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LitERaFRicAs

LitERaFRicA es un blog cuya autora es Soniia Fernández , surgió en junio de 2013 en un intento de crear un blog específico de literatura africana, entre otras razones, porque cuando una intentaba localizar información sobre algún libro o autor/a de ese continente, tenía que realizar un gran esfuerzo de búsqueda y, a menudo, era infructuoso. En aquel momento dedicarle un pequeño hueco en el ciberespacio no me pareció mala idea. Un lugar para intentar aportar ese granito de arena al conocimiento del desconocido y muy interesante mundo de las letras africanas, donde escritores/as africanas tuvieran la voz y la palabra para acercarnos sus pensamientos y sentimientos, para mostrarnos sus anhelos y su manera de ver la realidad y sentirla. Lo subtitulé “Simplemente literatura” porque para mí esta literatura es simplemente eso, Literatura con mayúscula, sin necesidad de ponerle ninguna otra etiqueta aunque, paradojas, de momento las tengo que usar.

https://literafrica.wordpress.com

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Ngũgĩ wa Thiong’o, el luchador incansable, por LitERaFRicA

6 de noviembre de 2015.

Publicado originalmente en : Blogs de El País . África no es un país

Autora: Sonia Fernández Quincoces

Podríamos haber hablado de este escritor keniata las semanas pasadas cuando las sempiternas apuestas le señalaban, una vez más, como firme candidato al premio Nobel de Literatura. O también los días posteriores al anuncio del nombre de la ganadora (el de la periodista bielorrusa Svetlana Alexijevich), cuando se desplomó una vez más la oportunidad de que se le concediera el premio a uno de los más grandes escritores del continente africano (ya pasó, sobre todo, con Chinua Achebe y también con Assia Djebar, y puede volver a pasar con Nawal El Saadawi o con él mismo).

Sin embargo, es ahora con la traducción de un nuevo libro suyo (y una reedición de su obra El brujo del cuervo), al albur de su eterna nominación al Nobel, que reúne cuatro conferencias escritas entre 1981-1985 (y en el que se echa en falta un prólogo del escritor a día de hoy) agrupadas bajo el descriptivo título de Descolonizar la mente (Editorial Debolsillo, 2015), cuando parece más propicio repasar su narrativa a partir de sus propias reflexiones y opiniones. Pero, ¿por qué recuperar un texto de hace más de treinta años sobre la política lingüística en las literaturas africanas, “aparentemente solo de interés para especialistas”, tal y como afirma Marta Sofía López, también autora de la traducción, en el prólogo?

Descolonizar la mente es el fruto de un largo debate sobre en qué lengua se debe de escribir la literatura africana, que continúa hoy en día. El escritor argumenta que la asunción del lenguaje del colonizador supuso aceptar su visión del mundo; “La lengua fue el vehículo más importante mediante el cual el poder fascinó y atrapó el alma”. Para él cualquier lengua posee un doble componente, en cuanto medio de comunicación pero también como vehículo de la propia cultura. Es un elemento crucial de la propia identidad. Así, “El control político y económico no puede ser total ni efectivo sin el dominio de las mentes. Controlar la cultura de un pueblo es dominar sus herramientas de autodefinición en relación con otros". Pero el libro habla también del Imperialismo y las formas de resistencia y aporta mucha información y reflexiones importantes para conocer en mayor profundidad la obra y el pensamiento de este hombre que nació en Limuru en 1938, en el seno de una extensa familia campesina que se relacionaba en gikuyu, y que es uno de los referentes indiscutibles no solo de las letras (africanas), sino también como artista comprometido.

Bautizado con el nombre “colonial” de James Ngugi vivió la imposición de estudiar inglés en la escuela junto con la prohibición de usar la lengua materna, y también el levantamiento de los guerrilleros Mau Mau frente a la autoridad colonial británica, dentro de una historia (la de los pueblos de Kenia) que si por algo se ha distinguido es, según sus propias palabras, por su resistencia frente a la dominación extranjera. Resistencia de la que ya daba cuenta en su primera novela publicada en 1964, Weep Not, Child narrada desde el punto de vista de un estudiante. Traducida al euskera por la editorial Txalaparta, bajo el título Negarrik ez, haurra no es, sin embargo, la primera novela que escribió, ya que con anterioridad había terminado The River Between. Entonces sus preocupaciones giraban en torno al colonialismo y la brutal desposesión de los campesinos de sus tierras ancestrales, situación que comenzaba a peligrar para los británicos ante el surgimiento de grupos como los Mau-Mau.

