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Muñoz Abad, Rafael

Cuando por primera vez llegué a Ciudad del Cabo supe que era el sitio y se cerró así el círculo abierto una tarde de los setenta frente a un desgastado atlas de Reader´s Digest. El por qué está de más y todo pasó a un segundo plano. Africa suele elegir de la misma manera que un gato o los libros nos escogen; no entra en tus cálculos. Con un doctorado en evolución e historia de la navegación me gano la vida como profesor asociado de la Universidad de la Laguna y desde el año 2003 trabajando como controlador. Piloto de la marina mercante, con frecuencia echo de falta la mar y su soledad en sus guardias de inalcanzable horizonte azul. De trabajar para Salvamento Marítimo aprendí a respetar el coraje de los que en un cayuco, dejando atrás semanas de zarandeo en ese otro océano de arena que es el Sahel, ven por primera vez la mar en Dakar o Nouadhibou rumbo a El Dorado de los papeles europeos y su incierto destino. Angola, Costa de Marfil, Ghana, Mauritania, Senegal…pero sobre todo Sudáfrica y Namibia, son las que llenan mis acuarelas africanas. En su momento en forma de estudios y trabajo y después por mero vagabundeo, la conexión emocional con Africa austral es demasiado no mundana para intentar osar explicarla. El africanista nace y no se hace aunque pueda intentarlo y, si bien no sé nada de Africa, sí que aprendí más sentado en un café de Luanda viendo la gente pasar que bajo las decenas de libros que cogen polvo en mi biblioteca…sé dónde me voy a morir pero también lo saben la brisa de El Cabo de Buena Esperanza o el silencio del Namib.

@Springbok1973

cuadernosdeafrica@gmail.com

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Shalom Africa: Israel y Sudáfrica; las amistades peligrosas (segunda parte), por Rafael Muñoz Abad del Centro de estudios africanos de la ULL

21 de enero de 2013.

…Cuando en 1976 J. B.Vorster visitó Jerusalén y junto a Yitzhak Rabin paseo por el Yad Vashem o memorial de las víctimas del holocausto nazi, debió de esconder algunos de sus más íntimos recuerdos cuando de la mano de su entonces joven prometida, asistía hipnotizado a los discursos de las juventudes hitlerianas acerca de la supremacía racial…

El análisis de las relaciones bilaterales entre la Sudáfrica del apartheid y el estado de Israel se presenta como una concatenación de episodios tan espinosos como delicados donde buena parte de los expedientes de peso, al menos en Tel Aviv, aún permanecerán mucho tiempo clasificados. Pudiéndose resumir este ensayo bajo la siguiente sentencia: La necesidad genera curiosos compañeros de viaje y hace que el pasado, por escabroso que haya sido, pase a un segundo plano. Más allá de las concepciones ideológicas y filosóficas de ambos pueblos, citadas en la primera parte, y del estar señalados por la comunidad internacional como regímenes políticos conflictivos, no se puede dejar de obviar que ambos estados eran y aún son superpotencias locales. Sudáfrica, como la principal economía ya no sólo del Africa austral, sino de todo el continente; e Israel, como piedra angular y estado bisagra de Oriente medio. Y a la vez ambos como únicos representantes, por pudor a utilizar el término aliado, del bloque capitalista en lugares alejados de las esferas occidentales en plena Guerra fría; siendo precisamente esa última premisa, quizás la de mayor peso especifico a la hora de explicar la permisividad de los EE.UU. y sus aliados respecto a lo que en términos de colaboración militar se cocía entre los dos estados. Los proyectos relacionados con la modernización de los Mirage III sudafricanos; la cooperación en el desarrollo de vehículos acorazados; el asesoramiento en contrainsurgencia fronteriza y seguridad interior; o la adaptación del fusil israelí Galil a los soldados sudafricanos, cuya talla media era mayor que la de los israelíes, representaban en realidad cuestiones de calado menor que no levantaban mayor interés en Washington. Episodios estos que hasta cierto punto le hacían el trabajo sucio a la CIA; pues se veía en la Sudáfrica del apartheid el único baluarte occidental a modo de dique de contención contra la epidemia que protagonizaban los movimientos de índole marxistas surgidos a rebufo del proceso descolonizador portugués. De igual manera, se “aceptaba” que inicialmente Francia y con posterioridad Israel, violasen por debajo de la mesa el embargo armamentístico del que Pretoria era objeto; evitando así, que los propios EEUU pudieran verse involucrados en incómodos incidentes relacionados con la venta de material militar al gobierno sudafricano. En resumidas cuentas, la extraoficialidad de todo lo que se gestaba entre Israel y Sudáfrica era lo mejor que le podía suceder a las agencias y gobiernos occidentales: que los dos estados “amigos” más incómodos del club se las arreglasen entre ellos y de paso, fuesen la última y a la vez primera frontera del mundo occidental en un entorno especialmente hostil. Pero no todo iba a ser tan idílico.

