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afribuku pretende hacer descubrir y reflexionar sobre manifestaciones culturales africanas contemporáneas de interés, divulgándolas a través de esta página y de las redes sociales. En África existen numerosas propuestas artísticas de excelente calidad que permanecen ocultas a los ojos del mundo. Es necesario que todos aquellos que creemos en una visión más realista y honesta de África tratemos de que la comunidad iberoamericana se familiarice y comience a disfrutar de la gran diversidad que ofrece este continente.

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El combate por la dignidad, Mohamed Ali y el teatro, por Afribuku

6 de octubre de 2014.

Autor :Alejandro de los Santos

¿Qué pueden tener en común Mohamed Ali, un actor y un dramaturgo? En principio muy poco. Un deporte de golpe y garra casa difícilmente con la interpretación dramática. Sólo alguien con la capacidad de hilvanar lo aparentemente paradójico puede darle un sentido a esta propuesta. En tiempos en los que se tiende a desestructurar la narración y a descomponer el contenido, el congoleño Dieudonné Niangouna apuesta por la importancia y la consistencia del texto. La contemporaneidad del lenguaje está más que presente en su obra a través de las aportaciones del director de escena y del propio actor, pero la palabra no se convierte en attrezzo en ningún caso. Niangouna trabaja integralmente todas las fases de la creación teatral, desde la escritura a la dirección, y además es un actor excepcional capaz de interpretar a Jean Genet sin que el color de la piel sea un impedimento. El artista no debería verse perjudicado por encasillamientos ni por prejuicios raciales. Y justamente es lo que pretende transmitir con la obra M’appelle Mohamed Ali (Llámame Mohamed Ali) desde que se encienden las luces del escenario: un alegato a favor de la dignidad del negro en todas sus facetas de su existencia.

La similitud física del actor Étienne Minoungou con el boxeador norteamericano sorprende desde el momento en que lo vemos aparecer. Está sentado en la platea, se levanta y, como quien entra en un ring, se dirige solo al escenario. Desde el primer instante se intuye una estrecha cercanía con el público, puesto que el objetivo de la obra es desde luego buscar preguntas y respuestas sobre la condición humana. La escenografía es sencilla, la superficie queda delimitada por líneas que forman un cuadrilátero, y allí vemos un taburete, una silla con ruedas, una barra móvil con perchas y un atril. Poco más necesita el actor para desarrollar un monólogo que se bifurca en el testimonio de los tres personajes principales. La narración alcanza por momentos un grado de dramatismo tan intenso que acaba desembocando en una sola voz que expresa un sentimiento común: “He nacido para el combate. Un día seré un hombre, seré alguien”. ¿Habla Mohamed Ali, Niangouna o Minoungou? Cualquiera de ellos nos vale para comprender el sufrimiento y la opresión que padece el negro en todo el mundo. El combate para Mohamed Ali no sólo fue superación personal sino un compromiso de autoafirmación en momentos en los que la segregación racial era ley de vida en Estados Unidos. El actor y el dramaturgo sufren otras frustraciones, las propias de un artista negro mal remunerado, las del inmigrante en Europa. Y en el fondo los tres comparten las secuelas de la colonización y el racismo que esconden hasta las frases más banales de la lengua del dominador.

El actor protagonista se aproxima al público, se sienta en un taburete próximo a la primera fila de butacas, queda alumbrado únicamente con una luz cenital y se expresa en la intimidad. Interpela al público y trata de dialogar. Confiesa que el actor anula toda expresión personal, simplemente interpreta sensaciones y opiniones de terceras personas, de quien escribe. “¿Qué interés tiene lo que hago?”, se cuestiona. Al fin y al cabo no sabemos si Minoungou se abre al público o si está actuando a ser él mismo. Desconocemos en qué momento se trata del personaje o de la persona real. De hecho se frustra, amenaza con parar pero sigue la función. No tiene más remedio. En su desahogo, el actor revela que de pequeño se sentía Mohamed Ali. Quería ser boxeador para pegarle a todo aquello que le incomoda. Tal y como hizo su ídolo en su juventud, que usaba los guantes con la rabia del oprimido.

Nadie podía con Mohamed Ali. En Estados Unidos desconcertó tanto a negros como a blancos. Durante sus primeros años de carrera la población de origen europeo seguía manteniendo el discurso de la supremacíade la raza blanca. Fue medalla de oro en los Juegos Olímpicos y campeón mundial de los pesos pesados en tres ocasiones, desafiando a todo tipo de rivales. El boxeador se convirtió en un símbolo de la lucha contra el racismo y sus victorias eran recibidas por los sectores más reaccionarios como un gancho en el estómago. El púgil norteamericano se negó a ir a la Guerra de Vietnam, enfureciendo a medio país por su falta de amor patrio. Tampoco era del gusto de los activistas negros de la época que no vieron con buenos ojos su inclinación por el Islam. Siempre se mantuvo al margen de tendencias ideológicas y religiosas. Y por esa misma razón nunca fue comprendido del todo. En África fue invitado por los primeros presidentes que pusieron término a la dominación colonial como Kwame Nkrumah y Mobutu SeseSeko. Nelson Mandela, que fue un gran aficionado al boxeo, lo recibió con la misma admiración que Mohamed Ali le dedicaría por su lucha contra el apartheid. Por este espíritu de lucha los africanos sienten en general una gran fascinación por una figura que ha deslumbrado a medio mundo con su personalidad. “Hay que boxear, incluso en la pura miseria, en el gueto, en los townships, en las favelas, en la pobreza del tercer mundo, hay que boxear, boxear, boxear por la situación”, reivindica el protagonista de la obra.

El texto roza la genialidad en los momentos más poéticos. “Como todos los seres que parten de sus sueños para poblar la tierra. Todos, partiremos un día, Étienne. Este mundo sólo deja lugar al caos”. Son palabras que le dedica la madre al protagonista tras embarcarse en el desafío migratorio. Esa mezcla de lo lírico con la pujanza de los argumentos de Ali aporta a la obra una fuerza extraordinaria. “El boxeo de es la controversia de toda lógica, como el teatro”. Aunque la palabra tiene esa virtud de dotar de sentido proyectos tan arriesgados. Y necesita a alguien que sepa imprimirle el matizadecuado de lirismo o dramatismo, según corresponda, algo que Étienne Minoungou logra con creces. Una hora y veinte de teatro donde las cosas se cuentan a su justa medida. Sin excesos ni minimalismos gratuitos.

M’appelle Mohamed Ali se presenta estos días en el festival Les Francophonies en Limousin. No hemos podido transportarnos a Francia para asistir a la obra, pero las nuevas tecnologías permiten tener la magnífica oportunidad de ver teatro desde la distancia. El texto sólo está disponible en francés. De hecho podemos contar con los dedos de mano las obras que han sido traducidas al español. Desde aquí rogamos a las editoriales hispanas que se interesen algo más por permitir el acceso al teatro africano en la lengua de Lope de Vega. El combate no ha hecho más que comenzar.

Original : Afribuku



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