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Freixa , Omer Nahum

Historiador y escritor argentino. Profesor y licenciado por la Universidad de Buenos Aires.

Africanista, su línea de investigación son las temáticas afro en el Río de la Plata e historia de África central. Interesado en los conflictos mundiales contemporáneos. Magíster en Diversidad Cultural con especialización en estudios afroamericanos por la Universidad Nacional Tres de Febrero (UNTREF) Su blog es OmerFreixa.com.ar y su cuenta de Twitter @OmerFreixa.

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Estados Unidos: la barrera racial más grande, por Omer Freixa

13 de mayo de 2015.

La violencia racial en Estados Unidos ha vuelto a conmover desde que el pasado agosto un policía disparara mortalmente en la cabeza al desarmado joven Michael Brown en una ciudad de Missouri abriendo una seguidilla de casos de maltrato policial hacia ciudadanos afroestadounidenses. Este asesinato fue el puntal para la reapertura de un candente debate sobre las evidentes disparidades entre las condiciones de vida de blancos y negros. El historiador estadounidense Thomas Bender concluye su libro Historia de los Estados Unidos. Una nación entre naciones, con una idea que proporciona el disparador para el presente artículo y repensar históricamente este problema.

El autor indica que la historia de su país está estrechamente unida a los comienzos de la historia global y que la norteamericana ha sido modelada por esta última. En el contexto de descubrimiento del “mundo océano”, como denomina la aventura de la expansión ultramarina, el desarrollo histórico de los Estados Unidos no constituye una excepcionalidad en el mundo sino que, por el contrario, la historia nacional encierra, entre otros aspectos y como en diversas regiones de América en donde existiera población negra, un capítulo penoso de maltrato hacia los afrodescendientes. Sin embargo, lo más destacado en suelo estadounidense es que éste llegara a su paroxismo en la década de 1960 hasta dar la vuelta al globo su conocimiento. En otras palabras, la violencia es hija del capitalismo. La experiencia de los Estados Unidos funciona como un botón de muestra más. El autor repara que la vinculación entre su país y la historia global no debe interpretarse como la homologación entre ambas, al concebir la estadounidense en sí misma como “la” historia global. En todo caso, una serie de problemas, incluido el racial, permite atenuar un clásico y pretendido relato de arrogancia nacional.

Como asegura otro historiador y activista social norteamericano, Howard Zinn, no hay país del mundo en que la cuestión racial tuviera un papel tan grande y durara tanto tiempo como en los Estados Unidos. En los años 70 escribió que el problema de la “barrera racial” persistía y se preguntó cómo lograr que blancos y negros vivan sin odio. A la luz de los hechos actuales, pregunta aun de muy difícil respuesta.

Esclavitud y conflicto

El apoyo de los estadounidenses a la esclavitud siempre estuvo condicionado por motivos económicos. Si en 1790 el sur producía mil toneladas anuales de algodón, en 1860 la cifra ascendió a un millón de toneladas, y la población esclava pasó de 500.000 a 4 millones de miembros. Impugnando un mito extendido entre muchos de que el esclavo americano fue sumiso y, si bien no tan amplias las rebeliones negras como en el Caribe, hubo episodios de revueltas esclavas (siempre aplacadas con gran violencia) que reforzaron exageradamente el temor en la élite propietaria. Por caso, tras una gran revuelta ocurrida en Virginia en 1831, el Estado mantuvo una milicia de 101.000 miembros, casi el 10% de su población. Después de tal refuerzo en la seguridad solo un foráneo pudiera pensar en un plan de rebelión. De modo que fue un blanco de sesenta años y enfermo, John Brown, quien la pensó, pese a los consejos del ícono negro Frederick Douglass, sobre sus bajísimas probabilidades de éxito. La rebelión fue desbaratada, y Brown ahorcado. El Estado nacional apoyó la moción a la vez que reforzaba la ley de retorno a la esclavitud de los ex fugitivos. Un gobierno con estas características no permitiría que la esclavitud acabara como producto de una revuelta.

