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Caballero, Chema

Chema Caballero nacido en septiembre de 1961, se licenció en derecho en 1984 y en Estudios eclesiásticos en 1995 Ordenado Sacerdote, dentro de la Congregación de los Misioneros Javerianos,
en 1995. Llega a Sierra Leona en 1992, donde ha realizado trabajos de promoción de Justicia y Paz y Derechos Humanos. Desde 1999 fue director del programa de rehabilitación de niños y niñas soldados de los Misioneros Javerianos en Sierra Leona. En la , desde abril de 2004 compaginó esta labor con la dirección de un nuevo proyecto en la zona más subdesarrollada de Sierra Leona, Tonko Limba. El proyecto titulado “Educación como motor del desarrollo” consiste en la construcción de escuelas, formación de profesorado y concienciación de los padres para que manden a sus hijos e hijas al colegio.

Regresó a España donde sigue trabajndo para y por África

Tiene diversos premios entre ellos el premio Internacional Alfonso Comín y la medalla de extremadura.

Es fundador de la ONG Desarrollo y educación en Sierra Leona .

En Bitácora Africana se publicarán los escritos que Chema Caballero tiene en su blog de la página web de la ONG DYES, e iremos recogiendo tanto los que escribió durante su estancia en Sierra Leona, donde nos introduce en el trabajo diario que realizaba y vemos como es la sociedad en Madina , como los que ahora escribe ya en España , siempre con el corazón puesto en África

www.ongdyes.es

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Viaje a Chad (1): Yamena Por, Chema Caballero

12 de julio de 2012.

El avión de AirFrance que me lleva hasta París está lleno de familias con niños, e incluso abuelos, camino de EuroDisney. No se puede leer, hay gritos, lloros, regañinas, peleas entre hermanos, amenazas de no ver a las princesas, de contarle a Mickey lo mal que te estás portando… Llegamos a la capital francesa con algo de retraso y a una terminal distinta a la señalada, por lo que tengo que correr a lo largo de pasillos abarrotados de personas para no perder el trasbordo. A pesar de todo llego con tiempo, acaban de anunciar el embarque.

El vuelo hasta Yamena, la capital deChad, es tranquilo. Puedo concentrarme en mi lectura: Destrucción masiva. Geografía del hambre, de Jean Ziegler. Hay muchos chadianos que deben volver de vacaciones, todos muy bien vestidos, incluso niños con trajes de chaqueta, corbatas y zapatos de charol. Mujeres envueltas en velos, o telas de colores, solo las más jóvenes llevan vaqueros. Una francesa que acompaña al que debe ser su pareja, un chadiano alto y fuerte vestido a la última, va algo más étnica: una camisa imitando una piel de cebra con bolso enorme y zapatos de tacón altísimo a juego. Muchos trabajadores de ONG y muchos hombres de negocios que, pienso, se dirigen a los campos de petróleo, aunque estos no se viajan en turista como nosotros.

A las 20:55 aterrizamos. Salimos del avión y lo primero que me llama la atención es que no hace tanto calor como esperaba. Ha llovido hace poco, el aeropuerto está mojado. Unos viejos autobuses nos trasladan hasta la terminal. Colas para pasar el control de pasaportes y conseguir varios sellos. Pasamos a recoger las maletas. Me sorprendo a descubrir que entre los pasajeros del avión venía un grupo de 6 militares norteamericanos; alguien los está esperando y, tras recoger sus petates, salen inmediatamente del aeropuerto sin pasar ningún control. Empiezan a salir los equipajes por la cinta transportadora: maletas, cajas, bolsas. Por fin sale la mía. La recojo y me dirijo hacia la salida. Una persona comprueba el número de mi maleta, otra me pide la tarjeta amarilla o certificado de vacunación. Me hace un poco de problema porque la vacuna de la fiebre amarilla me caduca el 9 de agosto, les digo que para esa fecha estaré fuera del país y tendré tiempo de renovarla (se hace cada 10 años). Luego me piden el pasaporte donde vuelven a comprobar mi visado y los sellos que me han puesto en la aduana. Espero cola para pasar la maleta por el escáner y finalmente me encuentro ante una verja de hierro ante la que se estrujan caras y manos que la policía intenta controlar a base de golpes y gritos. Cuando la franqueo encuentro un par de caras conocidas que han venido a buscar. He llegado a mi destino.

