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Mikel Larburu

Mikel Larburu es un Misionero de África (Padres Blancos) nacido en Zumaya (Guipuzcoa). Ha estado trabajando por la sociedad argelina durante más de cuarenta años, especialmente con la formación profesional de la juventud del Sahara. Actualmente trabaja en un proyecto de Europa - Islam en Bruselas y es el coordinador de la sección "AfrIslam" del Portal del Conocimiento sobre África de la Fundación Sur.

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Entrevista con Slimane Zeghidour : Una era se acaba y otra se abre en el mundo árabe
11 de septiembre de 2011

Resumen de la entrevista

04-09-11

Por Mustafa Benfodil

Mustafa Benfodil: El régimen de Gadafi acaba de caer después de seis meses de combates. ¿Cómo reacciona , en caliente, a esta caída? ¿Cuáles son las marcas específicas, según Ud., las marcas específicas de esta “revolución” libia?

S.Z.: Una era se acaba, otra se abre, la naturaleza no soporta el vacio. Gadafi acabado, queda su herencia desastrosa, caótica. Primero, una constatación: ¿dónde están esos soldados entregados y patrióticos, esas ardientes masas populares, esos aviones, tanques y misiles último grito? Luego, una lección: no puede haber un ejército eficaz con un régimen donde reina la mediocridad, la dejadez y la arbitrariedad. En fin, una moraleja: la patética soledad de los dictadores árabes. Estos regímenes tienen menos que ver con la dictadura de tipo europeo o latinoamericano que con la mafia, que vendría de una palabra árabe que significa ‘protección’. La protección a cambio subordinación al jefe. Pero desde el momento que este se tambalea, se rompe el contrato inmediatamente. La singularidad del caso libio es patente.
Primero: los egipcios, los sirios, los tunecinos y los yemenitas salieron todos a protestar con los colores nacionales. Los libios, de entrada, levantaron la vieja-nueva bandera, la del reino senusi, derrocado por Gadafi el 1 de setiembre 1969.
Segundo: contrariamente a sus hermanos árabes, los rebeldes libios no han reclutado entre los jóvenes en paro o sin porvenir. Al contrario, vemos entre ellos caciques del antiguo régimen, exiliados que hicieron fortuna en los países anglo-sajones, liberales puestos al día, monárquicos, islamistas más o menos arrepentidos. El perfil es muy diferente del de los otros rebelados.
Tercero: Mientras que los “revolucionarios” tunecinos, egipcios, sirios o yemenitas se levantaros con las manos desnudas para gritar su sed de libertad, los libios aparecen de golpe llenos de misiles anti-carros, de órganos de Stalin, cañones, y toda clase de uniformes. En una palabra, en Libia, no es una categoría social la que se ha rebelado, sino una región, la Cirenaica, cuya capital es Benghazi.

M.B.: -¿Cómo se está configurando el nuevo Magreb viendo todos estos cambios, sabiendo que la CNT ha reprochado al gobierno argelino sus posiciones ambiguas hacia el conflicto libio y su apoyo al coronel Gadafi?

S.Z.: Nadie sabe cómo será mañana. Todo el mundo parece navegar a ojo, incluyendo las grandes potencias, dado que los esquemas de interpretación elaborados durante la guerra fría, los paradigmas geoestratégicos y los esquemas mentales en vigor hasta hoy ya non operacionales. Están caducos y basta. Un amplio movimiento de redistribución de los mapas, incluido en el sentido geográfico, se está poniendo en marcha ante nuestros ojos asombrados. Desde 1991, la ONU ha acogido una veintena de Estados, siendo el más reciente el Sur-Sudan. El dogma de la intangibilidad de las fronteras coloniales es agua pasada, he aquí que han llegado nuevos tiempos; he aquí llegado el tiempo de las minorías, de provincias y principados. ¿Es necesario recordar que sobre los 230 000 km de fronteras terrestres entre Estados, más de la mitad, sí más de la mitad, entre ellas las de los países árabes, han sido trazadas por las dos grandes potencias, Francia y Gran Bretaña? Nunca se ha hablado tanto de “bereberes” en Libia hasta que estalló la insurrección, no como una componente vital de la identidad magrebí sino como cuerpo social “aparte”, en oposición a los árabes. Los “think tank” están proyectando ya la imagen del Magreb que será menos árabe y más berebere. En todo caso, remolinos que pueden afectar a Libia pesarán sobre el curso de las transiciones en Túnez y en Egipto y, evidentemente, en Argelia.

M.B.: -Veamos ahora el caso egipcio. ¿Qué reacciones le han producido esas imágenes de un Mubarak disminuido, llevado en una camilla delante del tribunal del Cairo?

