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Mikel Larburu

Mikel Larburu es un Misionero de África (Padres Blancos) nacido en Zumaya (Guipuzcoa). Ha estado trabajando por la sociedad argelina durante más de cuarenta años, especialmente con la formación profesional de la juventud del Sahara. Actualmente trabaja en un proyecto de Europa - Islam en Bruselas y es el coordinador de la sección "AfrIslam" del Portal del Conocimiento sobre África de la Fundación Sur.

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Mali celebra el día de la independencia como centro del terror en el Sahel
24 de septiembre de 2012

24-09-2012

por José María Olmo (Bamako)

El golpe de Estado del pasado marzo acabó con dos décadas de alternancia política

Francia se marchó oficialmente de Mali el 22 de septiembre de 1960. La fecha se conmemora anualmente en Bamako, la capital de la antigua colonia, con desfiles y actos que ensalzan la independencia de un territorio extensísimo –tres veces España–, con 12 millones de habitantes y, hasta hace poco, una de las democracias más avanzadas de la región. Pero este año no hay nada que celebrar. Bamako tuvo ayer el mismo aspecto que cualquier otro sábado. Los actos se limitaron a una pequeña conmemoración en el paseo de la Independencia. Desde el golpe de Estado del pasado marzo, que terminó con dos décadas de alternancia política, todo el Sahel contiene la respiración mientras observa cómo evoluciona una grieta que amenaza con traspasar las fronteras de Mali.

También escruta los acontecimientos Occidente. El Consejo de Seguridad de la ONU ha advertido de la “creciente consolidación” de grupos terroristas en la zona, algunos de ellos asociados a la red de Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI), y de milicias vinculadas a dicha organización, como Ansar Dine y el Movimiento para la Unicidad y la Yihad en África Occidental (Mujao).

Mali, tradicionalmente una de las naciones más pacíficas y tolerantes del África subsahariana, va camino de transformarse en el Afganistán del continente negro. Y ya manifiesta muchos de esos síntomas.

El golpe de Estado fue la respuesta del Ejército malí a la incapacidad del Gobierno de Amadou Toumani Touré para repeler el levantamiento tuareg en el norte. Los nómadas sólo necesitaron una semana para controlar dos terceras partes del Estado. Tenían armas y entrenamiento porque habían combatido en las filas de Gadafi. Cuando el dictador libio murió y se quedaron sin empleo, cruzaron Argelia y se instalaron en el territorio que siempre habían reivindicado. Llamaron a su nuevo país Azawad.

La pasividad de Toumani precipitó el caos en la capital. El capitán Sanogo tomó el poder y Toumani huyó a París. Tras varias semanas de indecisión y ante las críticas del exterior, Sanogo decidió volver al orden constitucional. El ex presidente del Parlamento Diouncounda Traoré se convirtió en presidente interino y nombro un caótico Gobierno de concentración con 31 ministerios. Los problemas crecieron cuando los tuareg fueron desplazados en el norte por yihadistas de Ansar Dine, Boko Haram, AQMI y del cada vez más pujante Mujao. En poco tiempo, Azawad se ha alzado como la mayor preocupación de Occidente. No sólo por su ubicación, a 1.200 kilómetros de Algeciras, o porque en él se aplique la sharia, sino porque está atrayendo a terroristas de Pakistán, Palestina, Afganistán, Yemen y Mauritania, entre otros países.

La ley sagrada

La crisis ha provocado la huida de 200.000 ciudadanos del norte. Los salafistas apedrean a matrimonios que no están unidos por el rito coránico y amputan manos y pies a los acusados de robar, sin juicio previo. Saquean viviendas y negocios, han impuesto el velo y han prohibido la música, seña de identidad del país. A las mujeres que enseñan un poco los dedos de los pies, les cortan una oreja. Se regodean en su sadismo filmando a las víctimas para que el planeta conozca su firme creencia en la ley del profeta Mahoma.

Las principales potencias debatirán esta semana en la ONU una solución. Hay consenso en que lo prioritario es que Mali vuelva a la democracia. En teoría, Traoré es el presidente, pero Sanogo sigue mandando en Bamako y tiene en su mano la convocatoria de elecciones. También es él quien debe autorizar la intervención de los países de la Cedeao (Comunidad Económica de los Países del África del Oeste), la respuesta local que respaldan Francia y EE UU para ayudar a los escasos y poco entrenados militares de Mali en la liberación del norte.

Francia barajaba intervenir militarmente. Para París era la ocasión perfecta para recuperar su presencia en la zona, muy devaluada por el auge de China. Pero el miedo a que Mali se convierta en su particular Afganistán ha llevado a F. Hollande a anunciar que su ayuda se limitará a soporte logístico.

No hay luz al final del túnel. Los islamistas han detenido su avance a 700 kilómetros al norte de Bamako, pero nadie duda de que sólo necesitan una semana para controlar toda la nación. Por ahora, prefieren medir los tiempos y reforzar sus dominios. Mientras, el caos político ha disparado la corrupción, el desempleo y la pobreza. Sin vigilancia, los cárteles sudamericanos de la droga han multiplicado su presencia. Si no llega pronto una respuesta, serán los yihadistas quienes decidan los designios del país y de todo el Sahel.


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