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Inicio > Bitácora africana >
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Arconada Ledesma, Pablo

Licenciado en Historia por la Universidad de Valladolid , Máster en Relaciones Internacionales y Estudios Africanos por la UAM y actualmente cursando el Grado en Antropología Social y Cultural (UNED), escribe en Wiriko y ha sido Colaborador de GuinGuinBali y de El Orden Mundial. Está realizando su Tésis Doctoral sobre las estrategias de Estados Unidos en el África Negra durante la posguerra fría, centrádose en tres países: Somalia, Sudáfrica y la República Democrática del Congo. Y como él dice " Tratando de comprender (y explicar) el lugar que África ocupa en el mundo.

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Eurocentrismo y mitos sobre la historia de África, por Pablo Arconada Ledesma

4 de noviembre de 2020.

Que la Historia se manipula y que muchas veces se falta a la verdad es un hecho. Factor que se multiplica cuando hablamos de la historia de África. El colonialismo y el eurocentrismo han logrado mantener durante décadas los grandes hitos africanos en el más absoluto anonimato, especialmente cuando los que la miramos, lo hacemos desde el norte del Mediterráneo. Se han generado una serie de mitos que han infravalorado los procesos históricos de los pueblos negros e incluso les han negado e invisibilizado su propia historia. Desconexión, dependencia o falta de civilización son sólo una pequeña muestra de las características que, desde Occidente, se han otorgado a África desde incluso antes del siglo XIX. Ese lema de “África no tiene historia” escrito de la mano de Hegel sigue haciendo, a día de hoy, mucho daño.

No parece una coincidencia que uno de los primeros mitos de los que hablamos haga referencia al Egipto faraónico, cuyo nombre original era Kemet, la “tierra negra”. Algunos investigadores como Cheikh Anta Diop, Bernal o Ferrán Iniesta ya señalaron que la egiptología de tradición champoliana había buscado los vínculos de Egipto con todas las civilizaciones del mundo, menos con el África Negra. Diop se convirtió en una de las primeras voces en demostrar los vínculos sociales, culturales y políticos de Egipto con las poblaciones negras: desecación de cadáveres, representación de discos solares, estructuras arquitectónicas… Pruebas hay de sobra. Entonces, ¿a qué se debe esta negación? Es evidente que desde la perspectiva europea no se puede permitir que una de las grandes civilizaciones de la antigüedad sea vinculada a África en vez de al espacio mediterráneo. Así lo expresó Dika-Akwa en su obra “Los problemas de la antropología y de la historia africana” de 1982: “Si se reconociese de entrada la identidad africana de Egipto, todo el fundamento de la historia de la humanidad tal como se ha escrito hasta hoy cambiaría”.

Junto a ese primer gran mito, se han construido muchos otros como el del África desconectada. Según la perspectiva eurocéntrica, el continente vivió aislado hasta (redoble de tambores) la aparición de los europeos en el siglo XV. No es ninguna coincidencia que se difunda una imagen del África al sur del Sáhara sin contactos con otras regiones del planeta. De alguna forma, esta imagen ficticia vendría a justificar la idea de que África, antes de los europeos, no tenía historia. Nada más lejos de la realidad, son de sobra conocidos los contactos africanos con los árabes a través del Sáhara desde el siglo VIII d.C., los vínculos de Egipto a través del Nilo con los reinos de Kush y Meroe; el Mar Rojo como espacio comercial con fenicios, griegos, romanos y otros pueblos. El Océano Índico fue un espacio de encuentro de culturas. De hecho, se conocen los contactos con China incluso antes del siglo X d.C.