En 1962, año en el que culminó Weep Not, Child el joven James Ngugi estudiaba en la Universidad de Makerere (Uganda), en la que se celebró el ya histórico “Congreso de Escritores Africanos de Expresión Inglesa” en el que participó y del que dio cuenta en Descolonizar la mente de la siguiente y clara manera: “Yo, como estudiante, pude participar en el encuentro gracias a solo dos relatos que había publicado (…) Pero ni Shabaan Robert, que en aquel momento era el poeta vivo más grande del África Oriental y que había escrito varias obras de poesía y prosa en kiswahili, ni el Jefe Fagunwa, el gran escritor nigeriano que había publicado numerosos títulos en yoruba, podían participar”. Para Ngugi, el Congreso le supuso la oportunidad de conocer a Chinua Achebe que, a pesar de tener una opinión diferente sobre la lengua en la que se debía de escribir la literatura africana, quedó fascinado por la obra de aquel joven estudiante y la propuso para su publicación en la conocida serie “African Writers” de la editorial Heinemann. Serie de la que con posterioridad Ngugi opinaría que fue el vehículo más importante para la denominada por él mismo “novela afroeuropea” (aquella que estaba escrita en las lenguas coloniales y de la que él formó también parte: hasta 1977 escribió y publicó en inglés).

Con Un grano de trigo (Zanzíbar, 2006), publicada en 1967, llegó una ruptura en su forma de entender la novela.Frente a sus dos obras anteriores de argumentación lineal, el escritor quiso indagar sobre las posibilidades de una forma más compleja, que supusiera un cruce de voces y saltos en el tiempo, impresionado por el manejo magistral de diferentes técnicas narrativas de In the Castle of My Skin de George Lamming. Con una técnica de flashback unida a una forma de ensamblar la narración mediante la que logra que el relato de uno de los personajes se complemente, se redimensione y se vuelva a narrar desde la perspectiva de otro, la novela se desarrolla a lo largo de cuatro días que culminan con el Uhuru (independencia de Kenia, 12 diciembre 1963), que se celebró en el estadio de Nairobi, ante gentes de todo el país y de todo el mundo. Pero, Un grano de trigo es también una historia que nos presenta de manera magistral un conmovedor y profundo tapiz de historias personales, con toda su complejidad, que convergen en la lucha colectiva frente a la brutalidad de los colonizadores.

Con posterioridad, en 1976, tal y como cuenta en la segunda conferencia de Descolonizar la mente, fue el impulsor del “Centro Educativo y Cultural Comunitario de Kamiriithu”, cuyo foco se encontraba en el teatro, que era “parte consustancial de los ritmos cotidianos y estacionales de la comunidad”, y fue el teatro el que le “forzó a volver al gikuyu y, en consecuencia, me llevó hasta lo que yo llamo “una ruptura epistemológica” con mi pasado”. La obra que representaron fue Ngaahika Ndeenda (traducida al inglés como I Will Marry When I Want) en la que introduciendo elementos como el baile y el canto, se inspiraba en la lucha por la tierra y la libertad pero no obviaba denunciar una independencia por la que miles de keniatas habían muerto y a la que Ngugi denominaba como “secuestrada”: “(la obra) hablaba de la transformación de Kenia de una colonia dominada por los intereses británicos a una neocolonia con las puertas abiertas a los intereses imperialistas más amplios, desde Japón hasta América. Pero la obra también reflejaba las condiciones sociales contemporáneas de los trabajadores de las empresas o las plantaciones multinacionales”. El público, el pueblo, se identificaba con los personajes y el teatro se convirtió en lo que siempre había sido: una fiesta colectiva. Y, claro, aquello no gustó.

El gobierno (bajo el mandato de Jomo Kenyatta) prohibió las representaciones y el escritor fue detenido en 1977 (año de publicación de su siguiente novela Petals of Blood) y pasó todo 1978 en la cárcel de máxima seguridad de Kamiti, en la celda 16 como preso político, con el número K-6,77 como única seña de identidad. Allí decidió que no volvería a escribir en inglés. La experiencia comunitaria y la obra de teatro escrita e interpretada en gikuyu le habían dado el impulso necesario para dar el siguiente paso: haría lo mismo con la novela. Pero no sólo se enfrentaba al dilema del idioma también tuvo tiempo para reflexionar sobre la forma a utilizar.