El camino a la abolición fue el trabajo de Abraham Lincoln quien, pese a oponerse a la esclavitud, no podía ver a los negros como sus iguales. Por ende, debe ser matizada la visión dominante que se tiene del prócer estadounidense como un ferviente defensor de los negros. En primera instancia, no tuvo pensado conceder la emancipación, por diversos intereses. Pero, luego de 1860, cuando la peor guerra hasta entonces recrudeció y las críticas de los abolicionistas amenazaron con deshacer la frágil coalición que él lideraba, el presidente de la Unión comenzó a arremeter contra la vil institución. En los meses anteriores, no había dado pasos certeros en pos de hacerlo por miedo a provocar, por ejemplo, el distanciamiento de cuatro Estados de la Unión. Lo cierto es que la esclavitud estaba tan arraigada en el norte como en el sur.

La primera proclama emancipadora de Lincoln tuvo lugar en septiembre de 1862 y se respaldó en una estrategia militar en la que, entre otros aspectos, prometió respetar la esclavitud en los Estados sureños que se posicionaran con la Unión. Si el 1° de enero de 1863 sancionó la proclama emancipadora lo hizo en referencia a las áreas que luchaban contra el norte pero la misma no mencionó la situación de los esclavos en su territorio. Hubo que llegar a abril de 1864 para la Decimotercera Enmienda que puso fin a la esclavitud, y fuera replicada por la Cámara de Representantes en enero del año siguiente. Pese a esto, el odio contra el negro no acabó. Si 38.000 murieron en acciones bélicas (de un total de 200.000 reclutados), otros perecieron en el marco de revueltas contra el reclutamiento hacia los blancos durante 1863, sin olvidar que los de color tuvieron los roles más degradantes en el ejército durante el desarrollo de la guerra. En resumen, el gobierno de la Unión propuso la guerra a partir de 1861, frente al sur confederado y esclavista, no con la intención de acabar con la esclavitud sino a efectos de integrar el territorio nacional en un único mercado como punto de partida del verdadero desarrollo del conjunto. A lo sumo, el discurso de la emancipación operó como una cruzada de la cual resultara el interés de muchos por la igualdad racial.

Como fuera, tras la guerra, los negros del sur aprovecharon su libertad y se organizaron, pese a la actitud de políticos intolerantes como Andrew Johnson, vicepresidente de Lincoln, quien tras su asesinato quedó como presidente y dio marcha atrás con numerosas reformas que beneficiaron al negro. Sin embargo, no bastó para evitar que dos miembros negros del sur llegaran a ser senadores tras 1869, si bien vale advertir que la presencia negra en los parlamentos sureños no dejó de ser minoritaria. O peor, como el caso de Georgia, donde las autoridades votaron la expulsión de todos los miembros negros del Parlamento. Mientras el Ejército de la Unión ocupara el territorio de los derrotados la garantía racial podía cumplirse, pero todo cambiaría tras la retirada. Sería cuestión de tiempo para que los negros cayeran en una situación similar a la pasada esclavitud. En efecto, la violencia comenzó poco tiempo después de finalizada la guerra. En la ciudad de Memphis blancos asesinaron en mayo de 1866 a 46 negros y dos blancos. En las décadas siguientes la violencia contra el negro recrudeció mientras el Ku Klux Klan y otros grupos terroristas, organizados por la élite del sur, disparaba la violencia en escala creciente. En 1883 fue anulada la Ley de Derechos Civiles de 1875, que garantizaba el acceso irrestricto de los negros en los servicios públicos, mientras, al acabar la guerra, 19 de los 24 Estados del norte denegaron el voto a los negros. En 1900 todos los estados sureños era una realidad la eliminación de todos los derechos de los negros de la legislación cuando no leyes para la segregación. Muchos negros huyeron a Estados más pacíficos y los que permanecieron en el sur organizaron la autodefensa en épocas en que había un promedio de cien linchamientos anuales.

Du Bois, un intelectual negro, para la época sostuvo que el capitalismo estaba haciendo esclavos tanto a los negros como a los blancos pobres. Por más que la historia norteamericana oficial se precie de crear un relato nacional de una sociedad trabajando arduamente en pos del logro del “Destino Manifiesto” con algunas rupturas puntuales (como la Guerra de Secesión o la competencia política bipartidaria), no obstante dicha historiografía obvia ciertas disfunciones, como la lucha entre pobres y ricos, así como la resistencia negra al oprobio racista que no se disolvió en el transcurso del siglo XX sino todo lo contrario. En referencia al tema de la pobreza, en el pasado colonial (tanto en las Trece Colonias como en la Madre Patria) para muchos miembros de la élite los blancos pobres eran aptos para la esclavitud bajo el desprecio que hoy se denominaría racismo. En este último eran incluidos tanto blancos pobres como negros. Para los ingleses los pobres tenían los rasgos de una raza extranjera si bien era una descripción alejada de la realidad. En 1697, la legislación británica obligó a que los necesitados de asistencia social portaran una “P” bordada en el hombro de sus casacas.

