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Inicio > Bitácora africana >
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Nuno Cobre

Sin que nadie le preguntase si estaba de acuerdo, a Nuno Cobre lo trajeron al mundo un día soleado del Siglo XX. Y ya que estaba por aquí, al hombre le dio por eso que llaman vivir.

Sin embargo, durante mucho tiempo creyó Nuno que el mundo era sólo eso, sólo eso que se presentaba de manera circular y hermética ante sus ojos. Se asfixiaba. A veces. Pero algunos viernes o lunes por la mañana, una vocecita fresca y lejana le decía que habían otras cosas por ahí, que debían haber otras cosas por ahí.

Y un día Nuno Cobre salió y se fue a la Universidad, y un día siguió viajando y al otro también, y al otro, mientras iba conociendo a gente variopinta y devorando libros sin parar… Entonces descubrió con un cierto alivio que no estaba solo. Que habían más. Cuando llegó la hora de elegir, Cobre decidió convertirse entonces en viajero sólido y juntaletras constante, pero quería más, un más que venía del Sur. Y fue así como el latido africano empezó a morderle tan fuerte que una noche abrió la puerta del avión y se bajó en un país tropical. África.

Los temores. Llegó con cierto temor a África influenciado por la amarilla información occidental ávida de espectáculos cruentos y de enfermedades terminales. Y resultó que en lugar de agitarse, a Cobre se le olvidó la palabra nervios a la que empezó a confundir con un primo lejano. Y así fue como se llenó de paz, tiempo y vida.

Tras varios años en África, Nuno Cobre sólo aspira a lo imposible: vivir todas las experiencias mientras le da a la tecla, a los botoncitos negros del ordenador que milagrosamente le proyectan un nuevo horizonte cada día.

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Caminando por el infierno de Monrovia, capital de Liberia (13) de (14) “La pobreza respira en los aledaños de Old Road“, por Nuno Cobre

21 de diciembre de 2015.

Ante el cansancio que ya acumulaba me resultaba muy difícil sonreír en Congo Town. Noto como ya he dicho anteriormente que necesito salir de Liberia, al menos por unas semanas. Ya iba transpirando en sudor, la camisa ya estaba mojada y caminaba un poco a la deriva… He visto el letrero de SGS y más adelante me he encontrado con un partido de fútbol lleno de gente. Uno de los equipos llevaba el uniforme del Madrid, y creo que al final fue el que acabó ganando. Cuando yo estaban marcaron un par de goles. Estuve hablando aquí con un liberiano de nombre Bram que de vez en cuando daba órdenes a los jugadores algo que contrastaba con su voz tranquila.

También he fotografiado el minarete amarillo de una mezquita que parecía casi recién pintado. Como siempre, la religión siempre se presenta reluciente. En diferentes tramos te encontrabas como es habitual aquí, con las casas de zinc, las chabolas, y la gente alrededor, desenvolviéndose lo mejor que podían. Pero fue a la vuelta, cuando me metí por los aledaños de Old Road cuando descubrí que la verdadera pobreza habitaba por estos lares. Pero ahora seguía caminando por Old Road, preguntándome donde estaría el colegio americano, ese en el que estudió Helen Cooper cuando niña.

Todo era pobre como casi siempre, con coches sin ruedas haciendo de tenderos, edificaciones sin pintar, dejadas o sujetadas momentáneamente por palos de bambú, puestitos de comida por todos lados, sombrillas, la mayoría amarillas. A mi izquierda, más adelante, me di cuenta de que había una especie de colegio como muy limpito, con la hierba bien cortada, las plantas y los árboles ayudando en la estética y me dije que como agradecía ahora un paisaje amable. Luego me di cuenta que era un instituto que se pegaba prácticamente a un edificio muy grande, enorme, de color arcilloso. Aquello parecía un colegio o dos o tres pegados y luego descubrí que era el famoso colegio americano donde había estudiado Helene Cooper, autora de The house at sugar beach. El colegio tenía unos muros altísimos, rodeados de alambrada y un fuerte portón que apenas dejaba ver nada. Destacaba como si fuese casi una almena, un enorme bidón de hierro pintado de blanco que seguramente era el tanque de agua que suministra al colegio. Claro, al leer la novela de Cooper uno se esperaba un poco más de glamour por aquí.

Más adelante, casi al final de la calle había un mercado ¡África está llena de mercados! Era el típico mercado local donde podías encontrar de todo. Volví a fijarme en esos pescados carbonizados que tanto gustan por aquí, salchichas ¿de dónde las traerán? y otro tipo de carnes que daban una cierta dentera. El mercado era un homenaje al color negro, a la oscuridad y agachando un poco la cabeza te dabas cuenta de que seguía más adentro, adoptando tonos aún más foscos.

Desde aquí giré a la derecha para incorporarme al Boulevard Tubman. Tenía en la cabeza pasar por el ELWA junction y luego merodear por el estadio Samuel Doe, pero a medida que avanzaba me daba cuenta de que el cruce estaba mucho más lejos de lo que pensaba. En realidad me lo confirmó un policía un tanto chulo que me miraba la camiseta sudada un poco despreciativamente así como los bolsillos, como si llevase algo peligroso escondido. Por aquí había una sub estación de policía y había unos cuantos maderos vestidos con ese uniforme azul marino de las películas americanas. Uno de ellos muy gordo y con voz de señorita histérica, dirigía el tráfico de una manera cómica y tirana.

Seguía caminando, encontrándome con las sedes de CARE, la de Solidarites, la embajada de Nigeria… y ya tenía una vez más todo el tráfico viniéndoseme encima, con algunas miradas molestas. Me paré varias veces porque estaba empezando a darme cuenta de que el ELWA junction quedaba efectivamente demasiado lejos. Me ponía además nervioso el tráfico y decidí volver sobre mis pasos para meterme de nuevo en Old Road. Antes encontré un pañuelo muy colorido en el suelo y me lo apropié. Ya lo pondré en mi casa para que adorne por algún sitio.

Esta vez no me volví a recorrer Old Road entera, sino que me iba metiendo por las callejuelas adyacentes. Descubrí la embajada deFrancia tan elegante con ese azul marino, en medio de la pobreza. Por aquí todo se hacía más pobre. Niñas pequeñas que ya empezaban a moverse al son de un ritmo que llevan en la sangre, otras niñas machacando el fufu, tejados oscuros, ropas tendidas, miradas frías, y unos niños asaltándome para jugar y poco después uno de ellos diciéndome que tenía hambre.

Original en : Las Palmeras Mienten



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