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Cuéntame: Una historia muy ruandesa, Por Jean Bizimana

17/02/2012 -

Por Jean Bizimana

Antes de mi huida

Nací en los años cincuenta en una colina de la actual provincia del Sur. Mis padres me dieron el nombre de Bizimana y a los doce años me bautizaron y tomé el nombre de Jean. Mis padres eran pobres y siguieron siéndolo siempre. A los cuatro años quedé huérfano de padre. Mi padre murió ahogado en las aguas tumultuosas del río. Dos meses después de su muerte, nació nuestra hermana pequeña. Éramos tres chicos y dos chicas. Mi madre era enfermiza, pero muy valiente. Padeció una enfermedad que le deformó una pierna. Desde entonces cojeaba. Tenía que trabajar duro para sacarnos adelante. Cuando yo tenía 6 años, mi hermana mayor cayó gravemente enferma y murió.

A los 7 años, mi madre me mandó a la escuela. A los 9 me envió a vivir con mi abuela materna, que acababa de perder a un nieto, mi primo, que vivía con ella. Mi abuela vivía en la colina cercana, a dos kilómetros y medio del domicilio materno. Era una colina que me gustaba, redondeada y rodeada por dos riachuelos. Mi abuela era una mujer virtuosa. Yo la quería mucho y ella también me quería. Era una mujer pequeñita, pero sólida y con buena salud. Era muy trabajadora y no se le veía nunca inactiva. Criaba vacas, cabras y gallinas. En su hermosa propiedad había un gran platanar y un campo pequeño de café. Tenía buen corazón y nunca se olvidaba de alguien necesitado. La mayoría de los pobres de los alrededores venía a trabajar a su casa para recibir la comida en pago. Mi abuela era una cristiana practicante y formaba parte de la legión de María. Yo tenía que ponerme de rodillas a su lado para rezar las oraciones de la noche.

Aprobé el examen de estudios primarios y en septiembre entré en la escuela secundaria. Fui a estudiar el tronco común o bachillerato elemental y luego hice los estudios de Humanidades Pedagógicas y obtuve el diploma de maestro. Yo tenía 19 años. Comencé a trabajar como profesor en un centro escolar en los años 70. Ya antes de terminar los estudios me integré en un movimiento de renovación pedagógica.

Una de las primeras cosas que hice con los primeros sueldos fue construir dos casitas con tejado de tejas; una para mi madre y otra para mi abuela. Les regalé también unos vestidos. Estaban muy orgullosas y no se los ponían más que en las grandes fiestas. Verlas con aquellos vestidos me llenaba de alegría el corazón. Yo era joven y la vida me sonreía. El amor hizo que me fijara en una joven. Era de una gran belleza, alta y de tez clara. Su padre vivía cerca de la casa de mi abuela. Ella tenía una sonrisa seductora y el amor me la hizo todavía más bella. Me enamoré y le declaré mi amor. Nos casamos y fuimos a vivir cerca de la escuela donde yo daba clases. Después de dos abortos, mi esposa dio a luz a nuestro primer hijo, sietemesino, pero los partos posteriores, una niña y dos niños, fueron sin problemas. Pedí traslado al sector escolar cercano para ocuparme de la propiedad. Yo seguí dando clases mientras mi mujer se ocupaba del hogar y del campo. Los hijos crecían aceptablemente. Creíamos que íbamos a ser felices. Comencé a construir una casa grande. Tuve que apretarme el cinturón. Invité a mucha gente a la fiesta, a la parentela, a los amigos, a los vecinos. Fue la segunda gran fiesta de mi vida tras la de la boda. Tenía como esposa a una mujer a la que había adorado, a la que todavía seguía adorando; vivíamos en la hermosa casa de mis sueños; teníamos unos hijos hermosos a los que amaba; tenía una madre y una abuela que me querían tiernamente y hermanos con los que me entendía perfectamente. Mi salario era satisfactorio gracias a los puntos que cada año lo aumentaban.

Yo era presidente de una cooperativa, y miembro del movimiento católico Equipos Docentes. Era una persona bien considerada por el entorno. No digo todo esto para vanagloriarme, sino para facilitar una buena comprensión de lo que sigue. Yo creía que mi familia iba a ser feliz y próspera y me preparaba para ello. Multitud de pequeños proyectos bullían en mi cabeza. Sin embargo, me equivocaba. La desgracia no estaba lejos. Hasta entonces no me había ocupado de la política.

La historia reciente

Recordaré brevemente la historia última del país. En 1959, Grégoire Kayibanda fundó el partido MDR-Parmehutu (Movimiento Democrático Republicano, para la emancipación de los hutu), que luchó contra la opresión del pueblo mayoritario hutu por parte del régimen feudal del mwami (rey) y de los tutsi, pueblo minoritario y favorecido. Hubo una revolución y Kayibanda se convirtió en presidente de la república. El mwami y los notables tutsi tomaron el camino del exilio, en vez de aceptar la democracia. En 1973, Juvénal Habyarimana, general jefe de estado-mayor del ejército, tomó el poder por medio de un golpe de Estado, a causa de la segregación étnica y regional que la primera república seguía manteniendo. Antes de esta toma del poder, hubo en el país violencias interétnicas e inseguridad. Habyarimana, nuevo presidente de la república, fundó en 1975 el partido MRND (Movimiento Revolucionario Nacional para el Desarrollo).

El 1 de octubre de 1990, el Frente Patriótico Ruandés (FPR) atacó Ruanda por la frontera noreste de Gatuna. Ruanda era entonces un país apacible que hacía grandes esfuerzos para su desarrollo y era citado a menudo por la comunidad internacional como ejemplo. Era un país en el que era agradable vivir.

Cuando oímos que era atacado por el FPR, nos preguntamos qué era ese FPR, ya que era ignorado por la mayoría de los ruandeses. Se decía que era una organización político-militar de antiguos refugiados tutsi que habían huido del país cuando se produjo la revolución de 1959, y en el que estaban también quienes habían huido después de las turbulencias étnicas, como en 1973. Atacaban para retomar el poder perdido en la revolución, en el referéndum de 1961 y en las elecciones siguientes.

En un contexto de guerra y de fuertes tensiones, se introdujo por presiones de la comunidad internacional, en 1991, el multipartidismo. Renació el MDR-Parmehutu. Este partido surgió con mucha fuerza en mi zona y tomó la decisión de vengar el derrocamiento en 1973 del presidente Kayibanda y de los políticos de la primera generación, que fueron ejecutados en circunstancia todavía no aclaradas. Esto es, los objetivos del MDR y del FPR convergían en su común voluntad de hacer caer el régimen del MRND de Habyarimana, y conjugaron sus esfuerzos para desestabilizar el régimen y el país. Esta era la situación política cuando yo decidí entrar en política.

Las milicias del MDR habían recibido órdenes de anular la influencia del MRND en el territorio de Gitarama, de donde era originario Kayibanda. Estas milicias del MDR aterrorizaban a los militantes del MRND de mi municipio, hasta tal punto que la mayoría cambió de partido y el comité local del MRND se disolvió. Fue el momento concreto en que tomé la decisión, junto con algunos otros, de hacerlo revivir.

El MRND había aportado a Ruanda la paz y la concordia. Ruanda se había desarrollado. Nosotros queríamos que el MRND siguiera su trabajo, a la vez que queríamos luchar contra los innobles métodos del MDR y de los partidos de oposición. Nos reunimos, elaboramos un programa de actividades y nos presentamos públicamente. Se eligió un comité y me nombraron presidente del comité local del MRND.

Con esta elección empezó la persecución contra mi persona. Yo estaba muy ocupado, porque además de mi trabajo en el centro escolar tenía que redactar cartas, manifiestos, organizar reuniones, dirigir mítines. Recibí abundantes amenazas de que me iban a matar si seguía militando en el MRND. A veces deslizaban una carta bajo la puerta de mi casa. Algunos mítines pudieron realizarse, otros fueron disueltos por las milicias del MDR. Hablábamos de la no-violencia, de la libertad de elección de cada ciudadano y denunciábamos los métodos terroristas del MDR y del FPR. Al ver que nuestras ideas calaban, la gente del MDR fue todavía más lejos sembrando el miedo y creando disturbios. Los jóvenes del MDR organizaban manifestaciones armados de mazas y porras, y actuaban como si no hubiera autoridad. Obligaban a la gente a unirse a ellos. Los militantes del MRND y las autoridades administrativas eran humillados. Así que cuando me enteraba de que había manifestación procuraba quedarme en casa. Una vez, vinieron a mi casa unos setenta miembros del MDR. Los vecinos se opusieron y los atacantes tuvieron que largarse en desbandada. Al atardecer volvieron para asaltar mi colina. Fueron rechazados. La situación era cada día más tensa. Yo evitaba acudir a las tabernas y cambiaba regularmente mis itinerarios. Vivía en ascuas. Un día me informaron de que un grupo de descerebrados había jurado que me matarían. Creí que lo mejor era huir. Me decidí y dije adiós a mi mujer y a los amigos. Me dirigí a la capital, a la sede del MRND. Pasé varias noches en un hotel. Me enteré de que habían asaltado mi casa, destruido la techumbre y robado mis bienes. Lamento mucho la destrucción de mis cartas de amor, mis notas biográficas, mis cuadernos de notas escolares, mis cuadernos de canciones, mis libros. Todo lo que había amado en mi infancia, en mi adolescencia y en mi juventud se perdió. Mi mujer y mis hijos también tuvieron que huir.

