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Países del África Mediterránea: Tradición musulmana y revolución global, Egipto, Libia y Túnez, entrevista a D. Justo Lacunza
11/03/2011 -

El día 10 de marzo Justo Lacunza Balda, ofreció una conferencia en la sede de la Fundación Sur, calle Gaztambide de Madrid, titulada “Países del África Mediterránea: Tradición musulmana y revolución global, Egipto, Libia y Túnez”.

Justo Lacunza, de la sociedad de misioneros de África, Padres Blancos, es diplomado en estudios árabes, por la PISAI, de Roma, en 1977, y licenciado en Estudios Árabes e Islámicos, en la misma institución de Roma en 1978. Perfeccionó la lengua árabe en Túnez, en el Institut Bourguiba des Langues Vivantes, entre 1975 y 1978. Tras los estudios, obtuvo el doctorado en lenguas y culturas africanas, con especialización en el Islam y literatura islámica en lengua suajili, en la School of Oriental and African Studies, de la Universidad de Londres, en 1989.

Ha realizado trabajos de investigación sobre el Islam y las sociedades musulmanas en multitud de países entre los que destacan Libia, Túnez, Marruecos, Argelia, Jordania, Sudán, Egipto, Bélgica, Burundi, Canadá, China, Congo, España, Estados Unidos, Alemania, Francia, Irlanda, Italia, Kenia, Liberia, Malasia, Malí, Noruega, Reino Unido, Singapur, Suecia, Taiwán, Tanzania, Tailandia, Uganda, Venezuela y Zanzíbar.

Es autor de libros y numerosos artículos sobre el Islam en diversas publicaciones y medios de comunicación de diferentes países. Lacunza Balda ha sido distinguido con la Placa de Reconocimiento, por su contribución al Diálogo entre Civilizaciones (Embajadores de Asia ante la Santa Sede, 1999). También ha sido nombrado "Embajador de Paz" por los Ayuntamientos de las ciudades italianas de Eboli (2001), Barletta (2002) y Trani (2003) y Educador Internacional del 2005 por el Instituto de Biografías de Cambridge, Reino Unido.

Fundación Sur: A muchos nos gustaría saber qué pasa en Libia, pero es complicado comprender a los países árabes y más para los europeos, tan manipulados por la información que recibimos.

J. Lacunza: Lo que ha pasado en Libia es relativamente fácil describirlo en dos puntos principales. Primero, la implacable dictadura de Muammar El Gaddafi dura desde septiembre de 1969. Son casi 42 años. La población se ha cansado de sufrir las terribles consecuencias de un régimen cruel que no ha admitido ni admitirá la sublevación civil de sus ciudadanos. Los quiere aborregados, sumisos y obedientes a las órdenes inflexibles del autodenominado luchador y revolucionario. Hemos visto la respuesta inicua del caudillo libio a los manifestantes, a los rebeldes y a la gente que pide pan, trabajo y dignidad: la represión brutal, el bombardeo indiscriminado y el odioso desprecio de un populista transformado en verdugo de la nación. El mandarín libio se ha rodeado de fieles seguidores, de agentes y de informadores que lo protegen en su inexpugnable fortaleza de poder. La Brigada 32, dirigida por su hijo Khamis, que lleva el nombre de Seif El Arab (La Espada de los Árabes), es la encargada de de su seguridad y protección en Bab El Aziza, la sede del comando central en Trípoli. La jaima de cinco estrellas de El Gaddafi se ha transformado en un mito para dar a hacer creer en el apego a sus raíces tribales, su contacto con la tierra y su cercanía a las gentes y a la tradición. Pero ya va siendo hora de que se desmonten los mitos entorno a su figura para bien, sobre todo, del pueblo libio, que conoce muy de cerca las costumbres huidizas y mortíferas del tirano libio.

