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Inicio > Bitácora africana >
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Rodríguez Soto, José Carlos

(Madrid, 1960). Ex-Sacerdote Misionero Comboniano. Es licenciado en Teología (Kampala, Uganda) y en Periodismo (Universidad Complutense).

Ha trabajado en Uganda de 1984 a 1987 y desde 1991, todos estos 17 años, los ha pasado en Acholiland (norte de Uganda), siempre en tiempo de guerra. Ha participado activamente en conversaciones de mediación con las guerrillas del norte de Uganda y en comisiones de Justicia y Paz. Actualmente trabaja para caritas

Entre sus cargos periodísticos columnista de la publicación semanal Ugandan Observer , director de la revista Leadership, trabajó en la ONGD Red Deporte y Cooperación

Actualmente escribe en el blog "En clave de África" y trabaja para Nciones Unidas en la República Centroafricana

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El cardenal de Bangui recorre los barrios musulmanes a pie, por José Carlos Rodríguez Soto

18 de diciembre de 2018.

Castors y Yakite son dos barrios del tercer distrito de Bangui. Los habitantes del primero son cristianos; los del segundo, musulmanes. Viven separados por un camino de tierra que marca la frontera, pero cuando la tensión sube la división es mucho más profunda y llega hasta los corazones. En mayo y junio hubo en esa zona enfrentamientos que se saldaron con varios muertos, casas incendiadas y miles de desplazados. Hace poco, el cardenal Dieudonne Nzapalainga les visito para ayudar a romper sus barreras. Fue un día memorable.

Antes de llegar a ese momento la gente de ambas barriadas recorrieron un camino de varios meses para acercarse y eliminar gradualmente la desconfianza. Recuerdo muy bien un día de finales de junio cuando llame por teléfono al jefe de la milicia musulmana de Yakite. Su manera de hablar me pareció agresiva. Le dije que iria a verle a pie y sin escolta. Durante los cerca de quinientos metros que recorrí no me crucé con una sola persona por la carretera que atraviesa los dos vecindarios, flanqueada por casas abandonadas y algunas de ellas medio destruidas e invadidas por la hierba. Lo encontré en su base con algunos de los jóvenes de su grupo armado y, tras varios minutos de absorber una buena dosis de enfado y acusaciones contra unos y otros, me di cuenta de que tenían un prisionero a quien parece que no tenían reservado un final muy feliz. Le pedí que, como gesto de buena voluntad, le liberara y le dejara venir conmigo. Me sorprendí al ver que accedió a mi petición sin poner muchos reparos y, tras saludarles con la mejor sonrisa de la que fui capaz, de aleje de allí con mi extraño compañero cogido de la mano, caminando lo más rápido que pude antes de que mi anfitrión se arrepintiera.

Después, organizamos varias reuniones entre cristianos y musulmanes de la zona: jóvenes, personas desplazadas, y sobre todo las mujeres. Cada sábado, unas 80 mujeres cristianas y musulmanas fueron fieles a su reunión semanal y durante el resto de la semana se aplicaron a convencer a los hombres de sus respectivas comunidades para que aceptaran reconciliarse. Finalmente, a principios de noviembre, los dos grupos armados -de las comunidades cristiana y musulmana- se encontraron cara a cara en la escuela de Yakite y, tras dos horas de discusión, acordaron prepararse para firmar la paz y permitir la libre circulación. En nuestra oficina de Naciones Unidas les presentamos un borrador de acuerdo de no agresión para que les sirviera de documento de trabajo para añadir y modificar lo que quisieran. A esas alturas ya se había ganado bastante confianza y la gente empezaba a circular con una cierta libertad de un sector a otro. Las dos escuelas principales abrieron también sus puertas y los niños empezaron a frecuentarlas.

Fue entonces cuando pensamos en ir a ver al cardenal de Bangui, que ya en otros momentos de conflicto había acudido a visitar la zona para serenar los ánimos. No me sorprendió mucho cuando me dijo que llevaba algún tiempo hablando por teléfono con los jefecillos de las dos milicias y que estaba al corriente del progreso que la comunidad estaba realizando. Decidió entonces ir a reunirse con los vecinos tres días después. Tras realizar los contactos oportunos, ese día llego conduciendo su coche y entro en la escuela de Yakite. Alli le esperaban unas cien personas, cristianos y musulmanes. El nuevo párroco de la iglesia de Castors y el imam de la mezquita donde suele acudir a rezar la gente de Yakite estaban también allí. Los jóvenes, las mujeres, los líderes locales… y también varios militantes de los dos grupos armados.

Durante las dos horas que duró la reunión con el cardenal, me llamo la atención la cercanía y la amabilidad que mostro con todos y la gran capacidad de escucha que tiene. Todo el mundo que quiso hablar, lo hizo. Y todos, sin excepción, dijeron que no querían volver a enfrentarse y que deseaban vivir en paz, como habían hecho antes durante generaciones. Al final, el cardenal tuvo un encuentro más restringido con los representantes de los dos grupos armados, los cuales acordaron ultimar el documento para firmarlo antes de finales de año.

Aquí en Bangui, no deja de sorprenderme que las mismas personas que se han buscado para matarse y hacerse daño, cuando llega el momento de dialogar para hacer la paz siempre terminan la reunión tomándose su tiempo para abrazarse, saludarse y sacarse fotos juntos como si fueran todos ellos miembros de la misma familia que se acaban de encontrar después de pasar mucho tiempo separados. Así acabo el encuentro con el cardenal, con quien todo el mundo quería fotografiarse. Y después, sin prisas, el bueno de Nzapalainga se marchó con los vecinos musulmanes y unos pocos cristianos para adentrarse por el barrio musulmán de Yakite, cruzar el puente y pasar el resto de la mañana por la zona conocida como el Kilometro Cinco, que agrupa a una veintena de otros barrios de mayoría musulmana. Mucha gente de Bangui tiene miedo de venir aquí por la presencia de milicias armadas que de vez en cuanto se enfrentan entre ellas o con grupos armados de otros barrios vecinos de mayoría cristiana.

El cardenal termino el resto del día visitando a los imanes y a los jefes de barrio en el Kilómetro Cinco. Los musulmanes de la zona, orgullosos de verlo recorriendo a pie su sector, se afanaban por acercarse a él para saludarlo. Una vez más, su gesto de recorrer los barrios considerados como peligrosos a pie y de dar la mano a todos rompió muchas barreras de enemistad y de desconfianza.

Original en : En clave de África



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