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LitERaFRicAs

LitERaFRicA es un blog cuya autora es Soniia Fernández , surgió en junio de 2013 en un intento de crear un blog específico de literatura africana, entre otras razones, porque cuando una intentaba localizar información sobre algún libro o autor/a de ese continente, tenía que realizar un gran esfuerzo de búsqueda y, a menudo, era infructuoso. En aquel momento dedicarle un pequeño hueco en el ciberespacio no me pareció mala idea. Un lugar para intentar aportar ese granito de arena al conocimiento del desconocido y muy interesante mundo de las letras africanas, donde escritores/as africanas tuvieran la voz y la palabra para acercarnos sus pensamientos y sentimientos, para mostrarnos sus anhelos y su manera de ver la realidad y sentirla. Lo subtitulé “Simplemente literatura” porque para mí esta literatura es simplemente eso, Literatura con mayúscula, sin necesidad de ponerle ninguna otra etiqueta aunque, paradojas, de momento las tengo que usar.

https://literafrica.wordpress.com

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El Automóvil Club de Egipto – Alaa al-Aswany, por LitERaFRicA

13 de noviembre de 2015.

Autora: Sonia Fernández Quincoces

Alaa al-Aswany vio como su primera novela El edificio Yacobián (editada en castellano por Maevay en catalán por Edicions, 1984) fue rechazada en tres ocasiones. Entonces creyó que no iba a ser posible publicarla en Egipto a través del Gobierno (la única posibilidad que concebía para ello), pero un amigo suyo hizo pausible que viera la luz a través de un sello independiente. Así, se convirtió en un auténtico best-seller (novela árabe más vendida durante cinco años) tanto dentro como fuera de su país.

La obra fue también llevada al cine y uno de los momentos más emocionantes de su vida lo vivió cuando la película se estrenó, sin ser él invitado, ante varios jerarcas del gobierno,”sentí que tenía alguna influencia.Yo, que solo cuento con un ordenador,->http://www.elperiodico.com/es/noticias/opinion/20081205/alaa-aswany-escritura-acto-contra-miedo/237558.shtml] vi cómo un Gobierno entero se veía forzado a ir a ver mis ideas pese a no tolerar mi existencia. Me sentí protegido por mis lectores” afirmó sobre aquel momento.

A través de un microcosmos (al igual que Mahfuz con El callejón de los milagros), Alaa al-Aswany ponía en El edificio Yacobián al descubierto las visicitudes de la sociedad cariota (¿de la “sociedad egipcia”?) contemporánea y hablaba de sexo (incluida la homosexualidad) con nitidez, al tiempo que sacaba a la luz la corrupción generalizada y prácticas como la tortura, lo que no le granjeó ninguna simpatía en su tierra natal. Pero el escritor, una de las caras visibles de la plaza Tahir, se niega a considerar que a partir de la lectura de su obra se pueda deducir una idea sobre la sociedad donde se desarrolla la novela, “porque la realidad social depende de la sociología, que es una ciencia que tiene sus propios instrumentos y vías de investigación. Sin embargo, el novelista es un artista que reacciona con los personajes, los cuales pueden representar una realidad humana más que una realidad social”.

La misma facilidad que demostró en El edificio Yacobián para entrelazar historias con fluidez la demuestra en El Automóvil Club de Egipto, su última novela. De ella se ha dicho que “es la novela de la Primavera Árabe,pese a discurrir en la década de 1940“. ¿De dónde surge semejante paralelismo?: por tratarse de dos períodos en los que la gente sabía que iba a caer el antiguo régimen y se preguntaban qué iba a venir después.

Partiendo de un lugar que existió y que el propio escritor conoció; su padre fue abogado del club, se inicia una narración que confunde con un principio del que se podía haber prescindido. Alaa al-Aswany introduce una metaficción cuando dos personajes creados por el narrador se le aparecen para darle un CD que contiene “sus sentimientos e ideas” que el escritor parece haber hurtado en la versión original. Después de una breve introducción sobre la historia del automóvil en Egipto (que sigue descorcentando), la lupa de Al-Aswany se pone sobre la vida de este Club en los años anteriores a la revolución de 1952, en los estertores de la monarquía y la opresión británica.

