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Mikel Larburu

Mikel Larburu es un Misionero de África (Padres Blancos) nacido en Zumaya (Guipuzcoa). Ha estado trabajando por la sociedad argelina durante más de cuarenta años, especialmente con la formación profesional de la juventud del Sahara. Actualmente trabaja en un proyecto de Europa - Islam en Bruselas y es el coordinador de la sección "AfrIslam" del Portal del Conocimiento sobre África de la Fundación Sur.

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Impacto internacional de las primaveras árabes
23 de enero de 2012

Bertrand Badie : « La Primavera árabe ha revelado la existencia de un islamismo heterogéneo

19/01/2012, Le Monde.Fr (Informe)

Un año después de las caídas de las primeras dictaduras árabes y su impacto sobre el sistema internacional, Bertrand Badie, profesor de Ciencias Políticas, vuelve sobre el tema de la primavera árabe.

Andrew : ¿De qué manera la primavera árabe ha modificado el sistema internacional?

B.B. : De hecho, de manera bastante sustancial. Primero, el estatuto internacional del Medio Oriente era probablemente el último de los que heredábamos de la guerra fría y de la bipolaridad. Desde un punto de vista internacional, la construcción política de los regímenes árabes estaba concebida únicamente para servir a funciones internacionales: asegurar el aprovisionamiento energético del mundo, y particularmente del Occidente, participar a la seguridad en el Mediterráneo oriental y contener los flujos migratorios.

El estatuto internacional de estos regímenes por lo tanto estaba esencialmente vuelto hacia el exterior, concebido como estando enteramente al servicio del juego mundial. Así fue antiguamente de América Latina o del Sureste de Asia, que en los años 1990 se emanciparon ampliamente de las misiones que habían recibido del juego bipolar. El mundo árabe seguía anclado, con regímenes directamente heredados o bien de la alineación con el Este, o bien de La alineación con el Oeste.

La “Primavera árabe” ha puesto punto final a este estado de cosas excepcional. Y todavía vamos a encontrar fácilmente otras transformaciones. El juego regional estaba así construido principalmente alrededor de una política del statu quo que la potencia israelí, apoyada por los Estados Unidos, logró imponer a los largo de decenios desde 1967.

La « congelación » del conflicto palestino se volvió de esta manera como un marcador rutinario del sistema internacional. Esta política del statu quo no fue posible más que gracias a la colaboración entre los estados, ligando especialmente Jordania, y sobre todo Egipto, al Estado hebreo. Es muy probable que esta ecuación pueda ser reconstituida en el futuro.
En fin, el mundo árabe se integraba en el juego internacional a partir de la acción diplomática desarrollada por tres capitales: El Cairo, Damasco y Bagdad, que corresponden por cierto a los tres califatos que hicieron la historia de los imperios árabes. La caída sucesiva del régimen de Bagdad, luego del de El Cairo, y de facto, hoy, del de Damasco, deja el campo abierto a un cuarto agente, Arabia Saudí, que intenta construir una nueva hegemonía regional, segunda en federar y gestionar los movimientos contestatarios.

Esta extraña dialéctica de « Vishnu » y « Shiva » marca un cambio de rumbo no solamente en la historia regional, sino también en los modos de articular el mundo árabe en el conjunto del sistema internacional. Sobre todo porque ninguna de las potencias pertenecen a la cultura árabe. De todas maneras, son las grandes potencias mundiales que están, por este mismo hecho, fragilizadas, habiendo perdido sus relevos regionales, contrariados por Irán y Turquía, o si no incapaces de entrar en diálogo con las sociedades, y sobre todo con los movimientos sociales que están al origen de esta revolución. Esta fragilidad renovada de las grandes potencias mundiales es indiscutiblemente una de las consecuencias mayores de todos estos acontecimientos: las esperanzas, seguramente inocentes, puestas en una capacidad de gestionar los conflictos locales se funden más que nunca.

Pedro: ¿Acaso hemos pasado de la primavera árabe al invierno islamista?
Munir: Después de un año, ¿qué balance hace de la “primavera árabe”?
Asylun: ¿Es que la primavera árabe no equivaldría a la versión soft del Gran Medio-Oriente de Bush?

