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Inicio > Bitácora africana >
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Rodríguez Soto, José Carlos

(Madrid, 1960). Ex-Sacerdote Misionero Comboniano. Es licenciado en Teología (Kampala, Uganda) y en Periodismo (Universidad Complutense).

Ha trabajado en Uganda de 1984 a 1987 y desde 1991, todos estos 17 años, los ha pasado en Acholiland (norte de Uganda), siempre en tiempo de guerra. Ha participado activamente en conversaciones de mediación con las guerrillas del norte de Uganda y en comisiones de Justicia y Paz. Actualmente trabaja para caritas

Entre sus cargos periodísticos columnista de la publicación semanal Ugandan Observer , director de la revista Leadership, actualmente escribe en el blog "En clave de África" en el Periódico de Catalunya" y en Periodista Digital y trabaja en la ONGD Red Deporte y Cooperación

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Cuando el criminal tiene razon, por José Carlos Rodríguez Soto

27 de enero de 2017.

Hablaba en mi última entradade un grupo de milicianos del barrio musulmán del Kilometro Cinco de Bangui que el pasado 15 de enero habían incendiado una estructura temporal donde los cristianos de confesión Bautista rezan los domingos. Hoy tengo que decir que el pasado 25 volvieron a incendiar las lonas que con tanto trabajo compraron y pusieron sobre los cuatro palos que levantaron y donde llevaban varios domingos rezando.

Los cristianos victimas de estos dos ataques viven en el barrio de Gbaya Dombia, uno de los arrabales incendiados por milicias musulmanas en 2014. Desde hace unas cinco semanas estaban dejando el campo de desplazados situado al lado del aeropuerto y volviendo a sus casas en ruinas, levantando las paredes con mucho sacrificio y cubriendo las modestas viviendas con lonas hasta que consigan algo mejor. Para ellos, la iglesia es su principal punto de referencia y el lugar donde encuentran fuerza y esperanza para sobrellevar una vida cotidiana muy dura. Estuve con ellos el domingo 22 y me dio pena verlos llegar a la oración, siempre con el miedo de que podrían ser atacados en cualquier momento. Igual calvario estan pasando los catolicos de la Iglesia de San Matias, parcialmente destruida desde septiembre de 2015, y que el cardenal arzobispo no puede rehabilitar porque un grupo armado que se ha instalado alli ha convertido el patio de la iglesia en un cementerio musulman y amenazan con disparar a quien se atreva a entrar en la iglesia.

Dos días antes, estuve hablando con un Imán conocido por sus posiciones radicales, quien me confeso sin tapujos: “esa gente (se refería a los cristianos bautistas) pueden volver a poner lonas y levantar su iglesia mil veces, nosotros vamos a incendiársela también mil veces”. Le conteste que si era un verdadero creyente en Dios no podía pronunciar ese despropósito. Sé que la gran mayoría de los imanes de Bangui no suscribirían nunca una afirmación así, pero empiezo a ver posiciones muy ambiguas, sobre todo la de personas que parecen esperar beneficiarse de que se desaten tensiones entre cristianos y musulmanes e incluso de que pueda haber brotes de violencia. En privado, la mayor parte de los líderes musulmanes dicen estar por la paz, el entendimiento y el respeto mutuo, pero en la práctica, basta con que unos pocos levanten su voz para justificar la violencia… y los que aparecen moderados se callan por miedo. Es lo que pasa en las sociedades donde todos se conocen y donde circulan las armas en abundancia.

Entendí que, si bien los que ya han atacado la iglesia bautista son un grupo armado de apenas 20 chavales fanatizados, detrás de ellos hay gente que atiza el fuego y les anima a seguir haciendo barbaridades. Persona como el imán con el que hable utilizan como justificación el hecho de que en Bangui hay muchas mezquitas que entre finales de 2013 y principios de 2014 fueron destruidas por los milicianos anti-balaka, que realizaron una verdadera caza al musulmán. “Mientras nosotros no podamos reconstruir nuestras mezquitas, por que pueden los cristianos rehabilitar sus iglesias?”

También esgrimen como argumento que durante las últimas semanas varios miles de cristianos desplazados han podido volver a sus barrios de origen y han obtenido incluso una ayuda monetaria del gobierno para reasentarse, mientras que en el Kilómetro Cinco hay miles de desplazados musulmanes que no pueden volver a los barrios de donde les expulsaron en 2014. En muchos casos, sus viviendas han sido ocupadas por otras personas que no tienen ninguna gana de dejarlas libres.

Estos argumentos, expresiones de una frustración que empieza a salir a flote, van ganando terreno y puede explicar que, aunque sean pocos los que apoyen activamente un ataque a instituciones cristianas en el barrio musulmán de Bangui, cada vez son más los que no mueven un dedo por impedir esta violencia, miran para otro lado o incluso aplauden sotto voce. En situaciones de tensión es muy difícil mantener la cabeza fría y juzgar las cosas con calma. No es fácil decir alto y claro que hay que separar ambas cosas y que tan condenable es quemar una iglesia donde van a rezar los antiguos desplazados, como impedir que los musulmanes que han perdido sus hogares y sus mezquitas vuelvan a sus lugares de origen para rehacer su vida.

Ocurre muchas veces en sociedades en conflicto que los ataques violentos de grupos armados, por muy condenables que sean, son solo el síntoma de una profunda insatisfacción en el seno de su grupo. Al mismo tiempo que hay que negarles legitimidad, hay que trabajar para remediar las raíces del conflicto, para evitar que este vuelva a aparecer de distintas formas.

Llevo algo más de una semana trabajando con mis compañeros en los dos frentes: intentar proteger a los cristianos que viven en el barrio musulmán, y al mismo tiempo dialogar con líderes comunitarios de otros barrios para que los musulmanes puedan empezar a volver a sus casas. En las circunstancias en las que vivimos es fácil que una acción u otra sea interpretada como un apoyo al “enemigo”. Al final, esperemos que la fuerza del sentido común y del vivir en paz se imponga y que los que siguen empeñados en usar la violencia se queden sin armas… y sin argumentos.

Original en : En Clave de África



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