empleo, ya que se calcula que la tasa de desempleo juvenil en Bangui está en torno al 80 por ciento. Y la gente se puede dar por satisfecha si, por lo menos, viven una jornada sin sobresaltos por disparos o enfrentamientos entre milicias, como fue su pan cotidiano entre 2013 y 2015.

He recordado todo esto al leer una noticia reciente, publicada por la revista Afrique Mediterranée Business, sobre un estudio realizado por la Escuela Politécnica Federal de Lausana sobre la calidad de vida en 100 ciudades africanas. Los primeros tres honrosos puestos se lo llevan Marrakech (Marruecos), Johanesburgo (Sudáfrica) y Alejandría (Egipto). Los últimos de la la cola corresponden a urbes de países africanos conflictivos, entre ellos Bangui. Lo novedoso de este estudio es que, por primera vez se centra en la calidad de vida para los propios ciudadanos africanos, basándose en siete critterios: servicios sociales, vivienda, desarrollo, espacio, infraestructuras, seguridad y gobierno. Hasta la fecha las clasificaciones publicadas se centraban en condiciones de vida para expatriados. La más conocida es el ranking de la consultora Mercer International, la cual en noviembre del año pasado publicó un baremo de 300 ciudades de todo el mundo. Allí, Bangui aparecía como la segunda ciudad del mundo con peor calidad de vida, sólo por detrás de Bagdad.

Cuando uno vive en una de los lugares más pobres del mundo y pertenece a la categoría de lo que se suele denominar como “expatriados”, caben dos opciones: o encerrarse en una bola de cristal y vivir aislado con todos los lujos que uno puede agenciarse, o intentar vivir en contacto con las personas que viven mucho peor que uno mismo. Personalmente, en mis más de 25 años en varios países africanos siempre he evitado frecuentar círculos de “expatriados” que casi siempre pasan el tiempo hablando pestes del país en el que viven y obstinándose por tener a su alcance lujos inalcanzables para la inmensa mayoría de los habitantes del país en el que viven: televisión satélite, casa con piscina, aire acondicionado las 24 horas del día, productos de alimentación adquiridos en supermercados carísimos y hotel de cinco estrellas con spa y restaurante exclusivo los fines de semana. En Bangui hay un hotel que tiene hasta casino y discoteca de diseño, lugares en los que por cierto nunca he tenido ninguna la más mínima intención ni de asomarme.

Conozco compañeros de trabajo que viven encerrados en esa burbuja que les aísla y no me dan ninguna envidia. Creo que al rehusar mezclarse con el ambiente en el que viven se pierden una ocasión única de aprender mucho y, sobre todo, de disfrutar de las muchas alegrías que uno tiene cuando se relaciona con la gente del lugar en el que vive. Pienso que en bastantes casos en el mundo occidental hemos llevado el concepto de “calidad de vida” a tales extremos que pueden resultar ridículos. En realidad, una vez que tenemos las necesidades más perentorias cubiertas, se disfruta más de la vida adaptándonos lo más que podemos a la realidad que nos ha tocado vivir, sobre todo relacionándonos con las personas que tenemos a nuestro alrededor. Un veterano misionero con el que viví varios años en el norte de Uganda, azotado entonces por la guerra del LRA en un lugar que tenía muy pocos atractivos, me repetía a menudo que lo que hace que un lugar sea bello no es el entorno ni las condiciones de vida, sino las personas. Los expatriados que trabajan en África que viven constantemente amargados criticando a los africanos y se aíslan del trato con la gente de a pie, además de ser tremendamente injustos, no saben lo que se pierden.

Es posible que Bangui sea la ciudad africana con peor calidad de vida de acuerdo con determinados criterios, pero yo personalmente he aprendido a disfrutar de las pequeñas cosas de cada día: el estadio donde voy unas cinco veces por semana muy temprano a correr, los barrios donde paso buena parte del día trabajando con líderes locales a los que sobre todo intento escuchar, los puestos callejeros donde por apenas dos dólares comes trocitos de carne asada mientras los dependientes se ríen escuchando el poco Sango que intento hablar, la iglesia de los jesuitas donde voy a misa en el patio de su comunidad los domingos, los vecinos con los que charlo por las tardes al fresco en la calle al terminar el trabajo y que me transmiten sus penas y sus esperanzas, los desplazados que vuelven a sus casas destruidas y hacen ladrillos ayudados muchas veces por los mismos que hasta hace pocos meses eran sus enemigos...

En Bangui no iré nunca al teatro ni a la ópera, lugares que no existen en la capital ribereña, pero sé que cada día tendrá mil oportunidades de encontrarme con personas que, a pesar de las durísimas condiciones en las que viven, transmiten calor humano y de los que siempre tendré mucho que aprender.

Origlnal en : en Clave de África



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