B.B. : Que estemos entrando en el invierno, esta afirmación es verdadera, y no solamente en términos de calendario.
La primera fase de estos acontecimientos muestra la excepcional dinámica de los movimientos sociales que se desarrollaban por todas partes en el seno del mundo árabe. La segunda fase tocaba la esfera política, empujando regímenes establecidos, conduciendo a reformas aquí y allí, anunciando una readaptación de las viejas “autocracias” más o menos modernas.

Entonces, dos rupturas mayores han intervenido desde finales de marzo. Por un aparte, una internacionalización de un movimiento que durante los tres primeros meses estaba anclado solamente en el espacio árabe; por otra parte, una reactivación de las capacidades represivas que se traducen trágicamente en un balance cada vez más elevado de víctimas. Esta internacionalización ha tenido efectos bastante mitigados y ha, desde un cierto punto de vista, este activismo de las sociedades que tan rápidamente había conducido a tantas transformaciones.

Pero, sobre todo, la reactivación de las capacidades represivas de varios regímenes, sobre todo Siria, pero también Bahrein, revelaba que las caídas de las autocracias no tenían nada de mecánico ni de inevitable, y que una respuesta represiva no estaba necesariamente abogada al fracaso a corto término.

La trampa de la internacionalización ha reconducido poco a poco a los actores internacionales fuera del espacio de estas revoluciones, lo cual, desde un cierto punto de vista, confirma los bloqueos y nos instala por mucho tiempo en la estación de invierno.

Hablar ahora de “invierno islamista” me parece inexacto y hace eco a una interpretación que está de moda y mantiene los miedos en Occidente. Primero, más que nunca, el islamismo se ha revelado gracias a estos acontecimientos como un fenómeno heterogéneo, indefinido en sus proyectos. El éxito que han obtenido los partidos que hacían referencia al islam en el momento de las elecciones que han tenido lugar sobre todo en Marruecos, y también en Túnez y en Egipto, es muy difícil de interpretar a corto tiempo.

De hecho, no es de extrañar que, en un país saliendo de la dictadura donde no existía ningún mercado político, los únicos partidos que puedan sacar beneficio del juego sean los que ejercían en la clandestinidad o en la semi-clandestinidad una oposición al autócrata en el poder. El voto a su favor es más la expresión de un defecto de organización de la oposición que el de una elección programática de los electores. Así se puede comprender que lo que fue en primavera la fuerza de las revoluciones árabes puede, durante el invierno, constituir su debilidad: estas “revoluciones” han sido llevadas a cabo por el juego de movimientos sociales, privados de líder y de programa político.

Cuando no se trata de destruir sino de construir un nuevo orden político, estos movimientos no llegan a realizar sus fines si no es pasando del estadio social al estadio situación político, dotándose de un “transformador” que les asegure una eficacia en el seno del nuevo debate público. Estos “transformadores" no surgen espontáneamente. A corto plazo, el trabajo ha sido realizado por las fuerzas presentes en el lugar: pero nada nos permite decir lo que estas fuerzas, que se reclaman del islam, cuentan hacer. Estamos entrando en una fase de descubrimiento que promete ser larga, y cuyo éxito dependerá también de la manera en que será recibida y gestionada en el mundo.

Romain: ¿Es el Medio-Oriente realmente menos estable después de la Primavera árabe?

B.B.: Se ha epilogado mucho sobre la estabilidad, si no en el Oriente-Medio, sí al menos en ciertos regímenes que los dominaban y que tenían como principal calidad mantener una estabilidad regional mínima. Hoy podemos constatar lo que eran en realidad. No solamente estos regímenes egipcio y tunecino, sino también el sirio, que fueron tan ensalzados en el pasado, se han derrumbado en el caso de los dos primeros en solo algunos días, mientras el último no llega a restablecerse; además, la estabilidad a la que aspiraban producir no era, en el mejor de los casos, nada más que una especie de statu quo con virtudes más que dudosas.