Si Israel ansiaba la posesión de armas nucleares para asegurarse su supervivencia frente al mundo árabe y no le representaba un problema especialmente complejo el acceso a la tecnología, sí que lo era la obtención del combustible nuclear para su producción. La pieza que encajaría en el puzle iban a ser las enormes reservas de uranio que Sudáfrica y la Namibia ocupada escondían en su subsuelo. El intercambio de uranio por tecnología daría como fruto los dos socios más opacos del club nuclear. Israel aportaría el know-how y Sudáfrica parte de la materia prima a la par de sus vastas extensiones para llevar a cabo, de manera discreta, los test atómicos que el primero no podía realizar en su angosta geografía. Todo un ejemplo de matrimonio de conveniencia y amor a la carta. Quid pro quo. Lejos quedaban aquellas declaraciones de Golda Meir en las que aseveraba que Israel se oponía al colonialismo y al racismo por convicciones, que tras el holocausto sufrido, no eran necesarias de explicar. La llegada al poder del Likud, de corte conservador y en sintonía con la minoría blanca sudafricana, cimentaría esa identificación de pertenecer a tribus civilizadas y rodeadas de un entorno hostil que sólo comprendía el lenguaje de la fuerza: el ANC en el caso de Sudáfrica y la OLP y sus afines en el hebreo. Teorización esta que significó que líderes del calado de Peres o Rabin no sintiesen la necesidad de denunciar públicamente el regimen racista del ejecutivo afrikáner. Las cifras que movían los intercambios y proyectos militares eran de tal importancia, que incluso la delegación diplomática israelí en Pretoria no tenía libre acceso a determinados lugares de la propia embajada [israelí]. Y es que primero están los intereses de Israel y después también.
Indagar en el oscuro mundo de cómo la inteligencia israelí logró el traslado del agua pesada, de parte del soporte tecnológico y del uranio al ultrasecreto complejo nuclear de Dimona, en pleno desierto del Néguev, se basa en un ejercicio sustentado en rumores, fuentes indirectas y muy pocas atestiguaciones al respecto. Episodios estos, algunos, vagamente reflejados en la interesante obra de Gordon Thomas: La Historia secreta del Mossad. Buena parte de los envíos del material radioactivo se enmascararon tras operaciones de valija diplomática y, como no podía ser de otra forma, bajo el arte persuasivo de algún katsa para con científicos judíos de nacionalidad norteamericana; ejerciendo para ello la baza del sionismo por encima de la del pasaporte. La teoría del sayan y la prontitud como principal virtud de una agencia de inteligencia, explican como una red de colaboradores o simpatizantes del más amplio espectro cultural y social, es lo que permite a Israel conseguir lo que sea; pero esto ya son otras consideraciones. Y de todo esto, tal vez habría que preguntarle al FBI y a la secretaria de estado de la administración Kennedy, que en aras de evitar un conflicto diplomático con un aliado crucial en Oriente Medio, no quisiese saber mucho a cerca del trajín de cajones “diplomáticos” que se embarcaban en los aviones de la aerolínea nacional israelí El Al. Por no hablar de la operación Plumbat (1968). Estratagema nacida tras la guerra de los seis días y a consecuencia de la negativa francesa, de suministrar combustible nuclear a Israel y diseñada para hacerse con 200 toneladas de uranio a través de intermediarios mineros belgas; ¿incluido un cinematográfico transbordo en alta mar digno del mejor thriller?.