Tuve muchísimos problemas para seguir trabajando de profesor fuera de mi distrito. Para colmo, en el gobierno de coalición que se formó, al MDR, de cuyas milicias yo había escapado, le dieron la responsabilidad del Ministerio de Educación y mis traslados de escuela y salarios fueron bloqueados. Me aconsejaron que pidiera otro empleo en la función pública. Fui destinado como ayudante de la alcaldía en un municipio de otra prefectura, y estábamos en este municipio cuando se produjo, el 6 de abril de 1994, el atentado que costó la vida al presidente Habyarimana.

Hacia el desastre

Ya he señalado que en octubre de 1990 se produjo la invasión desde Uganda del FPR. Todos creíamos que las fuerzas gubernamentales iban a batir sin grandes dificultades a los invasores y obligarlos a regresar a Uganda. Teníamos confianza en la Fuerzas Armadas Ruandesas (FAR). Pero a medida que la guerra se prolongaba, las cosas cambiaban. El FPR asombró por su resistencia y su bravura. Ganaba batallas y terreno. Nos preguntábamos qué era lo que pasaba. La guerra prosiguió con fiereza y como ninguna de las partes era capaz de ganarla, se llegó a las negociaciones. Estas últimas tenían lugar en Arusha, Tanzania. Se esperaba de estas negociaciones el fin de la guerra y el reparto del poder, pero desafortunadamente no se lograba. Al menor pretexto se desencadenaba un nuevo ataque del FPR y la guerra recomenzaba.

La gente huía en masa de las zonas caídas en manos del FPR. El país estaba trastornado. Creíamos que Ruanda era un paraíso de paz que nada podía enturbiar. Pero he aquí que la guerra cambió todo y en poco tiempo. El paraíso se había convertido en infierno. Por todas partes reinaba la inseguridad y el miedo. Las poblaciones de Mutara y Byumba, en el noreste, huían en masa y sufrían hambre, enfermedades y malas condiciones de vida.

En este estado de cosas fue cuando el presidente Habyarimana fue abatido en la noche del 6 de abril de 1994. A partir de esta noche, matanzas de un modo inimaginablemente salvaje se desencadenaron en Kigali, la capital, y se extendieron luego poco a poco por todo el país. Los hutu mayoritarios acusaban a los tutsi minoritarios de haber desencadenado la guerra y matado al presidente Habyarimana. Algunos extremistas hutu, apoyándose en estas acusaciones, comenzaron a perseguir y a matar a los tutsi. Las matanzas al principio apuntaban solamente a los tutsi que habían ayudado al FPR en su guerra, pero, conforme era vertida la sangre, los asesinos se excitaban y olvidaban el objetivo inicial. Llegaron a confundir a cualquier tutsi con el enemigo. Así comenzaron a matar a cualquier tutsi que caía en sus manos.

Mi mujer es tutsi, mientras que yo soy hutu. Durante todo el tiempo que duraron las matanzas teníamos miedo de que vinieran a matarla; en el municipio en el que estábamos instalados los hutu eran muy fuertes. Vivíamos constantemente en un estado de terror. Yo había prometido a mi mujer que haría cuanto fuera posible para salvarla. Ella estaba apesadumbrada por haberse convertido repentinamente en la causa de mis desgracias. A veces hasta deseaba la muerte. Para lograr salvarla yo debía salir a menudo para seguir la evolución de la situación. Debía saber lo que se planeaba. Mi mujer falsificó su documento de identidad, lo que le permitió franquear muchas barreras.

El exterminio fue feroz en todo el país. La guerra entre los combatientes del FPR y las FAR seguía, sobre todo tras el abandono de las tropas onusianas pocos días después del derribo del avión presidencial. Y, algo sorprendente y terrible para la mayoría de los hutu, el FPR seguía ganando batallas y terreno.

Como he dicho, en la noche del 6 de abril de 1994, mi familia y yo estábamos en el municipio donde yo trabajaba. Las FAR abandonaron la zona y comenzó nuestra huida delante del FPR. Salimos a pie llevando nuestros efectos más indispensables a la espalda o sobre la cabeza. Dormíamos allá donde la noche nos encontraba: en aulas de colegios, en oficinas municipales o al raso. El FPR seguía progresando y el 4 de junio de 1994, Kabgayi fue tomado. Llegamos a mi municipio de origen en junio de 1994. Temíamos el modo como seríamos recibidos. Recordábamos cómo habíamos abandonado el pueblo en 1992. Yo solo había vuelto una vez, para los funerales de mi abuela materna. Las cosas habían cambiado completamente. Los militantes del MDR y de otros partidos opuestos al MRND comprobaron que sus líderes les habían engañado y que estaban ayudando al enemigo a hacerse con el poder. Fuimos bien recibidos. Nos alojamos en casa de mi hermano No teníamos nada. Vivíamos de lo que nos daban nuestros parientes y vecinos.

El 30 de junio me desplacé con la esperanza de cobrar mis sueldos atrasados. Una muchedumbre apretada y desordenada venía en sentido contrario, perseguida por el FPR. Yo no sabía que el FPR ya estaba en el lugar donde permanecía mi familia. No pude ir más lejos y me quedé en un centro comercial. No pude menos que mirar hacia donde dejaba a mis seres queridos. Solo oía el ruido de las armas. Ir hacia allá era un suicidio. La pena se apoderó de mí repentinamente. No sabía qué hacer. Muchas preguntas entrechocaban en mi cabeza. ¿Qué les había sucedido? ¿Estarían todavía con vida? ¿Habrían huido? ¿Podríamos encontrarnos? ¿Cuándo? Seguí avanzando como un sonámbulo hasta el puente sobre un río, pero no me decidí a atravesarlo. Era tentar demasiado a la suerte. Volví sobre mis pasos. Me alejaba ya de mi otro yo, de mi mitad. No sabía qué iba a ser de mí, qué de mi mujer y de mis hijos. Me sentía incompleto. Al día siguiente comencé mi larga marcha hacia el país del exilio, el Zaire [actual República Democrática de Congo], en medio de una muchedumbre cada vez más abigarrada. El FPR nos seguía de cerca con sus mortíferas bombas y caminábamos sin poder reponer nuestras fuerzas. Las FAR ya no combatían. En el camino me alimentaba de lo que cogía en el borde de la carretera, como la mayoría de los fugitivos. La población había vaciado la zona.

El 4 de julio de 1994, Kigali fue conquistada por el FPR; las FAR fueron expulsadas. Ahora todo el país estaba alfombrado de cadáveres que se pudrían y descomponían. Los extremistas hutu habían exterminado a cuantos tutsi pudieron. Ahora que el FPR acababa de conquistar el país, era el momento de la terrible venganza. En los municipios que el FPR había conquistado desde el inicio de la guerra había matado a muchos hutu, lo que empujaba a los otros a huir en masa.

Mi huida a Zaire

El FPR acababa de tomar la capital. Radio Muhabura, la voz del FPR, difundía que el Frete Patriótico Ruandés quería pacificar el país y que iba a garantizar la seguridad de las personas y de los bienes. Quería calmar a la población para que no huyera en masa. Añadía que solamente quienes habían cometido crímenes iban a ser juzgados y castigados conforme a las leyes. Sobre esta cuestión estábamos divididos entre estas dos opciones. La primera era pensar: El FPR ha conquistado el país y difunde que quienes no han cometido crímenes nada tienen que temer. ¿Por qué no creer este mensaje? ¿No necesita un país poblado para gobernar? Sí, mataba, pero era porque estaba en guerra. Ahora que ha ganado, necesita pacificar el país, tal y como afirma. La segunda opinión era esta: desde su ataque del 1 de octubre de 1990 en la frontera noreste del país, el FPR no ha cesado de matar salvajemente a los hutu que atrapaba. Mejor huir de estos asesinos implacables que caer en sus manos. Yo compartía esta segunda opinión. El hecho es que el país se vació. Los fugitivos afluían a los países limítrofes, sobre todo Zaire y Tanzania. Corrían rumores terroríficos sobre el FPR y hacían creer que estaba formado por asesinos implacables cuya maldad sobrepasaba toda medida. Se decían muchas cosas horribles de los inkotanyi del FPR. En consecuencia, la gente huía para no ser atrapada por semejantes asesinos. Esa es la razón por la que tantos ruandeses huyeron del país. El solo nombre FPR aterrorizaba a muchos ruandeses.