Además de la desconexión, de sobra conocemos la imagen que muchas personas en Occidente tienen del continente: el África incivilizada. Desde el siglo XIX las ideas sobre civilización y progreso se confabularon para excusar la presencia europea: evangelizar y civilizar se convertía en la nueva misión sagrada. La conocida como “carga del hombre blanco” buscaba hacer avanzar a las poblaciones africanas hacia un estadio superior. No podemos olvidar que el término “civilización” tiene un origen y un objetivo muy concreto y que sigue siendo necesaria una profunda revisión: ¿qué necesita un pueblo para ser civilizado? ¿Un Estado? ¿Un ejército moderno? ¿Producción en masa? Es evidente que los pueblos africanos, con trayectorias históricas muy diferentes, nunca encajarían en los términos impuestos por los propios europeos. Aunque son numerosas formaciones políticas a lo largo y ancho del continente, no podemos excluir a aquellas que no “desarrollaron” esas estructuras. En definitiva, ¿cómo podemos determinar quién es y quién no es civilizado?

La imagen del continente supeditada a Occidente y al resto del mundo sigue estando, a día de hoy, muy extendida. Por ello no podemos pasar por alto el cuarto mito: el África (eternamente) dependiente. No se nos escapa que con la manipulación del Mito Camita, se justificó la dependencia y sometimiento de las poblaciones africanas no sólo a Europa, sino también a Asia. El mito camita, que era una excusa más de Europa para esclavizar a los africanos, fue el primer paso de toda una serie de manipulaciones para justificar su supeditación. Con el fin de la esclavitud este mito tuvo que reinventarse, apareciendo la misión civilizadora de la colonización que ya hemos mencionado. Pero ¿qué ocurrió cuando se hizo evidente que los pueblos africanos antes o después lograrían la independencia? Pues, como no, otro giro de guion. No parece casualidad que desde Occidente, el 20 de enero de 1949, con el famoso discurso del presidente estadounidense Harry Truman, se bautizara al 75% de la población mundial como “subdesarrollada”. África se convirtió entonces en el centro, una vez más, de la dependencia. Imagen muy presente aún en nuestra mentalidad.

Por otro lado, que África fue colonizada no es un mito, es una realidad. Sin embargo, no deja de sorprender que el eurocentrismo nos haya hecho creer que, de la noche a la mañana y después de la Conferencia de Berlín (1884-1885), África amaneciera dividida y ocupada. Ni rastro de las resistencias africanas. Por poner dos ejemplos: Somalia no fue completamente colonizada hasta 1927, el Mahdi de Sudán se enfrentó a los británicos casi veinte años, al igual que ocurrió en muchos otros territorios. No hablemos de la enorme repercusión que debió haber tenido la victoria de Etiopía sobre Italia en la Batalla de Adua en 1896. Ni rastro en los volúmenes de historia universal. ¿Por qué? ¿Por qué se menciona a la guerra ruso-japonesa de 1904 como la primera derrota de un ejército blanco frente a un Estado extra-europeo y no a la victoria etíope ocurrida ocho años antes? Sencillamente, porque a Japón sí que se le ha reconocido como un Estado moderno, civilizado y avanzado. Es decir, el país asiático se situaba en las supuestas antípodas africanas. Por eso hablamos del África (automáticamente) colonizada.

Por último, también se ha construido el mito del África sin interés, es decir, del continente como un espacio que a nadie ha interesado. Este desdén de Europa hacia África es una imagen falaz: desde el interés en el oro que fluía de África hacia el viejo continente en la Edad Media europea (que se corresponde con la etapa clásica africana), pasando por los intereses imperialistas basados en el control territorial, mental, de materias primas y de recursos humanos, o el espacio clave en que se convirtió el continente africano durante la Guerra Fría, vendrían a desmentir esa postura. Para bien y, sobre todo, para mal, África siempre ha sido de interés para las potencias europeas y para los poderes globales de la URSS y EEUU durante la etapa bipolar, eso es innegable. También lo es actualmente: los intereses de China, India, EEUU, Europa, Turquía o Arabia Saudí, entre muchos otros, son más que evidentes.

Original en: Africaye- imagen: Jeff Israel (ZyMOS)-wikimedia commons



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