En el lado sudafricano es realmente curioso que fuese precisamente en el año 1976, coincidiendo con la visita de Vorster a Israel, cuando se iniciase la construcción de Koeberg I. Primera y única planta nuclear con fines civiles del continente africano hasta la implantación en 1993 del reactor argelino Es Salam (la paz). Un año antes y [conocido] gracias a la ola de desclasificación de documentos que vivió la Sudáfrica pos apartheid, se celebró una reunión de máxima seguridad en la que P.W. Botha solicitó a Israel la posibilidad de adquirir cabezas nucleares. El sí judío a la venta y el supuesto ofrecimiento de las primeras versiones del misil balístico Jericho, vendrían a cambio de la rúbrica de suculentos contratos militares y el suministro de las materias primas necesarias para asegurar su carrera nuclear. De la mano del inquietante libro de Polakov Suransky (The unspoken alliance), la desclasificación de documentos en Sudáfrica ponen en tela de juicio la habitual ambigüedad israelí de no confirmar si realmente posee disuasión nuclear o no. Respuesta que ya es un secreto a voces; ¿o tal vez sea un farol demasiado arriesgado a la vez que jugado con una maestría soberbia? Más bien no; o al menos, parcialmente eso vino a demostrar el escándalo Vanunu, publicado por The Sunday Times que mostraba imágenes del interior de la planta nuclear de Dimona. El libro de Suransky revela como el gobierno sudafricano, a pesar del asesoramiento israelí, logró que las cabezas nucleares fueran “fabricadas” en casa. De igual manera, resalta las recomendaciones de Israel a Sudáfrica en lo relativo a la publicación de documentos que pondrían en evidencia los delicados negocios entre ambos países. La hermética reunión celebrada en Zúrich entre Shimon Peres y Botha debía establecer la entrega de un reducido número de ojivas nucleares; conjuntamente, con la firma del contrato militar Secment. Acuerdo de asistencia que debía ser negado por ambas partes. Las cifras, no confirmadas, estipulan que el proyecto nuclear oscilaría entre seis y ocho ingenios de la familia Jericho. Finalmente, la denominada operación Chalet se vería parcialmente frustrada por el enorme coste económico de esta; optando Sudáfrica, por aventurarse en la fabricación de sus propios artefactos nucleares bajo la asistencia técnica israelí y el supuesto suministro de tritio. Los documentos sudafricanos, por deseo expreso del gobierno israelí, no debían reflejar el término nuclear en ningún momento; haciendo reseña al vocablo Chalet para referirse al arma nuclear; conjuntamente, con la expresión three sizes como término codificado en referencia a la asistencia militar en los campos convencionales, biológicos y nucleares. El uso, por parte de Peres, del termino correct payload, encripta el firme deseo de que el término nuclear no apareciese en los acuerdos escritos. No obstante, los tres documentos desclasificados y por ello consultables, no esconden el interés expreso de los sudafricanos en hacerse con los misiles Jericho como medio vehicular para el arma nuclear. No escondiendo en ningún momento el vocablo prohibido [nuclear]. De ahí las celosas recomendaciones de Israel a Sudáfrica respecto a lo delicado de hacer pública cierta documentación relacionada con la colaboración en materia de armas de destrucción masiva. Desclasificación que dejaría en evidencia que el estado de David ya era una potencia nuclear.

