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afribuku

afribuku pretende hacer descubrir y reflexionar sobre manifestaciones culturales africanas contemporáneas de interés, divulgándolas a través de esta página y de las redes sociales. En África existen numerosas propuestas artísticas de excelente calidad que permanecen ocultas a los ojos del mundo. Es necesario que todos aquellos que creemos en una visión más realista y honesta de África tratemos de que la comunidad iberoamericana se familiarice y comience a disfrutar de la gran diversidad que ofrece este continente.

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Francis Falceto: “Se trataba de chicos malos que se revolvían contra lo viejo y caduco”, por Afribuku

28 de noviembre de 2013.

En 1985, tras escuchar por casualidad un disco de Mahmoud Ahmed, Francis Falceto comenzó el proyecto titánico de investigación, promoción y reedición de la música que en los años 60 y principios de los 70 encendiera la llama de un movimiento cultural sin parangón en Etiopía. Hoy, la colección Ethiopiques (Buda Musique) cuenta con 28 volúmenes y ha alcanzado una repercusión mundial enorme, gracias a artistas como Mulatu Astatke, Mahmoud Ahmed o Getatchew Mekurya.

Con motivo de la publicación de Ethiopiques 28 – dedicado al músico Ali Birra – le preguntamos a Francis sobre esta época dorada y sus 30 años de experiencias emocionantes.

Francis, los años 60 y principios de los 70 fueron momentos maravillosos en Etiopía. El Emperador había creado la primera universidad y se estaban formando las primeras bandas de música. El ambiente nocturno en los clubes y bares de Addis Abeba era vivo, creativo y cosmopolita. Los jóvenes soñaban con pertenecer al nuevo mundo, que se vislumbraba repleto de libertad y nuevas ideas. Si pudieras viajar en una máquina del tiempo. ¿Qué momentos y anécdotas te hubiera gustado vivir?

Muchas veces he soñado con estar allí. Sabes, pertenezco a su misma generación –la de los “baby boomers” – y me puedo imaginar el ambiente a la perfección. A principios de los años 60 tenía lugar el Concierto de Año Nuevo en el palacio de Haile Selassie, antes de que el propio Emperador lo convirtiese en la primera universidad del país. El concierto duraba casi ocho horas, desde las 6 de la tarde hasta la 3 de la madrugada y era público. Bandas como la Imperial Body Guard, Police Orchestra, Army Band, Municipality Orchestra, Haile Selassie Theatre Orchestra presentaban allí las nuevas canciones para el año nuevo. Los ensayos duraban meses y meses y estaban rodeados de un secretismo total. Las propias bandas se encargaban de poner a un vigilante en la puerta del local de ensayo para evitar a espías y curiosos. Había talleres de composición y de arreglos, equipos de escritores y de arreglistas. Y en la noche del concierto, mediante los aplausos, la audiencia decidía cuál sería el hit que marcaría los años venideros. Debió ser excitante vivir un ambiente tan creativo.

Pero también me hubiese gustado asistir a la presentación del primer vinilo de música etíope, cuando llegó de la India recién fabricado en 1968. ¿Te acuerdas lo que nos contó el productor Amha Eshete cuando le entrevistamos?

Sí, me acuerdo. Amha hacía sonar el vinilo en su tienda ininterrumpidamente y la multitud guardaba cola en la calle para comprarlo, aunque muy pocos tenían tocadiscos. Y el cantante Alemayehu Eshete firmaba los vinilos, uno tras otro… Pero también me hubiera gustado asistir a la Fiesta del Sábado Noche en el club de Dire Dawa. Porque los fines de semana había una fiesta enorme. Allí se reunían 300 personas y tocaba la Police Orchestra. Imagínate ser un camarero allí. Sí, un camarero, en lugar de uno de esos invitados de la clase pudiente o un músico…

Debió de ser fascinante… ¿Qué clase de valores, pensamientos y espíritu animaban a los jóvenes músicos, poetas y escritores durante esta época de creatividad en Etiopía?

