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Inicio > Bitácora africana >
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Cuesta, Amparo

Amparo Cuesta, (Hermanas Misioneras de Ntra. Sra. de África). Valenciana de nacimiento ha trabajado al servicio de la sociedad de Malawi más de treinta años. Durante su labor en África ha ejercido como enfermera, especializada en medicina tropical, encargándose de la dirección de hospitales de misión. De 1997 a 2003 participó activamente en la coordinación del Programa de Atención al Enfermo de Sida, un proyecto de vanguardia en el campo de la salud pública, dirigiendo la labor de más de quinientos voluntarios. Del 2008 al 2009 trabajo en Argel desarrollando una actividad cultural al servicio de los estudiantes argelinos. En el 2012 formo parte del staff de los Misioneros de África en su casa de Jerusalen ( Santa Ana) los cuales ofrecen sesiones de renovación espiritual y bíblica a sacerdotes y misioneros, as, con mas de 15 años de misión o sacerdocio. Desde su regreso de Malawi es parte del staff de la Fundación Sur y forma parte del grupo AEFJN- Antena Madrid (África, Europa, Fe, Justicia Net) que lucha por los derechos de los países africanos.

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Tengo una hija…, Por Amparo Cuesta

20 de noviembre de 2008.

…en África. Y no se si esta viva o no, cuantos hijos tiene o donde se encuentra ahora. Por su edad ya debe de haberse casado hace algunos años. ¿Vivirá en Malawi o habrá emigrado a otro país a trabajar con su marido y familia? No se como es su rostro de mujer, ni si hizo algunos estudios o se quedo en su pueblo y no ha salido de el porque también desconozco el nombre del pueblo en donde nació... No se nada de ella. Pero la recuerdo muchas veces.

Hace ya casi treinta años que la tuve en mis brazos, una noche en que me la entregaron cuando una furgoneta paró enfrente del hospital de Nkamenya llevando sobre un jergón a una mujer muy joven de la que apenas pude ver el rostro pero del que aun retengo con viveza el color de su vestido, era azul y sobre el varios paños de algodón, chitenjes, típicos de Malawi que la cubrían para evitarle el frío de la noche. Había dado a luz en el pueblo a una niña preciosa. Los niños africanos nacen con el color de la piel muy blanca, rosada y al cabo de dos o tres días se oscurecen. La mujer estaba muy enferma, por lo que me pareció ver entre la oscuridad y la luz de un candil sufría de una infección puerperal y además estaba toda amarilla por lo que hice que la furgoneta continuara camino hacia el hospital del distrito a unas dos o tres horas de Nkamenya en donde había un doctor y podrían también examinarla en un quirófano si era necesario. Su madre y otros familiares estaban sentados en la furgoneta alrededor de ella y cuando el coche partió allí me quede yo con la niña en mis brazos.

La miré y vi que era muy guapa, tenía unas pestañas muy largas, dormía apaciblemente y la metí en un pequeño cuarto que habíamos habilitado para los prematuros. El carpintero me había hecho unas cajas de madera con patas altas y debajo de los colchoncitos cambiábamos constantemente las bolsas de agua caliente para mantener a los bebes lo mejor posible porque no teníamos electricidad y no podíamos disponer de bombillas grandes que irradiaran calor y menos que nada de incubadoras. Ese cuarto siempre estaba lleno con unos 7 u 8 prematuros. Las madres entraban cada tres horas a exprimirse la leche y yo les ponía a los niños un tubo naso gástrico por el que les alimentábamos utilizando una jeringuilla grande. De esta manera les evitábamos el esfuerzo de amamantarse y cada semana los pesábamos para controlar su peso. Cuando llegaban a los dos Kg. y medio se les terminaba la estancia en el hospital. Por lo general permanecían en el una media de dos o tres meses y gracias a esos cuidados tan simples sobrevivían. Las madres muy jóvenes, formaban el equipo de baloncesto que yo había organizado y que se enfrentaba contra el nuestro de enfermeras y limpiadoras todas las tardes al cierre del dispensario al público. Esperábamos ese momento con alegría.

Las enfermeras decidieron llamar a la niña Jane y yo me hice cargo de ella puesto que me la habían confiado a mí hasta que la madre se repusiera o si por desgracia moría la abuela volviera a buscarla. De momento era mía. Así que aunque no era prematura paso a formar parte del grupo de los prematuros como yo pase también de responsable del hospital al grupo de las madres que cada tres horas entraba para darle los biberones de leche en polvo para recién nacido a la niña. Fue a los pocos días que Jane enfermó, se puso amarilla con una ictericia fisiológica, su hígado no trabajaba y empezó a devolver, a tener diarrea y a quedarse en los huesos y la piel. Yo pensaba mucho en su madre y lo horrible que seria decirle que la niña había muerto, además del cariño que la niña ya me inspiraba y probé a mantenerla viva con todas las combinaciones posibles de concentraciones de glucosa, agua de arroz y antibióticos. La niña estaba malísima. Recuerdo que por las noches y a la luz de una vela estudie todos lo síntomas y todos los tratamientos posibles para esos casos y media al mililitro lo que le daba. Necesitaba cuidados veinticuatro horas al día y se me ocurrió pedir en mi casa que me dejaran tener a la niña por las noches algo que hizo abrir los ojos hasta casi salírsele de las orbitas a una hermana holandesa muy buena pero muy seria que pensó yo estaba algo o muy loca. Aquello era anticultural, además de que en la casa vivíamos siete personas que trabajaban todos los días de sol a sol en la misión y necesitaban dormir por la noche. Así que me arregle para cruzar al hospital antes de acostarme muy tarde y otra vez antes de que amaneciera. Una toma del medio se la encargue a la enfermera que hacia la guardia. Pase así unas tres semanas en las que empecé a deambular medio dormida durante el resto del día. Jane estaba casi cadavérica y yo ya no encontraba lugar en su cuerpecillo en donde pincharle pero salió de aquello y se repuso. Parecía que aquella cosita pequeña quería vivir y vivió, engordo y recobro un peso normal y volvió a ser muy guapa.

Pasaron dos o tres meses sin saber poco más sino que la madre vivía y seguía en el hospital hasta que un día apareció a la puerta del nuestro la abuela que venia en busca de Jane. Y yo se la entregué con una sonrisa que ocultaba mi dolor de perdida mientras ella miraba a la niña embelesada y sin dejar que mis sentimientos se translucieran mucho o nada me fui con el corazón partido a la casa para que no me vieran llorar.

Y nunca supe más. Habían pasado 12 años cuando un día a la puerta del hospital de Kasungu una mujer que me había reconocido se me acercó llevando en la mano una niña. Me dijo si me acordaba de ella y le dije que me perdonara pero como veía tanta gente diariamente pues la verdad era que no. Y entonces acercó mas la niña hacia mi y me dijo “Es Jane, tu hija”. Yo estaba mas que sorprendida y la niña aunque me miraba tímidamente estaba claro que sabia quien era yo. La besé sin asustarla y la madre me dijo que vivían en un pueblo de los alrededores de Kasungu y que Jane iba a la Escuela. Les dije lo que me alegraba mucho de verlas a las dos, miré muchas veces a la niña, nos despedimos y ya no le he vuelto a ver mas.

A pesar de tantos años transcurridos con tantos enfermos y tantos niños que he tenido en mis brazos para cuidarlos aun recuerdo a Jane como a mi hija y como un honor y un regalo que África me concedió para que aprendiera a amar a este continente y a sus gente mas.



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