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Inicio > Bitácora africana >
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Rodríguez González, María

"María Rodríguez nació en 1989 en Baza (Granada). Es licenciada en Periodismo por la Universidad de Málaga y realizó el Master en Relaciones Internacionales y Estudios Africanos en la Universidad Autónoma de Madrid. En noviembre de 2014 se marchó a Burkina Faso para comenzar a hacer periodismo freelance y desde entonces recorre los países de África occidental para intentar comprender y acercar esta parte del continente. Autora del blog Cuentos para Julia, donde escribe sobre África, sus experiencias y reflexiones, colabora con varios medios de comunicación como El Mundo, Mundo Negro y El Comercio (Perú), entre otros"

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Ese gran cartel, por María Rodríguez

15 de enero de 2015.

Hace cuatro días que llegué a Ghana. Después de un viaje que comenzó la mañana del jueves desde Uagadugú y continuó hasta la mañana siguiente, el autobús entró en la capital, Accra, y llegó a la estación donde a la entrada se veía un gran cartel con el nombre de la compañía: IMPERIAL EXPRESS.

En el autobús no era la única blanca. Una señora alemana que tiene una agencia de viajes en Bamako (Malí) hacía también este viaje. Nos presentamos cuando en la frontera de Ghana nos dijeron que rellenáramos juntas un papel para asegurarse de que no teníamos ébola. Nos quedamos mirándonos extrañadas. “No viajamos juntas”, le dijimos, pero el hombre insistió en que las dos blancas debíamos escribir en el mismo folio (pero cada una un formulario distinto) nuestros datos, responder a si habíamos estado en contacto con alguien con ébola los últimos 21 días (período de incubación de este virus), si habíamos estado en contacto con animales domésticos y si teníamos alguno de los síntomas de la enfermad.

Al salir del autobús me preguntó si quería compartir el taxi con ella para abaratar costes ya que íbamos en la misma dirección. En un momento del recorrido pensé que se me había olvidado apuntar dónde se encuentra esta estación para la vuelta a Uagadugú en unas semanas o el teléfono de alguien de la empresa para saber los horarios y le pregunté a la señora alemana, que ya conocía Accra, si sabía el nombre de la calle o la zona. –No te preocupes, si les dices ‘Imperial Express’ normalmente los taxistas saben dónde es-. Confié en su respuesta, me quedé tranquila. Y guardé en mi memoria ese gran cartel donde ponía IMPERIAL EXPRESS para reconocer el sitio, para saber, cuando me dejara por allí el taxi para comprar el billete de vuelta e irme, que ese era el lugar correcto.

Accra (Ghana), junto a Lagos o Abuja (Nigeria), habían sido las primeras opciones que me había planteado para establecerme en África como periodista freelance. Sin embargo, viviendo en estas ciudades consideré que mi presupuesto no aguantaría mucho así que finalmente me decidí por Uagadugú (Burkina Faso) que, personalmente, me apetecía muchísimo (Ver las entradas en este blog ‘Me voy’ y ‘La ciudad de nombre impronunciable’).

En este viaje a Accra buscaba cambiar de aires, conocer otro país africano, otras culturas, otro paisaje, otras gentes y verme como me manejo en inglés porque en Uagadugú hablo en francés. Pero dentro de todo este cúmulo de motivos para viajar hay uno que me incitaba a venir aunque fuera tan solo una semana para conocerlo en persona: el vertedero tecnológico de Agbogbloshie.

Oficialmente se trata de un área de procesamiento de basura tecnológica donde van a parar los desechos tecnológicos de todo el mundo pero sobre todo de Europa. Es uno de los diez lugares más contaminados del mundo, uno de los vertederos tecnológicos más grandes del mundo y el más grande de África. Todo lo que a nosotros no nos sirve viene para acá y a otros lugares similares en el mundo y la gente se dedica a escarbar entre un montón de basura para buscar aquellos metales por los que van a cobrar algo.

Forma parte de nuestro mundo “perfecto”. Nosotros compramos televisiones, ordenadores, lavadoras, teléfonos móviles, batidoras, frigoríficos y todo lo electrónico que se os pase por la cabeza recién salidos de la fábrica. Luego, algo les pasa, la obsolescencia programada le llaman, y no funcionan más. Hay gente apañada que les busca una segunda vida porque saben arreglarlos, los que consideramos pasados de moda o peores que los que acabamos de renovar se venden de segunda mano. Pero los que ya son la escoria que en Europa y otros lugares es impensable utilizar son enviados a estos vertederos, incluidas piezas y cables sueltos y que no tienen sentido. También cualquier cosa que sea de algún metal. Aquí esos metales tendrán una tercera o una cuarta vida. El negocio continúa formando un círculo perfecto para el sistema económico y consumista actual pero imperfecto para el medio ambiente y la salud de las personas.

Ayer estuve allí. Estaba comiendo con un periodista local y hablando sobre el tema cuando me dijo: -Si quieres puedo llevarte al sitio para que lo veas-. La idea me gustó así que fuimos para allá. El periodista me explicó un poco lo que sabe sobre el tema y me mostró un negocio relacionado al vertedero pero que por ser domingo se encontraba cerrado. Luego le pregunté si conocía donde se encontraba toda la chatarra. “¿Quieres ir allí?”, me preguntó. Ya ves si quería. Tenía que ver con mis propios ojos ese vertedero. Y cuando llegamos al sitio, a poca distancia de donde estábamos, lo primero que hace es sacar el móvil y echar una foto. –Nunca había llegado tan lejos- me dice sorprendido. Y nos ponemos a andar sobre la mierda que no es sólo tecnológica.

La gente nos llama. –Venid para acá- y al mismo tiempo hacen el gesto con la mano por si no los hubiéramos oído… Son unos señores muy serios pero mejor hacerles caso. A fin de cuentas, es su territorio y nosotros extranjeros. Hablamos con ellos, uno nos dice que es él quien manda allí, mantenemos una conversación cordial, nos piden dinero, nos hacemos los locos, les pedimos sus teléfonos para hablar con ellos otro día (cuando nos volverán a pedir dinero…), nos muestran su mercancía de ese día, algunos metales que han encontrado y nos dicen lo que es cada cosa y el valor de cada metal incrustado en diferentes utensilios inútiles o cuya lugar de procedencia sería ya difícil de averiguar. -¿Cómo sabéis lo que es cada cosa?- les pregunto muy sorprendida. Simplemente lo saben. Y luego les pregunto a modo de test que de qué material es el colgante que llevo en el cuello, que de lo sucio que está por el sudor podría parecer el desgaste de uno barato comprado en los chinos. Lo mira fijamente y poco después responde –es plata.

Después de observar en la distancia la zona donde se amontona la chatarra decidimos irnos. Volvemos a atravesar el lugar donde varios grupos de niños con sus equipaciones juegan al futbol. Niños y jóvenes jugando al futbol a pocos metros de uno de los diez lugares más contaminados del mundo. Alucino. Y al salir de aquel sitio y mirar hacia la izquierda lo veo a no más de dos metros de mí: IMPERIAL EXPRESS. Y guardo en mi memoria ese gran cartel.

Original en : Cuentos para Julia



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