Violencia cíclica

La revolución de los negros, aduce Zinn, llegó como por sorpresa en las décadas de 1950 y 1960. Pero los antecedentes en la materia hacen dudar sobre lo anterior, en virtud de un pasado de persecuciones y linchamientos. Si el activismo negro en los años de la Segunda Guerra Mundial se había apagado, volvió a resurgir a su término con la llegada de negros de África. Muchos esperaron que se cumplieran las promesas efectuadas en tiempo de guerra y que pudieran mejorarse las condiciones de vida, probando a su vez que la sociedad norteamericana no era racista, acusación frecuente de los no blancos. Al efecto, el presidente Truman comenzó por darle fin a la segregación existente en las Fuerzas Armadas, aunque fuera un proceso gradual.

Con el papel que asumían los Estados Unidos a nivel internacional en el contexto de naciente Guerra Fría, era necesario mostrar una imagen de una sociedad justa e igualitaria. En 1954 se dio fin a la política de segregación racial pero no alcanzó a colmar las expectativas de los negros en el sur. Estos últimos se alzaron masivamente a comienzos de los años 60 y a finales de esa década comenzó una serie de rebeliones en ciudades del norte. Inicial y bastante notorio fue el boicot a la segregación en los buses en la ciudad de Montgomery, capital del Estado de Alabama, en donde sobresalió la figura del joven abogado de 27 años Martin Luther King Jr., en 1956. Su énfasis en el uso de la no violencia concitó la simpatía de multitudes, y no solo negras, mientras otros abogaron por la defensa armada. Tampoco su discurso de 1963 en Washington, ante una multitud de 200.000 almas, apagó la ira que muchos sentían. En efecto, dos meses después el activista Malcolm X, claro exponente del emergente “Poder Negro”, desde Detroit criticó la marcha convocada por King, aduciendo que se había convertido en un circo.

Los que tomaron acciones pacíficas fueron muchos. En un café de Carolina del Norte un grupo de muchachos negros decidió sentarse en un lugar prohibido para ellos. Como no los atendieron, volvieron día a día. Con el tiempo, esa negativa motivó sentadas masivas en quince ciudades del sur que finalizaron al año con saldo de 3.600 encarcelados. Pero los cafés de muchos sitios se abrieron a los negros. Además, era la época en que los Freedom Riders, blancos y negros, efectuaron viajes conjuntos en bus desafiando las leyes segregacionistas, pese a que muchos fueron arrestados y maltratados.

El activismo negro se agitó, en Albany (Georgia) donde fueron arrestados más de 1.000 en el invierno de 1961, en 1963 en Birmingham (Alabama) en donde miles salieron a protestar a las calles contra el racismo. En Georgia, Arkansas, Alabama y Mississippi confluyeron negros de todos los puntos del país a las comunidades en formación. Había nacido el movimiento por los derechos civiles. Este mismo había alquilado un teatro cerca de la Casa Blanca, al que acudieron en junio de 1964 negros de Mississippi, el Estado más jaqueado por la violencia racial. A los doce días tres trabajadores de derechos civiles (dos de ellos blancos) fueron atacados por una turba enardecida y murieron. El ánimo se caldeaba y el Congreso reaccionó. Se habían aprobado leyes de derechos civiles en 1957, 1960 y 1964 pero casi ignoradas en su cumplimiento. Al año siguiente se aprobó una Ley sobre el Derecho al Voto más exigente que elevó el voto negro a 3 millones de individuos, el 60%, igual que el porcentaje blanco. Pero el voto no era la solución a la pobreza. En Harlem, los negros, quienes llevaban años votando, vivían literalmente entre las ratas.

Mientras el gobierno comenzaba a reaccionar frente al tema, la violencia negra entre los años 1964 y 1965 llegó a su clímax con sublevaciones en todo el país. Una de las más notorias fue la del ghetto de Watts, en Los Ángeles, la revuelta urbana más grande desde la Segunda Guerra Mundial, que dejó 34 muertos y cientos de heridos. En 1967 tuvieron lugar los mayores disturbios en los ghettos negros de la historia nacional, principalmente en Detroit y Newark, que en ese año provocaron 83 muertos, en su mayoría negros.

