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Inicio > Bitácora africana >
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Rodríguez Soto, José Carlos

(Madrid, 1960). Ex-Sacerdote Misionero Comboniano. Es licenciado en Teología (Kampala, Uganda) y en Periodismo (Universidad Complutense).

Ha trabajado en Uganda de 1984 a 1987 y desde 1991, todos estos 17 años, los ha pasado en Acholiland (norte de Uganda), siempre en tiempo de guerra. Ha participado activamente en conversaciones de mediación con las guerrillas del norte de Uganda y en comisiones de Justicia y Paz. Actualmente trabaja para caritas

Entre sus cargos periodísticos columnista de la publicación semanal Ugandan Observer , director de la revista Leadership, trabajó en la ONGD Red Deporte y Cooperación

Actualmente escribe en el blog "En clave de África" y trabaja para Nciones Unidas en la República Centroafricana

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Respetar otras culturas. Más fácil decirlo que ponerlo en práctica , por José carlos Rodríguez Soto

20 de julio de 2009.

Me ocurrió hace tal vez 17 años en Uganda. Me visitaban tres grandes amigos y un día hicimos planes de visitar las fuentes del Nilo en Jinja, a 70 kilómetros de Kampala. Todo estaba perfectamente programado: la hora de salida, los lugares que queríamos ver y un idílico almuerzo en un precioso hotel a orillas del lago Victoria. Un viaje por África durante varios días da para hablar de muchos y variados temas, y aquel día, nada más montarnos en el coche, mis visitantes sacaron a colación sus puntos de vista sobre cómo –según ellos– los misioneros habíamos tenido poco respeto por las culturas africanas y les habíamos impuesto nuestros patrones europeos. Según enfilábamos la carretera hacia el este, ahondaban en el tema insistiendo en que a los africanos había que permitirles que se expresaran e hicieran las cosas de acuerdo con sus modelos culturales.

Con algo de conciencia culpable por la parte que tal vez me correspondía, les interrumpí brevemente para informarles de que teníamos que desviarnos unos tres kilómetros para ir a ver a unas monjas ugandesas donde mi hermana iba a trabajar como voluntaria durante algunos meses. Aclaré que sólo sería un momento, lo justo para informarlas de las fechas en que mi hermana vendría. Así que tomamos una carretera secundaria de tierra y nos adentramos por una zona boscosa jalonada a ambos lados por cabañas de barro y paja. A los pocos minutos aparcamos a la entrada del convento y dos monjas nos hicieron pasar amablemente a la sala de visitas.

"Buenos días, hermanas, me llamo Carlos, soy el hermano de Carmen Rodríguez y vengo a decirles que ella llegará aquí el día..." Casi inmediatamente me asaltó un complejo de culpabilidad. Acababa de saltarme una de las buenas formas imprescindibles en África, donde no se puede ir tan directamente al grano y antes hay que pasar un buen rato intercambiando saludos y hablando de temas ligeros que no tengan mucho que ver con lo que queremos abordar. Desaceleré mi forma de hablar y procuré disimular mi prisa mientras una de las monjas salió para prepararnos unas tazas de té. Con el rabillo del ojo me di cuenta de que mis acompañantes tenían más prisa que yo y que sin duda deseaban despachar aquella visita con la mayor rapidez posible.
Pasaron unos 20 minutos antes de que la hermana volviera a aparecer con una bandeja con humeantes tazas de té que depositó enfrente de nosotros con gran parsimonia. Aquello estaba hirviendo y no había manera de ingerirlo en un minuto. Cuando finalmente conseguimos dar cuenta de las bebidas, y antes de que mis amigos hicieran ademán de alzarse, una de nuestras anfitrionas nos entregó sonriente el libro de visitas para que estampáramos nuestra firma y escribiéramos nuestros comentarios.

Después de firmar apresuradamente y cuando ya teníamos el "bueno, nos vamos ya" a punto de salir de la boca, una de las monjitas nos anunció su propósito de llamar a la madre superiora para que la saludáramos antes de seguir con nuestro viaje. Con sentimiento de frustración, volvimos a depositar nuestra zona pélvica ya alzada en los sillones y nos pusimos a esperar. La madre superiora estaba reunida y aún tardó media hora en llegar. Tras los saludos de rigor, se sentó y nos relató sin prisas la historia de su convento, sus apostolados y sus futuros planes. Me sentía incómodo al ver de reojo la cara de impaciencia de mis amigos, expresión que se agravó hasta el infinito cuando la superiora nos pidió que la acompañáramos al cementerio para ir a rezar una oración en la tumba de su madre fundadora. Allí nos dirigimos y pasamos un buen rato bajo el sol, ya que a las oraciones le siguió una especie de catequesis sobre la vida heroica y las virtudes de aquella mujer fallecida en olor de santidad. Yo ya no sabía para dónde mirar, y preocupado por mis amigos la interrumpí de la manera más suave de la que fui capaz para desearle una pronta beatificación de la sierva de Dios mientras hice ademán de tomar el camino de salida hacia el coche.

Las despedidas fueron también pródigas en frases interminables. Cuando finalmente conseguimos meternos dentro del vehículo y mientras agitábamos nuestras manos para decir adiós, nos dimos cuenta de que habíamos pasado allí dos horas. Era casi la hora de almorzar y aún nos quedaba un buen trecho para llegar a Jinja, donde sin duda tendríamos que reajustar nuestro plan, ya que con las horas que nos quedaban no conseguiríamos ir a ver todos los sitios que habíamos programado.

Esta vez mis amigos no estaban tan dicharacheros como al iniciar nuestra excursión. Sin poder reprimirme más, me reí con todas mis fuerzas mientras miraba sus caras largas. Creo que dije algo parecido a esto:

"Hay que joderse con vuestra conferencia sobre el respeto a la cultura africana y cómo los europeos no tenemos que imponerles nada. Creo que hoy todos hemos aprendido que hay varias cosas que para los africanos son muy importantes: acoger a los visitantes, hablar sin prisas, respetar a la autoridad y venerar a los muertos. Así que a ver si nos aplicamos el cuento".

Aquel día vimos poco del Nilo y se fastidió nuestro idílico almuerzo. Pero creo que todos aprendimos mucho.



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