Dejé atrás a mi familia y emprendí la ruta del exilio. A pesar de la desbandada de las FAR, yo seguía pensando que iban a reorganizarse y que retomarían el país. Con esta firme creencia atravesé la frontera ruandesa-zaireña el 14 de julio de 1994. Goma, ciudad zaireña fronteriza, recibió un número tan grande de refugiados en tan poco tiempo que la vida se hizo imposible. La ciudad quedó superada por los acontecimientos. Los refugiados llegaban cansados por haber corrido delante del FPR, hambrientos y debilitados. Algunos se enfrentaban ya a enfermedades diversas. La vergüenza y la desesperación se leían en la mayoría de los rostros. Las diarreas y el cólera no tardaron en manifestarse y comenzaron a causar víctimas. Yo estuve en la ciudad de Goma una semana, prisionero del hambre y de la sed.

Las autoridades de la ciudad de Goma anunciaron por medio de megáfonos que debíamos abandonar la ciudad para dirigirnos a los campos que se estaban preparando para los refugiados. Se crearon los campos de Katale, Kibumba y Mugunga. Tomé la decisión de marchar al campo de Katale. Fui a pie con un saco a la espalda. Caminé junto a otros que no conocía, pero me sentía seguro. Éramos solidarios, nos ayudábamos. El que temíamos estaba al otro lado de la frontera. Llegué al campo de Katale tras dos días de caminata. Muchos otros refugiados ya habían llegado antes que yo. El campo estaba al inicio de su formación. Algunas ONG ya habían llegado y distribuían a los refugiados efectos de primera necesidad como plásticos y mantas, y víveres como galletas, granos de maíz y alubias. Me instalé en un lugar no lejos de la carretera de Goma a Rutshuru.

No había perdido la esperanza de que las FAR fueran a reconquistar el país. Mi esperanza se confirmó con las palabras de algunos dirigentes del gobierno vencido. Jean Kambanda, ex primer ministro de los Abatabazi (gobierno interino en el exilio) visitó Katale y dijo que las fuerzas armadas ruandesas se estaban organizando para retomar el país. Añadió que no tardaría. Algunos refugiados afirmaban haberle oído lo que sigue: “No lavéis vuestras ropas, no sea que os veáis obligados a ponerlas en vuestros sacos o maletas todavía mojadas, ya que no vais a tener tiempo de secarlas en este campo”. Otra autoridad que visitó el campo de Katale fue el ex ministro de Defensa, Pasteur Bizimungu. Anunció también que las FAR se organizaban para expulsar al enemigo del país y que ello sucedería antes de tres meses. Mi esperanza se encontraba reforzada por ello. Muchos refugiados eran de la misma opinión. Por eso, fue difícil llevar a los niños a las escuelas que se abrían en el campo. Pensábamos que era inútil llevarlos a escuelas que deberían abandonar al día siguiente para regresar al país.

Pero los tres meses pasaron sin que nada pasara. Cuatro, cinco, seis meses pasaron. La esperanza de regresar pronto al país se perdió. Comenzamos a pensar en la vida que teníamos en el campo y en cómo mejorarla. Las ONG seguían haciendo el trabajo de adecentamiento del campo trazando carreteras, instalando dispensarios, centros sociales, orfelinatos, centros de acogida para niños separados de sus padres y para personas muy debilitadas. Hicieron que llegara el agua a varios lugares del campo, subdividieron el campo en barrios y en bloques y dotaron el campo de una buena administración. Se instalaron letrinas y duchas en varias zonas. Los refugiados vivían en unos habitáculos llamados blindés. Algunos refugiados comenzaron a trabajar para los zaireños con el fin de ganarse la vida. Hubo algunos que incluso alquilaron campos que explotaban por su cuenta. Se construían bares (cabaret), tiendas, restaurantes e incluso hoteles. Se abrieron escuelas, mercados e iglesias. Siete meses después de su instalación, los campos estaban dotados de una organización relativamente buena.

Los meses pasaban. A veces llegaba un ex dirigente del régimen depuesto y celebraba una reunión. Los dirigentes ya no decían que íbamos a regresar pronto al país, pedían más bien dinero a cualquier refugiado capaz de cotizar para que la reconquista fuera posible. Necesitaban muchos medios, era necesario mucho dinero. Los que podían, cotizaban.

Pero lo que ignorábamos era que las fuerzas de los que habían conquistado el país se habían triplicado. El FPR no había descansado tras la conquista. Sabía que la población interior y exterior no lo amaba. Sabía también que las FAR se preparaban para atacarlo. Era la razón por la que encarcelaba a cualquier persona que pudiera hacerle daño de una u otra manera. Persiguió a todos los que temía y a todos los que habían sido responsables durante el régimen depuesto. Aumentó los efectivos de su ejército y adquirió gran número de armas modernas.

El FPR envió también a muchos espías a los campos del Zaire para seguir de cerca lo que se preparaba en ellos y logró también convencer a Burundi y Uganda para que le ayudaran a atacar los campos de refugiados en Zaire y a forzar que los refugiados regresaran. Todos los otros medios no habían logrado hacerlos retornar. Efectivamente, los refugiados consideraban el FPR como su enemigo; solo regresarían cuando las exFAR lo hubieran expulsado del país, y creían que ello seguía siendo posible.

El FPR, ayudado por sus aliados Burundi y Uganda, atacó los campos de refugiados en Zaire y los destruyó. Esta operación tuvo lugar en el mes de octubre de 1996. Los ataques al campo de Katale, en el que yo estaba, comenzaron a mediados del mes de octubre de 1996. El 30 de octubre, Katale fue rodeado y tuvimos que abandonarlo para entrar en la selva de los volcanes. Fue una salida desordenada. Éramos muy numerosos en un camino que íbamos haciendo en aquel bosque denso; nos impacientábamos, nos empujábamos, nos injuriábamos. El sendero era demasiado estrecho. Pasaban minutos y minutos sin poder dar un paso. Llevábamos los bultos sobre la cabeza. El cansancio, el hambre, la sed y la desesperación causaron muchas víctimas. Los primeros en salir del bosque hicieron el trayecto en tres días. Yo pasé nueve días y hubo gente que tardó tres semanas. Muchos dejaron su vida en la selva.

Después de dos semanas de difícil y larga marcha, llegamos a un campo que acababa de formarse que se llamaba Sake y que estaba al borde del lago Kivu. Era un campo enorme donde habían ido a reunirse todos los refugiados de los antiguos tres campos de Mugunga, Kibumba y Katale. El hambre, el desorden, la suciedad y la inseguridad reinaban como dueños de este campo; también la carestía de la vida y la desesperación. Una semana después de mi llegada, el campo de Sake fue rodeado por los banyamulenge y comenzaron a caer bombas; el campo fue destruido también. Los refugiados que se habían instalado allí fueron obligados a abandonarlo; unos regresaron a Ruanda y los otros se dispersaron en los bosques. Yo fui de los que retornaron al país. Era el 16 de noviembre. Pasé la frontera al mediodía, dejando todo lo que poseía salvo las ropas que llevaba. Muchas de las cosas las dejé en la selva y la maleta donde tenía mis papeles la perdí en el campo de Sake.

El retorno y la acogida

Hice el camino de regreso sin la más mínima dificultad. Hice todo el camino a pie. Éramos numerosos los que caminábamos llevando sobre nuestras cabezas y a la espalda nuestro efectos, silenciosos y temerosos. Cada uno se preguntaba por lo que le esperaba. Los que venían a observarnos decían esto de nosotros: “Regresan con calzado fabricado con los neumáticos de los vehículos en los que huyeron”. Estábamos avergonzados. Esperábamos regresar con la cabeza erguida, lo hacíamos cabizbajos. El enemigo había venido a los campos donde nos sentíamos seguros; ahora estábamos a su merced. Nosotros no lo amábamos, tampoco él nos amaba. ¿Qué iba a hacer con nosotros? ¿Qué iba a hacer conmigo?

A finales de noviembre de 1996, al atardecer, llegué a casa de mi madre. Me abrazó afectuosamente y dijo: “Ahora que te veo puedo morir en paz”. Tenía cerveza de plátano e invitó a los miembros de la familia y a los vecinos, que festejaron mi vuelta con cantos y bailes.

Al día siguiente fui a casa de mi suegro, en donde vivían mi mujer e hijos, ya que nuestras casas habían sido destruidas en 1992, como ya he indicado anteriormente. Me acogieron calurosamente, aunque el recibimiento que me dio mi mujer no fue como yo esperaba; mis dos hijos mayores, Vincent y Clotilde, habían recibido ese día la confirmación. Fue una milagrosa coincidencia de dos acontecimientos llenos de alegría y felicidad. Después de las ceremonias de esta fiesta, volví a casa de mi madre; habría sido contra la cultura ruandesa que hubiera ido a vivir con mi mujer en la casa de sus padres.

