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Freixa , Omer Nahum

Historiador y escritor argentino. Profesor y licenciado por la Universidad de Buenos Aires.

Africanista, su línea de investigación son las temáticas afro en el Río de la Plata e historia de África central. Interesado en los conflictos mundiales contemporáneos. Magíster en Diversidad Cultural con especialización en estudios afroamericanos por la Universidad Nacional Tres de Febrero (UNTREF) Su blog es OmerFreixa.com.ar y su cuenta de Twitter @OmerFreixa.

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Garissa, un dolor que es de todos, por Omer Freixa

9 de abril de 2015.

La imagen sobre África que se hace el público occidental masivo a partir de las noticias difundidas sobre éste no refleja en forma cabal la esencia del continente. Se estereotipa una realidad que comprende a 55 países, más de 1.000 millones de habitantes y amplias zonas carentes de conflicto bajo un paraguas mediático homogéneo y simplista, nutrido por elementos catastróficos, como guerras, hambrunas, epidemias, pobreza y otros males. Con imágenes ampliamente difundidas, y sin juicio crítico, cualquiera puede concluir con que si va a África (como si fuera una entidad homogénea) no saldrá de la misma, por su peligrosidad. Pero esto no es cierto, o no sería un retrato completamente correcto de su realidad heterogénea y dinámica.

Esta imagen simplificada encuentra eco en noticias que sacuden de vez en cuando, aunque respetando la premisa de que si hay víctimas africanas no valdrán tanto en la pantalla y en las redes sociales como si las fueran occidentales y, principalmente, blancas.

El jueves pasado la ciudad de Garissa, en Kenia, fue foco por el horror desatado, aunque una vez más repitiendo la pauta de escaso interés y poco espacio en los medios a África. Con una población superior a 100.000 habitantes en una de las naciones más desarrolladas de África, en la que, por ejemplo, el dinero móvil vive su auge y es líder continental, la ciudad se tiñó de luto y el presidente Uhuru Kenyatta decretó tres días de duelo nacional. Cuatro infiltrados de la célula yihadista somalí Al Shabab (“juventud”) se infiltraron en el campus universitario de la principal universidad de la ciudad y abrieron fuego con sus armas ligeras, quedando cautivos en el albergue estudiantil unos 500 estudiantes. Muchos sobrevivieron ocultándose entre los muertos, como destacara el periodismo más sensacionalista.

Tras esta salvajada el balance arrojado fue el de 148 muertes, en su mayoría de jóvenes universitarios, incluyendo seis efectivos de seguridad del predio. Los cuatro terroristas fueron abatidos en el acto y sus cadáveres exhibidos ante una turba iracunda. Se supo que uno de ellos era hijo de un funcionario del gobierno nacional.

Un breve repaso histórico

No es la primera vez que Kenia ve muerte, dolor y sufrimiento, ante la indiferente mirada del mundo. Esta ex colonia británica vivió tiempos aciagos desde antes de conseguir su independencia de la corona británica, en 1963. Al ser una posesión con mayoría de población trasplantada de la metrópoli, y al igual que sucediera en otras de similares condiciones, los colonos europeos tomaron las mejores tierras (y el ganado) y desplazaron a la población local a las más áridas, desde donde se les exigió una prestación laboral en las denominadas reservas, entre otras cargas oprobiosas. Esta situación propició el caldo de cultivo para generar un odio feroz, cuyo comienzo se vio a finales de la década de 1940, de la mando de violencia en el entorno rural. En el año 1952 estalló el descontento generalizado, desde la declaración gubernamental del estado de emergencia a fines de octubre y con la fundación del movimiento Mau Mau, una agrupación anticolonial cuyos miembros, bajo juramento, se aliaron para conspirar, derrocar al gobierno colonial y, sobre todo, recuperar las tierras enajenadas desde comienzos del siglo XX. Si era necesario, el logro de esos objetivos incluía el asesinato de los colonos y, cuando no, de cualquier otro que se interpusiera en el camino.