El principal efecto de los regímenes anteriores a 2011 era mantener una situación en Oriente-Medio que congelaba los conflictos; más todavía, los perpetuaba hasta el punto que no podían abrirse a soluciones reales. Frente a esta pretendida estabilidad, a este irrisorio statu quo y a las violencias que derivan, cada vez más fuertes y más inquietantes, los nuevos equilibrios que podrían nacer de la “primavera árabe” no serían capaces de conducir a una mayor precariedad. Se puede hacer la apuesta (es que no era ese uno de los elementos del juego de Obama) que las recomposiciones que van a salir de esta situación van necesariamente a redistribuir las cartas, introducir más flexibilidad y fluidez en el juego político-diplomático; moviendo las líneas pueden definir el cuadro de nuevas soluciones.

Ebene Mark: ¿La primavera árabe es una buena cosa? ¿Es no estamos sobre-evaluando la democracia?

B.B. : Nadie tiene derecho a juzgar los movimientos que tienen lugar en los otros. El que tomó cuerpo en Medio-Oriente tenía dos marcas distintivas que producen su crítica política por lo menos incierta. Por una parte, provenían de lo más profundo de la sociedad, dibujando las claves de una revolución que debemos reconocer que ha sido menos manipulada y teledirigida que todas aquellas que tuvieron lugar en la décadas precedentes. Por otra parte, se han construido a partir de una excepcional reivindicación de dignidad (karama) y de sobreponerse a la humillación que los observadores y actores no pueden más que apuntarlo especialmente para definir el orden que se quiere establecer en el futuro.

Michel Corlay: Soy un soldado americano con base en Japón. ¿La primavera árabe no va a reforzar el papel en la región de países como Qatar, que han contribuido ampliamente, parece ser, a sostener estas rebeliones?

B.B. : Tiene razón en poner de relieve el papel de la diplomacia, y sobre todo, el que ha ocupado Qatar durante las últimas fases de esta “primavera árabe”. Cuando yo apuntaba hace un momento las pretensiones de Arabia Saudí, debía haber asociado el Estado qatarí que, a su escala, tiende a realizar funciones semejantes a su gran vecino wahabita.

Qatar ha sido particularmente activo del lado de Francia y Gran Bretaña en Libia. Está jugando un papel bastante importante sosteniendo partidos de sensibilidad islamista, y particularmente de los Hermanos Musulmanes en cada uno de los países que conocen en este momento comicios electorales. Está en punta, como algunos otros, en el proceso de movilización que se está viendo en Siria, una situación y una evolución realmente trágicas. Podríamos incluso avanzar la hipótesis de una especie de división de tareas entre Riad y Doha: la primera, cercana a los salafistas, y la segunda, cercana a los Hermanos Musulmanes tradicionales.

Pero la perspectiva es muy parecida desde un doble punto de vista: reconstruir un mundo árabe a partir del bastión que constituye la península árabe, con inversión religiosa inevitable, e incluso fundamentalista, realizarla, al menos en un primer tiempo, en buena harmonía con la diplomacia occidental, y también con el fin de contener estas dos potencias que están al acecho, Turquía e Irán.

Semejantes iniciativas tienen inevitablemente un cierto peso en una conyuntura de gran fluidez. Yo dudaría en su capacidad de mantenerse a la larga sin suscitar crispaciones y hostilidades fuertes al interior del mundo árabe, incluso en ciertos principados del Golfo, y sin crear futuros enredos con las potencias mundiales, incluidas las potencias occidentales.

War : ¿Cuáles son los riesgo regionales en caso de degradación irreversible en Siria?

B.B.: Siria ha sido siempre, desde su independencia, un Estado-pivote en la región. Si este país ha sido considerado siempre de manera excepcional, es porque cristaliza en un solo lugar los intereses de sus vecinos rivales (primero Irak, Jordania en un grado inferior, pero también Turquía) así como también los vecinos más lejanos pero directamente interesados por su porvenir (Irán, Arabia Saudí, Egipto). El conjunto de estos países ha construido siempre con Damasco, cualquiera que fuere el régimen, alianzas de una extrema complejidad, tanto hiper-conflictivos o pragmáticamente amistosos, que han dado a Damasco una capacidad diplomática fuera de serie.