La prédica de King no solo se enfocó en los derechos civiles. Cuando comenzó a tratar el tema de la pobreza, se volvió blanco del FBI que incluso le sugirió el suicidio. En abril de 1968, cuando asistió a una huelga de basureros en Memphis, un tirador oculto lo mató en el balcón de su hotel. Su muerte causó más revuelo y 39 víctimas, tras disturbios. Asimismo, a fines de 1969, una redada policial en un departamento de Chicago acabó con la vida del líder de las Panteras Negras, Fred Hampton y otro estrecho colaborador. El blanco eran los activistas negros. La violencia compensaba lo que la legislación no podía. Como ocurriera en tiempos coloniales, el miedo recurrente se presentó ante los poderosos, vía la alianza entre negros y blancos pobres. Al efecto, y como en el pasado, el gobierno intentó cooptar a líderes afro, sin demasiado éxito.

Pese a que el sistema trabajó incansablemente por contener la agitación negra, poco mejoró para los afroestadounidenses. Para 1977, el 20% de la población del sur era negra y ocupaba el escueto 3% de los cargos públicos. Pese a que los negros pudieran llegar al gobierno -como fuera el caso del primer alcalde de color de Atlanta- los blancos continuaron reteniendo el poder económico. No obstante, algunas variables de la vida cotidiana mejoraron para ellos. Más jóvenes terminaron sus estudios secundarios e ingresaron en la universidad. Mientras en 1966 había 274.000 negros matriculados en las universidades, en 1976 eran 948.000. También ascendió el número que ganó electoralmente cargos públicos, de 1.185 en1965 a casi 4.000 en 1976. Al menos en el sur ya no se prohibía a los negros ingresar en ciertos sitios y transportar a los niños en ómnibus hacia escuelas interraciales. Pero en el fondo de la pirámide social los afroestadounidenses eran una mayoría desmovilizada a mediados de los 70, pero aún con conciencia. Es la misma que prevalece hoy, y 1968 viene a significar un espejo del presente.

Epílogo

En la actualidad, según datos de la Oficina de Censos nacional, la media de pobreza es del 15,1% (el número más grande en 52 años) pero en los negros es mayor, del orden del 27,4%, mientras que el desempleo asciende al 8,1 pero en el caso en cuestión constituye el 13,8%. Por su parte, un estudio revela que un tercio de los hombres negros en sus años 30 ha estado en prisión al menos una vez en los Estados Unidos. De los 2,1 millones de presos del país, los negros son el 40% de la población carcelaria, si bien los afroestadounidenses comprenden el 12% de la población total, unos 43 millones de habitantes. Ahora bien, estos números no resultan sorpresa en pos de pensar que existe una tendencia cíclica en el país para la repetición de la violencia racial. Ferguson en 2014, Cincinnati en 2001, Los Ángeles en 1992, y el crucial año 1968, entre otros, son parte de una realidad irrefutable, el llamado “sueño americano” está lejos de llevar a la constitución de una sociedad más justa e igualitaria para todos.

Como en el pasado una “P” identificaba a los pobres, actualmente la “portación de rostro” es suficiente señal para dispararle a un joven afroestadounidense, como sucediera con Brown el pasado 9 de agosto, provocarle una asfixia mortal a un padre de familia negro, Eric Garner, días antes, o una detención mortal hace pocos días a otro joven afro, Freddie Gray, en Baltimore, entre otros casos. Pero no son solo los afroestadounidenses quienes sufren la violencia racial. En nueve años por lo menos 70 inmigrantes mexicanos perecieron víctimas de abusos por parte de las autoridades norteamericanas. El intelectual negro Du Bois lo sentenció: “El problema del siglo XX es la barrera racial”. En todo caso, el siglo XXI presenta (no solo en Estados Unidos) el problema decisivo que puntualizó Barack Obama en varios de sus discursos, la desigualdad. Esta última es la propagadora de la brecha racial o, mejor dicho, de la acentuación del desequilibrio socioeconómico entre los grupos. Muchas más piedras en el camino del “sueño americano”.

Cerrando con el planteo de Bender expuesto al comienzo, la cuestión racial no es una marca excepcional de la historia de su país, al contrario, se inscribe dentro de la “globalidad” a la que refiere el autor. En el continente americano no solamente los afroestadounidenses, en muchos casos, resultan ser los únicos postergados. Fuera de Estados Unidos, otros afrodescendientes tampoco tienen gran cosa que celebrar



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