Por eso me puse a arreglar mis casas destruidas en 1992 para hacerlas habitables: puse telas en el lugar de las puertas y ventanas y construí una letrina con plásticos. Mi hermano mayor y los vecinos me ayudaron. Unos días después mi mujer se mudó y nos juntamos en casa. Posteriormente, hubo una ONG, de nombre SNV, que nos ayudó a hacer habitable nuestra casa; nos dio siete ventanas de madera, dos puertas de madera, siete sacos de cemento y 50.000 francos.

Mi mujer había cambiado radicalmente. Se había convertido en responsable de nuestra célula (el primer nivel administrativo). Regentaba también un pequeño bar (cabareti) en el centro comercial. Me hizo sentir que yo pertenecía a la raza de los asesinos. Un día me dijo: “¿No serás tú un espía de los infiltrados?”. El orgullo de su raza y el amor por el dinero contaban más que nuestro amor.

Un día mi hermana debía celebrar el bautizo de su hijo. Mi madre había programado acudir a felicitarla por haber dado a luz a un varón. Este acto de la cultura ruandesa se realiza aportando cerveza, algún cesto de alubias o de sorgo, un paraguas, una botella de petróleo y una caja de cerillas, prendas de vestido para el recién nacido… Es un acto cultural importante que hacen los padres a su hijo/hija que ha sido padre/madre. Mi mujer y yo debíamos ayudar a mi madre en los preparativos de este acto. Pero mi mujer no nos ayudó. El día del bautizo y del acto de felicitación ella ni fue a casa de mi madre ni a casa de mi hermana. Toda la parte tutsi de mi familia no participó en esta doble fiesta. Mi familia estaba dividida. Ella hizo muchas otras cosas que me mostraron que el amor que tenía por el dinero y el orgullo que tenía por su raza eran superiores al amor por mí. Un día que hablábamos de todo lo que había sucedido durante el genocidio ella afirmó que solamente había sobrevivido gracias a Dios. Esto me lo dijo en el periodo entre mi regreso y mi encarcelamiento. Fue en esta época cuando comenzó a pronunciar palabras que me hacían comprender que para ella yo era de la raza de los asesinos y que podía hacer que me encarcelaran o me pegaran.

En abril de 1997, el Ministerio del Interior comenzó a suministrar un nuevo carné de identidad. El burgomaestre me dijo que solo me lo daría cuando le presentara un certificado sobre mi conducta durante la guerra, durante los meses del genocidio (abril-julio de 1994). Me entregó un nuevo papel para que pudiera ir más allá de los límites de mi municipio y pudiera ir al municipio en el que yo estaba en el momento de la guerra. El alcalde o burgomaestre encargó mi dossier al agente de la Inspección de la Policía Judicial (IPJ), que se llamaba Anacleto. Este se puso a investigar sobre mi conducta en el momento de la guerra. Cada vez que yo iba a verle y preguntaba si podía tener el famoso certificado me decía que la investigación no había terminado. Yo creía que la investigación consistía en averiguar si me había comportado bien o mal; no era así: la investigación estaba montada para descubrir un motivo válido para encarcelarme. Yo sentía que se estaba intrigando para meterme en la cárcel. Sentía eso en el aire. El placer de vivir entre los míos no podía durar más tiempo. Lo supe el día en que me dirigí al burgomaestre y le rogué que o bien me diera el certificado sobre mi conducta durante la guerra o bien me metiera en la cárcel. Me contestó: “Sea cual sea la conducta que tuviste, aunque te hayas comportado como un ángel, te encarcelaremos. Debes explicar e informar sobre cuanto sucedió en este municipio”.

Pensé en huir del país, pero las posibilidades de esta nueva huida eran nulas. No podía pensar en huir de nuevo a Zaire. Sabía también que el FPR y sus aliados controlaban todo el territorio de Zaire tras haber ganado la guerra y derrocado el poder en Kinshasa. Tampoco podía pensar en huir a Tanzania. Los que se habían refugiado allí habían sido forzados también a regresar. Burundi y Uganda eran los aliados del FPR. Los que estaban refugiados en esos países eran también hostigados.

Todos los “buenos ciudadanos” acababan de recibir el nuevo carné de identidad. Se hablaba ya de los “infiltrados”. El país estaba en plena tormenta política. Las gentes morían como moscas. Los militares del gobierno mataban a cualquier persona que juzgaban sospechosa y alegaban que era un infiltrado. Por todo eso, abandoné la idea de huir. Me pareció que lo mejor era permanecer en el país y esperar mi encarcelamiento.

Mis diez años de cárcel

Pregunté al Inspector de la Policía Judicial (IPJ) cuál había sido el resultado de la investigación sobre mi caso. Me contestó que había una acusación de genocidio contra mí y que debía ser encarcelado para esperar mi procesamiento. Le pregunté si me iba encarcelar inmediatamente. Me contestó que los calabozos estaban llenos a reventar y que iba a esperar a que se produjeran traslados para que hubiera sitio en los calabozos.

El desplazamiento sin documento de identidad se había convertido en extremadamente peligroso; uno podía ser tomado como un infiltrado y ser fusilado. Además yo no tenía dinero para desplazarme. Por otra parte, mis relaciones con mi mujer no eran las mejores; no había entendimiento entre nosotros. Todas estas razones me llevaron a pedir al IPJ que me encarcelara inmediatamente. “Bueno, si tu lo quieres”, respondió. “Vete a despedirte de tus amigos y vuelve”.

Me alejé y me preparé para ingresar en el calabozo. Escribí algunas cartas y me dirigí a las oficinas del IPJ para que me encarcelaran. Llegué hacia las seis de la tarde. Me asignaron un policía municipal que me llevó a uno de los cuatro calabozos. Me despojó de mi calzado y de mi reloj antes de empujarme a una de las celdas. Ante mí, unos prisioneros sentados. El policía volvió a cerrar la puerta y se alejó. Hacía mucho calor. Mis nuevos compañeros me recibieron solidariamente. Me invitaron a quitarme la ropa y a quedarme en camiseta. El concejal (jefe del calabozo, uno de los encarcelados) me mostró un clavo en el que podía colgar mis prendas. Con tono autoritario ordenó a los prisioneros que se apretaran un poco y liberaran en el suelo un espacio de 30 x 35 centímetros. En ese espacio debía yo vivir en adelante. Coloqué mis pies en este espacio, traté de bajar para posar mi trasero en el suelo, pero no lo logré. Me ayudó el concejal. Puso sus manos sobre mis hombros y me hizo bajar apoyando fuertemente hasta que mi trasero tocó el suelo: “No te levantes si no quieres perder tu sitio”, me dijo con toda seriedad.

Estaba obligado a pasar toda la noche en aquella posición, sentado. Era imposible. Pasados unos minutos, la posición se revelaba dolorosa y me dolían las caderas y las rodillas. Conforme pasaba el tiempo el sufrimiento era más agudo. Pasadas dos horas en esta posición, ya no podía más y me puse de pie apoyando mis manos en las rodillas de los que estaban a mi derecha y a mi izquierda. Sus piernas ocuparon poco a poco el espacio que yo había liberado. Ya no podía volver a sentarme. Estaba obligado a pasar toda la noche de pie. Permanecer de pie era mejor que estar sentado, pero de cualquier modo era inconcebible. Ello quería decir que iba a pasar toda lo noche sin pegar ojo, ya que no podía dormirme de pie. Eran más o menos las 8 de la tarde. Tenía delante de mí diez horas de noche todavía. Me preguntaba cómo iba a pasarlas de pie.

Estaba cubierto de sudor. Me puse a rezar. Repetía interminablemente: “Dios de misericordia, ven en mi ayuda”. Tres horas después me sentía muy cansado; me hubiera gustado sentarme de nuevo, pero no había ningún centímetro libre. Un viejo que estaba detrás de mí comenzó a pronunciar cosas ininteligibles y sin sentido. Era uno al que el calabozo había vuelto loco. Minutos después, dos prisioneros se pusieron a gritar disparates. Yo pensaba que también iba a trastornarme. ¿Cuánto tiempo pasaría en este calabozo sin enloquecer? Era mi primera noche y los problemas ya me superaban.

Llevaba ya cuatro horas de pie. Sentía que la cabeza me daba vueltas. No podía más. Caí sobre los detenidos que estaban delante de mí y estos me levantaron con rudeza y murmurando. Yo no cesaba de repetir mi oración. ¿Iba a ser capaz de pasar la noche de pie y sin pegar ojo? En la quinta hora, el dios misericordioso me socorrió. El detenido que estaba a mi izquierda me cogió la mano y la tiró hacia abajo. Me agaché y él cuchicheó a mi oído: “Escucha, voy a ponerme de pie para que tú tengas espacio donde sentarte. No puedes pasar toda la noche de pie. Yo voy a subir y al mismo tiempo tú vas a ir bajando”. Me ayudó a llegar hasta el suelo como había estado la primera vez, pero el sufrimiento que la primera vez había sentido se hizo sentir de nuevo. El trasero me quemaba como si estuviera sentado sobre ardientes brasas. El dolor era cada vez más vivo. Estaba decidido a permanecer el mayor tiempo posible sentado, pero dos horas y media después ya no podía más. Se lo hice saber a mi benefactor de la izquierda. Él bajó justo en el momento en que yo subía, como la primera vez. Esperé la llegada del día de pie, como si fuera a traer un alivio a mi sufrimiento. Pasaron las horas y la noche comenzó a aclararse. Los primeros pájaros se pusieron a cantar.

