Los Afroargentinos: Argentinos negros exterminados por la historia

31/01/2019 | Crónicas y reportajes

eceiza_2.png Hacia 1729, la ciudad de Buenos Aires estaba poblada por unas 24.000 personas, de las cuales más de 7.000 eran negros de origen africano. Más adelante, cuando se terminaba el siglo XVIII, los negros, mulatos y zambos eran mayoría en varias provincias. En Tucumán constituían el 64% de la población, en Santiago del Estero el 54% en Catamarca el 52% y en Salta el 46% . Esa enorme proporción se justifica en la esclavitud, que era una práctica muy extendida en el noroeste argentino.

Gabino Ezeiza, el mas grande payador de la historia, tanto en Argentina como Uruguay se celebra el 23 de julio el día del payador en homenaje a Ezeiza que ese día le ganó el duelo al uruguayo Juan Nava. Fue quien inventó la payada con rítmo de milonga, era afroporteño, nacido en San Telmo. Fue una de las influencias de Gardel y Corsini. Fue el Gardel de su época

Más de 30 millones de personas fueron llevadas desde África al continente americano. Viajaban en condiciones tan paupérrimas, que más de la mitad murió durante la travesía. Si alguno de los prisioneros se resistía a consumir alimentos, le colocaban un embudo en la boca para forzarlos a tragar comida. Los traficantes no podían permitir que sus esclavos perdieran peso; los necesitaba sanos y fuertes para poder venderlos a buen precio. Todo aquel que presentara signos de haberse enfermado era arrojado al mar encadenado. Se los bañaba con el agua salada del océano. Con los rebeldes que intentaban escapar ejercían los peores castigos. Los quemaban vivos, los despellejaban hasta la muerte, les aplicaban las más inhumanas torturas. Los principales dueños de los africanos eran los representantes de la civilización occidental, en su mayoría ingleses, aunque los portugueses y holandeses también se dedicaban al tráfico de personas.

Con no poca frecuencia, cuando algún traficante ilegal se encontraba arrinconado por las autoridades, ahogaba a sus esclavos como último recurso para evitar ser descubierto.

Aquellos negros que lograban escaparse eran llamados despectivamente por sus esclavistas como “cimarrones””, término que según el diccionario referencia al animal doméstico que escapa de sus amos y se vuelve silvestre. Algunos llegaron a formar sus propias aldeas, llamadas “palenques” o “quilombos”.

En el actual territorio argentino, los mayores propietarios de esclavos eran los jesuitas. En sus conventos alojaban más de 3.000 africanos que trabajaban en los talleres textiles.

Al llegar a Buenos Aires, los africanos eran almacenados en una casa en la esquina de Belgrano y Balcarce, pero que a causa de las constantes denuncias de los vecinos por encontrar cadáveres de negros en la calle, mudaron el depósito a la zona que hoy ocupa la Plaza San Martín. Allí cerca, en el barrio del Retiro, se efectuaban la venta de esclavos. Más adelante la actividad comercial se trasladaría a las orillas del Riachuelo, luego a Quilmes, y finalmente a la Ensenada de Barragán.

Los principales mercaderes de esclavos en Buenos Aires eran Martín Simón de Sarratea, suegro de Liniers y padre de Manuel de Sarratea, Isidro José Basavilbaso, abuelo de Carlos María de Alvear, Martín de Álzaga y José Martínez de Hoz, éste último conocido por haber jurado con beneplácito su fidelidad a la corona británica en 1806. Era el mismo sujeto que tres días antes de la formación de la Primera Junta intentó sostener a Cisneros como virrey. Fue el iniciador de una estirpe que produjo varias generaciones de personalidades nefastas para la vida de los argentinos. Lo que mal arranca.

Las principales actividades que se le ordenaba a los negros consistía en tareas domésticas, confección de vestimenta, labores agrícolas, producción de artesanías y preparación de alimentos conservados. Pero además, como los amos obligaban a sus esclavos a pagarles un tributo, éstos se veían en la circunstancia de tener que trabajar en otro lado para pagarles. Esto generó que los viajeros europeos relataran en sus cartas que los africanos eran tratados con mayor consideración en el Río de la Plata que en el resto de América, pues le permitían trabajar en donde ellos quisieran. La realidad es que este círculo vicioso de crueldad se basaba en el temor a no poder tributar a sus dueños, lo que ocasionaba castigos que iban desde los azotes hasta la prisión.

En algunos casos, cuando la recaudación del esclavo excedía el jornal que debía tributar a su amo, se iban formando pequeños ahorros, que con el tiempo, podían significar la libertad, para luego continuar con la compra de sus seres queridos. Por supuesto, este proceso podía llevar muchísimos años y no menos sufrimiento.

Aquellos pocos que lograban comprar su libertad, vivían en el barrio del Mondongo, nombre que aludía a la costumbre de los venidos de Congo por consumir las entrañas de la vaca, costumbre mal vista en la gente “decente” de la época. Otros se instalaban en la actual zona de Monserrat y San Telmo. Para las fechas festivas solían ir en procesión mientras bailaban al ritmo de los tambores. Era su manera de preservar las costumbres que formaban su identidad africana. Con frecuencia eran reprimidos sus bailes. En 1820, el ministro Rivadavia prohibió a los negros que realizaran sus ya famosos candombes.

