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Inicio > Bitácora africana >
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Ordoñez Ferrer, Carlos

Carlos Ordoñez Ferrer como él dice "Antes fui realizador de televisión. Ahora soy activista, viajero y escribidor. Es mejor para la salud" .

Colaborador de MUGA El Centro de Estudios y Documentación sobre Inmigración, Racismo y Xenofobia, MUGAK, impulsado desde SOS Arrazakeria, Organización que viene desarrollando su labor desde 1995.

Carlos Ordoñez Ferrer ha pasado nueve meses en Mozambique tiempo en el que ha escrito su blog Mozambiqueando que a partir de ahora podremos encontrar en nuestra página web

De vuelta a España realizó el Master "Información Internacional y países del Sur" de la Universidad Complutense de Madrid

Ver más artículos del autor


Revolución cerrada por reformas , por Carlos Ordoñez Ferrer

18 de junio de 2010.

Quedaban apenas unos días en Mozambique y quería perderme en el centro de Maputo ese jueves normal de caos urbano. En la zona de la capital que se llama la Baixa no caminan muchos blancos. Cuando yo veo alguno me llama la atención y lo miro.

Le compré a un vendedor callejero el "Savana", el semanario más interesante del país. Traía en su interior un monográfico sobre la pobreza urbana. Pero es que además, con el "Savana" en la mano dejarían de hablarme en inglés. Como aquella vez…

Hello my friend!

- Pero ¿porqué me habla en ingles?

- Don´t you remember me? The other day…

- No

- Yes, you are my friend

- Mire amigo, no le voy a comprar nada

- Eh…

- Que no. No tengo dinero

- Pero solo… ¿no le gusta apreciar el arte?

- Que sí, pero que no tengo dinero, no le voy a comprar nada. Usted pierde el tiempo conmigo amigo.

- No es para comprar, solo para apreciar

- Tengo prisa

- ¿Sabe cual es mi nombre?
- No

- Yo soy Artista Arturo

- Mucho gusto, yo soy Artista Karlos

- ¿Le gustan los batiks?

- Si, muy lindos

- Mire amigo, le hago buen precio

- Que no. Que no tengo dinero

- ¿Pero a usted le gusta el arte?

- Que si, pero tengo prisa y no tengo dinero. ¿Prefiere que se lo diga en inglés? I have not Money.

El artista miró como movía mi mano. Yo llevaba una bolsa de plástica negra.

- ¿Y eso?

- ¡Coño! (eso lo dije es español), eso son unas pilas que he comprado. Mire Arturo mire..

- Uh! Qué bueno. Unas pilas para poner en la radio y escuchar música, ja ja ¿Me da una?

Ese fue el momento en el que los dos nos reímos y nos dimos la mano. Salía airoso una vez más

- Bueno, by, by my friend. Mire, ahí viene un turista. Ese es sudafricano, y tiene cara de tener dinero.

- Gracias amigo, Karlos. Recuerde, Artista Arturo, siempre estoy en esta esquina, eh?

- Ok, que tenga un buen día.

Al llegar a casa diez minutos más tarde me llevé la mano a la cabeza cuando después de contarle a Edna mi “encuentro cultural” me preguntó dónde estaban los plátanos que había ido a comprar...

En una de las páginas del "Savana" venía publicidad de “Ahojeeahoje”, un encuentro cultural y solidario que arrancaba esa noche en el Teatro Avenida. Ahí me acerqué, pero había tal actividad con los preparativos que nadie tenía cara de responder a preguntas. No era cuestión de molestar, así que cambié de idea. Seguí caminando entre una multitud humana que ofrecía pañuelos, zapatos, enchufes, sujetadores, sandalias con las banderas de Brasil o de Mozambique, calzoncillos, fruta, gafas de sol, películas piratas, relojes, maletas, etc. Niños por todas partes, mujeres vendiendo sus productos en el suelo, sillas de ruedas, saludos acompañados de carcajadas. “Vou a fazer bom prezio”.

