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Inicio > Bitácora africana >
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Reche, Paquita

Nació en Chirivel (Almería). Estudió Magisterio en Almería, Licenciaturas de Pedagogía y de Filosofía, en la Complutense de Madrid.

Llegó por primera vez a Africa en 1958 (a Argelia): después estuvo en Ruanda, Guinea Ecuatorial y desde el 1975 en Burkina Faso.

En África trabajó como profesora en el Instituto Catequético Lumen Vitae de Butare, Profesora de enseñanza secundaria de español y filosofía; Universidad Popular (filosofia). También ha colaborado con Asociaciones de mujeres y con niños de la calle en Burkina Faso.

Está en España desde 2004, actualmente, en Logroño. Colabora con la revista de los misioneros de África "Africana", Los Comités de Solidaridad con África Negra y con Rioja Acoge.

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Llanto sobre Tombuctú, Texto presentado y traducido por Paquita Reche, mnsda

10 de enero de 2013.

Desde marzo de 2012, la República de Malí atraviesa la crisis política más grave de su historia. Dos tercios del territorio están ocupados por grupos tuareg rebeldes apoyados por terroristas y Yihadistas de origen esencialmente extranjero. Crisis de difícil solución que ha puesto en peligro la democracia, la integridad del territorio y la seguridad no sólo del Malí sino de la región.

Las palabras que siguen son las palabras de una mujer maliense, creyente musulmana que recibió una buena formación escolar, como se puede ver por el conocimiento que tiene del francés. ¿Su nombre? Firma el texto, pero mejor guardar el anonimato. Podría llamarse Fatumata, Miriam o Fanta, poco importa. Lo importante es su grito de dolor y denuncia que pone palabras y sentimientos a lo que está pasando en toda la zona ocupada. Ciertamente esta mujer expresa el sentir de muchos malienses, inmersos en el drama, que desde hace meses vive el país y a la violencia a la que están sometidos los habitantes de los territorios ocupados por “inhumanos con manos ensangrentadas”, que quieren imponer un Islam integrista, extraño a la tradición de tolerancia vivida en el país.

La autora parte de la experiencia traumática de las primeras aplicaciones de la sharia en Tombuctú. La ciudad mística y misteriosa que fue durante siglos un gran centro comercial y de transporte, como su nombre indica: “lugar de reunión de los que viajan en camello o canoa”. También un importante centro literario y religioso islámico, con numerosas mezquitas, bibliotecas y mausoleos, declarados patrimonio de la humanidad por la UNESCO y expresión de la fe vivida durante muchos siglos por fieles musulmanes, pero que, para los extremistas islamistas, son expresión idolátrica que hay que destruir. Destrucción sistemática que están dispuestos a continuar, como lo declaraba recientemente, Abú Dadar, líder del grupo Ansar al Dine, cercano a Al Qaeda: “No quedará un solo mausoleo en Tombuctú. Alá así lo quiere”.

Mi corazón se rompe en mil pedazos, ¡tengo ganas de gritar y llorar hasta morirme!

Ahora le tocó a mi ciudad, Tombuctú, la ciudad de mis abuelos, la silenciosa la misteriosa, la que en la paz de sus patios interiores, desvela al viajero sus encantos ocultos y su nobleza.

¡Mi ciudad ha sido ultrajada! ¡Mi corazón y el corazón de todos sus habitantes han sido heridos!

Los bárbaros han golpeado por primera vez con la sharia: la sangre ha manchado la arena, cerca del estanque.

La rabia me inunda y ese grito que quisiera lanzar hasta el cielo, me ahoga.

¡Oh Dios! Cómo podríamos aceptar estos actos indignos en nuestro Tombuctu, nuestra ciudad de 333 Santos. Cómo esos hombres crueles, en nombre de una sharia que nadie comprende en nuestro país, se arrogan el derecho de condenar de este modo, en nombre de Dios, el Misericordioso, el muy Misericordioso, a un joven denunciado por robo. ¿Podría nuestro Dios Alá, el Misericordia, el muy Misericordioso quien podría admitir que se coja un hijo a su madre, a su padre, quizás a su mujer, a sus hijos, a su familia, a su comunidad y se le corte la mano? ¿Se puede fríamente ir al mercado a comprar cuchillos y afilarlos para esta vil tarea? Y con la sangre helada, coger a este joven en medio de una horda de barbudos con kalachs de acero como sus almas, sentarlo, atarlo e inmovilizar esta mano, creada por Dios para la oración, los trabajos cotidianos, la pesca, la caza, el cultivo, las trashumancias y también para las caricias y el amor. La mano de ese hombre ha fallado a deber de ganar su mijo y arroz con el sudor de su frente. Quizás haya robado, pero no es cortándosela, como este hombre podrá arrepentirse y volver al camino recto, el de servir a la sociedad y a su familia sin hacer daño a los demás.
Esta mano cortada no sirve a nuestra religión, desencadena la rabia y la frustración que generan los actos injustos que provocan el oprobio y la vergüenza sobre un hombre y su familia para toda la vida. Si Dios puede perdonar, ¿por qué orgullo malsano y provocador, por qué impudencia, esos hombres que quieren llevarnos por el camino de Alá, deciden esta condena? ¿Sin dejar a esta hombre la posibilidad de recibir el perdón y la gracia de Dios?

Estos verdugos ignorantes convocan por el megáfono a las Familias de Tombuctú a ese horrible y aterrador espectáculo, de cortar una mano que el Todopoderoso ha hecho perfecta. ¿Quién aprobaría tal acto de una época pasada y una crueldad sin nombre?
¡Tombuctú llora y grita su impotencia, humillada y mancillada por esta barbarie y todo el Malí llora con ella! ¡Todos clamamos nuestro abandono!

¿Dónde está nuestro ejercito y nuestro gobierno? Si ellos nos han abandonado que nuestros lamentos y nuestra llamada atraviesen las fronteras y lleguen lejos, allí donde todavía hay hombres y mujeres capaces de ayudarnos a salir de esta pesadilla.



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