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Inicio > Bitácora africana >
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Nuno Cobre

Sin que nadie le preguntase si estaba de acuerdo, a Nuno Cobre lo trajeron al mundo un día soleado del Siglo XX. Y ya que estaba por aquí, al hombre le dio por eso que llaman vivir.

Sin embargo, durante mucho tiempo creyó Nuno que el mundo era sólo eso, sólo eso que se presentaba de manera circular y hermética ante sus ojos. Se asfixiaba. A veces. Pero algunos viernes o lunes por la mañana, una vocecita fresca y lejana le decía que habían otras cosas por ahí, que debían haber otras cosas por ahí.

Y un día Nuno Cobre salió y se fue a la Universidad, y un día siguió viajando y al otro también, y al otro, mientras iba conociendo a gente variopinta y devorando libros sin parar… Entonces descubrió con un cierto alivio que no estaba solo. Que habían más. Cuando llegó la hora de elegir, Cobre decidió convertirse entonces en viajero sólido y juntaletras constante, pero quería más, un más que venía del Sur. Y fue así como el latido africano empezó a morderle tan fuerte que una noche abrió la puerta del avión y se bajó en un país tropical. África.

Los temores. Llegó con cierto temor a África influenciado por la amarilla información occidental ávida de espectáculos cruentos y de enfermedades terminales. Y resultó que en lugar de agitarse, a Cobre se le olvidó la palabra nervios a la que empezó a confundir con un primo lejano. Y así fue como se llenó de paz, tiempo y vida.

Tras varios años en África, Nuno Cobre sólo aspira a lo imposible: vivir todas las experiencias mientras le da a la tecla, a los botoncitos negros del ordenador que milagrosamente le proyectan un nuevo horizonte cada día.

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Caminando por el infierno de Monrovia, capital de Liberia (2) de (14) “Sudando y sudando" , por Nuno Cobre

9 de julio de 2015.

En Newport como he dicho destaca el minarete de la mezquita donde a la entrada dormía un hombre en posición cabizbaja. En esta misma calle también me he encontrado con el recién pintado edificio de la RREA (Rural and Renewable Energy Agency) pintado de un verde intenso como no podía ser de otro modo en África donde los colores alcanzan su máxima expresión. También había una parte pintada de blanco. Me pregunto cuanto tardará este edificio en llenarse de polvo, de lodo, de gris y desgaste para adquirir el verdadero tono africano. Por esta calle, por Newport por cierto, hay tendido eléctrico, y unas viejas pero decentes aceras.

He seguido caminando hasta llegar a una de las calles principales, Benson Street donde he descubierto que se está asfaltando la carretera a buen ritmo, bajo el mando de los chinos, aunque seguramente sea un proyecto financiado por el Banco Mundial. Por medio de una extraña máquina que se asemejaba a una carroza de carnavales, se iba asfaltando la carretera. Aquí he descubierto de naranja el supermercado Monoprix, al que mi asistente Anthony acude casi todas las semanas. Al acercarme me he dado cuenta enseguida de que se trataba de un supermercado “normal” controlado por varios libaneses por supuesto. Yo que sé, creo que hay que tener mucho estómago para aguantar viviendo y trabajando en estas calles. Pero los libaneses lo hacen, quizás porque Beirut tampoco es mucho más pulcro y sobre todo porque aquí hay negocio. En la gasolinera que había por aquí descansaban un grupo de obreros desarrapados que observaban como el jefe chino dirigía la operación.

Por estas calles también te encuentras con pequeños puestitos, en forma de mesitas o despensitas enrejadas o acristaladas donde descansan un buen fleje de dólares liberianos listos para ser cambiados, así como multitud de tarjetas de teléfono. He bajado por Mechlin Street y luego más tarde he subido por la “famosa” Randall Street y su casino en la esquina con Sekou Toure Avenue que atravesé por cierto más tarde. Todo el mundo excepto una amiga etíope me han dicho que este casino es una mierda. Los edificios por aquí claro, están sucios, dejados y plagados de ventiladores de aire acondicionado. Los edificios suelen acabar en techos de chapa muy frágiles, con pinturas que se caen, colores turquesa, rojo desvaído, amarillos intensos etc. Mucha gente. Mucho ruido.

En Randall me he metido en el supermercado. Es la primera vez que me meto en el supermercado en Liberia. He querido saber donde compra Anthony, y también me picaba la curiosidad por conocer un super de primera mano. El supermercado de Randall es un supermercado de mucho cuidado donde hay de todo, incluido kiwis, cosa que me sorprendió y alegró.

Por toda esta zona, puedo comprobar que hay una cierta consistencia del tendido eléctrico. Viendo las fotos, confirmo una vez más que las edificaciones no atienden a ningún tipo de planificación urbana, sino que son como compounds, chalets, edificios de diferentes formas etc. que se colocan todos juntos y lo que salga. Cada uno parece haber ido por libre por aquí a la hora de construir su propio garito. He pasado también por Gurley Street y más tarde por fin he conocido el cementerio de Palm Grove cuando he llegado a Center Street.

Desde que leí la novela de Helene Cooper, “The House at Sugar Beach”, tenía curiosidad por meterme en este sitio y echar un vistazo. Me he metido por la zona izquierda, donde me he encontrado con diversas irregulares tumbas de cemento desordenadas, algunos coloridas, otras pintadas de un blanco que se desgasta en gris. La mayoría de las tumbas llevan escritas a mano el nombre de los fallecidos, algunas con muy mala letra. Alrededor de todas estas tumbas, crece mucha hierba que estaba siendo segada por grupos de jóvenes que cobran 5 dólares americanos la jornada. La mayoría llevaba una especie de mascarillas y algunos se han sorprendido de verme allí y me han preguntado qué hacía allí.

Luego me he puesto a hablar con unos cuantos y uno de ellos me ha dado mucha pereza cuando me ha preguntado que cuáles eran los objetivos de la comunidad internacional respecto a Liberia. Le he dicho que estudien y mucho para defenderse en la vida.

Al llegar de nuevo a Benson Street, me he encontrado con diversos locales vendiendo películas. Toda ellas son películas que podríamos calificar como B, con mucha violencia, sexo. Seguramente la mayoría vengan de Nigeria, y me da la sensación por otro lado, de que cada vez hay más películas en Monrovia. He visto que hay una productora que se llama “Country man films”…

Por Lynch Street hay otra mezquita, pero ésta está recién pintada con cuatro minaretes verdes reluciendo en lo alto. Por esta calle también hay tienditas de moda, que no dudan en pintar en sus puertas rosadas la marca Chanel o Gabbana… incluso mal escritos. A los costados de todas estas calles, te encuentras muchas veces con zonas verdaderamente pobres, donde diferentes comunidades viven en medio de cemento, árboles y chabolas. Desde uno de estos sitios, he visto como unos niños arrastraban un coche desvencijado para incorporarlo a Lynch Street.

Original en : Las Palmeras Mienten



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