“Academia de Audiovisuales”. Se anunciaba una exposición. Decidí entrar. Un cómic ahí expuesto alertaba del tráfico de personas. Recordé aquel camión que la policía encontró con cuarenta niños dentro hace unos meses. Nunca se supo nada más de aquello.

Pregunté a uno de los guardas dónde quedaba el Museo de la Revolución. Era una de las visitas pendientes. Puso cara de duda, entrecerró los ojos y de pronto una luz se encendió “Camine por esta estrada hasta la Karl Marx. Ahí vire a la derecha y siga hasta la Avenida 24 y siga, pase Guerra Popular y creo que la siguiente es”. No tenía prisa y caminaba despacio. Unos pasos más adelante vi a un policía que venía de frente con su kalasnikov. El tipo me miraba con los ojos un tanto enrrocejidos y el rostro ligeramente torcido. Una mujer policía se mantenía a unos seis o siete metros de él. Se detuvo y esperó que mis pasos llegaran a su altura.

- Su pasaporte, por favor

No me sorprendió. Aquí la policía tiene por costumbre pedir la documentación a los blancos que están fuera de “su reserva”; fuera de las áreas frecuentadas por blancos. No se trata de ningún acto represivo. Simplemente si tuvieran la suerte de encontrarse con un recién llegado que se había olvidado el pasaporte en el hotel, primero pondría cara de perro y después le haría ver que había tenido suerte, porque con una mordida de mil meticais se resolvían “las complicaciones”, el turista tendría una “batalla” para contar y el poli completaría su salario ese mes.

Lo que sí me sorprendió fue la borrachera que el colega traía encima para ser las dos de la tarde

- No tengo el pasaporte, tengo el DIRE (Documento de Identidad de Residente Extranjero) –le dije y se lo di.

Su pareja policía llegó a nuestra altura y sin detenerse siguió caminando hasta la esquina de la calle. Miró el documento. Cuando se dio cuenta de que en la tapa del cuadernillo no veía nada porque el escudo del país se había desgastado habían pasado un par de minutos y varios movimientos de mecedora. Finalmente lo abrió. Miró la foto e intentó mirarme a mí, pero no le enfocaba bien su retina etílica. Siguió pasando hojas. No tenía por donde agarrarme. Finalmente me dijo. “Esto le caduca en diciembre, ¿eh?”

Le di las gracias por el aviso y al recoger mi DIRE le pregunté (más para ponerle a prueba que para escuchar la respuesta) “Disculpe, ¿usted sabe donde queda el Museo de la Revolución?"

Pregunta de examen. El señor funcionario del estado con su kalasnikov al hombro no tenía ni idea. Lo dejé con su duda revolucionaria y su certeza alcóholica. Y seguí caminando por la 24.

Llegué a una plaza donde una bandera alemana marcaba el punto de asamblea del grupo de los trabajadores mozambicanos que estuvieron en la RDA antes de la caída del muro. Desde el año 1990, desde regresaron de Alemania están pendientes de un cobro que la RDA transfirió al estado de Mozambique en calidad de sueldo y que estos trabajadores, al parecer nunca han recibido. Desde entonces, desde hace dieciocho años, todos los miércoles se manifiestan por las calles de la capital. “Antes nos reprimían –me dice uno de los portavoces del grupo-. Nos dispararon bala. Tenemos muertos. Hace tiempo que ya nos dejan marcar tranquilos”. Ahora es una manifestación musical, con banderas alemanas y con la misma exigencia desde hace 18 años. Al final fueron ellos los que me indicaron donde quedaba exactamente el museo. “Está allí, mire”.

Había un enorme templo de una secta cristiana. El edificio estaba reluciente. Unas letras grandes y doradas anunciaba “Jesús Cristo é o Senhor”. Me giré a los “alemanes” y volví a insistir “El Museo, ¿dónde?”. “Allí”, me volvieron a decir. Junto al templo, todo humilde estaba el famoso Museo de la Revolución, desvencijado y tapiado con un letrero que indicaba que estaba cerrado por reformas.



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