El enfrentamiento entre el gobierno y el movimiento anticolonial devino en un combate que se prolongó desde 1952 a 1960. Si bien se la ha caracterizado como una guerra civil entre los kikuyu, el grupo étnico principal en la composición del movimiento, el conflicto opuso a varios grupos locales entre sí y también a éstos frente al poder colonial. Para salir del atolladero, los británicos cedieron el poder a una élite moderada y Jomo Kenyatta se convirtió en el primer presidente del país y un héroe dentro de la iconografía del nacionalismo africano.

Varios meses antes de la llegada a la presidencia de su hijo, el actual presidente de nombre Uhuru (desde el poder en abril de 2013), el gobierno de Reino Unido desclasificó documentos que evidencian la represión al Mau Mau, agrupación que en términos contemporáneos hubiera sido considerada terrorista, en una lucha que dejó más de 10.000 muertos y es recordada como una de las más trágicas dentro del proceso general de descolonización de África, sólo superada en barbaridad por la nefasta guerra de Argelia o la sucedida en el África portuguesa.

La “nota de color” sobre el actual mandatario de esta nación de 45 millones de habitantes es que ha tenido problemas con la justicia internacional. Estuvo en apuros cuando las miradas se dirigieron a él tras que a fines de 2007 y comienzos de 2008 se desatara una ola de violencia poselectoral que cobró la vida de unas 1.300 personas. De las muertes y de la violencia étnica desatada se lo culpó, bajo el cometido de delitos de lesa humanidad, aunque a finales del año pasado la Corte Penal Internacional (CPI) decidió que no tenía pruebas en su contra y desistió en procesarlo. Como fuera, es el primer presidente de un país que debió comparecer ante ese tribunal desde que fuera creado, en 2002. Como otros africanos poderosos tuvieran roces con la CPI (el más célebre el déspota de Sudán y genocida, Omar Al-Bashir), se acusó al cuerpo de sólo cargar contra los africanos. Kenyatta delegó el mando en su segundo, Raila Odinga, en las comparecencias, convertidas en un verdadero show mediático que ha dejado sabor a poco.

Peligro islamista

Kenia es un motor de crecimiento en el África oriental y una de las naciones más estables del continente, con un sistema democrático, en líneas generales, sólo puesto en tela de juicio en lo referido al párrafo anterior. El verdadero desafío, o al menos el más visible desde la construcción del sujeto periodístico, atañe a un peligro que también enfrentan otros países africanos en situaciones distintas, como, entre otras, Nigeria, Libia y Egipto: la amenaza yihadista.

La principal razón del ataque a la universidad referido líneas arriba, en una ciudad que linda 200 kilómetros de la caótica Somalía, hunde sus raíces en el papel protagónico que pretende jugar la nación de Kenyatta en la región y en ese último país, en especial presentándose como un baluarte de la paz e intentando estabilizar zonas catastróficas, como el Cuerno de África, del cual provinieron los hacedores del ataque que dejó 148 muertos y conmovió a los keniatas, pero no al mundo. En Somalía, a fines de 2006, un grupo de insurgentes fanatizado por la visión radical de imponer la sharia (ley islámica) a rajatabla e instalar el Califato con la perspectiva de respetar rigurosamente las enseñanzas del Profeta, de a poco se hizo con el control de gran parte del territorio somalí, aprovechando la fragmentación que siguió a la caída del gobierno central en 1991

La milicia Al Shabab conquistó Mogadiscio, la capital de un Estado fallido, y los analistas señalan que entre 2007 y 2010 vivió su época de oro, controlando un territorio en dimensiones como el de Dinamarca. Cuando comenzó a ser replegada por una fuerza de intervención africana, capitaneada por Etiopía y Kenia, con ayuda de los Estados Unidos (que invirtió unos 1.000 millones de dólares) buscó ayuda, y la encontró. A comienzos de 2012 la célula se unió a la temible red Al Qaeda, responsable de los ataques terroristas en los Estados Unidos en 2001 y, menos recordados, dos atentados en Embajadas norteamericanas en dos grandes capitales africanas, Nairobi (capital del país cuyo nombre lleva el título de este artículo) y Dar-es-Salaam, en Tanzania, Estado con el cual Kenia comparte fronteras.