Observé que algunos detenidos se levantaban y se ponían camisa y pantalón. Fue entonces cuando oí que la llave giraba en el candado y vi que se abría la puerta. Un policía gritó desde fuera: “Que los trabajadores salgan”. Seis detenidos se precipitaron afuera y se agruparon ante la entrada del calabozo. Salieron otros de los otros calabozos. El soldado que había venido a recogerlos los contó y salió con ellos. Otros dos militares vinieron a buscar a otros trabajadores y se los llevaron.

Nuestro calabozo era una pieza de 3,5 x 4 metros (más o menos) y los detenidos éramos 71. Durante el día, los que no salían a trabajar podían disponer al menos de un poco más espacio y podían estirar las piernas. Se podía buscar un arreglo con el concejal y disponer de espacio que permitiera a uno tumbarse. En este calabozo, todos los arreglos se realizaban mediante dinero.

Esa mañana yo me sentía muy cansado; me retiré a un rincón y dormí.

Pocos días después, desde Kigali enviaron a tres agentes y a un inspector de la policía judicial para interrogarnos. Fui conducido a una habitación. Uno de los agentes llevaba una porra de unos 40 centímetros, dos tenían unos bastones largos y el cuarto un bolígrafo en la mano. Me obligaron a tumbarme cuerpo a tierra en el suelo de cemento. Los del bastón largo se ocuparon de mi espalda y de mi trasero; el de la porra corta me pegó en la cabeza, los tobillos, las rodillas y las tibias tras obligarme a darme la vuelta sobre mí mismo. Los golpes se alternaban con alguna de estas preguntas: “¿Has matado?”. “¿Cuántas personas has matado?”. Mis respuestas eran: “No he matado, no he matado a nadie”. Por supuesto, no dejaban de soltar insultos y palabras humillantes. Después de un tiempo cuya duración no podría estimar me empujaron hacia fuera y regresé al calabozo trastabillando, bajo los gritos de extrañeza e indignación que lanzaban quienes me veían pasar a causa de las hinchazones que adornaban mi cabeza y mis piernas, partes del cuerpo que se ofrecían a sus ojos. El policía que me acompañaba me empujó al interior del calabozo. Los otros encarcelados me desvistieron, hicieron un sitio y me extendieron de espaldas sobre el suelo; era su manera de cuidar a quienes eran golpeados, y eso era frecuente. Gracias a Dios, con el tiempo me repuse.

Me trasladaron a otro calabozo, que parecía haber sido la cantina municipal. Era más espacioso y más aireado. Aquí pasé el resto del tiempo hasta mi traslado a la prisión central de Kigali. Estábamos unos 200 prisioneros. El encargado general del calabozo era un brigada municipal que elegía entre los prisioneros a un concejal y éste nombraba a los policías. El concejal y policías abusaban de su poder, maltrataban a sus colegas prisioneros y les quitaban el dinero. Cada nuevo detenido debía entregar 1.000 francos y era colocado en el sitio más desagradable, cerca del bidón agujereado destinado a las inmundicias, colocado en un rincón; todo esto para empujarle a dar más dinero y poder ser trasladado a un sitio mejor. En los sitios peores permanecían quienes no tenían dinero. La mayor parte del dinero recogido iba a manos de los guardianes del exterior. Estaba prohibido fumar, hablar en voz alta y por la más pequeña trasgresión uno era golpeado por los jefes del calabozo, aunque cualquier falta podía ser borrada con dinero. El dinero podía salvarle a uno. No había lugar para la razón. No se nos permitía pensar, reflexionar, razonar. Debíamos dejarnos llevar como ovejas. Era embrutecedor. Algunos de entre nosotros salíamos del calabozo para efectuar ciertos trabajos para el alcalde, para la policía judicial, para los militares: cultivar sus campos, sacar agua, buscar leña para cocinar.

Hay dos hechos que no puedo olvidar y quiero señalarlos. Había un policía municipal que me maltrataba regularmente. Un día estaba yo esperando frente a la oficina de un inspector para ser interrogado. Ese policía vino y me golpeó sin que yo supiera por qué. Me dio una patada en las costillas y me pegó en la cabeza con las llaves que llevaba en la mano. En otra ocasión, era al atardecer, el militar que montaba guardia no sabía dónde había metido las llaves del calabozo. Las buscó y no las encontró. Pensó que los prisioneros se las habían robado para evadirse. Se llamó a un cerrajero que forzó el candado y el calabozo se abrió. Mi policía pasó por allí. Había bebido. Debió de pensar que si las llaves habían sido robadas era porque los intelectuales y políticos habían montado el golpe. Me llamó. Me cogió por la camisa, me atrajo hacia él con fuerza, me abofeteó y me dio un rodillazo en el bajo vientre. Juré en nombre de Dios todopoderoso que yo no sabía nada del asunto de las llaves y me soltó. Esta escena se desarrolló justo a la puerta del calabozo. Otro día, estaba yo explicando unos versículos bíblicos en el transcurso de una celebración de la palabra de Dios, como de costumbre. El jefe de la policía de varios municipios pasó por allí. Se informó sobre quién era yo. Me ordenó sentarme y me prohibió que me volviera a dirigir a los detenidos y ordenó a los policías que le acompañaban que me fusilaran si transgredía aquella orden.

La comida que nos daban era muy insuficiente. De los 200 que estábamos solo había para unos 50. Muchos solo tenían la piel sobre los huesos. La Cruz Roja, tras constatar este estado de cosas, decidió ayudar a quienes estaban subalimentados con un aporte de galletas. Cada uno vivía de lo que los suyos le proporcionaban. Mi mujer y mi hermano pequeño venían una vez al mes y me dejaban dinero con el que yo pagaba mis comidas. Tenían que venir en taxi. La distancia era de más de 100 kilómetros. Me traían algo de dinero, alguna ropa, jabón. Yo le daba el dinero a alguien que se lo pasaba a continuación a su esposa y esta mujer me traía provisiones. Todas estas operaciones se compraban. Sus ahorros no les habrían permitido sostenerme durante largo tiempo si la ayuda de un amigo holandés no hubiera llegado en su socorro. He sobrevivido gracias a esa ayuda. Un buen día, la brigada móvil de Kigali envió a unos agentes que me interrogaron y rellenaron el mandato de detención. Yo rezaba a Dios para que acelerara mi traslado a una prisión central. Mi oración fue escuchada.

Mi vida carcelaria en Kigali y Gitarama

Fui trasladado a la prisión central de Kigali (PCK). Me llevaron a Muhima, a la prisión llamada 1930. La cárcel constaba de 12 bloques. Cuando llegué cada bloque albergaba unos 600 reclusos y cuando me trasladaron de nuevo a otra prisión en cada bloque había aumentado a 700. A la cabeza de cada bloque había un capitán general, un subcapitán, un secretario y diez agentes de seguridad. Los meses pasados en la prisión de Kigali fueron muy malos. Nos daban una vez al día maíz o alubias. Esa era nuestra comida. Empezó a faltar la leña. Pasábamos 2, 3 y hasta 4 días sin recibir nada de comida, situación que duró hasta junio. Algunos murieron. Vivíamos gracias a las visitas. Quienes tenían dinero se las arreglaban más o menos bien. Pasé mucha hambre. Mi mujer ya no venía, porque en mi municipio había conflictos. Mi hermano venía a veces. A finales de agosto vino mi mujer, porque se habían acabado las hostilidades en la región. Fue la primera vez que pude ver a mi nueva hija. Después de varios meses en Kigali, fui trasladado a la prisión central de Gitarama. Tengo varias páginas escritas sobre mi estancia en la cárcel de Kigali, pero ahora voy a contar mi vida en la de Gitarama.

Cuando fui transferido, junto con otros muchos prisioneros, a la cárcel de Gitarama, ésta ya estaba repleta. Éramos más de 15.000 los reclusos. Era muy difícil encontrar un sitio a cubierto donde colocar la cama. Así pues, pasé mis dos primeras noches al raso. La segunda noche llovió, así que rápidamente deshice mi lecho y fui a cobijarme en el nido de un prisionero originario de mi colina.

Al día siguiente pedí prestados mil francos a un primo que estaba detenido y me compré un lugar en una de las casas de la cárcel. Tres semanas después me compré una plaza por tres mil francos. Un año después me hice con un nido por doce mil francos. Fue en este nido donde pasé el resto del tiempo que estuve en esta cárcel.

