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Inicio > Bitácora africana >
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Rodríguez Soto, José Carlos

(Madrid, 1960). Ex-Sacerdote Misionero Comboniano. Es licenciado en Teología (Kampala, Uganda) y en Periodismo (Universidad Complutense).

Ha trabajado en Uganda de 1984 a 1987 y desde 1991, todos estos 17 años, los ha pasado en Acholiland (norte de Uganda), siempre en tiempo de guerra. Ha participado activamente en conversaciones de mediación con las guerrillas del norte de Uganda y en comisiones de Justicia y Paz. Actualmente trabaja para caritas

Entre sus cargos periodísticos columnista de la publicación semanal Ugandan Observer , director de la revista Leadership, trabajó en la ONGD Red Deporte y Cooperación

Actualmente escribe en el blog "En clave de África" y trabaja para Nciones Unidas en la República Centroafricana

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Ser mujer dinka: ni voz, ni voto, ni estudios, por José carlos Rodríguez Soto

8 de abril de 2009.

Rebecca tiene 22 años. Acaba de terminar el último curso de bachillerato en la escuela de Mapourdit, toda una proeza si se tiene en cuenta que es la primera chica que concluye sus estudios secundarios en esta localidad del sur de Sudán, en el corazón de la región de Bar El Ghazal.

La acompaña su madre, quien junto con el padre de Rebecca han tenido el valor de romper un tabú cultural que hace mucho daño a las niñas al negarlas el acceso a la educación. A Rebecca le gustaría continuar sus estudios para acceder a la Universidad, pero su familia no tiene dinero para ello.

La escuela secundaria de Mapourdit, fundada en 1993 por el misionero comboniano Michael Burton y actualmente dirigida por la religiosa australiana Mary Batchelor ( de la congregación de Nuestra Señora del Sagrado Corazón) cuenta hoy con 200 alumnos, de los que sólo cuatro son chicas.

Cuando la visito, me siento a charlar con algunos de los jóvenes que frecuentan sus aulas y tres de ellos me dicen que el problema tiene que ver con las tradiciones de los dinka, un pueblo de pastores seminómadas que habitan esta región donde el intenso calor y la sequedad del terreno hacen prácticamente imposible cualquier cultivo. Generalmente, cuando la chica tiene 13 ó 14 años su padre decide con quién se va a casar y obtiene a cambio una generosa dote que suele rondar entre las 50 y las 100 cabezas de ganado. En este contexto, el enviar a las muchachas a realizar estudios suele ser visto como una pérdida de tiempo, ya que significaría perder la oportunidad de recibir un buen número de vacas con que aumentar el patrimonio familiar. David Majok, un altísimo estudiante de 22 años que camina cada día dos horas desde su poblado a la escuela, me dice que él no está de acuerdo y que habría que intentar cambiar la mentalidad de los padres, y que cuando él se case le gustaría que su mujer fuera una chica con estudios y que él enviará a sus hijas a la escuela. Algo parecido me dijo dos días antes Gabriel Malyeng, director de la escuela secundaria de Rumbek, un imponente edificio construido por los administradores coloniales británicos en 1948 que en años recientes ha sido cuartel militar del SPLA y donde aún se encuentran restos de tanques destruidos.

En su escuela hay 1.200 alumnos, de los cuales sólo 20 son chicas. "Comprenderá usted que no podemos ir por los poblados y llevarnos las chicas a la fuerza", me aseguró. "Hace falta mucha labor de sensibilización para que cambie la mentalidad, aunque el gobierno debería también promulgar nuevas leyes para prohibir los matrimonios de chicas menores de edad", concluye este director. En su escuela sólo dos alumnas realizaron el examen final de Secundaria el año pasado. Para hacer frente a esta discriminación, hace dos años las hermanas irlandesas de Nuestra Señora de Loreto llegaron a la diócesis de Rumbek, donde acaban de fundar la primera escuela internado para chicas de toda la región de los dinka. El curso pasado tuvieron 30 alumnas, de las cuales siete se marcharon a mitad de año, respondiendo así a la presión familiar que las urgía a casarse.

Las dos religiosas que trabajan en esta nueva escuela compaginan sus tareas docentes con el seguimiento de la construcción de edificios nuevos para albergar aulas y dormitorios, una difícil tarea en una región donde a los albañiles hay que traerlos de países extranjeros como Kenia o Uganda y donde un saco de cemento cuesta alrededor de 20 dólares. Las chicas que estudian en su escuela pagan una décima parte del coste total de las tasas escolares.

Las consecuencias de esta discriminación de la mujer dinka en el seno de su propia sociedad tradicional se ven en la escasísima presencia femenina en cualquier campo profesional. En el mismo Mapourdit, empezará a funcionar en mayo de este año una escuela de enfermeras, en el recinto del hospital regido por los misioneros combonianos. Todos sus alumnos ya registrados son hombres. Y entre los 40 profesores de la escuela secundaria de Rumbek sólo hay una mujer. A menudo sucede que sólo las chicas sudanesas que han vivido en campos de refugiados en Uganda o Kenia, países donde hay una gran presencia de mujeres en las aulas universitarias, han podido realizar estudios y sacarse un título. Pero muchas de ellas temen volver a su sociedad tradicional y prefieren quedarse en Uganda o Kenia, donde saben que al menos tendrán más oportunidades.



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