Al Shabab juzga intolerable la intervención keniata en su territorio y busca la venganza en suelo del país considerado agresor. Hasta ahora el atentado más mortífero había sido en época anterior a la de creación del grupo, cuando en Nairobi murieron 217 personas tras la detonación de un coche bomba en la Embajada norteamericana. Pero el ataque del jueves pasado en Garissa es el peor que cometiera Shabab desde su origen. Incluso supera a otro famoso cometido en septiembre de 2013, cuando varios milicianos atacaron un lujoso centro comercial en Nairobi y en el acto murieron 67 civiles, más los propios atacantes. A diferencia de lo ocurrido en la universidad, el brutal ataque al mall Westgate (de capitales israelíes) fue más atendido porque entre las víctimas y supervivientes hubo occidentales, incluyendo una diplomática canadiense. Lo que tienen en común ambos accionares de Shabab es que han atacado símbolos de lo considerado moderno, occidental y acomodado, un lujoso mall y una universidad en donde estudian sectores acomodados de la sociedad keniana. Sin embargo, la mayoría de población de Garissa es de origen somalí, una forma fácil de reclutar por su origen y aprovechando condiciones desfavorables entre la población que se integra sin mucha dificultad a las filas yihadistas.

A diferencia del pasado, es innegable que Shabab se ha replegado sobre sí mismo y perdió apoyos y fondos. A diferencia de la nigeriana Boko Haram, cuenta con muchos menos recursos y, desde Al Qaeda en franco repliegue, la limitación monetaria impuso un cambio en la estrategia. Los terroristas han pasado de los grandes atentados, principalmente a través del uso de coches bomba, a ataques focalizados mediante el empleo de armas ligeras, preservando un grado de sincronización excelente y un entrenamiento rígido. El de Kenia es el mejor ejemplo en tanto efectividad por la inusitada cantidad de bajas, aunque deben sumarse otros, como el ocurrido en Mogadiscio hace dos semanas cuando, tras detonar un coche bomba, los islamistas atacaron un prestigioso hotel, una vez más golpeando símbolos del glamour occidental y dejando más de 20 víctimas, en donde se encontraban varios funcionarios.

Shabab, si algunos piensan que se hizo famoso desde el pasado jueves, opera sangrientamente desde hace casi una década y desde 2012 provocó más de 600 muertes sólo en Kenia. Si desde una perspectiva estrictamente militar el grupo está perdiendo una guerra convencional, su capacidad de resiliencia es notable y, pese a lo que pronostican e insisten con ahínco algunos analistas hace varios años, la célula no está derrotada. Si mediante drones Estados Unidos liquida a las cabezas del movimiento, su conducción se regenera.

La rápida respuesta de Kenia frente al ataque en Garissa ha sido la detención de varios sospechosos, el congelamiento de cuentas bancarias de 86 presuntos colaboradores y el bombardeo de posiciones al sur de Somalía de la organización islamista, con la destrucción confirmada de dos campamentos yihadistas. Se desconoce si cayeron civiles en estas maniobras, aunque unos somalíes denunciaron que sí. De todos modos, poco importa confirmar aquello, cuando de este país se desconoce absolutamente todo. Cuanto más lejos mejor. Kenia había anunciado hace apenas unos días la construcción de un muro defensivo para protegerse de la amenaza yihadista somalí. Las víctimas del prejuicio son los inocentes somalíes, puesto que una pequeña fracción de su población compone las filas de Al Shabab. Si en 2010 tenía unos 7.000 combatientes, en la actualidad suman 3.000.