Sudáfrica entregó a Tel Aviv grandes cantidades de lo que se denomina Yellow cake o urania. Un concentrado ocre y polvoriento procedente de someter al uranio a un proceso de triturado y posterior tratamiento con soluciones ácidas y peróxidos; dando lugar a un precipitado que tras operaciones de filtrado y secado da origen a lo que se conoce como cakes de uranio. Sustancias empleadas como combustibles para los reactores nucleares. Procesos posteriores y más complejos, dan lugar al enriquecimiento de uranio con porcentajes superiores al 90% en el isótopo U235; cuyo destino, no es otro sino la fabricación de armas nucleares. Israel ya tenía la infraestructura técnica. Ahora y gracias a su socio africano también disponía de varios centenares de toneladas de materia prima. Las entregas, a diferencia de las peripecias administrativas y consulares a las que se vieron sometidos los envíos procedentes de los EE.UU. o los arreglos europeos usando empresas señuelo, se llevaron a cabo de manera discreta pero sin traba alguna. Ambos gobiernos eran plenipotenciarios de lo que hacían.

Las aventuras nucleares entre los dos socios tendrían en el llamado South Indian ocean double flash o Vela incident, uno de los episodios más misteriosos y a la vez sonrojantes de la excéntrica carrera nuclear entre boers y judíos. Las despobladas e inmensas planicies del interior de Sudáfrica las hacían ideales para llevar a cabo las pruebas nucleares que Israel, en base a sus vecinos y su escaso territorio, no podía o al menos no era muy recomendable llevar a cabo. Existe alguna notificación (1977) de la inteligencia norteamericana en Sudáfrica informando que al parecer, en el Kalahari, se estaba construyendo una infraestructura factible de ser usada para monitorizar algún tipo de prueba nuclear. De igual manera, las descomunales extensiones de océano al sur de Sudáfrica ofrecían otro discreto escenario para ensayos similares. La “coincidencia” quiso que en uno de sus pases, un satélite de espionaje y reconocimiento norteamericano de la clase Vela, registrase un destello entre los archipiélagos Crozet y Prince Edwards. Grupos de islas en el área más meridional del globo que sólo están habitadas y de manera estacional por misiones de carácter científico. Con el añadido, de estar muy alejadas de las principales rutas comerciales marítimas. En resumidas cuentas, un discreto e ideal escenario para un test. El pase satelitario registró el doble flash que suele resultar de una prueba nuclear; desatándose una avalancha de rumores y suposiciones que aún y a día de hoy no han terminado de esclarecerse; y sobre las que versan gran cantidad de artículos y estudios de mayor o menor credibilidad.
La teoría de la conspiración se cimienta en una serie de actos que pretenden respaldar que la detonación en realidad existió. La noche del destello, la armada sudafricana tenía buques desplazados a la zona conjuntamente con dos barcos de la marina israelí, que supuestamente habrían zarpado semanas antes de la prueba. El NIP o Nuclear Intelligence Panel, afirma, apoyándose [para ello] en documentación [sin confirmar] de la CIA, que se llevó a cabo una prueba nuclear bien sobre una barcaza o en las cercanías de alguna de las islas anteriormente citadas. En base a las muestras que recogieron varios vuelos de reconocimiento atmosférico, laboratorios de la U.S Navy realizaron un exhaustivo estudio de la columna de aire, que concluía, que en efecto, se perpetró una prueba atómica en aguas de la isla Prince Edward o muy cerca de la Antártida. Resultados que a causa de los vientos reinantes y el cambio de las predicciones meteorológicas también fueron confirmados por los australianos. Vuelos que [ahora se sabe] fueron interceptados por la Fuerza Aérea Sudafricana y obligados a tomar tierra en el continente. Entre las agencias de seguridad en el año 1979 era ya un rumor pantagruélico, que Israel formaba parte del selecto club atómico; que Sudáfrica buscaba la bomba [carrera que comenzó ya desde el año 1949]; y que el escenario del hipotético ensayo sudafricano sería en el Kalahari o en alta mar.

