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Inicio > REVISTA > Opinión >

Malestar en el ejército de Burkina Faso: yo acuso
10/06/2011 -

“Un militar sin formación política es un criminal en potencia”, decía el presidente Thomas Sankara. Esta afirmación del antiguo presidente de Burkina Faso, aunque sea excesiva, en cualquier caso demuestra la toma de conciencia de un régimen – el suyo – de que el militar debe ser equipado para entender en su justa medida su misión en la sociedad, que debe ser moldeado en el crisol del civismo y la ciudadanía, y formado en los valores republicanos. A día de hoy, suena como una profecía para su país.

Los continuos motines con su lote de pérdidas en vidas humanas, robos y violaciones, el último de los cuales fue reprimido con un baño de sangre, demuestran que el poder del País de los hombres íntegros, a pesar de estar advertido, no supo aceptar el reto de este ejército en total sintonía con el pueblo, al menos por ahora. Más allá de lo acontecido, un análisis permite darse cuenta que hoy se recogen tempestades porque se puso mucho entusiasmo en sembrar vientos. Un pequeño vistazo al retrovisor del vehículo “Burkina” muestra que nuestro ejército ha sido mimado desde la IIIª República. El General Lamizana otorgó beneficios al ejército uno de cuyos mayores símbolos era un economato bastante bien provisto, y que por lo demás quebraría debido a ciertos comportamientos de nuestros hombres uniformados, entiéndase la no devolución de los créditos concedidos por la mencionada estructura. Por lo tanto, desde hace mucho tiempo se ha querido transformar visiblemente el ejército en una casta aparte dentro de este país. La Revolución del 4 de agosto, a pesar de ciertas deficiencias que se le pueden achacar con o sin razón, intentó rectificar la situación haciendo del militar burkinés primero y ante todo, un ciudadano. Este ejército burgués debía ser sometido a tratamiento para transformarse en un ejército del pueblo, al servicio del pueblo. La Revolución y sus ambiciones pervivieron. Se comenzó nuevamente a mimar al ejército y con más empeño si cabe, primero durante la Rectificación y luego bajo la IVª República. Los burkineses, sobre todo los civiles, incluso tuvieron derecho al famoso apotegma: “si haces, te hacemos y no hay nada” de “los hombres uniformados”, convertidos en todopoderosos por un régimen que, por lo demás, está fuertemente adherido al ejército y que algunos siempre han asimilado, con razón o sin ella, a un régimen militar. Durante este periodo no hubo reparos en violentar a quienquiera intentase contrariar los propósitos de los príncipes. Se cometieron multitud de crímenes políticos. Se reclutó masivamente y a menudo por recomendación de los “peces gordos”. Etapas cruciales como la encuesta de moralidad se convirtieron en una mera formalidad, únicamente por someterse a la tradición, se dijo. La cantidad se impuso a la calidad. El ejército se llevó la parte del león en la cima del Estado. El mercantilismo se ganó los galones. Lo que los militares llamarían, según su estado de ánimo, la confiscación de sus beneficios por parte de sus superiores, se convirtió en algo normal y casi fue erigido en sistema de gobernanza.

Luego, poco a poco, el régimen de Compaoré hizo gala de una laxitud cada vez mayor en la gestión de este ejército. Se formó al ejército con ese complejo de superioridad respecto de los otros eslabones de la sociedad. Los elementos del ejército han demostrado en algunas ocasiones que eran capaces de obtener en un abrir y cerrar de ojos satisfacción de sus reivindicaciones, mientras los demás componentes de la sociedad tienen tiempo sobrado de desgastar el calzado apisonando asfalto y de perder la voz a fuerza de gritar su hambre y su sed. En una palabra, o en mil, el régimen se adosó al ejército para gobernar sin oposición alguna. El ejército, consciente de la gran amplitud de su poder, comenzó a hacer caso omiso de la población civil. Se dirigieron expediciones punitivas en ciertos barrios o establecimientos contra la población civil con total impunidad. Para garantizarse la buena voluntad de los militares, el régimen les aduló hasta corromperlos al mismo tiempo que dejó proliferar y prosperar, por dejadez y/o cobardía, situaciones de frustración dentro de las filas del ejército. Los militares en su conjunto se convirtieron en superhombres y algunos grupúsculos aún más favorecidos, como el Régimen de Seguridad Presidencial (RSP), fueron considerados como un ejército dentro del ejército. Lo que ocurrió a continuación, ya se sabe. Este ejército se convirtió en un peligro para las poblaciones que se supone debe proteger. Pero que nadie se deje engañar. Laxismo, mercantilismo, creación de islotes de poder en beneficio de tal o cual grupúsculo, falta de aliento, escasa imaginación, todo esto se topó con terreno abonado: el desgaste del poder. Nunca se repetirá lo suficiente, los largos reinados causan problemas a nuestros Estados. La inestabilidad se produce por lo general cuando concluyen este tipo de regímenes. Desde la República Democrática del Congo hasta Costa de Marfil pasando por Togo y Guinea Conakry, tenemos una elocuente ilustración de esta realidad.

La democracia de mandatos cortos y limitados en número es el mejor antídoto para estos males y su consecuente inestabilidad. Respecto al tratamiento de este malestar en el seno del ejército, aunque es cierto que opinamos que sería bueno traer de nuevo la paz, sin embargo nos quedamos circunspectos ante ciertas cosas. Nos damos cuenta de que algunas de las tropas requisadas para devolver el orden en la ciudad de Sya, están compuestas por algunos elementos que fueron los autores de los primeros motines con su lote de abusos sobre la población civil (psicosis, matanzas, destrozos, robos, violaciones) y que, en algún momento, abrieron el camino a los demás. ¿Estos amotinados han ganado su inocencia por el hecho de haber participado en el sometimiento de otros amotinados? ¿Sus actuales funciones son motivo suficiente para eximirles de sus responsabilidades, tanto civiles como penales, cuando es bien sabido que sus actos habrán también producido lágrimas y llantos, pérdida de vidas humanas y otros daños? Las persecuciones judiciales prometidas por las autoridades sólo afectan a los amotinados del campamento Ouezzin Coulibaly. ¿Qué pasa con los demás? Por todo ello, tal como escribió Émile Zola en su momento sobre el caso Dreyfus, “Yo acuso”.

Acuso a los amotinados de todos los cuarteles por la violencia ciega ejercida sobre civiles inocentes que se supone deben proteger. También acuso a sus superiores por no trabajar en la creación de marcos internos de concertación y para evitar la explotación, la injusticia y la falta de equidad en el trato de sus hombres. Pero acuso en primer lugar y sobre todo al régimen del presidente Blaise Compaoré por haber sembrado y cuidado la mala hierba. Lo acuso de haberse negado a abrir realmente las compuertas de la democracia en el país. Esta verdadera democracia le habría ahorrado el tener que pagar y agasajar al ejército a cualquier precio para asegurarse su lealtad. El monstruo siempre acaba por revolverse contra su creador. Acuso a este régimen de haber fracasado, especialmente a lo largo de estas dos últimas décadas, en su política de reclutamiento y formación de nuestros militares, de no haber sabido formar a estos hombres armados en los valores republicanos y por lo tanto de haber amamantado, por acción u omisión, su propia pesadilla, pero también y sobre todo la de las pacíficas poblaciones.

Editorial de “Le Pays”, Burkina Faso, publicado el 7 de junio de 2011.

Traducido por Juan Carlos Figueira Iglesias.


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