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Ushindi (Victoria)

Djambo yenu! Me llamo Victoria (“ushindi” es mi nombre en suahili.) Soy misionera de la Congregación Pureza de María. Desde 2009 vivo en Kanzenze, un poblado situado en la provincia de Katanga, al sur de la República Democrática del Congo. Allí, nos ocupamos de un Hospital General de Referencia, una Escuela Primaria de niñas llamada Mikuba, (“cobre”) una escuela secundaria mixta llamada Uzima (“vida”), un internado de chicas llamado Mère Alberta (es el nombre de nuestra fundadora) y uno de chicos, que también se llama Uzima. Yo me ocupo de la dirección de la escuela secundaria, de dar clase, de la gestión de proyectos de cooperación y… ¡un “mix” de todo!

Entre mis aficiones destacan la lectura, la escritura, el dibujo y la pintura, la apicultura, la agricultura…

Africa is my place in the world!

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Donald Trump o "puentes y no muros" , por Ushindi

22 de febrero de 2017.

Me ha impresionado tanto la política de Donald Trump con respecto a los inmigrantes que he decidido compartir con vosotros algunos retazos de mi historia personal.

Soy española y, desde 2009, vivo en la República Democrática del Congo, en un pequeño poblado llamado Kanzenze, en Lualaba, provincia al sur del país. Mis padres son españoles, pero mi primer apellido es francés porque, aunque mi bisabuelo paterno nació en Italia, su familia tenía origen francés. Y eran oriundos de Bohemia. Nuestra tatarabuela era irlandesa. Recuerdo a papá cuando nos contaba que ella llegó a España con motivo de la persecución contra los católicos. Haciendo marcha atrás, parece que uno de nuestros antepasados tomó parte en la Revolución de Haití en favor de población negra en el s. XVIII.

Soy la pequeña de una familia de tres hermanos y dos hermanas. Mis padres pensaban que era bueno que aprendiéramos idiomas, así es que desde que tuvimos la edad de 11 o 12 años, empezaron a enviarnos a distintos países durante las vacaciones de verano. Recuerdo la primera vez en que mis tres hermanos fueron a Estados Unidos, para una estancia de dos meses. Iban a familias que no conocíamos. Yo tenía entonces 9 años, y recuerdo a papá hablándonos de los Estados Unidos. Nos dijo que eran una gran Nación porque habían acogido a todo el mundo. Papá nos contaba que durante la II Guerra Mundial habían acogido a muchos judíos y a otras personas que huían de Hitler. Esto no es el final de la historia. Uno de mis hermanos fue enviado a una familia americana procedente de la India. Era la primera vez que uno de nosotros iba a vivir en un contexto tan distinto… y recuerdo las palabras de mamá: tanto si son cristianos como si no… tanto si viven como nosotros como si no… sólo te pido una cosa, sé para ellos un hijo. Estuvieron muy contentos con mi hermano por lo que, algunos meses más tarde, fueron a Mallorca (donde vivíamos por aquel entonces) para visitarnos. Lo primero que me llamó la atención es que, al entrar en casa, se quitaron los zapatos. Tengo que confesar que mi idea de América se mezclaba con las hamburguesas, las películas y otros estereotipos, y que descubrí que uno podía ser americano – del mismo modo en que podemos ser seres humanos, de modos muy diversos.

Estudiando la Historia de América, pronto me percaté de que los Estados Unidos se han construido, en gran medida, gracias a millones de inmigrantes procedentes de diversos países. Como dijo el Presidente Kennedy:

“Creo en unos Estados Unidos donde la intolerancia religiosa termine algún día; donde se trate por igual a todos los hombres y a todas las iglesias; donde todos los hombres tengan el mismo derecho de asistir o no asistir a la iglesia de su elección; donde no haya un voto católico, ni un voto anticatólico, ni ningún bloque de voto de ninguna clase; y donde católicos, protestantes y judíos, tanto en el ámbito laico como en el pastoral, se abstengan de demostrar aquellas actitudes de desdén y división que con tanta frecuencia han obstaculizado sus obras en el pasado y, en cambio, promuevan el ideal estadounidense de hermandad”.

Por eso me entristece tanto hoy la política de Donald Trump.

Quisiera subrayar dos episodios de la historia americana. Durante la segregación racial, que es uno de los acontecimientos más tristes en la historia de la Nación, mucha gente cometió horrendos crímenes e injusticias. Pero muchos americanos lucharon por la libertad. Y donde vivo ahora, en la República Democrática del Congo, la política americana está fomentando en parte la explotación y la corrupción en el negocio de las minas… pero la otra cara de la moneda es que muchos otros están trabajando por un sistema más justo. Con estos dos ejemplos, y podría haber usado muchos otros, lo que quiero decir es que no soy pro-americana a ciegas. Pero no podemos olvidar lo que dijo el Papa Francisco en el Congreso de Estados Unidos en septiembre de 2015:

“En los últimos siglos, millones de personas han alcanzado esta tierra persiguiendo el sueño de poder construir su propio futuro en libertad. Nosotros, pertenecientes a este continente, no nos asustamos de los extranjeros, porque muchos de nosotros hace tiempo fuimos extranjeros. Les hablo como hijo de inmigrantes, como muchos de ustedes que son descendientes de inmigrantes (…) Debemos elegir la posibilidad de vivir ahora en el mundo más justo y noble posible, mientras formamos a las nuevas generaciones, con una educación que no puede dar nunca la espalda a los “vecinos”, a todo lo que nos rodea. Construir una nación nos lleva a pensarnos siempre en relación con otros, saliendo de la lógica de enemigo para pasar a la lógica de la recíproca subsidiariedad, dando lo mejor de nosotros”.

Durante una de mis estancias en Irlanda, tuve la suerte de vivir con una señora mayor que era hija de uno de aquellos que capitanearon el movimiento de independencia de Irlanda tras el Levantamiento de Pascua de 1916. Si habéis visto la película El viento que agita la cebada, os podéis hacer una idea de los doloroso del proceso. Recuerdo una noche, alrededor del fuego, tomando una taza de té. Estábamos hablando de una reciente visita que habíamos hecho juntas a distintos lugares históricos, en particular a la cárcel donde fueron ejecutados los rebeldes y también a algunas colinas donde fueron asesinados. De pronto, empezó a hablarme de sus nietos, y yo pensé que, simplemente, quería cambiar de tema. En lugar de eso, lo que me dijo es que estaba agradecida a Gran Bretaña por lo que le estaba dando a sus nietos. Durante los difíciles años de la crisis económica en Irlanda, algunos de ellos habían abandonado el país en busca de una vida mejor. Y al final de todo, me ofreció su conclusión: “No podemos vivir con miedo ni odio en el corazón, tenemos que ser capaces de vivir juntos en este mundo”.

Creo que Donald Trump debería reflexionar acerca de la Historia de América, de su presente y de su futuro. Como está escrito en la Declaración de Independencia (4 de julio de 1776):

“todos los hombres son creados iguales (…) han sido dotados por el Creador de ciertos derechos inalienables (…) entre éstos está la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.

Espero que lo haga antes de que sea demasiado tarde.



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