La cárcel de Gitarama era mejor que la de Kigali. La ración alimenticia era cuantitativamente superior y no fallaba tan a menudo como en Kigali. En Gitarama se podía mejorar la ración recibida volviéndola a cocer y añadiendo aceite, sal, verduras, harina… La ración alimenticia que distribuía la cárcel estaba compuesta únicamente de granos de maíz y de alubias. A veces, el maíz era sustituido por guisantes. Era raro que recibiéramos una papilla de sorgo.

Los reclusos que tenían familias que a su vez se ocupaban de ellos podían tener una vida relativamente agradable. La otra ventaja de la cárcel de Gitarama eran los “equipos”. Había muchos equipos que salían para trabajar en distintos lugares de Gitarama. Todas las mañanas más de dos mil prisioneros salían de la cárcel. Cada uno podía salir como miembro de un equipo, podía desentumecer sus piernas y respirar el buen aire del exterior. Los reclusos que quedaban podían disponer de más espacio y aire y la circulación se hacía más fácil. Cada equipo era conducido por uno, dos o varios vigilantes según fuera el número de los que lo formaban. En cada equipo había un capataz, su adjunto y agentes de seguridad. Gracias a las salidas los detenidos y sus familias podían organizar encuentros en el exterior de la cárcel por medio de una determinada suma de dinero. Este dinero se pasaba al capataz, quien lo pasaba a su vez a los vigilantes. Este dinero, que era el precio por la visita gestionada, varió de 500 a 2.000 francos según el tiempo y el equipo. Estos encuentros estaban prohibidos por la ley, pero siguieron celebrándose porque de ellas se aprovechaban todos: el recluso y el visitante (familiar o amigo), el vigilante del equipo, los capataces y agentes de seguridad (cada uno recibía un porcentaje del precio de la cita), las gentes del entorno de la cárcel que alquilaban una habitación para la reunión entre el recluso y el visitante, la gente para la que los reclusos trabajaban con salarios “interesantes”, y el conjunto de la población carcelaria, que así disponía de más espacio durante el día y además se beneficiaba de la entrada en la cárcel de productos alimenticios que introducían los miembros de los equipos. También los responsables de la cárcel sacaban provecho. Es la razón por la que los equipos seguían funcionando a pesar de que eran ilegales.

La visita resultaba más delicada y más cara cuando el visitante venía sin que el encarcelado lo supiera previamente. Este tipo de visita costaba más de dos mil francos y esta suma era compartida entre los dos vigilantes: el contactado por el visitante y el jefe de la puerta.

Existían también visitas permitidas: los viernes para todos y los sábados para los funcionarios, universitarios o alumnos. Los visitantes llegaban e inscribían los nombres de los reclusos que querían visitar. Éstos eran llamados según su municipio de origen; salían y se sentaban a lo largo de la pared de una casa que sirve de almacén. A dos metros de esta pared se colocaba una cuerda tensa y cuando sonaba el silbato del vigilante los visitantes se acercaban y se colocaban detrás de esta cuerda. Depositaban entonces los regalos para sus seres queridos delante de la cuerda e intentaban comunicarse con ellos. Teóricamente nos hablábamos durante un minuto, pero no había modo de entenderse, por lo que hablábamos apenas unos segundos. Sonaba por segunda vez el silbato del guardián y los visitantes se alejaban y abandonaban la cárcel. El que no se marchaba inmediatamente en cuanto sonaba el silbato porque tenía algo más que decir a su visitado era llamado al orden y recibía un bastonazo. Entonces los reclusos se levantaban, cogían sus regalos y se dirigían hacia el segundo portal de la cárcel y se acurrucaban delante de la entrada para el registro. Los vigilantes verificaban si los paquetes contenían artículos no permitidas en la cárcel. Había muchas cosas no permitidas, como tabaco, chanvre (hierba para fumar), dinero, bebidas alcohólicas, zumos…

A partir de esta visita autorizada, se había creado otra visita no permitida. Cuando el visitante o el recluso visitado querían sostener una conversación más larga que un minuto hablaba de ello con uno de los vigilantes que organizaban las visitas y, como siempre con dinero, el vigilante te permitía charlar durante más de un minuto.

En el interior de la cárcel se estableció un cierto comercio. Había pequeñas tiendas o lugares donde se exponían mercancías. Se vendía o compraba aceite, alubias, soja, cacahuetes, maíz, boniatos, plátanos, patatas, arroz, azúcar, sal, verduras, fruta, cuadernos, bolígrafos… También se vendían servicios: se afeitaba, se lavaba la ropa, se daban clases, se cocinaba…

Decíamos que era uno sobre uno cuando había granos de maíz y alubias. En ese caso, la ración alimenticia era completa. Cuando había uno, fueran granos de maíz o alubias, decíamos que había uno sobre cero. Cuando no había ni una cosa ni la otra, decíamos que había cero sobre cero. El maíz y las alubias que nos daban eran a menudo de muy mala calidad; cosechas viejas, llenas de polvo y piedras. En Gitarama faltaba a veces la ración alimenticia, pero menos a menudo que en la prisión central de Kigali. Cuando faltaba la ración carcelaria, la cocina privada salvaba a los que tenían dinero o víveres. En Kigali no existía esta cocina.

En la prisión de Kigali había muy pocos equipos. En Gitarama yo recibía visitas más frecuentes de mi mujer, de mis hijos, de los miembros de mi familia y de mis amigos. A partir del año 2000, gracias a los donativos del amigo holandés, mi familia logró hacerme vivir aceptablemente. Ya no se me acercó el hambre.

Dividía mi tiempo entre la oración, el estudio, la enseñanza y muchos otros servicios que hacía en la cárcel. Durante un tiempo me dediqué a la música e incluso tengo un diploma otorgado por la Asociación de Músicos Católicos que trabaja en la prisión. Seguí también cursos de inglés. Las responsabilidades que asumía no me dejaban mucho tiempo libre. El tiempo pasaba sin que me diera cuenta y no me aburría nunca. En el interior de la prisión la vida era a menudo apacible, pero había a veces momentos de agitación y tumulto.

He dicho antes que la ración alimenticia no fallaba en Gitarama tanto como en Kigali. En la cárcel de Kigali apenas comíamos. Se decía que los almacenes estaban llenos de maíz y alubias, pero que lo que faltaba era leña. He aquí el ciclo que se repetía muy a menudo: se servían durante dos días consecutivos los dos (maíz y alubias). El tercer día nos daban uno, sea maíz o alubias. Y dejaban pasar dos días sin darnos nada. El sexto día recibíamos uno, el séptimo y octavo no recibíamos nada. El noveno recibíamos uno, el décimo día recibíamos dos. El undécimo recibíamos uno y luego pasaban tres o cuatro días sin comer nada, y el ciclo volvía a comenzar. Sucedía a veces que pasábamos hasta cinco días sin tomar nada. Sólo éramos esqueletos. En los momentos de hambre era cuando los robos entre reclusos se multiplicaban y cuando se constataban más evasiones.

Cuando uno o varios encarcelados se evadían, se adoptaban algunas medidas: se paralizaban los equipos y las visitas temporalmente; algunos eran llevados a los calabozos; otros eran interrogados y a veces se procedía a traslados disciplinarios. Cada vez que la paz en el interior de la cárcel era turbada, la primera medida que se adoptaba era acostarnos pronto, hacia las siete de la tarde. Habitualmente nos acostábamos sobre las diez. Las evasiones podían hacerse desde el exterior, a partir de los lugares de trabajo de los equipos o desde el interior de la cárcel, trepando por los muros.

También se luchaba por el poder en la cárcel. Yo vi tres peleas en Gitarama. Eran terribles y muy peligrosas. Las armas eran piedras, mazas, machetes, hachas u otros objetos metálicos. Cuando dichas peleas tenían lugar, a las medidas disciplinarias señaladas antes se añadían los bastonazos.

Mi angustia

Ya he hablado lo suficiente, aunque podría llenar muchas más páginas, del hambre, del hacinamiento, de la falta de techo, del fuerte calor. Pero mi más profunda angustia tuvo su origen en las noticias que tuve sobre la conducta de mi mujer. Es la primera vez que hablo de ello. La amaba de tal modo que no quería hablar mal de ella. Esperaba que se corrigiera para que yo no pudiera decir nada negativo acerca de ella. ¡Ay, en lugar de cambiar y corregirse, se ha mostrado cada vez más mala! Es lo que me ha decidido a contarlo. Ha sido para mi corazón un gran dilema.

Era el año 2002. Una vigilante originaria de mi aldea, me llamó. Me recibió en la sala del cuerpo de guardia. Me informó de que mi mujer tenía un amante. No me caí de milagro, las fuerzas me faltaron y me apoyé en la pared. Estaba conmocionado. Era como una flecha en pleno corazón. Me dio el nombre del amante, un borrachín. El bar que regentaba mi mujer era el lugar de sus encuentros. “No quería disgustarte”, me dijo, “pero no podía dejar que ignoraras semejante cosa”.

