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Inicio > Bitácora africana >
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Ordoñez Ferrer, Carlos

Carlos Ordoñez Ferrer como él dice "Antes fui realizador de televisión. Ahora soy activista, viajero y escribidor. Es mejor para la salud" .

Colaborador de MUGA El Centro de Estudios y Documentación sobre Inmigración, Racismo y Xenofobia, MUGAK, impulsado desde SOS Arrazakeria, Organización que viene desarrollando su labor desde 1995.

Carlos Ordoñez Ferrer ha pasado nueve meses en Mozambique tiempo en el que ha escrito su blog Mozambiqueando que a partir de ahora podremos encontrar en nuestra página web

De vuelta a España realizó el Master "Información Internacional y países del Sur" de la Universidad Complutense de Madrid

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Camino a Nampula , por Carlos Ordoñez Ferrer

9 de julio de 2010.

Ibamos a ir a Nampula, tercera ciudad en tamaño de Mozambique tras Maputo y Beira y la más importante del norte del país. Quedamos allí con un amigo médico madrileño que antes vivió en Angola. La idea era ir en bus. Cuatrocientos veinte kilómetros. Casi todo el camino asfaltado. Marchábamos un viernes y regresábamos el domingo.
Primer escollo. El bus tardaba entre 10 y 11 horas. Y otras tantas para volver a Pemba. Podíamos ir en avión. Menos de una hora y 1.400 meticais cada uno, pero entonces no veíamos el camino, parte esencial del viaje. Decidido, iríamos con nuestro coche. Unas 5 ó 6 horas de camino.

Un par de días antes de salir, el coche perdía aceite de frenos. Oh! Oh! Lo más sencillo se complica y lo complicado, pasmosamente con un chasquido de dedos se arregla. Así es Mozambique. “Déjenmelo y en una hora y media vienen a por él”, nos dijo Abdul, el mejor mecánico del mundo en esos momentos. Le damos las llaves y nos vamos, pero ¿dónde? El taller quedaba en la carretera. Eran las cuatro de la tarde y estábamos sin comer. Caminando quince minutos por el borde del camino llegamos al aeropuerto. Como no había vuelos no había cafetería. “Sigan por allá y en la carretera encontrarán un restaurant” nos dijo la única funcionaria de Lineas Aereas do Moçambique (LAM) que había en el lugar.

Encontramos una caseta de adobe donde nos daban unos sándwich. Cerca, unos niños jugaban con lo que otros se aburren. Sus tesoros eran las chapas de los refrescos. Esquivando las reprimendas del camarero, las crianzas se aventuraban en la búsqueda de esos tesoros. Nos trajeron dos cervezas. Al abrir las botellas sentí en la espalda el aliento de los cachorros. Se acercaban sigilosos. Edna se puso una chapa en cada ojo. Yo la imité y nos giramos hacia ellos. Aunque no podía ver nada escuché a unos pocos metros el grito de excitación de los niños. El juego estaba abierto. Ellos a su vez nos copiaban. Parecían pequeños robots con ojos de metal. Se morían de la risa. Me pegué una chapa en cada sien. Volví a girarme. Los enanos me imitaban a una distancia prudencial para los humos del camarero que de vez en cuando les gritaba “¡Suka! ¡Suka!”, que en lengua macua quiere decir algo así como “váyanse ya malcriados y dejen de joder, hombre!”

A pesar del peligro terminamos sin contratiempo, pagamos y nos levantamos. Miré de reojo a los chiquillos. Estaban atentos a nuestros movimientos. Nos seguían. A unos metros me detuve y di la vuelta. Se pararon. Les mostré las dos chapas de nuestras cervezas y una más que había encontrado. Se les iluminaron los ojos. Se aproximaron. Las chapas cambiaron de manos y uno de ellos con una sonrisa hermosa me dijo “¡Foto!”

Posaron mejor que la mejor banda de hip-hop. Cuando se encendió el flash la algarabía fue general. Todos querían verse. Se señalaban y reían.

El coche estaba arreglado. Ya no perdía aceite. Las risas de los niños las seguíamos escuchando horas después. El viaje a Nampula comenzaba bien.



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