Por la simple razón de que esta [Sudáfrica] ha ido desclasificando documentos y reconociendo que en efecto había desarrollado una carrera nuclear; algo rudimentaria si cabe, pero no por ello menos real, representan estos el andamio que da cierta veracidad a muchas de las conjeturas relacionadas con el supuesto test que vendría a involucrarla. Por otra parte, está la habitual postura de Israel que de manera oficial mantiene una actitud de indefinición en lo referente a cuestiones nucleares de índole militar. La publicación de The Samson Option (Seymour Hersh 1991) se decanta más por la opción de una colaboración conjunta que por una prueba israelí. Hersh, incluso cita a la marina mercante israelí. No siendo la primera vez que la naviera ZIM se pone al servicio de las jugarretas de Israel aprovechando el anonimato que la mar ofrece; yendo [Hersh] más allá, al afirmar que una personalidad íntimamente relacionada con la inteligencia naval sudafricana le confirmó que no le había resultado sorprendente la presencia de los barcos israelíes en la zona. Las fuentes sudafricanas, caso de las declaraciones de Waldo Stumpf, de la Corporación de la energía atómica de Sudáfrica, aseveran que por sí sólo el país no tenía la suficiente capacidad para materializar dicha prueba. En 1993, el último presidente afrikáner y premio Nobel de la Paz de la mano de Neslon Mandela, Frederik W. de Klerk, reconoció que se habían construido armas nucleares de del tipo gun-type. Negando que se hubiesen llevado a cabo pruebas más allá de las experiencias de laboratorio y que la carrera nuclear fue cancelada en 1989. Incluso se llegó a reconocer, que el primer engendro nuclear, bautizado como Melba, no fue completado hasta el mes de noviembre de 1979. Dos meses después de la supuesta prueba del Océano índico.
En base al lavado de imagen que sufrió el país bajo los procesos para la Reconciliación y la Verdad (TRC), cuesta creer que no se aprovechase la inercia del perdón y la prescripción para sacar toda la basura. Radioactiva o no. La comisión internacional para la energía atómica estableció que el inventario de uranio enriquecido por encima del 90% (necesario para la fabricación de una bomba atómica) que poseía Pretoria, era a las claras insuficiente para llevar a cabo semejante prueba y que de existir algún tipo de ocultamiento de uranio enriquecido, desde luego y muy difícilmente, este habría sido suficiente para construir un ingenio nuclear. Para aumentar la controversia, las declaraciones de Dieter Gerhardt, que había sido procesado bajo la acusación de traición por espiar para la URSS, vinieron a añadir más confusión. En unas declaraciones al City Press de Johannesburgo, el mayor afirmaba que la Operación Phoenix había sido una prueba nuclear. En sus palabras:

“…La explosión fue limpia y supuestamente no detectable; pero se pasaron de listos y las condiciones meteorológicas variaron permitiendo a los norteamericanos registrarla…”

En el año 1997, el rotativo israelí Ha´aretz hizo público un polémico artículo que confirmaba la asistencia al regimen racista de Pretoria en asesoramiento nuclear de carácter ofensivo. Artículo, que “curiosamente” parece haber desaparecido de la hemeroteca del diario israelí. Nombres del calado de Aziz Pahad, viceministro de exteriores sudafricano, o el mismísimo y afrikáner de pura cepa Constand Viljoen, jefe del estado mayor entre 1980 y 1985 y que con posterioridad sería una de las personalidades a la que Nelson Mandela daría una prioridad absoluta para mantener una entrevista que canalizara una transición pacífica, aparecerían salpicados como los primeros espadas del ejecutivo sudafricano en los oscuros negocios nucleares con Tel Aviv. Pahad, en declaraciones al Ha´aretz, confirmaría que hubo ciertas colaboraciones de carácter militar. De igual manera, afirmó que las cuestiones nucleares eran asuntos de alto secreto; que mucha documentación fue destruida; y que no haría más comentarios al respecto a agencia de prensa alguna. Viljoen iría más allá; llegando a afirmar que se había buscado la capacidad nuclear de cualquiera que pudiese suministrarla; incluso, si esta provenía de Israel. El periódico israelí cruzó los límites cuando publicó que el estado judío había adquirido hasta 600 toneladas de uranio procedentes de Sudáfrica. A cambio de lo cual, los técnicos israelíes habían aportado el know-how y diverso material para enriquecer las cabezas nucleares sudafricanas. La postura de Ha´aretz fue y sigue siendo algo insólito; pues la “tradición” periodística israelí suele discurrir ajena y discreta a las intromisiones o revelaciones de aquellas cuestiones de estado consideradas especialmente delicadas; teniendo incluso prohibido, por cuestiones de seguridad nacional, la divulgación de nombres propios y la publicación de noticias relacionadas con determinadas entidades del ejercito o las fuerzas de seguridad. Situación esta, que no difiere mucho de la que acontecía en la Sudáfrica del apartheid; donde la libertad de prensa era inexistente y más si cabe en cuestiones de índole militar.

