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Inicio > Bitácora africana >

Africanos y afrodescendientes, contra el racismo, por Omer Freixa

2 de septiembre de 2016.

Se cumplen 15 años de la celebración de la III Conferencia Mundial de las Naciones Unidas contra el Racismo, la Discriminación Racial, la Xenofobia y las Formas Conexas de Intolerancia, reunida en la ciudad sudafricana de Durban entre el 31 de agosto y el 8 de septiembre de 2001, en un país que mostró su liderazgo ante el mundo en lo relativo a los Derechos Humanos por la forma en que desmanteló el oprobioso régimen del Apartheid durante la primera mitad de la década de 1990.

Al término de la Conferencia se lanzó una Declaración que incluyó, entre otros numerosos aspectos para un tema tan amplio como el racismo y demás lacras, el reconocimiento que la trata y la esclavitud, y en especial la trata trasatlántica de esclavos, son crímenes de lesa humanidad, y llamó a honrar la memoria de las víctimas de todos los atropellos a los Derechos Humanos. También el Programa de Acción, que acompañó a la Declaración, instó a reparar e indemnizar a las víctimas de todas estas formas de desprecio. En el caso particular de africanos y afrodescendientes, estos últimos identificados en el documento como una categoría específica y víctima, sostuvo “la importancia y necesidad de asegurar su completa integración en la vida social, económica y política” (Declaración, punto 13) reconociendo que hoy día los africanos y descendientes de éstos son víctimas de discriminación racial y de exclusión en diversos ámbitos, como un problema global.

Lo que se conoce como la Gran Trata Atlántica por espacio de más de tres siglos nutrió América de unos 10 millones de africanos esclavizados, aunque las cifras varían y las estimaciones más altas engloben (entre llegados y fallecidos) un número impresionante y no menor al de 50 millones de almas. Se estuvo de acuerdo en la conferencia de calificarla dicho tráfico atlántico como un horror y sumó lo indicado en el párrafo anterior. Tomando Durban como base, naciones del Caribe comenzaron a reclamar compensaciones a las antiguas metrópolis por el flagelo esclavista que cimentó las riquezas de sus imperios y que posibilitó a Gran Bretaña acumular lo suficiente para iniciar su Revolución Industrial. Por ejemplo, Jamaica exigió al Reino Unido el pago de 25.000 millones de dólares por su participación en tan rentable negocio del pasado, exigencia obviamente resistida.

La Conferencia prestó particular atención a los afrodescendientes, un término que empezó a pesar como modo de empoderar y tornar visible a un colectivo históricamente marginado, así como tomar nota de un concepto que, desde una noción constructivista y una articulación política, fue cobrando importancia a partir de comienzos del presente siglo, sobre todo desde el final del evento en Durban. La palabra respondió a una nueva identidad política autoconstruida, incluyente de personas de descendencia africana sin importar el fenotipo y otras diferencias, y fue adoptada por diversas organizaciones en todo el mundo, como las Naciones Unidas en tanto herramienta práctica para construir una agenda de trabajo.

De allí en más, muchos grupos en América, descendientes de esclavizados, dejaron de referirse a sí mismos como “negro” y pasaron a autodenominarse afrodescendiente, entendiendo que en América el primer término refiere a la forma en que el colonizador denominó en forma peyorativa y transmitió un complejo de inferioridad a su mano de obra de origen africana, trauma que sobrevivió al cese de la esclavitud. Esta explicación hunde su raíz en lo que se conoce como la “colonialidad del poder”, expresión acuñada por el sociólogo peruano Aníbal Quijano que define un patrón de poder sustentado en una dinámica de dominación y explotación, donde la noción de raza se erigió como pivote esencial de la modernidad capitalista. Entonces, si bien el colonialismo y la esclavitud desaparecieron, la ideología que las cimentó no, y la misma mantiene sometidas a minorías y grupos antiguamente colonizados y sus descendientes bajo una pretensión subyacente de inferioridad. Pero los africanos, por caso, resisten a esta ideología y, tomando cartas en el asunto, en 2013 un grupo en Kenya accionó y consiguió la disculpa oficial del gobierno británico por los excesos coloniales y éste accedió a pagar compensaciones monetarias de carácter individual. Este operar sirvió de modelo e inspiración para otros casos, como el afrocaribeño mencionado antes.

Donde mejor impacto tuvo el concepto novedoso de afrodescendiente y resultados tangibles en la lucha contra el racismo fue en América Latina y el Caribe, donde se calcula habitan 150 millones de afrodescendientes, la tercera parte de la población, donde se asentó fuertemente la diáspora africana como producto de la trata esclavista, principalmente. A propósito, la Unión Africana, que representa y en teoría une un continente compuesto por más de 1.200 millones de habitantes, comenzó a considerar América Latina y el Caribe como su sexta área, dando cuenta de los vínculos diaspóricos consolidados tras los últimos siglos. El término en cuestión comporta una intencionalidad política de estrechar lazos con miembros de la diáspora africana en todo el mundo, como una forma de propender a la solidaridad de todos lo que poseen un origen y ancestro africano en común.