Yo diría que fue el espíritu del rock and roll, quizá uno de los primeros síntomas de la globalización. Escuché a Elvis por primera vez en el 57 cuando mi prima trajo un vinilo con Jailhouse Rock. Su espíritu me embriagó por completo. Y también a los jóvenes de toda Europa, los “baby-boomers”, la nueva generación. Pasó lo mismo en Asia. Y también en muchos lugares de África. Para mí, el rock and roll – más que la música latina – estaba imbuido en un halo de rebeldía. Se trataba de chicos malos que se revolvían contra lo viejo y caduco, alumbrando un conflicto entre generaciones. Si todo el mundo podía disfrutar de la música latina, padres e hijos, era muy diferente con el rock and roll porque creaba una tensión. Y este nuevo espíritu llegó a Etiopía también. En la base estaba el conflicto de generaciones. Lo antiguo y lo moderno. Pero en Etiopía, se traducía también en una lucha política. El primer golpe de estado contra Haile Selassie fue en diciembre de 1960. Y fue protagonizado por los Guardaespaldas Imperiales (Imperial Bodyguard), cuyo general – Mengistu Neway – había sido educado en los Estados Unidos con el beneplácito del propio Emperador. Pero como todos los altos mandos educados en el extranjero, a su vuelta traía una visión crítica de su propio país y muchas ideas. Y se convirtió en un gran impulsor de la música en Etiopía, fomentando concursos de bandas y promulgando el uso del doble sentido en las letras de las canciones. Así se lió una muy gorda cuando Tilahun Gessesse – cantante principal de la Bodyguard Orchestra – interpretó “Alchalkum” (“no puedo resistir más”). Supuestamente era una canción de amor pero todo el mundo la entendió como una canción política “no puedo resistir más” (este régimen). El golpe de estado de 1960 fracasó. Mengistu y su hermano Germame fueron ejecutados. Tilahun pasó una breve temporada en prisión y después fue puesto en libertad para que cantara en una visita oficial a China. Y a su regreso entonó la misma canción en un dueto con Bezunesh Bekele, para que todo el mundo tuviera claro que se trataba de una canción de amor…

Uno de estos espíritus modernizadores fue Amha Eshete – fundador de Amha Records – que produjo el primer disco de música etíope desafiando la ley y cuyos vinilos se convertirían en la fuente principal de las re-ediciones de la serie Ethiopiques. ¿Cómo fue tu primer encuentro con él?

La primera vez que conocí a Amha fue en 1986, en el aeropuerto de Washington DC. Mi primer viaje a Etiopía había sido durante mayo de 1985 y regresé a Addis Abeba en el 86 para firmar un contrato con el productor Alí Tango – Kaifa Records – con el propósito de re-lanzar el disco de Mahmoud Amhed “Ere Mela Mela”. Los medios de comunicación en Francia estaban prestando mucha atención a este tema del relanzamiento. Yo tenía muchos contactos con la prensa gracias a mi trabajo de promotor de música experimental en la asociación de Poitiers. Recuerdo que la primera vez que escuché el vinilo original de “Ere Mela Mela” en una fiesta, se lo envié a un periodista amigo mío que trabajaba para Actuelle y Liberation y causó un gran impacto…

Entonces tras ese viaje a Etiopía para relanzar “Ere Mela Mela” te encuentras con Amha en el aeropuerto de Washington DC…

Yo no quería aparecer ante él como el hombre de la música etíope. Conocía muy poco de la música etíope y me dedicaba a la promoción de música experimental. Hice el viaje a Nueva York para visitar a Glenn Branca, Sonic Youth, Christian Marclay, David Linton, pasarme por la Brooklin Academy of Music y descubrir aún más la música experimental de Nueva York. Una vez allí, me escapé un par de días a Washington DC para tratar de entrevistarme con Amha Eshete porque sabía que estaba allí, viviendo en el exilio. Le llamé y le encontré, pero solo pudimos quedar cuando yo ya estaba otra vez en el aeropuerto, a punto de regresar a Nueva York. Recuerdo que para entonces él fumaba en pipa y me miraba muy seriamente preguntándose qué demonios quería yo. Me trajo una par de vinilos que había producido y me dijo que no tenía ni idea de cómo conseguir los másteres de sus grabaciones. Él había salido una noche de Addis Abeba hacia Atenas y jamás había regresado… Yo estaba muy impresionado. Tratamos de hacer la fotocopia de una lista donde traía anotados todos los discos que había producido. Pero no había una sola fotocopiadora en todo el aeropuerto. Él pensó seriamente que sería una buena idea poner una máquina de fotocopias. ¡Allí estaba el espíritu de un hombre de negocios! Me gustó mucho esta visión práctica y efectiva. Las siguientes semanas y meses le envié faxes y le intenté llamar: “¿Cómo va? ¿Has conseguido los contactos de la fábrica de la India o Atenas, donde se guardan los masters?”. No me contestó. Tampoco había muchos progresos, supongo…