Me dirigí a mi celda a dar rienda suelta a mi aflicción. No me sentía capaz de realizar las tareas habituales. Dejé largo tiempo que mi corazón llorara de pena. Mi imaginación representaba escenas entre la querida y el amante y mi corazón se desgarraba. Los veía abrazarse en nuestra habitación, besarse amorosamente y terminar tendidos en la cama y haciendo el amor. Les oía reírse de mí e insultarme. Mi corazón se encogía. Pero me sobreponía y me decía que no era cierto. Pensaba que mi mujer no podía hacer aquello. No, no era posible.

Al llegar la noche hice un gran esfuerzo y decidí dedicarme a mis obligaciones de todos los días en cuanto amaneciera. Le escribí una larga carta de ocho páginas en la que trataba de hacerle comprender el daño que había hecho a la familia y le pedía que cambiara. Aquella carta quedó en mi nido y no pudo enviarse. Después de unas semanas, decidí romperla para que no cayera en manos de otro hombre. Aquella carta era la expresión de mi aflicción. La rompí y decidí esperar a su próxima visita exterior para pedirle explicaciones.

Tres semanas después de haber conocido la tremenda noticia, me enteré de que ella iba a visitarme en el equipo. La esperé impaciente. Pasaron las horas sin que llegara. El equipo subió para regresar a la cárcel. Justo cuando llegábamos a la parte trasera de la cárcel, un agente de seguridad de otro equipo vino y me anunció que mi mujer me esperaba. Le seguí y me condujo a la casa en la que estaba. Nos abrazamos sin calor. No me sentía bien y ella tampoco. Se diría que ella sabía que yo sabía.

Tras preguntarle por los hijos y por el motivo de su retraso, pasé directamente al asunto. No íbamos a tener mucho tiempo para charlar. Le hice muchas preguntas sobre el bar. Su irritación llegó al colmo cuando le hice saber que me había enterado de que tenía un amante y de que esta relación estaba en boca de todo el vecindario. Ella lo negó todo. Se levantó bruscamente y me lanzó: “No volveré nunca más. Y cuando salgas de la cárcel, los tribunales arreglarán nuestras relaciones futuras”.

Se marchó sin decirme adiós y me dejó solo. El agente de seguridad que me había conducido allí vigilaba y cuando vio que ella se marchaba vino a recogerme. Después de esta extraordinaria visita pasaron cinco meses sin que viniera a verme, enviaba a los hijos. Pero por fin vino ella misma a la visita permitida de los viernes. Me entregó el regalo que traía y se marchó. Pero poco a poco las visitas en el equipo retomaron su regularidad normal. El paso del tiempo me sirvió para olvidar, como un bálsamo a mi dolor. Comenzaba a estar totalmente curado cuando, años después, se produjo un acontecimiento que hizo revivir mi angustia.

El marido de una de mis primas, encarcelado también, me comunicó que el amante acababa de ingresar en prisión y que los prisioneros originarios de nuestra zona le habían insultado porque sabían que era el amante de mi mujer. Era como si revolvieran con un cuchillo en la herida que estaba cicatrizando. La vergüenza cubría mi rostro. Acababa de reavivarse mi dolor, pero mi corazón se había habituado ya a vivir con esta ignominia. Mi abatimiento fue menos vivo. Acaba de percatarme de que los prisioneros sabían lo que estaba en boca de todos en mi municipio. Sin saberlo, quizás yo era objeto de compasión para unos y de burla para otros. Pero debía seguir viviendo y traté de pensar en otras cosas.

Pero el dolor no me iba a perdonar ese día. Dos horas después, vi que el individuo venía hacia mi nido y que llamaba a mi puerta. Le abrí. Entró y me abrazó. Le hice señal de que se sentara en la litera. Comenzó a contarme cosas de mi familia, siguió hablando del cabaret y terminó refiriéndose a sus asuntos personales. Había pasado varios días en el calabozo municipal y mi mujer le había visitado. Tras su marcha, mi dolor fue tan fuerte que me sentí de verdad abatido. Esa visita era un verdadero ultraje. Se había convertido en el amigo de mi familia y conocía muy bien todas nuestras intimidades. Eso quería decir que estaba en contacto permanente con ella. En fin, después de unas horas, hice un esfuerzo y me rehice. Me levanté, me vestí y fui al cenáculum (una de las capillas de la cárcel) para la oración de la tarde.

Los celos me han hecho sufrir mucho. Hasta el día en que la vigilante me informó de que mi mujer tenía un amante yo me consideraba un marido querido y feliz. Pero, aún después de enterarme, jamás había creído en su infidelidad. No podía admitirlo. Siempre la había considerado virtuosa. El amor que yo sentía por ella me volvía ciego. Pero tuve que admitir que era un marido engañado.

La angustia que más hacía sufrir a la mayoría de los reclusos era la infidelidad de sus mujeres que quedaban en el exterior. Varias habían tenido hijos de sus amantes. Más de uno tenía profundas heridas en su corazón y cuando lográbamos que hablara sobre ello notábamos que sufría atrozmente. Sí, esto constituye el lado ignorado o menos conocido de la cárcel: la separación de los esposos y la destrucción de las familias. Pero en nuestro caso, este aspecto era perfectamente conocido por parte de los que nos habían encarcelado y lo explotaban. La prensa seguía empeñada en envilecernos. No se nos consideraba como seres humanos, sino bestias salvajes. Se enseñó a nuestros hijos y a nuestras mujeres que si un día los salvajes éramos puestos en libertad ellos tenían el derecho y la obligación de vigilar de cerca nuestra conducta para devolvernos a la cárcel en caso de que nos comportáramos mal. En caso de que al salvaje se le ocurriera pedir cuentas a su mujer o hijos por lo que hubieran hecho en su ausencia, debía reingresar en la cárcel. Esa sería la prueba de que no había cambiado y de que seguía rumiando ideas sanguinarias.

Algunas mujeres se sirvieron de estos consejos para justificar sus infidelidades. El país estaba lleno de viudas, de huérfanos y de mujeres con sus maridos en la cárcel. Había también muchos jóvenes militares que se paseaban por todas partes y jóvenes de la Local Defense Force. Las costumbres se habían relajado. Todos los hombres temían ser detenidos y arrojados a la cárcel.

Tras la victoria del FPR, hubo un largo periodo, que duró más de un año, en el que había que sacar provecho de la victoria. Se decía: “Kubyina intsinzi”, que quiere decir literalmente “bailar por la victoria”, saborear los frutos de la victoria. Bailaron la victoria dedicándose al desenfreno. Las chicas y las mujeres tutsi supervivientes se entregaban a los jóvenes soldados para convencerles de que mataran o encarcelaran a quien ellas acusaban de haber matado a alguno de los suyos. Así es como algunas de nuestras mujeres cayeron en el adulterio. Algunas se comportaron tan mal que llegaron a desear que sus maridos fueran condenados a cadena perpetua o a muerte, tanto miedo tenían de que fueran liberados y tuvieran que enfrentarse cara a cara con ellos. Así es como algunas llegaron incluso a prestar falsos testimonios contra sus maridos. Así es como algunas abandonaban sus casas cuando se enteraban de que sus maridos habían sido liberados. Casi todas las familias de ex prisioneros sufren problemas y malos entendidos.

Pero, volvamos al tema que me ocupaba. Sí, tuve que admitir que era uno de los maridos engañados. Era una idea atroz con la que vivir. El tiempo fue pasando. El bálsamo del tiempo cicatrizó poco a poco mi herida. Me encontraba con Évariste muy raramente. Nos evitábamos mutuamente. La vida carcelaria no le perdonó, le hizo sentir su rudeza. La situación culinaria cero sobre cero era entonces frecuente y Évariste pasaba hambre. Recibía raramente visitas. Mi mujer seguía haciéndome visitas, pero no volvió a cometer el error de visitar a su amante. Mi mujer y yo no nos atrevíamos a hablar de él. Era como si ambos deseáramos olvidar. Las relaciones entre mi mujer y yo mejoraron poco a poco.

La historia de Damascène

En la cárcel de Gitarama había un recluso llamado Damascène cuyos padres vivían a unos diez kilómetros de la cárcel. Su padre era comerciante y poseía una camioneta Toyota. Nunca venía nadie a visitarle. Esperaba, esperaba, pero nadie venía. Su vida carcelaria se hizo difícil y miserable. Vestía harapos y se acostaba en los rincones más oscuros. Cada vez que quería salir de la cárcel, y solo salía por algún problema de salud, se veía obligado a pedir prestado su uniforme. Cuando la ración era cero sobre cero solo comía cuando algún raro bienhechor de la cárcel se apiadaba de él. Su vida miserable le obligó a hacer pequeños trabajos para sus compañeros, para no morir: sacaba agua de un pozo, lavaba la ropa de otros, iba a buscar su ración alimenticia. Finalmente, fue contratado como criado por un rico prisionero. Hacía para él todo lo que le pedía: traer agua, llevarle la ración, acompañarle en las visitas exteriores para cargar con los regalos. Su patrón, en contraprestación, le compró un nido al lado de su castillo (mientras que el nido tenía 80 centímetros por unos 2 metros de largo, un castillo medía 120 centímetros de ancho). Le compró también ropa, entre otras cosas el uniforme, y le daba de comer cuando la ración oficial era cero sobre cero o uno sobre cero. Aunque su vida mejoró, seguía siendo mediocre.