Huyendo de cualquier controversia; de la más que evidente colaboración militar y nuclear; de los que afirman que al menos un test conjunto se llevó a cabo; y de las distintas maneras con las que ambos estados afrontaron el final de su romance armamentístico, son simples las razones de semejante amistad. Uno [Sudáfrica] abriéndose al mundo y dejando de ver la negritud de sus vecinos como la amenaza que parapetaba la posesión de armas de destrucción masiva. Por parte de Israel, cerrando filas al ni afirmar ni negar la posesión; pues su vecindario sigue siendo su principal leitmotiv para considerar la acción preventiva y la intimidación como la más extrema valija diplomática ante el mundo árabe: la posesión de disuasión nuclear.

Más de tres décadas después se siguen planteando una serie de diversas cuestiones: ¿Llevó Sudáfrica la prueba en solitario?; ¿se trató de un test israelí bajo consentimiento sudafricano?; ¿o realmente fue una aventura conjunta? Si el test del mes de septiembre de 1979 fue una experiencia en solitario, está claro que el gobierno sudafricano mintió. La desclasificación ordenada por de Klerk cita el mes de noviembre como el de la finalización de la primera bomba como tal [Melba] y que el proceso de enriquecimiento de uranio se mantuvo activo hasta 1989. De manera más reciente, se ha admitido abiertamente y sin entrar en más detalles, la colaboración militar con Israel. A día de hoy, el gobierno sudafricano no ha hecho declaraciones algunas acerca de la implicación de Israel en un test nuclear conjunto; sobrando hacer referencia alguna a la postura israelí. Ni sabe ni se le espera.

De cualquier manera, el episodio representa uno de los más morbosos y oscuros sucesos de la Guerra fría; ya no sólo por lo delicado de los protagonistas; sino por las coincidencias filosóficas e ideológicas de dos pueblos tan alejados en lo geográfico y a la vez tan cercanos en sus concepciones mentales. Con el surrealista “aliciente”, que hasta 1948 aún existía un claro antisemitismo en las más altas esferas del nacionalismo afrikáner que ya gobernaba Sudáfrica. Líderes que no habían dudado lo más mínimo en mostrar sus simpatías hacia la Alemania nazi; ya no sólo criticando la entrada de Sudáfrica del lado de los británicos en la Segunda Guerra Mundial, sino siendo un claro refugio de muchos criminales de posguerra; por no hacer referencia a los rotativos de extrema derecha editados en afrikaans, cuyos editoriales respaldaban abiertamente los discursos que llevarían a Hitler al poder. Ambas sociedades, afrikaners y judías, representan a minorías caucásicas en un entorno considerado como hostil. Contexto que supondría la militarización de ambos estados; y si bien Africa del sur supo crecer hacia una democracia vanguardista, el estado de Israel sigue manteniendo ese aura donde todo es un rumor sin confirmar.

cuadernosdeafrica@gmail.com

Para profundizar en el tema, Recomiendo la lectura de The unspoken alliance (Suransky, Polakov) y The Samson Option (Hersh, Seymour)



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