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Inicio > Bitácora africana >
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Rodríguez Soto, José Carlos

(Madrid, 1960). Ex-Sacerdote Misionero Comboniano. Es licenciado en Teología (Kampala, Uganda) y en Periodismo (Universidad Complutense).

Ha trabajado en Uganda de 1984 a 1987 y desde 1991, todos estos 17 años, los ha pasado en Acholiland (norte de Uganda), siempre en tiempo de guerra. Ha participado activamente en conversaciones de mediación con las guerrillas del norte de Uganda y en comisiones de Justicia y Paz. Actualmente trabaja para caritas

Entre sus cargos periodísticos columnista de la publicación semanal Ugandan Observer , director de la revista Leadership, actualmente escribe en el blog "En clave de África" en el Periódico de Catalunya" y en Periodista Digital y trabaja en la ONGD Red Deporte y Cooperación

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Homilías insufribles, curas alejados de la realidad, por José Carlos Rodríguez Soto

28 de mayo de 2013.

Hermanos, una comprensión inadecuada del misterio de la Santísima Trinidad nos haría caer en el triteísmo. ¿Sabéis lo que quiere decir triteísmo? Como me imagino que no lo entendéis, os lo .voy a explicar”. Así empezó la homilía que escuché, o más bien padecí, el domingo pasado en una parroquia de Goma (R D Congo). Diez minutos más tarde, el predicador volvió a la carga: “El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son consustanciales. ¿Sabéis lo que quiere decir esto? No os preocupéis, que yo os lo voy a explicar”.

Cuarenta minutos y varias docenas de bostezos más tarde, los sufridos fieles nos pudimos de pie para cantar el Credo. Miré a mi alrededor. Como suele ser habitual en África, y más en el Congo, la gente iba vestida de punta en blanco, un detalle que no quiere decir que tengan dinero ni mucho menos. Conozco el barrio donde vivo desde hace tres semanas lo suficientemente bien como para saber que la mayoría de las personas que tengo a mi lado habitan, por lo general, en barracas de madera sin agua ni electricidad. Las mujeres que calzan zapatos de tacón de colores chillones, cuando salgan de misa y anden unos pocos metros sacarán de sus bolsos las zapatillas de goma y las cambiarán por los zapatos que ahora lucen, con los cuales no podrían andar el incomodísimo camino lleno de pedruscos volcánicos que transitan a diario hasta la puerta de su chamizo, donde –si tienen suerte- cenarán (no raramente es la única comida del día) la polenta de maíz con hojas de la planta de la mandioca, el popular “sombé”.

La gente que canta el credo en suahili acaba de terminar una semana de miedo e incertidumbre. Los rebeldes del M23 habían lanzado durante los días anteriores ataques con artillería a pocos kilómetros de la capital del Kivu Norte y en al menos dos barrios del norte de Goma cayeron algunos obuses que mataron a cuatro personas (dos niños entre ellos) e hirieron a otras 13. Todos recordaron la pesadilla del pasado mes de noviembre, cuando los mismos insurgentes, con el apoyo descarado de Ruanda, ocuparon Goma durante doce días y mataron y saquearon a su antojo. Desde 1996 los congoleños de esta zona del Este del país han sufrido una guerra tras otra, con su consiguiente estela de muertos, heridos y miles de mujeres violadas. En el centro para discapacitados donde vivo me cruzo cada día con docenas de personas, la mayoría muy jóvenes, a los que las armas han dejado sólo con una pierna y a veces ni eso. Y si uno va a pocos kilómetros de Goma se topará con los campos donde medio millón de personas viven desplazadas.

Pienso en todo esto y me pregunto en qué mundo vive el reverendo padre que nos ha mostrado en su homilía la profundidad de sus conocimientos teológicos, desgranándonos conceptos especulativos alejados de la realidad que viven sus feligreses. La idea de la Trinidad puede dar para mucho si uno quiere llegar a personas que acaban de vivir una semana de miedo y dolor: la salvación de un Dios cercano a nuestros problemas, un Dios que es amor y relación y quiere transformar las situaciones inhumanas en las que viven muchos de sus hijos… eso y mucho más que transmite fuerza y consuelo a quien se siente al límite de sus fuerzas.

El cura congoleño no debe de llegar a los 40 años. Pertenece, sin duda, a una de las últimas generaciones de sacerdotes formados en seminarios donde, muy en línea con las políticas de la Iglesia durante las últimas décadas, han sido formados por curas licenciados o doctorados en facultades de Teología libres de toda sospecha de falta de ortodoxia, que les han enseñado a ceñirse fielmente a las rúbricas litúrgicas, a asistir a las clases de teología sin hacer demasiadas preguntas, a vestir de rigurosa sotana –si puede ser con esclavina- y por supuesto sin cuestionar nada. En la mayor parte de los seminarios africanos, durante los últimos años bastaba con ser un “buen muchacho” que cumple el reglamento, no bebe ni va con mujeres (al menos en público), no falta a los rezos comunitarios y muestra un aspecto de docilidad, para llegar a recibir las sagradas órdenes. Si el joven mostraba interés por acercarse a la gente y sus problemas, no parecía importar demasiado.

Creo que sé de lo que hablo. Servidor de ustedes hizo su último año de teología en el seminario ugandés nacional de Gaba, a las afueras de Kampala, y una de las cosas que me llamó más la atención fue ver que sólo los seminaristas ordenados diáconos, del último año de Teología, realizaban algún tipo de trabajo pastoral los fines de semana. Pocos años después pasé varias veces por Nairobi, y escuché el mismo comentario de misioneros con mucha experiencia que se quejaban de que los recién ordenados salían del seminario con esquemas cuadriculados y sin tener ni idea de los problemas reales de la gente. Ser cura, en una diócesis africana, se convertía a menudo en una forma de hacer carrera y tener status. Admiro profundamente la Iglesia católica africana por muchas razones, pero uno de sus puntos más débiles es una idea del clero a menudo demasiado anclada en el poder.

Los resultados los veo cada vez que acudo a misa en una parroquia de un país africano donde escucho sermones totalmente desligados de la realidad, o cuando veo a sacerdotes que apenas hacen esfuerzos por acercarse a los más pobres y los más alejados. El año pasado viví seis meses en una parroquia de un país africano donde ninguno de sus tres curas acudió nunca a visitar el campo de refugiados, a pesar de que la mayoría de sus habitantes eran católicos. “Es que se nos ha estropeado el coche”, me dijo el párroco una vez que le pregunté por el asunto. Me resisto a creer que un hombre sano, de apenas 40 años, no pueda caminar a pie cinco kilómetros para realizar un deber pastoral.

Pero a quien le han formado para ser jefe y tener un estatus especial, no se va a rebajar a ir a pie como un vulgar campesino, sobre todo si maneja conceptos tan interesantes como el triteísmo y la consustancialidad, ideas que, eso sí, los pobres ignorantes le agradecemos que nos explique con tanta solicitud.

Original en: En Clave de África



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