Damascène escribió una carta a sus padres explicándoles la vida que llevaba en la cárcel y pidiéndoles que vinieran a verlo porque sentía gran necesidad de hablarles. Esperó, pero nadie vino. Les escribió una segunda vez, suplicándoles que vinieran para hablar sobre su dossier, sobre las acusaciones que pesaban contra él. El pobre hombre quería que sus padres lo sacaran de la cárcel. Señalemos que la chica de cuyo asesinato Damascène estaba acusado había aparecido viva. En la segunda carta, explicaba a sus padres cómo se efectuaban las visitas. Los esperó en vano durante un mes. Les escribió una tercera vez tras haber esperado dos meses. Les explicaba detalladamente la vida de la cárcel: el hambre, el hacinamiento. Les contaba que se había convertido en una persona enfermiza y que en el momento en el que escribía estaba enfermo. Tampoco esta carta empujó a sus padres a hacerle una visita. Después de esperar tres meses, se dijo: he escrito a mis padres, les he informado de que estoy enfermo, que llevo una vida miserable, que paso hambre, y no han venido a verme. Es evidente que no me quieren; es como si yo no fuera su hijo. Me han olvidado. Voy a intentarlo por última vez. Voy a hacerles saber que he muerto y voy a ver si me quieren muerto. ¡Quizás vengan a buscar mi cadáver!

Damascène hizo que uno de sus compañeros, conocido de sus padres, escribiera la carta. Les hizo saber que su hijo había muerto y que debían venir a recoger su cadáver antes de tres días, si no querían que la cárcel lo enterrase en su cementerio. Cuando los padres de Damascène recibieron esta carta, se dieron prisa en comunicar a sus familiares, a los amigos y a los vecinos la noticia y les pidieron que acudiera para prestarles apoyo moral. Encargaron un hermoso ataúd y una gran cruz: compraron una pieza de popeline blanca y confeccionaron una gran cruz roja en medio. Un día después de que hubieran recibido la carta, ante la casa de los padres de Damascène se congregó un gran número de personas llegados de todas partes, y algunos se pusieron a cavar una amplia fosa al lado de la mansión. Algunos parientes y amigos subieron a la camioneta y se situaron a ambos lados del ataúd, que iba en el centro. El hermano pequeño llevaba la cruz. Al lado del conductor, en la cabina, se sentaron una de las tías y el padre de Damascène. La camioneta Toyota llegó a las puertas de la cárcel pocos minutos después. El padre de Damascène explicó la razón de su llegada y el vigilante abrió la puerta. El Toyota entró y se detuvo en un recinto que hay frente al portalón interno, en el espacio reservado a las visitas. El padre y la tía entraron en el despacho y explicaron el objeto de su llegada. El agente pidió que se sacara el cadáver de Damascène. El enfermero respondió que no había ningún cadáver y el asistente social acudió a presentar el asunto al director adjunto. Este último hizo que Damascène fuera llamado, lo mismo que Julien, que era el recluso que había escrito la carta. Y ante la estupefacción de todos, los dos se presentaron de inmediato. El director adjunto, enfadado, les pidió explicaciones. Damascène habló larga y pormenorizadamente de las razones que le habían empujado a escribir que había fallecido. Todos siguieron sus palabras sin interrumpirle. Era un joven esbelto y delgado. Llevaba ya más de un año en esta cárcel y parecía un anciano. Cuando terminó su discurso, fue a apoyarse en la pared, de tan débil se sentía. El director, habitualmente severo, sintió nacer en él la compasión por este pobre encarcelado harapiento. Miró una vez al flaco hijo y otra al grueso padre y le pudo la cólera. Obligó al padre a entregar una suma de dinero a su hijo y a comprometerse a visitarlo dos veces al mes con el correspondiente regalo. El director le presentó una hoja de papel y le invitó a redactar y a firmar lo que acababa de decir.

Libre, pero…

A finales de 2007 fui transferido a una cárcel cercana al municipio donde se iba a desarrollar mi procesamiento. Hicimos el trayecto en una camioneta de doble cabina, sentados en la parte trasera, con nuestros efectos sobre la cabeza. Éramos ocho. Llegamos en muy malas condiciones. En esta cárcel había bastante sitio y nos fue fácil instalarnos. La ración alimenticia fallaba menos que en Gitarama y la cocina privada funcionaba también. Había equipos, pero menos numerosos. Hacía mucho calor y debíamos ir a buscar el agua a un lago.

Después de tres meses en esta cárcel, me llevaron al municipio donde debían juzgarme. Regresaba al punto de partida de mi vida carcelaria. Acababa de pasar más de diez años en prisión. Las cosas habían cambiado. En lugar de policías para nuestra vigilancia, como al principio, esta vez eran miembros de la Local Defence Force (LDF) los que nos custodiaban. También había cambiado la manera en que se nos trataba. Ya no éramos considerados unos salvajes a los que se podía maltratar. Nos tomaban como a seres humanos cuyos derechos debían respetarse. Si bien el trato no era perfecto, nuestros guardianes ya no podían entregarse a las torturas del principio.

A comienzos de 2008 comparecí ante la jurisdicción gacaca (tribunal popular) del sector. Fui condenado a cuatro años de prisión. Se me sentenció con esa pena por mi presencia en una barrera cerca de la casa que yo tenía alquilada en el momento en que se desencadenó la guerra. La jurisdicción estimó que era un crimen que hubiera existido una barrera cerca de mi domicilio y me sentenció a cuatro años de encarcelamiento. Me devolvieron al centro penitenciario en el que debía ser puesto en libertad. Al día siguiente, hacia la 9 de la mañana, me llamaron. El momento tan esperado llegaba al fin. Dije adiós a mis compañeros de cárcel, repartí entre ellos los efectos personales que no iba a llevarme conmigo, puse en orden mi saco y me dirigí al portalón de entrada acompañado por algunos de mis compañeros. Los últimos adioses nos los dimos ante la puerta de entrada. El que llevaba mi saco me lo dio y salí. Esperé a que me entregaran el documento de libertad. Iba con otros cinco compañeros, también liberados ese día. Por fin, nos dieron los papeles. Era libre. No podía creérmelo.

Abandonamos la cárcel con pasos apresurados. Era como si temiéramos que nos fueran a llamar para que volviéramos a aquella terrible prisión. Nos sentíamos ligeros. Llegamos al centro comercial. Cogí un autobús y luego varios taxis hasta que llegué a mi casa. Eran las siete y media. Uno tras otro me fueron abrazando mis hijos. La última en abrazarme ese atardecer fue mi mujer. El abrazo con mi mujer no fue como esperaba. Era como si hubiéramos estado viviendo siempre juntos. ¿Qué se presagiaba?

Claro está, la alegría del encuentro fue grande. Les hablé del proceso y de la vida que llevé después. Les hablé sobre todo de la enorme alegría que sentí cuando oí que pronunciaban mi nombre para ser liberado y de la ruta que acababa de hacer para llegar a mi casa.

En fin, cada uno se fue a su habitación. Mi mujer me acogió en la suya. El resto no puede ser contado más que por el lecho: ¡Hacía tanto tiempo!

Ahora que mi abuela y mi madre han muerto, mi mujer es la única de las tres mujeres que tanto he amado que me queda. Ella sola debería recibir todo el amor de mi corazón. Pero, ¡qué pena! Lo rechaza. Cuando salí de la cárcel estaba decidido a amarla de manera que olvidara todas las desgracias que ella había sufrido, pero mi resolución ha fracasado frente a tanto odio y desprecio. He aquí las palabras más terribles que me repite cada vez que tenemos una disputa: “Te voy a dejar. Haré que te metan de nuevo en la cárcel”.

He pensado que ha quedado traumatizada por los terribles acontecimientos que han hecho que todos los miembros de su familia hayan perecido. En muchas ocasiones he querido expresarle mi gran amor para tratar de vencer su odio y su desprecio, pero he fracasado siempre. He sido derrotado en ese combate. Casi todas mis oraciones le piden al buen Dios para que Él cambie nuestros corazones a fin de que podamos vivir juntos en armonía. Ahora que escribo estas líneas, he renovado esta resolución. Voy a mostrarle un amor invencible que la haga cambiar. A pesar de todo lo que acabo de escribir, no he perdido la esperanza de reencontrar la felicidad perdida.

Historia publicada originalmente en diciembre de 2011 en FronteraD.


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