La familia de Abdelaziz Haman (un hombre poderoso que ha ido perdiendo todas sus tierras) se ve obligada a abandonar su Daraw natal para ir a la capital en un intento de asegurar un futuro mejor. Su mujer y, sobre todo, las vidas y derroteros de sus cuatro hijos serán hilos conductores durante toda la narración. El cabeza de familia encontrará trabajo en el Automóvil Club, un lugar que el propio rey y su corte frecuenta (no se le nombra en ningún momento, pero se trata de una semblanza del rey Farouk) y que es el punto de encuentro de “extranjeros, nobles turcos y terratenientes” que solo miran por sus intereses. Frente a ellos la servidumbre, los criados, nubios en su mayoría (“cuanto más oscuro sea el rostro de un criado, mayor prestancia real tendrá su señor”), que no tenían ningún derecho y entre los que también hay relaciones de jerarquía y sumisión.

El escritor es hábil al mostrar por un lado de manera crítica la decadencia de la monarquía y los desmanes británicos, y por otro al introducirnos en la vida cotidiana y en sus cuitas diarias (en donde la pobreza y la humillación conviven con la generosidad y la honestidad) mientras va creciendo el magma del que ha de surgir la rebelión frente a los extranjeros y los propios egipcios, frente a los abusadores de todo tipo (Kuu es el nubio chambelán del rey, auténtico déspota sin escrúpulos que ha impuesto un gobierno de terror para llevar a los empleados del club por el camino que él quiere y exige). Porque esta novela se centra sobre todo en eso: en cómo va germinando y cuajando una revuelta frente a la opresión, la tiranía y la injusticia, sobre cómo unos se prevalen de su situación de superioridad para aplastar a otros, mientras sin ellos percibirlo la necesidad de salir de esa situación se hace cada vez más acuciante para los que la sufren (desde la sumisión sin objeción hasta el nacimiento de la duda ante lo que padecen y su inevitable reacción posterior).

Dentro de este nada caótico mundo, se le da especial protagonismo a las voces femeninas. Ruqayya, la viuda de Abdelaziz, que lucha por sus derechos o su hija Saleha que se enfrenta a la discriminación en la escuela y luego a los malos tratos de su marido, emergen junto a los retratos de un rey que en otro tiempo fue recto y que se ha convertido en un haragán, adicto a la juerga y al sexo desenfrenado; unos británicos que menosprecian a todo el que no sea blanco y hable en su lengua, unos egipcios despiadados que han sido encumbrados gracias a su propia falta de escrúpulos para someter y pisotear, y una gran cantidad de seres que solo intentan sobrevivir o enriquecerse, o que piensan todo el tiempo en cómo sacar a su país de esa situación (Kamel), o que simplemente ni se lo plantean.

La novela tiene un estilo ágil, fresco y entretenido, es una lectura agradable (al margen de la dureza de las situaciones que atraviesan sus personajes) y se lee sin esfuerzo (incluso cómica, las andanzas de Mahmud, uno de los miembros de la familia Haman, como gigoló llegan a ser hilarantes) logrando dar cohesión a un buen número de voces (a pesar de algunas exageraciones, ¿no es Mr.Wright demasiado inmoral? y a que el escritor arquetipa a sus creaciones lo que resta profundidad al relato; en varios lugares se lee que los personajes actúan como en una representación teatral), y al final se echa de menos más profundidad a la hora de describir lo que supone esa reacción frente a la tiranía y la injusticia, que hace que muchos se dobleguen sin rechistar y que algunos se alcen.

Al comienzo de la novela, Kamel y Saliha visitan al escritor y le muestran su descontento porque, en su opinión, él no había escrito la historia “verdadera” (se supone que estamos leyendo la que ellos querían que saliera a la luz). Se coloca así al escritor como un ser capaz de levantar los velos que enturbian el conocimiento y dar voz a los silenciados. Alaa al-Aswany ha escrito la novela que él quería, la que empezó a cuajar en su mente los dieciocho días que permaneció en la plaza Tahir en 2011; una que cree en el pueblo (egipcio) y su fuerza como motor de cambio. Una historia tan vieja y tan nueva.

A pesar de la preocupación, no pude contener la risa. Me di cuenta de que la señora Alicha no podía hablar de ningún tema sin hacer referencias al sexo. Mi padre le dio un fuerte abrazo y la acompañó hasta la puerta para despedirla. Su postura a nuestro favor era realmente conmovedora. Que Abdelbar siguiera siendo socio de Said en la fábrica sería bueno para su hija Faiqa, pero a pesar de ello apoyaba mi derecho a divorciarme. Pensé que la señora Aicha-a pesar de sus constantes comentarios obscenos-era una persona de principios como Dios manda. ¿Cuántos hombres son capaces de defender lo que es justo aunque vaya contra sus intereses? (pág. 407)

Original en :LitERaFRicA



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