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Bajo Erro, Carlos

Encargado de comunicación en la asociación Wiriko. Artes y culturas africanas en Wiriko. Artes y culturas africanas

Encargado de la sección Letras Africanas en el portal www.wiriko.org en Wiriko. Artes y culturas africanas

Responsable de comunicación 2.0. en CEA (Centre d’Estudis Africans i Interculturals)

Editor de la edición digital de la revista Nova África en Centre d’Estudis Africans i Interculturals (Barcelona)

Colaborador con Africaye

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Protesta, activismo digital y cambio político en África subsahariana, por Carlos Bajo Erro

4 de febrero de 2021.

Creo que los activistas africanos están redefiniendo su democracia al poner la protesta en el centro, en lo que yo denomino “democracia de protesta”. Es una de las ideas que el politólogo Zachariah Mampilly formula en una breve charla de TED en la que trata de condensar y divulgar sus investigaciones sobre las protestas contemporáneas en África, una charla en la que acaba sentenciando: “La democracia es un proceso creativo y la protesta siempre ha sido el medio para expandir nuestra imaginación política más allá de lo que nos dicen que es posible”. Mampilly es uno de los pocos investigadores (aunque no el único) de prestigio internacional que han puesto el foco en los procesos de contestación social que se han desencadenado en los últimos tres lustros en el África que se extiende al sur del desierto del Sahara. El objetivo de nuestro artículo, Protest, Internet Activism, and Sociopolitical Change in Sub-Saharan Africa, publicado en American Behavioral Scientist, se sitúa en esa misma dirección, cubrir un evidente vacío de la investigación sobre las dinámicas de cambio social y político y ayudar a sentar las bases de un estudio más detallado, más en profundidad y más diversificado del que puede suponer el fenómeno de transformación social más importante de las últimas décadas en el continente africano.

Una abundante literatura científica se ha acercado a las protestas que en las dos primeras décadas del milenio han sacudido medio mundo. Han visto elementos en común entre la ola Occupy, el 15M español, las primaveras árabes, la revolución de los paraguas de Hong Kong, el #Yosoy132 mexicano o las protestas en Brasil en 2013. Incluso numerosos autores han intentado acuñar un nombre único para este fenómeno global, “Revoluciones 2.0” (Cocco en Rocha et al. 2013), “Wikirevoluciones” (numerosos autores), “protestas interconectadas” (Mason, 2013) o “Movimientos sociales en red” (Castells, 2015). Sin embargo, la mayor parte de estas prospecciones tienen un elemento en común: han obviado los procesos de protesta que también se han producido en estos tiempos en África subsahariana.

Y’en a Marre, Balai Citoyen, Lucha y Filimbi: cuatro movimientos ciudadanos para entender el cambio sociopolítico en África

En “Protest, Internet Activism, and Sociopolitical Change in Sub-Saharan Africa” se ha intentado hacer una aproximación a este fenómeno que en el continente africano cuenta con algunas particularidades. Para trazar la silueta de estos movimientos, la investigación se ha centrado en tres escenarios que representan de una manera especialmente modélica la ola de contestación que está recorriendo el continente desde hace más de una década: Senegal, a través de la experiencia de Y’en a Marre; Burkina Faso, mediante el ejemplo de Balai Citoyen; y la República Democrática del Congo, con el tándem que han formado Lucha y Filimbi. La radiografía se ha completado con un apunte sobre el papel de las comunidades de ciberactivistas, poniendo el acento en la red panafricana de activistas digitales, Africtivistes.

La descripción del nacimiento y la evolución de los cuatro mencionados movimientos ciudadanos, las motivaciones de sus impulsores y de sus militantes, el análisis de la realidad que sostiene sus reivindicaciones y los planteamientos que sustentan sus objetivos, permiten establecer los elementos en común de este fenómeno en los diferentes escenarios. La lupa puesta sobre esta diversidad de experiencias permite matizar las particularidades de cada uno de los movimientos que han respondido, sobre todo, a dinámicas locales. Llaman la atención los episodios que han marcado el perfil público de estos movimientos y su proceso de construcción de su prestigio.

En Senegal, Y’en a Marre se convirtió en 2011 en la vanguardia de la sociedad civil en la resistencia a los manejos de Abdoulaye Wade para retorcer las reglas democráticas, aferrarse al poder y configurar la que habría sido la primera dinastía republicana en el país. Los yenamaristas marcaron el camino, se sacudieron los corsés de la sociedad civil convencional con una nueva forma de organización y de movilización mucho más horizontal y mucho más participativa. Revolucionaron las herramientas de sensibilización y de toma de conciencia, poniendo a los raperos, su prestigio y su capacidad de convocatoria al servicio de la contestación. Y sacudieron los cimientos de la transformación lanzando reivindicaciones que iban más allá del espacio convencional, reclamando un cambio del sistema desde la base, desde el mismo concepto de ciudadanía y de la conciencia de los y las ciudadanas.

