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Mikel Larburu

Mikel Larburu es un Misionero de África (Padres Blancos) nacido en Zumaya (Guipuzcoa). Ha estado trabajando por la sociedad argelina durante más de cuarenta años, especialmente con la formación profesional de la juventud del Sahara. Actualmente trabaja en un proyecto de Europa - Islam en Bruselas y es el coordinador de la sección "AfrIslam" del Portal del Conocimiento sobre África de la Fundación Sur.

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Puntos de vista diferentes sobre la libertad de expresión en Túnez
8 de abril de 2012

06/04 2012

por Amna Guellali*.

Texto publicado en inglés en la Casa Árabe. Madrid.

La libertad de expresión se ha convertido en campo de batalla en la post-revolución tunecina. La batalla se encuentra en pleno apogeo en la Asamblea constituyente a próposito del borrador que ha elaborado el partido islamista Ennahdha, que incluye un artículo que dice así: “La libertad de pensamiento, de expresión y de prensa y está garantizada siempre que tenga en cuenta el carácter sagrdo de los pueblos y de las religiones”.

Este debate tiene implicaciones para todos los países que experimentan la “Primavera árabe”. Pero han tenido eco también en las capitales occidentales. Entre tanto en Túnez, la bandera de la libertad de expresión se saca cuando conviene políticamente y se deja de lado cuando no lo es.
La visita en febrero del clérigo egipcio Wadji Ghounim, notorio por su “fatwa” defendiendo la práctica de la mutilación genital feminina, abrió aún más la distancia entre los secularistas y los islamistas. Invitado por tres ONG tunecinas, Ghounim estuvo predicando en diferentes lugares del país, y comparó a los defensores de la laicidad como enemigos del Islam. En las antenas de Radio Mosaique FM, dijo que la mutilación femenina, aunque no era obligatoria, es una práctica apoyada por gente letrada y es comparable a una “operación cosmética”. Dijo también que toda persona que no vive según la ley de Dios “es un apóstata”.

Varias ONG dijeron a las autoridades que no deberían tolerar discursos que incitan al odio contra los laicistas o los que luchan contra esta práctica, que ni siquiera es conocida en Túnez.

La respuesta del gobierno de coalición, una alianza entre el imperante partido islamista Ennahdha y dos partidos laicos, fue divergente. Reflejaba el amplio espectro de las diferentes opiniones que existen en Túnez al respecto. Los ministros de Salud y de la Mujer pusieron en guardia contra los peligros de la mutilación femenina y pidieron informar en cualquier caso. El Presidente ad interim de la televisión tunecina comentó que “Ghounim “no es una persona normal”, así como son unos “malos microbios” los que le invitaron a venir al país. Aunque más tarde pidió perdón por los términos empleados. El presidente de la Asamblea constituyente, Mustapha Ben Jaafar, declaró igualmente que “la visita de Wajdi Ghounim a Túnez había sido un error”.

Otros, en cambio, como el ministro de Asuntos Exteriores, Rafiq Abdesslam, dijo que mientras los discursos de los clérigos no constituyan una provocación al odio, las autoridades tunecinas no podían interrumpir su gira o impedir su entrada en el país. El partido Ennahdha delaró que el discurso de Ghounim estaba protegido por la libertad de expresión.
La Carta de los derechos humanos protege la libre expresión. Da a los estados la posibilidad legal de restringirla, “con tal que esas restricciones estén definidas con rigor y sean necesarias en una sociedad democrática, por razones de salud pública o moral, o bien para proteger la libertad de terceros". Así también, la Carta Internacional sobre derechos civiles y políticos pide a los estados que prohiban toda “incitación al odio nacional, racial o religioso, que conduzca a la discriminación, la hostilidad o la violencia”. Evidentemente el discurso de Ghounim no atravesó esta linea.

La ley internacional distingue claramente entre el discurso que incita claramente al odio, −cosa que está prohibida− y el discurso que puede molestar e incluso ofender a los miembros de otras comunidades religiosas o grupos sociales, que sin embargo, hay que permitir.
Sería tranquilizador saber las razones por las que los ministros del gobierno de Ennahdha y el partido permitieron a Ghounim el derecho de expresar sus controvertidos puntos de vista. Sin embargo, el gobierno ha mostrado una tendencia contraria al hacer uso del arsenal de medidas del antiguo régimen para condenar a periodistas y responsables de los medios de comunicación, cuya libertad de expresión se juzga como ofensiva para la moralidad pública. Son casos que van más lejos que las limitaciones aceptadas por la ley internacional.

Los jueces han condenado al director de la cadena de TV por haber difundido la película Persépolis, por una imagen que describe la conversación de una chica con Dios, cosa prohibida por algunas tendencias del Islam.

Recientemente, dos semanales franceses han sido retirados de las tiendas. Uno de ellos porque contenía una representación de Mahoma, el otro porque en el Editorial se decía: “Preguntas y respuestas sobre la existencia de Dios”.

Los funcionarios que invocan la libertad de expresión, permitiendo a un clérigo la mutilación genital feminina y denominan “apóstatas” a un porcentaje significativo de musulmanes, que se consideran laicistas, tendrían que defender de la misma manera el discurso que puede ofender la sensibilidad de sus compatriotas social o religiosamente conservadores.

En las tres primeras elecciones que han tenido lugar desde la independencia, los tunecinos mostraron entre otras cosas, su pluralismo político. El reto para la Asamblea constituyente es elaborar un borrador que proteja la diversidad de opiniones de todos los ciudadanos.
Túnez ha liderado las Primaveras Árabes. Los países que están atravesando el mismo proceso lo contemplan. Determinar los límites permisibles de la libertad de expresión en una sociedad democrática, aunque ésta sea ofensiva, es un tema de crucial importancia para los demás países.

*Amna Guellali is the Tunisia and Algeria researcher at Human Rights Watch.


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