Segundo, el pueblo libio se ha cansado de la falta de libertades civiles y derechos humanos. En Libia siempre han reinado el miedo, el temor y la sospecha. Ha habido graves violaciones de los derechos humanos desde que El Gaddafi llegó al poder. Las libertades de reunión y asociación han sido siempre restringidas. Por no hablar de la libertad de expresión castigada y perseguida de la peor manera. Los opositores han sido detenidos, han desaparecido o han acabado en la cárcel. Los que han podido huir del país lo han hecho. Libia es un país de grandes recursos naturales, pero la gestión de esa inmensa riqueza ha estado siempre en las manos del dictador, de su familia y de sus incondicionales. La corrupción es la vía normal para obtener contratos, sellar pactos y establecer alianzas en el campo de la economía y en la concesión de proyectos. El país se ha convertido en un “rancho nacional” del clan El Gaddafi. Los ciudadanos están a merced de lo que diga el jefe. Sin chistear ni levantar cabeza. En el 2007 el segundo hijo de El Gaddafi, Seif El Islam (La Espada del Islam), fue indicado como el de facto sucesor del padre. En las últimas semanas ha seguido fielmente la doctrina del padre, ha secundado sus políticas guerreras y ha tratado a la disidencia como si fuera una banda de rabiosos indocumentados. El Gaddafi ha llamado “delincuentes”, “drogadictos”, “perros” y “ratas” a los manifestantes y simpatizantes con la insurrección callejera y las protestas populares. Para ellos lo único que funciona, según la doctrina de El Gaddafi, es el látigo, la bala y la aniquilación total.

Fundación Sur: Le pido una respuesta al estilo del método “For dummies” (para tontos), que intenta explicar básicamente algo complicado a personas no iniciadas en la materia. ¿Con Gadafi hemos topado? ¿Cuál es la diferencia de Libia con respecto a Túnez y Egipto, que hace que esté fracasando la revolución popular?

J. Lacunza: Después de cuatro decenios han sido los mismos ciudadanos libios los que han topado con El Gaddafi y el resto del mundo dice en voz alta lo que se sabía desde hace mucho tiempo. Pero los negocios son los negocios. A la hora de la verdad los derechos humanos, las libertades civiles y la dignidad de las personas quedan en segundo plano, son totalmente olvidados, o no interesa, por motivos económicos, sacarlos a relucir. El detonante ha sido la manifestación de los familiares de los más de 1.200 presos que fueron asesinados en la prisión de Abu Salim, en Trípoli en 1996. Una horrenda tragedia que los familiares nunca olvidaran. Se manifestaron con el abogado defensor Fethi Terbil para reclamar compensación económica y ayuda a los familiares de los prisioneros asesinados. La policía intentó doblegar la manifestación con la fuerza, los tiros y la violencia. Se rompió la olla a “prisión” y comenzaron las manifestaciones contra el régimen de El Gaddafi.

Cada país árabe tiene su historia, mezclada de nacionalismo, identidad e islam. Por eso hay que considerarlos en su contexto histórico, político y geográfico. ¿Diferencias con Túnez y Egipto? Pues las hay bajo muchos puntos de vista. Primero, el sistema político libio está fundado en los llamados “Consejos populares” que aparentemente debaten, deciden y votan. En la práctica, es una táctica bien planificada para mantener el control del país. Los “consejos” fueron introducidos en 1977 con la publicación al mismo tiempo del “Libro Verde”, un compendio de ideas en el que se mezclan el islam, el nacionalismo y el orgullo nacional.

En segundo lugar, la población de Túnez (10 millones) y Egipto (82 millones) está dinamizada por una sociedad civil que ha puesto un gran énfasis en la educación y la formación de los cuadros institucionales. Túnez y Egipto no necesitan una fuerza trabajadora que venga del exterior y tampoco mano de obra cualificada. Son autosuficientes. Sin embargo, Libia no puede funcionar sin la presencia de los emigrantes africanos, asiáticos, americanos y europeos. Son los que hacen de espina dorsal al país por sus competencias, sus profesiones y trabajo. Sabemos que la huída de emigrantes extranjeros de Libia ha dejado al descubierto las entrañas del país. La policía de El Gaddafi secuestró dinero y bienes de los emigrantes que tuvieron que abandonar Libia, diciéndoles: “sin nada vinisteis y sin nada os tenéis que ir”.