En Burkina Faso, Balai Citoyen recogió el testigo y volvió a colocar a la sociedad burkinesa a la vanguardia de la revolución social, recuperando con coherencia el legado de la figura de Sankara. En un contexto de menos respeto de los derechos y libertades, los militantes del movimiento ciudadano se convirtieron en la punta de lanza de la contestación al régimen de Blaise Compaoré que intentaba buscar subterfugios para mantener el poder sin alimentar una imagen internacional de dictador. Los pioneros de Sankara se habían convertido en ciudadanos y en 2014 defendieron en las calles de las principales ciudades del país unos derechos democráticos, que de hecho sólo se les respetaban sobre el papel. Con la escoba en mano para barrer los vicios del mal gobierno, estuvieron en la primera línea del levantamiento popular que reconquistó la democracia para Burkina Faso 27 años después del asesinato del capitán revolucionario. Cuando en 2015, Balai Citoyen lanzó la llamada a la movilización para hacer frente al golpe militar que pretendía frustrar la transición a la democracia, el movimiento acabó convirtiéndose en un referente para amplios sectores de las juventudes africanas. “Nuestro número es nuestra fuerza”, era el lema que esgrimían los militantes cuando ocupaban las calles y las plazas frente a la amenaza militar que terminó por desistir.

En el particular contexto de la República Democrática del Congo, Lucha ha marcado un hito sin precedentes. En un escenario marcado por el recurso a la violencia para defender posiciones políticas y para mostrar la disidencia ante las autoridades, Lucha ha impuesto un cambio de métodos. Su apuesta por la acción directa no violenta en su reclamación de democracia, transparencia y participación popular ha sido el aval de prestigio tanto nacional como internacional. Su programa y sus inquietudes inicialmente sociales, viraron hacia una agenda de influencia en la política institucional cuando, en 2015, su camino se cruzó con el de Filimbi y el régimen de Joseph Kabila intensificó la represión. A más violencia institucional contra los movimientos ciudadanos, los y las militantes respondieron con más coherencia, más compromiso y más sacrificio. Lucha y Filimbi encabezaron las movilizaciones que acabaron empujando a Kabila a convocar unas elecciones que había retrasado durante dos años y en las que, finalmente, no pudo participar. A pesar del cambio de régimen, Lucha y Filimbi han seguido reclamando una renovación del sistema para mejorar la calidad democrática en el país. Esa era la muestra de que su apuesta era por un cambio profundo, no por un cambio de nombres.

¿Hacia una nueva cultura democrática en el continente africano?

La observación de estos escenarios, de las experiencias que se han ido desplegando, en algunos casos, durante casi una década (la que acaba de cumplir Y’en a Marre, por ejemplo), permite identificar algunas de las características comunes de estos movimientos ciudadanos. El primero de ellos, la reivindicación de una verdadera democratización, que supere las deficiencias de los procesos de los años noventa del siglo XX. Una de las particularidades de esta reclamación es la exigencia de que la ciudadanía sea la piedra angular del proceso y por ello la rendición de cuentas aparece como una condición fundamental del nuevo sistema.

Otra dimensión de la contestación es la garantía de mejores perspectivas de futuro. Los movimientos ciudadanos, ampliamente juveniles, al menos en su impulso principal, y herederos de los amplios espacios de informalidad urbana, reclaman futuro, un futuro prometedor que hasta el momento, consideran, se ha visto frustrado por el pillaje y el nepotismo, por la mala gestión de los recursos públicos, por la corrupción y la prioridad de los intereses de gobiernos y corporaciones extranjeras en vez de los de la ciudadanía. No falta recursos sino que están mal aprovechados y las autoridades han sido incapaces de ofrecer los servicios públicos básicos. Esa es una parte de la reflexión.

La emergencia de unos nuevos protagonistas de la vida social y política; la importancia de las clases populares urbanas, que tienden de la mano en un segundo momento los círculos desfavorecidos de los entornos rurales, solidarios en el sufrimiento de la desigualdad y el mal gobierno; la renovación de las herramientas de movilización y reivindicación entre las que destacan la música y la cultura, en general, para componer el lenguaje propio de unos colectivos que no se ven representados en el lenguaje de la política institucional; y el papel del entorno digital en este fenómeno, completan las piezas de este puzle. Esta última especialmente característica porque presenta diversas caras, es al mismo tiempo, una herramienta, uno de los canales de organización que vertebran los nuevos movimientos, pero también un espacio de lucha. Su importancia se refleja entre mucho otros ejemplos, en el hecho de que ha propiciado una dinámica también casi exclusiva de esta ola de protestas: la estrecha relación entre los movimientos más allá de sus fronteras y la formación de una red panafricana que pretende reforzar la capacidad de influencia y de reivindicación de todos ellos, construyendo un espacio de autonomía y de cooperación regional.

La aproximación a los tres escenarios y el análisis del conjunto de los procesos permite comprobar la tesis de Branch y Mampilly de que esta ola de resistencias se inscribe en una tradición de contestación, que sería la tercera ola de protestas de la época contemporánea en el continente. Por otro lado, uno de los elementos más particulares de este proceso frente a los precedentes es el papel clave del entorno digital, que como se ha señalado trasciende la dimensión instrumental y condiciona la forma de organización, movilización y relación. Y por último, en cuanto al resultado de estas movilizaciones, más allá de las conquistas particulares y de la incertidumbre de las consecuencias a largo plazo, lo que sí que se puede afirmar a estas alturas es que estos movimientos han tenido la capacidad de repolitizar amplios colectivos sociales que las deficiencias de los sistemas políticos habían dejado fuera de la vida política, iniciando el camino hacia la conquista de la nueva conciencia ciudadana que renueve los canales de participación.

Original en: Africaye



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