ero años más tarde te volviste a encontrar con él…

La segunda vez que nos encontramos fue cuando él regresó a Etiopía, después de la caída del Derg. Era 1993 o por ahí. Cuando me enteré de que estaba en Addis, le llamé inmediatamente. Nos encontramos en el Ethiopia Hotel, en frente del Teatro Nacional. Durante ese tiempo yo había aprendido mucho sobre la música de Etiopía. Y nos hicimos amigos. Poco a poco fuimos hablando acerca de nuestras vidas y afortunadamente aparecieron los másteres de las grabaciones en la fábrica de Atenas. Después llegó el gran momento de la publicación de los Ethiopiques 1 y 2, que inicialmente fueron producidos por Amha y por mí. Y recuerdo que un día me dijo: “Francis, nunca esperé que pudieras hacer este trabajo”. ¡Estaba tan encantado con el resultado! El CD incluía el libreto con documentos y fotos y le mencionaba a él como productor original de esas grabaciones y gran promotor de la música en Etiopía. La publicación de los Ethiopiques 1 y 2 selló nuestra amistad. Él siempre había sido amable y cordial, pero después de la publicación sintió que lo que yo estaba haciendo era la continuación de un proyecto interrumpido años atrás. Ahora se hacía justicia con su trabajo y con una visión profunda y sistemática de la música etíope. Hace poco me dijo que era una pena que el Derg le forzara a abandonar su proyecto allá por los 70. Hubiera necesitado 5 o 6 años más para hacer algo realmente completo…

Por suerte, Ethiopiques ha continuado con esta labor sistemática de investigación, producción y redición. En el número 28 puede escucharse el trabajo del músico Ali Birra, otro espíritu luchador…

Sí. Verás. El cantante Ali Birra era y es un activista oromo. En los tiempos de Haile Selassie se denominaba a esta cultura con el nombre despectivo “galla”. Hoy en día – yo he sido testigo de ello – si alguien se refiere a un oromo como “galla”, se armará un gran revuelo. Solo con el gobierno del Derg se restablecieron los nombres originales de los diferentes grupos étnicos y regionales en Etiopía. Cuando los activistas oromo comenzaron en los años 60, fueron maltratados e incluso asesinados porque querían reivindicar su cultura. Ali Birra fue encarcelado por un breve lapso de tiempo.

¿Su música está cantada en Afan Oromo?

Sí. La proporción de música oromo en la producción de vinilos de los 60 y 70 es ridícula. Haile Selassie trabajaba duro por la uniformidad y la homogeneidad de la nación. El amárico tenía que ser la lengua dominante y vehicular. La influencia cultural amhara era predominante. Pero hay tantas culturas musicales en Etiopía, tantas formas de baile…

¿Quién produjo originalmente los discos de Ali Birra? ¿Kaifa Records?

Sí. Alí Tango – Kaifa Records – era mitad oromo y mitad yemení.

¿Y no hubo problemas para publicar estos discos durante la época de Haile Selassie?

Ali era un guerrillero (en español original). Luchaba con mucha inteligencia y habilidad contra la censura y para proteger a los artistas. La clave estaba en sus contactos y relaciones con el poder dominante. Ali sabía equilibrar muy bien sus decisiones y administrar sus contactos para sobrevivir. En los 80, Ali me llevaba por la noche a algunos bares de Addis Abeba cuando había toque de queda y no salía ni un alma a la calle. Eran las épocas del Derg. No funcionaba el alumbrado público. Entrábamos en un bar desierto y en la habitación trasera encontrábamos a seis o siete tíos comiendo “raw meat” (carne cruda, plato típico en Etiopía) y bebiendo whisky y ginebra. Y esos tíos le preguntaban “¿a qué vienes con este extranjero?”. Y me interrogaban sobre mis conocimientos de música etíope y me pedían que les proporcionara nombres. Y “haz esto, haz lo otro”. Yo les daba el nombre de Teshome Meteku, que estaba fuera del país hace años. O mencionaba a Seyfu Yohannes, que hacía tiempo había fallecido. Cuando nos marchábamos del bar, Ali me decía, “Francis, ¿tú sabes quienes eran esos tipos?” Allí estaban el presidente de la corte suprema de justicia y demás peces gordos. Él los conocía a todos… Me contaba historias tan increíbles que le podían comprometer y ponerle en riesgo de muerte. De hecho, había alguna gente que quería matarle porque… Bueno, ya lo hablaremos otro día… Ya te contaré la historia de video-club de Ali Tango…