A pesar de ciertos progresos observados en la movilización, formación de redes locales y transnacionales, así como en las políticas de acción afirmativa de los Estados, y siendo los más avanzados Brasil (la nación con más cantidad de afrodescendientes fuera de África), Colombia y Costa Rica, aún hoy estas poblaciones de la región acusan altos grados de marginalidad y pobreza, y con frecuencia los individuos son víctimas de discriminación racial y exclusión en diversos ámbitos. Lo anterior es producto de una realidad estatal que desde los tiempos de su conformación (a fines del siglo XIX) alentó la visión de una sociedad homogénea y resaltó el valor del elemento no europeo, excluyendo o marginando a originarios y afrodescendientes, pese a que el discurso oficial propicie la igualdad jurídica de todos los ciudadanos. Entre las numerosas medidas a favor de afrodescendientes, que extenderían sobremanera el espacio de este artículo, vale señalar que en Brasil la Ley Nº 10.639 (2003) estableció que las escuelas incorporen al currículo la enseñaza de la historia y la cultura afrobrasileña y africana.

Panorama internacional tras Durban

La Conferencia para los Derechos Humanos fue de gran relevancia y generó bastante controversia. Los Estados Unidos (seguido principalmente por Israel y Canadá) abandonaron el evento por dos cuestiones que fueron aprobadas en el documento final: la declaración del sionismo como una forma de racismo y la declaración de la trata y la esclavitud como delitos de lesa humanidad. Al abandono señalado siguió un boicot, al que acompañaron varios poderes occidentales, al desarrollo de la Conferencia. El ex presidente George Bush (padre) fue responsable por esta decisión, la que repetiría Barack Obama, el primer mandatario afrodescendiente de Estados Unidos, en la sede de Naciones Unidas, en Ginebra, en abril de 2009, ante la Conferencia que continuó la hoja de ruta de Durban, repitiendo los motivos de ocho años antes y boicoteando una vez más lo que se llamó Durban II. De todos modos, la Declaración y el Programa de Acción fueron ratificados en esa conferencia de revisión.

Los logros de Durban I quedaron eclipsados por la conmoción derivada de los ataques terroristas del 11 de septiembre en los Estados Unidos que retuvieron la atención internacional por un tiempo prolongado. Sin embargo, los ecos de Durban gravitan hoy a tres lustros de su realización, aunque queda muchísimo por hacer y los gobiernos latinoamericanos, independientemente de la ideología de cada uno, tienen varias cuentas pendientes hacia los afrodescendientes.

En el plano internacional, tras Durban I, y en buena medida como consecuencia de la misma, en 2011 Naciones Unidas declaró el Año Internacional de los Afrodescendientes y, desde 2015 se asiste al Decenio Internacional de los Afrodescendientes (2015-2024), cuyos temas son: Reconocimiento, Justicia y Desarrollo, instancia que el documento de Durban trata. Se entiende al Decenio como un momento especial que determina un plazo para que las Naciones restauren la dignidad de las víctimas del pasado y enseñen a sus descendientes que se puede habitar un mejor presente y futuro, y asimismo reparar uno de los mayores delitos de la historia de la humanidad, la trata esclavista.

Entre otros varios objetivos del Decenio, constan la elaboración de una enciclopedia de la afrodescendencia y su contribución a la historia mundial y la realización de un seminario mundial sobre éstos y el mundo actual. En particular, la meta sería crear un Foro Permanente en Naciones Unidas para afrodescendientes. Estrechar lazos y unir África con América (y otras regiones con presencia afro) es una labor inconclusa al día de hoy, porque, si bien hasta el presente se han celebrado tres Cumbres América del Sur – África (ASA), en 2006, 2009 y 2013, o algunos gobiernos latinoamericanos acercaron vínculos a países africanos (como la Venezuela de Hugo Chávez), en América en general falta trabajar sobre las raíces negras y la necesidad de difundir el conocimiento sobre la africanía, la “tercera raíz”. Como se observa, África no termina en África. Las raíces, el pasado en común, la conectan más allá de sus estrictas fronteras geográficas debido a que, en primera instancia, si el origen de la humanidad se ubica en el continente, todos debemos considerarnos afrodescendientes.

Omer Freixa: historiador africanista argentino. Investigador, docente y escritor. Profesor y licenciado en historia por la Universidad de Buenos Aires (UBA) y Máster en Diversidad Cultural con especialización en estudios afroamericanos por la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF).

Original en : Blogs de El País - África no es un País



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