Por último, la composición étnica, las tradiciones ancestrales y las costumbres locales son diferentes. A pesar de que el islam sea la religión oficial y la referencia legal en los tres países, cada país tiene sus características particulares. En Egipto la Universidad de Al-Azhar, en Túnez la Universidad Ez-Zeituna y en Libia la organización al-Dawa. Es verdad que El Gaddafi se había convertido en “el defensor del islam” y que ha distribuido a raudales sus fondos para la difusión del islam en el mundo y sobre todo en los países africanos. En la última cumbre de la Liga Árabe, celebrado en Trípoli el 10 de octubre de 2010, El Gaddafi apareció vistiendo una estola sobre la que figuraba el mapa de África. No está fracasando la revolución popular. Lo que sucede es que El Gaddafi posee el armamento, ingentes cantidades de dinero líquido para pagar a los mercenarios, los cazas y los tanques. Todo eso lo ha hecho superior en términos de enfrentamiento bélico con los insurgentes y activistas. La guerra “incivil” conducida por El Gaddafi contra el pueblo está teniendo consecuencias horribles. La oposición no espera otra cosa más que la “intervención humanitaria” de Occidente para parar la sangría, la matanza y la tragedia que se están cumpliendo en la población libia. Con el fuego verde de la ONU, quizás se consiga poner freno a la locura y al frenesí de uno de los peores dictadores que han conocido los pueblos árabes.

Fundación Sur: En la conferencia habló de del islam popular, “que no quiere oír hablar de radicalismos ni dictaduras”, me gustaría que hablase un poco más de él.

J. Lacunza: La gente está harta de escuchar las soflamas, predicas y promesas de los líderes musulmanes que se han empeñado durante años en decir desde sus púlpitos a las masas que Occidente es perverso, está en contra del islam y es el enemigo peligroso de los musulmanes. Acto seguido los predicadores del odio les han dicho a sus feligreses que el islam es la panacea de todos los males y la única áncora de salvación. En la realidad, las nuevas generaciones de jóvenes musulmanes se dan cuenta que ese discurso tiene muchos fallos y muchas fallas. Los jóvenes musulmanes de los países árabes quieren emigrar a Europa, marcharse a América, construir un futuro diferente. Pero lo que buscan es la libertad, la dignidad y los derechos. Se dan cuenta que llevan mucho años con los dictadores y tiranos, que de lo único que se preocupan es de asentarse en el poder absoluto, perpetuar sus influencias y construirse un futuro económico a costa del sudor, el trabajo y el esfuerzo de los ciudadanos.

Las generaciones actuales de los países árabes quieren oportunidades de trabajo, sueñan con los derechos humanos respetados independientemente de la condición social, de las ideas políticas o de la fe religiosa. Las dictaduras y los islamismos no han respondido a los sueños de los jóvenes que en los países árabes aspiran a construirse un futuro, a vivir de su trabajo y talentos, a conducir una vida garantizada por el respeto, la justicia y la dignidad. Los países árabes tienen grandes recursos humanos (68 % de la población tiene menos de 30 años) y enormes recursos energéticos y materiales. Poseen todo lo necesario para edificar sociedades civiles libres, dignas y democráticas. Por eso el efecto dominó continúa en los países árabes y no hay marcha atrás. A pesar de la represión, de los ejércitos y de la policía. A pesar de las detenciones, de la cárcel y del cerrojazo a las protestas. Como está actualmente ocurriendo en todos los países árabes sin excepción, de Marruecos y Mauritania a Arabia Saudí, Bahrein, Siria y los países del Golfo Pérsico. Las dictaduras y los islamismos deberían transformar “el día de la rabia” en “el día de la libertad”. Las jóvenes generaciones no son la escoria y la vergüenza del mundo, sino el futuro y el porvenir de las naciones.

Fundación Sur: Durante la charla en Fundación Sur me llamó la atención, entre otras muchas cosas, la manera de nombrar la dictadura, habló de “la dictadura de –en primer lugar- la policía, -después- del ejército -y por último- del estado”. ¿Cree que la dictadura que oprime al pueblo, contra la que se han revelado, va en ese orden de importancia? ¿Cómo se podría acabar entonces con la dictadura? Una reforma de las fuerzas de seguridad parece apremiante y sin embargo, mucho más difícil que cambiar un gobierno.

