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Inicio > REVISTA > Crónicas y reportajes >

Las relaciones Iglesia - Estado en Burundi
01/09/2015 -

La creciente ruptura entre la Iglesia Católica y la élite política de Burundi es un aspecto particularmente preocupante en el inicio del tercer mandato del presidente Pierre Nkurunziza, que ya ha sido motivo de docenas de muertos en protestas, y de la fuga del país, desde el mes de abril, de 175,000 personas, sobre todo mujeres y niños.

Algunas señales recientes de violenta inestabilidad, diez años después del fin de una guerra civil que duró 13 años, incluyen el asesinato, a finales de julio, de Adolphe Nshimirimana, general del ejército y jefe de los servicios secretos, considerado como la segunda persona más poderosa en el país, y el grave herimiento en un tiroteo de Pierre Claver Mbonimpa, reconocido activista de los derechos humanos.

La Iglesia Católica ha jugado un papel fundamental durante los años de diálogo entre los grupos de la oposición y el gobierno, diálogo orientado a crear una paz estable después del fin de la guerra, que se cobró alrededor de 300,000 vidas humanas.

El 21 de julio Nkurunziza obtuvo, como estaba previsto, una victoria aplastante en las elecciones presidenciales. La Iglesia Católica había sido una de las primeras instituciones que se pronunciaron públicamente contra su candidatura, que fue muy condenada como una violación de la Constitución y del Acuerdo de Paz y Reconciliación, firmado en Arusha (Tanzania) el año 2000. Considerando a todo el proceso electoral como fraudulento, la Iglesia canceló su plan de desplegar a unos 6000 observadores durante el curso de las elecciones.

Apoyadores del presidente respondieron intimidando y amenazando a algunos obispos y arzobispos. Agentes de seguridad pudieron ser vistos en las iglesias, vigilando las homilías de los sacerdotes.

El informe de la Comunidad de África del Este, de la que Burundi forma parte, concluyó diciendo que “los esfuerzos sucesivos para crear un clima de consenso, a través de un diálogo inclusivo entre las partes implicadas en Burundi, no han dado resultado”. El informe invitaba a todas las fuerza en cuestión a reiniciar un nuevo diálogo, en un espíritu abierto e inclusivo, para encontrar una solución en el callejón sin salida en el que se encuentra el país.

Según el religioso Emmanuel, un sacerdote que prefirió utilizar un seudónimo por razones de seguridad personal, eso va a ser difícil. “Ya no hacen caso a los sacerdotes y a los obispos; si la Iglesia y el Estado no llegan a entenderse, las consecuencias pueden ser muy graves”.

Además de su papel central en el diálogo político, la Iglesia gestiona numerosas instituciones educativas y sanitarias, con los salarios pagados por el Estado. Este apoyo del Estado – según el Padre Emmanuel- a partir de ahora parece incierto.

El Acuerdo de Arusha está en el centro de la codena por parte de la Iglesia de la tercera candidatura de Nkurunziza. Mike Jobbins, jefe de Búsqueda de un Terreno Común (Search for Common Ground), organización no gubernamental dedicada a la promoción de la paz, describió dicho acuerdo como “la Carta Magna de la independencia; un compromiso para compartir el poder, para el equilibrio étnico, para el sacrificio de intereses individuales en favor de la paz y de la seguridad del país.

La Iglesia Católica en Burundi, con el apoyo del Vaticano, jugó un papel importante para llevar a las partes en conflicto a la mesa de negociaciones y en la redacción del documento. Aunque no es un documento legalmente vinculante, sus términos, que incluyen un límite de dos mandatos para el presidente, gozan de la aprobación del Burundi de la posguerra.

“El Acuerdo de Arusha no es perfecto, pero es lo mejor que tenemos” dijo Gabriel Baregensabe, que es sacerdote desde hace 42 años, y fue secretario de la Conferencia Episcopal de Burundi durante la última década. Dijo que la decisión de no respaldar al presidente fue una decisión difícil para la Iglesia.