Valoración

A diferencia del ataque terrorista perpetrado por el Estado Islámico en París a la (desde allí) célebre redacción del periódico Charlie Hebdo a comienzos de este año, en donde la conmoción fue global y los hashtags (#JeSuisCharlie) y diversas muestras del dolor se difundieron por doquier, en esta última ocasión Kenia no es Francia. La difusión no ha tenido el menor impacto mediático que tuvo lo ocurrido en la capital francesa. En efecto, finalizado el primer shock tras el ataque en la ciudad keniana, los locales y pocos periodistas emplazados en el terreno comenzaron a denunciar que la Cruz Roja y otros organismos de este tenor se estaban retirando del lugar de los hechos. En África lo que acontece se olvida rápido, si es que acaso retiene la atención.

Siempre cuando hay africanos entre las víctimas de catástrofes, accidentes u otra clase de hechos infortunados, la noticia no vende tanto como sí en el caso de tragedias producidas en Europa, los Estados Unidos o cualquier otro rincón del mundo considerado “civilizado”. Las víctimas negras (o no occidentales) quedan como un simple registro estadístico, si es que no se las ignora lisa y llanamente. En cambio, como evidenciara la tragedia aérea del vuelo de la empresa Germanwings, los medios hasta se obsesionaron con el perfil psicológico y los trastornos del perturbado copiloto del vuelo, a quien se responsabilizó del accidente acaecido en los Alpes franceses. En suma, una persona ocupó más tiempo en la pantalla que 148 anónimas.

De todos modos, hay esfuerzos para lograr que las víctimas africanas no sean sólo una cifra ignota. La campaña viral #147notjustanumberintenta concientizar y mostrar la humanidad tras los números, reconstruyendo historias de vida y agregando rostros e identidad a quienes en vida fueron hermanos, hermanas, parejas, etc. Por otra parte, cientos de estudiantes marcharon en las calles de Nairobi para expresar su dolor y exigir al gobierno seguridad. De más agregar, esta movilización es incomparable a la ola de repudio que causara Charlie Hebdo, con la manifestación más grande en París superando a la más masiva hasta entonces que fuera con la liberación tras la Segunda Guerra Mundial, que congregó a mucho más de un millón de asistentes. Asimismo, varios mandatarios de diversos Estados del mundo se hicieron presentes, incluyendo africanos, pero no así en Kenia.

Cuando el periodismo occidental informa sobre África las más de las veces generalmente pareciera que desinformara. Cuando se tratan noticias de allí no se tiene en cuenta el contexto que las propicia. No hay espacio para entender cada país africano, ni nada que demuestre que África tiene entidad y originalidad. El lugar común sobre el continente en la pauta informativa es el sitio más cómodo.

Puntualmente Kenia es un país como cualquier otro del mundo, con sus defectos y virtudes, con metrobús en su capital como la ciudad de Buenos Aires (para los más escépticos), y no un punto caótico más de un África supuestamente catastrófica. En una reciente emisión radial el presidente español, Mariano Rajoy, al ser entrevistado por la masacre en Kenia, confundió a este país con Nigeria. Entre ambos median unos 5.000 kilómetros. Lo anterior demuestra que el lugar común está instaurado hasta en quienes deben representar al pueblo y no deberían incurrir en el sentido común repitiendo errores del “vulgo”.

Se espera que este artículo haya dejado una impresión sobre lo qué es Kenia, un perfil del país y las motivaciones de los agresores, datos prescindibles en la mayoría de los enfoques periodísticos a los que se está acostumbrado en el modo de informar sobre lo africano.

Bibliografía consultada:

* Daniel Branch. Kenya. Between hope and despair, 1963-2011, Yale University Press, 2011.

* Ali Mazrui (Ed.). Historia General de África, University of California Press, en colaboración con UNESCO, Tomo VIII: África desde 1935, 1993.

Original en : Huellas de la Historia



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