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Inicio > Bitácora africana >
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Muñoz Abad, Rafael

Cuando por primera vez llegué a Ciudad del Cabo supe que era el sitio y se cerró así el círculo abierto una tarde de los setenta frente a un desgastado atlas de Reader´s Digest. El por qué está de más y todo pasó a un segundo plano. Africa suele elegir de la misma manera que un gato o los libros nos escogen; no entra en tus cálculos. Con un doctorado en evolución e historia de la navegación me gano la vida como profesor asociado de la Universidad de la Laguna y desde el año 2003 trabajando como controlador. Piloto de la marina mercante, con frecuencia echo de falta la mar y su soledad en sus guardias de inalcanzable horizonte azul. De trabajar para Salvamento Marítimo aprendí a respetar el coraje de los que en un cayuco, dejando atrás semanas de zarandeo en ese otro océano de arena que es el Sahel, ven por primera vez la mar en Dakar o Nouadhibou rumbo a El Dorado de los papeles europeos y su incierto destino. Angola, Costa de Marfil, Ghana, Mauritania, Senegal…pero sobre todo Sudáfrica y Namibia, son las que llenan mis acuarelas africanas. En su momento en forma de estudios y trabajo y después por mero vagabundeo, la conexión emocional con Africa austral es demasiado no mundana para intentar osar explicarla. El africanista nace y no se hace aunque pueda intentarlo y, si bien no sé nada de Africa, sí que aprendí más sentado en un café de Luanda viendo la gente pasar que bajo las decenas de libros que cogen polvo en mi biblioteca…sé dónde me voy a morir pero también lo saben la brisa de El Cabo de Buena Esperanza o el silencio del Namib.

@Springbok1973

cuadernosdeafrica@gmail.com

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Mandela, un año después, por Rafael Muñoz Abad

9 de diciembre de 2014.

Conocer la cultura de tu enemigo es la mejor forma de derrotarle sin violencia. Comprender sus raíces como camino al entendimiento y el diálogo es la manera de hacerlo. Nos encontraremos en la mitad del puente. Ni en una orilla ni en la otra. Tal vez así se puede sintetizar la historia más reciente de Sudáfrica y el colapso del Apartheid. Durante su recluimiento, Nelson Mandela estudió la lengua afrikaans y la filosofía calvinista; entendiendo entonces que el odio al negro de los afrikaners sólo escondía un miedo a lo desconocido. Algo que apenas cambió desde que Riebeeck y sus seguidores llegaron a El Cabo de Buena Esperanza en 1652.

El pasado 5 de diciembre conmemorábamos la muerte de la más influyente personalidad africana. Su herencia es compleja e incierta pues Sudáfrica viene a representar a ese hijo capaz de lo mejor pero también de lo peor. Una paradoja vertebrada con la costura de las contradicciones. La cara amable nos muestra un país con una transición “pacífica”; universidades que ya las quisiéramos en este cortijo llamado España; un destacable sector del I+D; una bolsa muy dinámica y una economía que mantiene el tipo, erigiéndose en el mayor eje comercial africano e inteligentemente diversificado hacia los mercados asiáticos. La cara B es terrible: las cifras de infectados por sida tienen seis ceros; el capital sigue siendo blanco y las desigualdades sociales, lejos de acortarse desde el fin del segregacionismo, se han incrementado bajo la cruel aportación de una clase negra media alta que se ha revelado como el peor discriminador hacia el propio africano. Negros con modales de blancos se comenta con ironía.

La diáspora de whites cualificados, principalmente doctores e ingenieros rumbo a Australia, Canadá o Nueva Zelanda, continua siendo una sangría social catalizada por el temor a la venganza de la mayoría negra por años de injusticias sociales. ¿Es esta la razón principal en la que se argumentan aquellos que optan por dejar la amada tierra rojiza de sus antepasados neerlandeses? Quizás sí. Lo que sí es indudable, es que el flujo de southafrican´s exiles, empobrece en términos de personal cualificado al país.

La realidad se revela demoledora pues el número de asesinatos y violaciones es inadmisible. La inseguridad ciudadana y el [quizás] mayor flujo migratorio norte - sur del globo, producto del poderoso sector minero, han disparado la delincuencia y la marginación social. El hacinamiento de inmigrantes llegados de Botswana, Moçambique o Zambia, ha creado un cinturón de arrabales y neo Townships en el extrarradio de Jo´burg. Una jerarquía del alcoholismo y la miseria, donde los sudafricanos negros acusan a sus vecinos de la caída de los sueldos - en la mina - por un exceso de oferta en la mano de obra. Lejos de avanzar hacia una homogenización social, Sudáfrica parece estar igual o más estratificada [socialmente] que en los años de la supremacía afrikáner. Solamente en la cultura de la posesión de armas, algo fuertemente arraigado desde siglos atrás, parece haber unificación y de ahí el elevado ratio de muertos por disparos. Las series de televisión y los braai multirraciales proliferan, pero no con ello los matrimonios mixtos. Una rareza socialmente rechazada que difícilmente cambiara. Menudo panorama.

El futuro de Africa del Sur es incierto. Me gusta definirlo, a sabiendas que hay mil problemas de difícil solución, como una patada a seguir de un zaguero de rugby. El país puede avanzar y progresar, pero malamente soluciona sus gravísimos problemas internos heredados de una desastrosa política. Y es que Sudáfrica seguirá siendo tierra de mil contrastes. Un laboratorio social que lejos de ser un éxito, al menos no acabo en una anunciada guerra civil.

CENTRO DE ESTUDIOS AFRICANOS DE LA ULL.

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