Decidió que su nueva obra tendría una línea narrativa más clara pero con un elemento narrativo más potente. Usando el duro papel higiénico carcelario, escribió Caitaani mũtharaba-Inĩ (El diablo en la cruz, Txalaparta 1994), una novela plagada de simbolismos y parábolas, en la que se mezclan canciones, cuentos y la voz del “Tañedor de Gicaandi”, que en la mejor tradición oral africana nos cuenta la extraordinaria historia de cinco personas que se suben a un matatu para ir desde Nairobi hasta Illmorog, invitados, sin conocer la razón, a una extraña celebración: una fiesta del diablo, una competición para escoger siete expertos en robos y hurtos. Una nueva versión del mítico Fausto, en donde se contaba la “historia de los hombres que habían vendido su alma y la de la nación al diablo extranjero del imperialismo”. Su distribución por el país fue un reto (“En diciembre de 1980 se habían hecho tres reimpresiones y publicado quince mil copias. Con ninguna novela en inglés les había ido tan bien en Kenia en el mismo período de tiempo”) y se tradujo además al swahili (lengua franca de Kenia) con el título Shetani Msalabini.

Transcurrido el año en prisión se produjo su salida de la cárcel, pero el gobierno de Daniel Arap Moi le impidió volver a trabajar en la Universidad, el escritor vio cómo todos sus libros eran prohibidos, le hostigaron y acabaron forzando su exilio. Desde allí escribió Matigari (Colegio de México, 2007) que se publicó en su tierra natal en 1986, y que tiene una historia muy curiosa e ilustrativa detrás. Matigari es la historia de un héroe. Tal y como había ocurrido con la obra de teatro de Kamiriithu el nombre y la historia del protagonista de la novela pasaba de boca en boca y era el centro de las conversaciones en muchos lugares por lo que el Presidente Moi pensó que se trataba de un personaje real, así que ordenó nada menos que su arresto. La policía no tardó en descubrir, sin embargo, que ese Matigari era sólo el personaje de un libro. Moi, entonces, ordenó que el libro fuera detenido en su lugar.

Desde la publicación de Descolonizar la mente, última de sus obras escritas en inglés (en 1977 había dejado de escribir novela, poesía o teatro en la lengua colonial, pero sin hacer o mismo con los ensayos),Ngugi es uno de los ejemplos más claros de escritores que practican la autotraducción (categoría en la que entran desde Samuel Beckett hasta Milán

Kundera). Así hizo también con El brujo del cuervo (Debolsillo, 2015) una obra en la que, echando mano de una desbordante imaginación, nos describe las prácticas del dictador de la imaginaria República Libre de Aburĩria (en la que el enemigo público número uno para la dictadura es una mujer). En la que un ególatra gobierna sin atisbo de piedad a un pueblo (tiranizado pero no sometido) que tiene que recurrir a vías extraordinarias para poder hacer frente a tanta barbarie y sinrazón. La privatización, las ONG, las antiguas colonias, los lavados de cara de los regímenes dictatoriales para poder continuar, las organizaciones internacionales, los propios compatriotas afectados de “blanquitis”… el torbellino de críticas no cesa, a cada cual más brillante, a cada cual más certera. Un texto, a veces desternillante y otras veces sombrío, pero siempre satírico e irónico que muestra, tal y como dice uno de sus protagonistas, que “la mierda sigue siendo mierda, aunque cambie de nombre”.

Es difícil desligar en la figura de Ngũgĩ wa Thiong’o la parte literaria de la de su activismo social y político. Ambas van unidas de manera indisoluble al tratarse de un escritor que entiende la escritura como un medio para el cambio, como una forma de lucha para la liberación nacional, democrática y humana ("De eso ha tratado en verdad este libro sobre la política lingüistica de la literatura africana", escribe en relación a Descolonizar la mente). Para ello no dudó en denunciar tanto al imperialismo bajo el brutal colonialismo británico y sus métodos violentos e inhumanos, como al voraz sistema capitalista que aniquila al ser humano tapizando la tierra de seres desalojados, empobrecidos, pisoteados e invisibilizados, y que llega enmascarado tras el neocolonialismo y los sucesivos gobiernos poscoloniales de su país que pretendieron en su caso, como en el de muchos otros intelectuales, escritores y pensadores, ahogar su voz y hacerle desaparecer. No lo consiguieron. Él siguió firme, escribiendo en gikuyu y traduciéndose a sí mismo pero, sobre todo, escribiendo sobre "los condenados de la tierra" para los que sigue reclamando justicia, desenmascarando a todos los ladrones y usurpadores, locales e internacionales, soñando con un mundo basado en una relación de cualidades humanas, y luchando. Siempre luchando.

LitERaFRicA



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