Añadamos a todo esto, los dos conflictos muy próximos que Siria ha apoyado una parte de la solución o de la no-solución: el conflicto libanés y el conflicto israelo-palestino. Sobre este asunto tan rico, la diplomacia siria ha conseguido dotarse de una capacidad fuera de lo común que le ha capacitado desde los comienzos de los años 1960 un relevo fundamental para Moscú en la región: esta práctica incluso le ha permitido sobrellevar la caída de la Unión soviética para así volver a encontrarse en el juego diplomático de la actual Rusia.

Todo esto nos permite comprender que la cuestión siria es, más que cualquier otra, una cuestión internacional y que el juego complejo de las minorías que se cristalizan allí (minorías cristiana, kurda, alauita…) constituye una baza suplementaria para todos los que buscan internacionalizar el más pequeño acontecimiento que se produce en Siria.

Iman: ¿Qué porvenir para la Liga árabe, esta asociación de “veteranos” que no encuentra ninguna legitimación entre los pueblos?

B.B.: En un momento dado, podíamos haber creído que la Liga Árabe hubiera podido tomar en mano todos estos acontecimientos. Hay que reconocer, que la cohesión que demostró, especialmente en el momento de la revolución libia, merecía ser señalada. Una organización que se distinguía hasta ahora por sus divisiones, con la insurrección libia, supo hacer frente con consenso para desechar los caprichos represivos y sanguinarios del régimen de Gaddafi. Probablemente estuvo al origen de la idea de establecer una zona de exclusión aérea encima sobre Libia. Así pudo guiar y organizar, a través de la diplomacia libanesa, la reacción del Consejo de seguridad, gracias sobre todo a la adopción de la resolución 1973.

Desgraciadamente para Siria, este consenso no duró. Los excesos de la intervención occidental, y particularmente esa tendencia culpable de la coalición franco-anglo-americana a querer apropiarse para sí la acción militar que emprendieron, condujeron a la Liga árabe primeramente a una actitud de retirada, luego de indecisión, y por fin de división.

Con el episodio sirio, el mal se agravó en cierto modo. Primero, no supieron construir la unanimidad, y la disidencia iraquí, que se negó a condenar a Siria, es desde este punto de vista a señalar. Luego, el vals de sus dudas, sus intentos desesperados para llegar a un compromiso, el fracaso de la misión de los observadores que tan difícilmente se pudo montar, terminaron por reinstalar la liga en el campo de la impotencia y de la fragilidad.

Por encima de todo esto, se plantea el problema de liderazgo, de una parte, ligado en un principio a la salida de su antiguo secretario general Amr Musa, y por otra parte, derivado de la voluntad saudí de controlar el nuevo perímetro árabe una vez alejadas sus rivalidades egipcia y siria.

Nicolas : ¿La primavera árabe se inscribe en el movimiento de descolonización, de emergencia sobre la escena internacional?

B. B. : Sí, desde un cierto punto de vista, y a lo mejor de manera bastante paradoxal. No hay que olvidar que “La primavera Árabe” marca primeramente y antes que nada la entrada del mundo árabe en la mundialización. Esto ha sido posible por el uso de las técnicas modernas de comunicación, por la movilización de nuevas formas de relaciones sociales directamente ligadas al nuevo juego mundial.

Marca la excepcionalidad del mundo árabe, la superación de estos regímenes de autocracia modernizante que creíamos que estaban hechos a medida para gestionar de manera derogatoria la vida política en esta parte del mundo. La paradoja está en que esta entrada en la banalidad de la mundialización le ha obligado en parte a salir de este régimen de excepcionalidad que le hacía tan dependiente de los otros. Productos de la bipolaridad, secuelas del conflicto Este-Oeste, los regímenes árabes han sido durante mucho tiempo los peones de un conflicto mundial donde chocaban las grandes potencias a través de la “pequeñas”.

Todo esto se acabó: la búsqueda de la dignidad hacía parte de la posición en el ajedrez internacional que ya no actúa por un juego de dependencias, ni por los efectos desastrosos del hecho de alinearse automáticamente. Es posible que estemos en presencia de un nuevo comienzo de la historia.


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