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Inicio > Bitácora africana >
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Nuno Cobre

Sin que nadie le preguntase si estaba de acuerdo, a Nuno Cobre lo trajeron al mundo un día soleado del Siglo XX. Y ya que estaba por aquí, al hombre le dio por eso que llaman vivir.

Sin embargo, durante mucho tiempo creyó Nuno que el mundo era sólo eso, sólo eso que se presentaba de manera circular y hermética ante sus ojos. Se asfixiaba. A veces. Pero algunos viernes o lunes por la mañana, una vocecita fresca y lejana le decía que habían otras cosas por ahí, que debían haber otras cosas por ahí.

Y un día Nuno Cobre salió y se fue a la Universidad, y un día siguió viajando y al otro también, y al otro, mientras iba conociendo a gente variopinta y devorando libros sin parar… Entonces descubrió con un cierto alivio que no estaba solo. Que habían más. Cuando llegó la hora de elegir, Cobre decidió convertirse entonces en viajero sólido y juntaletras constante, pero quería más, un más que venía del Sur. Y fue así como el latido africano empezó a morderle tan fuerte que una noche abrió la puerta del avión y se bajó en un país tropical. África.

Los temores. Llegó con cierto temor a África influenciado por la amarilla información occidental ávida de espectáculos cruentos y de enfermedades terminales. Y resultó que en lugar de agitarse, a Cobre se le olvidó la palabra nervios a la que empezó a confundir con un primo lejano. Y así fue como se llenó de paz, tiempo y vida.

Tras varios años en África, Nuno Cobre sólo aspira a lo imposible: vivir todas las experiencias mientras le da a la tecla, a los botoncitos negros del ordenador que milagrosamente le proyectan un nuevo horizonte cada día.

Ver más artículos del autor


“Ha valido la pena todo esto “ Caminando por el infierno de Monrovia, capital de Liberia” (14) de (14), por Nuno Cobre

13 de enero de 2016.

Ha valido la pena todo esto, en Monrovia. Liberia.

Esta zona aledaña a Old Road obedecía más al concepto de aldeas, a ese tipo de pueblitos que te encuentras cuando sales al terreno en Liberia. No se me ha ocurrido sacar ninguna foto por aquí porque me parecía hasta una falta de respeto. En un momento dado, no sabía por donde salir para volver a Old Road, y he estado dando como círculos. Me preguntaba a veces como sería dormir en uno de estos sitios, como sería quedarse a vivir una semana, un mes aquí.

Por otras callejuelas, me encontré a un anciano con gafas de sol, que recordaba a Ray Charles. La música estaba muy alta en otro compound y por aquí cerca había dos jaulas de hierro que albergaban a una pareja de monos y otra creo que de macacos. Los monos me han parecido simpatiquísimos, sobre todo el macho que no paraba de columpiarse. Me han resultado alucinante los rasgos humanos de esta gente. Y estos monos han pasado de producirme un poco de miedo, a sentir una gran pena por ellos. El macho quería salir de allí como fuese, pero no podía…

He seguido rulando como si estuviese tal vez por una suerte de New Orleans, y he fotografiado la típica pared liberiana, africana, mezclada de blanco, gris, amarillo, humedad, y ahora casi me recuerda a un cuadro afrancesado cuando le doy al zoom.

He vuelto a Old Road, y me he metido por el otro flanco, por la derecha, cerca del río Mesurado, con más vegetación. Por aquí ha continuado la pobreza, y la necesidad, y poco después he llegado a un modestísimo estadio de fútbol de arena rodeado de muros desgastados. En uno por cierto se leía, “welcome to Camp Nou”, y luego he llegado cerca de unos laguitos que se mezclaban con la ciénaga y he saludado a unos niños que me han contestado todos efusivamente con sus manitas, cerca de un tipo que escuchaba música a su bola. Un grupito donde había varias niñas juguetonas y guapas se han despedido de mí cuando me iba.

Antes también ha habido un grupo de niñas que me han saludado explotadas de risas, y al ver como detrás de ellas se elevaba un enorme mango, me he dicho que esto es África. Esa sonrisa y ese verde pegaban tan bien… Luego las niñas han corrido detrás de mi para preguntarme mi nombre.

Por Old Road me he tomado un zumo de naranja, tras rechazar una especie de Fanta que era imposible de beber porque era todo hielo. He llamado a Lameen y antes me han alterado los gritos de un predicador desde una iglesia.

Congo Town, lo tengo que decir, se bifurca en decenas de caminos misteriosos, rojos y verdes, donde el mapa aún no ha podido aclararse.

Ha llegado Lameen y me he sentido contento de llegar a casa, de haber recorrido Monrovia a pie. Siento que he vuelto a crecer. Por cierto, hoy tengo menos ronchas que ayer, y no sé si esas ronchas son de mosquitos, si me las he hecho mientras paseaba o qué. Luego me he dado cuenta de que tenía ojeras, y he pensado que ese es el camino de los que quieren hacer algo diferente en la vida.

Originel en : Las Palmeras Mienten



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