“Los obispos se reunieron y se dieron el tiempo necesario para asegurarse de que lo que estaban haciendo era lo mejor para el pueblo, y de que estaban diciendo la verdad, porque sabían que lo que estaban diciendo significaría guerra” (con el gobierno). Los obispos habían decidido que defender los Acuerdos de Arusha era, al final de cuentas, lo mejor para el pueblo.

Si sigue faltando el diálogo, la decisión de la Iglesia podría significar la guerra. Los líderes de la oposición y algunos generales disidentes, que apoyaron el fallido golpe de estado del mes de mayo, se reunieron el 30 de julio en Addis Ababa para discutir cómo formar un frente común contra Nkurunziza. “No podemos excluir el uso de la fuerza”, dijo a los periodistas Anicet Niyonkuru, presidente del consejo nacional de la oposición y líder del partido CDP.

El asesinato a finales de julio del general Nshimirimana, jefe de los servicios secretos, se llevó a cabo utilizando armas ligeras y cohetes. Se daba por cierto que el general había dirigido la represión contra las protestas populares contra la tercera candidatura de Nkurunziza a la presidencia, que comenzaron en el mes de mayo.

La presidenta de la Comisión de la Unión Afriana Nkosazana Dlamini-Zuma describió el asesinato como “un acto barbárico que probablemente contribuirá a la desestabilización del país”. Invitó al gobierno, a los partidos de la oposición y a la sociedad civil a “trabajar en fuerte comunión para encontrar una solución duradera a la crisis actual”

Pero el gobierno ya no considera a la Iglesia Católica como un árbitro imparcial en el diálogo político, como se hizo manifiesto en una declaración reciente del portavoz presidencial Willy Nyamitwe, que sólo unos meses antes hubiese sido impensable.

“La gente está muriendo”, dijo Nyamitwe. “Se lanzan granadas al amanecer contra nuestros ciudadanos. ¿Han visto a algún obispo condenando esto? No. Porque están implicados… No podemos decir que son personas que dan ejemplo de moralidad”

“Esa era una manera de decirnos que cerremos la boca”, dijo el Padre Emmanuel, que vive en un barrio de la oposición, que ha sido el epicentro de la violencia durante los últimos tres meses. Dijo que lo único que esta actitud del gabinete del presidente hacía era aumentar el malestar de los ciudadanos. “Se preguntan: ‘si las autoridades políticas se atreven a atacar a nuestros pastores de esa manera, entonces que va a ser de nosotros`”.
Después de tres meses de arrestos, torturas, explosiones de granadas y tiroteos durante la noche, la gente muere de miedo, está cansada y profundamente preocupada, dijo el Padre Emmanuel. Algunos están pasando por una crisis de confianza en la Iglesia, una de las pocas instituciones en la que encontraron paz y consuelo, y en la que no se tenía cuenta de las afiliaciones políticas. “No queda ninguna esperanza. El partido en el poder ha anunciado que va a continuar (en el poder). Otros han anunciado que van a comenzar a luchar. La gente se dirige a nosotros de todas direcciones pidiendo auxilio”, dijo. “La gente se pregunta, ‘¿Qué tenemos hacer?’. Podemos darles la palabra de Dios, pero la gente no consigue ver lo que eso significa concretamente. Nos quedamos con la impresión de que ya no tenemos nada que decir. La gente comienza a condenar a (prescindir de) Dios”.

Un analista político burundés, que trabaja para una misión diplomática y que prefirió no ser citado por su nombre, dijo que en su opinión Nkurunziza necesita tanto el apoyo de la comunidad internacional como de la Iglesia Católica.

“Nkurunziza puede cambiar”, dijo el analista. Si ellos (la Iglesia Católica) se le oponen no habrá paz, no habrá derechos humanos, no habrá democracia. Ellos harán todo lo posible para mantener los canales de negociación abiertos”

Fuente: AllAfrica.com

[Traducción, Jesús Zubiría]


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