S.Z.: (…) Nada glorioso en este espectáculo, ni de la parte de Egipto ni de parte de la justicia del país, la misma que hasta ahora había echado en el infierno de las mazmorras del Alto Egipto a miles de ciudadanos egipcios. Uno no crece rebajando al hombre en su humanidad, por muy vil que sea. Toda persona tiene derecho a su integridad física y moral, por mucho que, él, haya aplastado la de los otros. Reaccionar a la violencia bruta con otra violencia, al final, es dar razón al tirano y concederle una especie de victoria. El interés del proceso de Mubarak no está tanto en la justa sanción de un responsable político, sino en la ruptura ya de una vez con el ciclo infernal de las violencias políticas, que ya han podrido la vida de dos generaciones de árabes, empujado millones a un exilio sin retorno. En este punto, estoy reconocido al Nobel de la Paz argentino, Adolfo Pérez Esquivel, por su inmensa lección de ética… Nunca hemos visto una justicia expeditiva renacer un orden estable… Estas imágenes de Mubarak marcan seguramente un tiempo fuerte de las revoluciones árabes. Es probablemente el momento de hacer un balance de este ciclo insurrecciona. No hay nada resuelto, todo está por hacer, tanto en Túnez como en Egipto. Una vez decapitado el raïs, el poder debe ser reconstruido. ¿Cómo? Restituyéndolo a los ciudadanos que serán los únicos capaces de elegir aquel que podrá encarnar dicho poder. No se trata por lo tanto de substituir una “cabeza” por otra, sino de dar otro contenido y una misión diferente al poder. Será un trabajo arduo y crucial. Antes de crear un Estado de derecho, habrá que empezar por crear un Estado sin más.

Hay que desconfiar del “pensamiento mágico” según el cual la rebelión misma produce la revolución, es decir el cambio radical, la renovación, la felicidad.

M.B.: -Ud. es conocido como especialista de la geopolítica de las religiones. El elemento islamista es recurrente en la reconfiguración de la sociedad política en Túnez y Egipto. ¿Cómo ve Ud. el posicionamiento del islamismo en el nuevo ajedrez político que se está dibujando en estos dos países?

S.Z.: Quisiera hacer una observación preliminar. Se habla del islamismo como si se hablara de comunismo. Ahora bien, no existe una doctrina islamista. Es decir, no hay una teoría general del hombre y de la sociedad, como por ejemplo conocemos en el marxismo, el fascismo, el liberalismo. No hay una doctrina islamista digna de ese nombre. La convicción que el islam encierra en él todo el saber humano, su poco interés por las otras civilizaciones, todo esto hace que
no están en condiciones de crear una ideología islamista en fase con el siglo y expresada a través de un discurso coherente y universalista. A lo más, existe entre ellos un slogan que dice que la vuelta a una hipotética edad de oro del islam resolvería todos los problemas.

Estamos dentro del pensamiento mágico. Puede parecer bonito, pero ejercer el poder no consiste en proteger la religión sino en prever y gestionar continuamente conflicto, imaginar soluciones eficaces a problemas cada vez más complejos.

M.B.: -Sin embargo, los movimientos islamistas se preparan activamente para echarse precisamente en la batalla política.

S.Z.: Sí, de acuerdo. Sin embargo, el caso tunecino es singular.
Primero: nada que ver con Argelia o Egipto. Primero, Túnez no tiene ningún problema de identidad. Todos se sienten tunecinos, incluso los niños de los judios inmigrados en Israel que viven en Tel-Aviv o Petakh-Tikva.
Segundo: existe en Túnez un bilingüismo árabe-francés tranquilo donde todo el mundo está feliz, y que no merma para nada el árabe dialectal. Cuando uno conoce la capacidad roedora que poseen estas dos cuestiones en Argelia, uno se dice que vaya suerte que tienen los tunecinos.
Tercero: el país tiene una historia que le distingue de su vecino argelino. Un ejemplo; en Argel, el poder otomano nunca se dejó en manos autóctonas y fue ejercido solamente por “raïs” que vinieron de Europa, renegados o cristianos convertidos al islam que vivieron con la mirada fija en la mar, y la espalda vuelta al país profundo…

En Túnez en cambio, los “pieds-noirs” otomanos, en mayoría griegos o de Creta, se “criollizaron” lo mismo que los españoles en América del Sur que terminaron por desarrollar un patriotismo local, con Simón Bolívar entre otros. En Túnez existe una clase media y existe un Estado. El mismo islamismo tunecino, que es un islamismo de ahorradores pequeños burgueses, son más conservadores que integristas. En todo caso, y hasta nueva orden, no es un islamismo insurreccional.

* Slimane Zeghidour es reportero y especialista del mundo árabe.


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