Durante las invasiones inglesas, se formó el batallón de pardos y morenos, conformado por esclavos cedidos por sus dueños. No se les pagaba. Solo se les proveía de armas y alimento mientras se los precisara. La retribución que prometió el cabildo en señal de agradecimiento por los servicios prestados, o mejor dicho, regalados, no fue demasiado generoso: se le otorgó la libertad a una veintena de los casi 700 que lucharon valientemente para vencer a los invasores. Uno de los pocos logros que se les reconoció fue una moción de Juan José Castelli para que los soldados negros pudiesen agregar el gentilicio don a su nombre. Ya que no podían acceder a cargos en la oficialidad de los regimientos, al menos se les ofreció ese minúsculo y amarrete reconocimiento.

En 1812, con motivo de la designación de las autoridades del Primer Triunvirato, se le impidió a don Bernardo de Monteagudo ocupar el cargo de triunviro por su “dudosa filiación materna”. Monteagudo era descendiente de africanos. Lo curioso del caso es que su principal impugnante fue Bernardino González de Rivadavia, que aunque renegaba y se avergonzaba de ello, también tenía antepasados en África.

En la Asamblea General Constituyente del 2 de febrero de 1813 se decretó que todos los niños nacidos en el territorio de las Provincias Unidas del Río de la Plata fuesen considerados libres desde el 31 de enero de ese año en adelante. Sin embargo, la emancipación no era tan real, ya que los hijos de esclavos dependían del patronato del Estado. Así pues, los negros pasaron a formar parte mayoritaria de los ejércitos que durante más de veinte años participarían de numerosas batallas y guerras, a donde eran enviados al frente en la línea de fuego. La población masculina de origen africano fue descendiendo bruscamente. De los 5.000 hombres que cruzaron los Andes al mando de San Martín, la mitad eran afroamericanos. Don José los consideraba como los más temerarios y valientes de sus soldados. Poco más de 100 de ellos volvieron con vida a Buenos Aires.

Durante la época de Rozas, los negros disfrutaron de su momento de mayor participación social. La presencia del Restaurador de las Leyes estaba garantizada en los candombes. Solía ir con su esposa Encarnación Ezcurra y su hija Manuelita. Los hombres de raza negra formaban parte de los ejércitos rosistas y también de los grupos de espías que se infiltraban en las casas unitarias. En 1840, Rozas declaró la abolición total del tráfico de esclavos en el Río de la Plata, aunque recién veinte años después se completaría la absoluta prohibición de la esclavitud. Pese a la nueva situación libertaria, el racismo no desapareció. En 1857 solamente dos de catorce escuelas porteñas aceptaban alumnos de origen africano. No obstante, algunos llegaron a incursionar en la política. El coronel José Morales, del partido mitrista, llegó a ser diputado provincial, constituyente junto a Eugenio Cambaceres, y senador en 1880. Otro militar negro, Domingo Sosa, fue diputado en dos oportunidades y constituyente en 1854.

La segunda causa más determinante del exterminio negro fue la epidemia de fiebre amarilla de 1871, donde murió casi el 10 por ciento de la población total de la ciudad de Buenos Aires. La mayoría eran pobres que vivían en condiciones paupérrimas de salud e higiene. Muchos eran negros.

Pero también tuvo mucho que ver la explotación a la que los negros debieron sufrir. Las condiciones de vida que sus amos les proveían eran desastrosas. La mortalidad infantil de los descendientes de africanos duplicaba la de los niños blancos. El índice de nacimientos era bajísimo, ya que los dueños de los esclavos trataban de impedir los casamientos y embarazos. No pocos afroargentinos se fueron hacia Uruguay.

De esta manera, la población de negros argentinos fue virtualmente desapareciendo hasta transformarse en una excentricidad; una rareza. Esta percepción generalizada de la sociedad moderna no es demasiado real. Si bien las guerras y las epidemias fueron las principales causas, las corrientes migratorias que arribaron al país también jugaron un papel no menor en la formación de esa idea tan arraigada en nuestro tiempo que ignora la existencia del argentino negro. Sin embargo, la influencia que tuvieron en la cultura nacional es innegable, pese a los esfuerzos de los gobiernos conservadores y su séquito de historiadores apócrifos por ocultarla. El tango, la música más distintiva de los argentinos, surgió de las reuniones celebradas por los esclavos, a las que llamaban “tangó”. Los términos musicales milonga, malambo, payada y chacarera provienen del lenguaje africano.

El famoso payador radical Gabino Ezeiza era negro. También eran descendiente de africanos el compositor de tango Carlos Posadas, Horacio Salgán, Enrique Maciel, Cayetano Silva, Zenón Rolón y Rosendo Mendizábal. El popular lunfardo porteño se nutrió de cientos de palabras provenientes de la comunidad negra argentina, como bochinche, quilombo, marote, catinga, mandinga o mucama.

Según los datos del censo nacional de 2010, viven en Argentina unas 150.000 personas de raza negra. El 92 por ciento son de nacionalidad argentina. La minoría restante proviene en su mayoría de otros países americanos, como República Dominicana, Ecuador o Cuba. La proporción principal de nacidos en África es originaria de Senegal, Cabo Verde, Nigeria y Guinea Ecuatorial.

Fuente: geneasud.blogspot.com/ Diario Europeo

[Fundación Sur]


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