A la salida de la terminal del aeropuerto, camino del aparcamiento, me topo con los carteles que anuncian hoteles, todos con nombres asiáticos, todos con escritos en chino. En medio de ellos destaca uno muy especial que llama mi atención: prohibido cazar elefantes. La foto no es muy buena, pero es ilustrativa.

Atravesamos la avenida Charles de Gaulle y el barrio donde se encuentran la mayoría de las embajadas extranjeras y los ministerios del gobierno para adentrarnos en la ciudad y dirigirnos al Centre d’accueil de Kabalaye, un pequeño hotel en el barrio de ese nombre, no muy lejos del estadio nacional donde se puede dormir por un módico precio que incluye una noche rodeado de mosquitos. El lugar está lleno de personal de ONG. También hay un francés que está recorriendo África en moto y que ha tenido una avería, lleva varios días esperando recibir las piezas que necesita desde Francia.

Yamena (Nijaminia en árabe o N’Djamena en francés) fue fundada el 29 de mayo de 1990 por Émile Gentil un marino francés. No era más que un fuerte colonial y se llamó Fort-Lamy en honor al explorador y comandante del ejército francés François Joseph Amédée Lamy que había muerto un mes antes, a pocas millas de allí, en la batalla deKousséri, en Camerún.

El nombre se mantuvo tras la independencia de Chad el 11 de agosto de 1960. Sería el líder de la lucha anticolonial y primer Presidente del país, François Tombalbaye, el que renombrara Yamena, como parte de su programa de africanización del país. Tomó este nombre, que significa “lugar de descanso”, de un pueblo árabe cercano a la zona, sin embargo, no paro de oír a los chadianos decirme que el verdadero sentido de la palabra es “ya descansamos”, refiriéndose al intento de eliminación de la presencia francesa en el país.

Es una ciudad que ha sido bombardeada y saqueada varias veces, la última en 2008, cuando las tropas rebeldes entraron en ella.

En 2010, con motivo de los 100 años de la fundación de la ciudad, el actual presidente, Idriss Déby, inició un proceso de renovación de la misma y de todo el país. El descubrimiento de petróleo en el sur de Chad está financiando este cambio.

Quizás el símbolo de la nueva Yamena sea la Plaza de la nación, en pleno centro de la ciudad, junto al enorme palacio presidencial, fuertemente protegido por los militares, y la catedral católica. En ella se encuentran una serie de pantallas gigantes de televisión, una inmensa bandera chadiana, una estatua de bronce simbolizando la libertad de los esclavos, un arco gigantesco (que todavía no está terminado) y una representación de la mayoría de la fauna local. Todo ello construido por compañías chinas.

Pero esto no es más que una muestra de lo que ha sucedido en la ciudad: se han asfaltado calles, se han construido glorietas, se han plantado flores. Todavía hoy se pueden ver a grupos de trabajadores, dirigidos por chinos, terminando algunas vías y rotondas, con el consiguiente caos circulatorio que ello provoca.

Me sorprende que en esta ciudad no se hable para nada de la hambruna que está viviendo el Sahel, no hay signo de ella en Yamena, quizás excluyendo los aviones del Programa Mundial de Alimentos (PMA) que se veían en el aeropuerto. Pregunto varias veces sobre el tema, algunos ignoran que se esté dando esa situación en su país. Dicen que nunca lo han oído en las noticias. Otros comentan que eso está en el norte, lejos de allí. De una forma u otra, la ciudad vive de espaldas a la tragedia que tantos de sus conciudadanos sufre.

Estoy pocas horas en la capital; tras el desayuno tengo que ir a la policía a inscribirme, trámite que tienen que pasar todos los extranjeros que llegan al país. Se hace rápido. Luego una visita a la enorme mezquita central financiada por Arabia Saudí y al mercado. Aquí sí que no han llegado los intentos de renovación del presidente: mujeres sentadas por el suelo venden verduras, carniceros ofrecen carne llena de moscas, puestos de ropa, de perfumes, de alfombras, los gritos, las motos, los niños que ofrecen bolsas, agua fría… Lo curioso es el gran número de soldados con uniformes de camuflaje nuevos, como a estrenar, que pululan entre los puestos comprando ropa o provisiones. Algunos montados en motos, muchos con sus armas.

Volveré a la ciudad y os contaré más de ella.

Original en:Blogs de El País: África no es un País



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