Ali Tango llegó al negocio de la música mucho más tarde que Amha Eshete, ¿verdad?

¡Oh, sí! No hay ninguna duda de que Amha fue el pionero. Aunque el primer vinilo fuera producido por Philips en 1967 – con motivo de la inauguración de su edificio en Addis Abeba – esto no significó el comienzo de la producción discográfica. El vinilo de Philips era una especie de regalo para los VIP que acudieron al evento. Philips – como compañía multinacional – no podía ir en contra del decreto imperial que prohibía la producción de vinilos nacionales.

Pero Amha se saltó esta ley…

Amha era joven y muy valiente. Corría el año 1968. El cantante Alemayehu Eshete aceptó el reto y juntos grabaron el disco. Finalmente, el gobierno imperial no hizo nada para evitar su publicación. Entonces Philips comenzó a producir un par de años después. Ali llegó en 1973 con Kaifa Records. Además, he identificado 20 o 30 pequeñas casas discográficas de Eritrea y Etiopía, que lanzaron un disco o dos. Amha empezó porque ya trabajaba en el negocio de la música; tenía una tienda y vendía vinilos de importación. Sin embargo, Ali estaba empleado en el negocio de café que su padre tenía en Jimma. En esa poca se enamoró de su segunda esposa y se compro el vinilo “Tezeta Slow/Fast” de Getatchew Kassa. Estaba tan emocionado con el disco que se despertó en él un enorme deseo de producir. El trabajo era muy diferente al del café. Pero Ali descubrió que también tenía talento para ello. Ali ha tenido siempre un olfato muy fino para encontrar nuevos artistas. Y les pagaba muy bien.

Han pasado ya casi 30 años, Francis, desde que comenzaste este proyecto de investigación, promoción y publicación de la música etíope. Rara vez en la vida uno se encuentra con un compromiso y una constancia semejantes…

Ha sido y es una tarea dura… Pero volvería a empezar otra vez si fuera necesario. Estoy muy contento de haberlo hecho así, de comenzar Ethiopiques sin saber cuál iba a ser la respuesta de la audiencia y de la crítica. Uno tiene que hacer lo que quiere hacer.

Pero ha sido algo que nunca esperaste, ¿verdad? Que estuvieras investigando este terreno durante casi 30 años…

Nunca imaginé el alcance en mi vida de algo así. Incluso cuando empecé la colección pensé en publicar como mucho 12 referencias. La respuesta de la audiencia, de la crítica o como lo quieras llamar ha sido mucho mayor de lo que jamás podía esperar. Yo no tenia muchas expectativas… Simplemente quería re-editar esos discos…

¿Empezaste a moverte de la música experimental poco a poco hacia Ethiopiques?

Bueno, realmente no me moví. Como promotores de música en Poitiers, programábamos música del todo el mundo. Y mucho antes de que se inventara el concepto de “world music”. En el 77, nosotros hacíamos conciertos de música india o japonesa y de free jazz al mismo tiempo. Era algo nuevo para la época. Podíamos escuchar a John Cage, Glenn Branca, Sonic Youth, Sam Rivers, Archie Shepp… al mismo nivel que escuchábamos música japonesa…

Y la música etíope era parte de este mundo nuevo por descubrir…

Nuestro primer concierto fue de Fred Frith en marzo de 1977 y el siguiente fue de música india… El tercero fue de free jazz… Nuestra línea fue esta. Solíamos decir que el rock and roll sin neuronas se convierte en basura.

ETIOPHIQUES

Original en: Afribuku



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