J. Lacunza: Las soluciones a los problemas de las dictaduras deben tener una doble vía. En primer lugar, acoger las protestas, las manifestaciones, las revueltas y las revoluciones. La gente tiene necesidad de expresar su desencanto, de decir que le han pisoteado los derechos, que le han dejado sin libertades, que la pobreza y la miseria se han apoderado de sus vidas. Uno se pregunta: ¿Cómo es posible que en países árabes tan ricos haya indigentes, pobres, miserables, gente que lo pasa mal? ¿Dónde está la justicia social, los derechos de la persona, las libertades civiles? Si la gente se queja y pone en peligro su vida será por algo. Porque busca dignidad, trabajo, pan. Pero sobre todo dignidad que es el sello impreso en cada persona humano. El pisoteo de tu dignidad es lo que más te duele. Las fuerzas de seguridad, la policía y el ejército, deben estar al servicio del pueblo, no al servicio de los dictadores, de los tiranos y de los líderes. Para proteger sus intereses, sus proyectos y sus planes. En segundo lugar, hay que poner las cosas en orden. Es fundamental pasar del concepto de súbdito al concepto de ciudadano. Entonces el ciudadano es sujeto de derechos y deberes, de libertades y responsabilidades, de justicia, respeto y libertad. Por eso las instituciones, como el ejército, la policía y las instituciones, están para proteger a los ciudadanos, que no son borregos, números del censo nacional o elementos de estadística. Los ciudadanos deben estar al centro de las sociedades en las naciones árabes y es entonces cuando las dictaduras no tienen razón de ser. En los países árabes hay una auténtica sangría porque millones quieren emigran y marcharse a otra parte. ¿Por qué no analizamos ese deseo de marcharse? Hay muchas razones, pero entre otras, como son el pan y el trabajo, están la libertad, la dignidad y los derechos. Occidente tendrá muchos defectos, fisuras y fallos. Pero, el ciudadano tiene derechos ante la justicia, libertades ante la sociedad y el Estado. Es siempre difícil reformar las fuerzas de seguridad porque se les ha acostumbrado a mantener las dictaduras y no los derechos de los ciudadanos. Y el Estado sin los ciudadanos no tiene sentido, o no lo debería tener, en ningún país del mundo.

Fundación Sur: Por último no hubo tiempo para que profundizase un poco más sobre la dirección que va a tomar, según usted, ese sentimiento de rabia de los libios contra Europa y Occidente. Nuestros gobiernos apoyaron a Gadafi, y otros muchos como él, durante décadas, y ahora prometiendo ayuda al pueblo, que tarda en llegar. ¿Cómo cree que se sentirán los libios de a pié en estos vertiginosos momentos?

J. Lacunza: No estamos ante Irak o Afganistán. Las circunstancias han cambiado y ha cambiado la historia en los países árabes. Occidente ya no viene concebido por los libios, que aspiran a los derechos y libertades, como el intruso, el colonizador, el aprovechador, el amo del mundo, el invasor. Ven a los países de Occidente como aquellos que les van a ayudar para sacudir las garras malignas del tirano, escapar de la persecución letal del dictador y llegar a puerto seguro. Donde es posible vivir en libertad, en justicia, en dignidad. Y luego, Europa, el “balcón norte” del Mediterráneo no puede seguir en la indiferencia política ante la tragedia que se está consumiendo en el “balcón sur”. No se puede decir por un lado que El Gaddafi está en el lado contrario de la historia, que los derechos humanos son inalienables, que los días del dictador se han acabado, que no se puede tolerar tanta violencia, y por otro, constatar la inercia institucional de la ONU, de la UE, de la OTAN ante la crisis humanitaria que se está consumiendo en Libia.

Altos mandos de la OTAN me confiaron hace algunos años que querían dedicarse más a “labores humanitarias” en el mundo. A continuación me preguntaron si tenía alguna sugerencia. Les contesté que lo primero era cambiar de nombre para que la OTAN fuera percibida como una “fuerza humanitaria” y no como una “fuerza militar”. Me contestaron que el nombre no se podía cambiar. Bueno, pues ahí tenemos, ante nuestros ojos, a un tiro de piedra, en el Mediterráneo, las consecuencias de una guerra atroz, una de las más grandes tragedias de nuestro tiempo. Mientras tanto, las naves de guerra, los portaviones, los cazas bombarderos surcan los cielos y las aguas del “Mar Blanco”, como lo llaman los árabes al Mediterráneo. En espera de que el Mare Nostrum (otro de los legendarios nombres del Mediterráneo) no se convierta en un nuevo teatro de un conflicto sin fin. Para libios y europeos, africanos y árabes, asiáticos y americanos.

Fundación Sur


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