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Inicio > Bitácora africana >
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Nuno Cobre

Sin que nadie le preguntase si estaba de acuerdo, a Nuno Cobre lo trajeron al mundo un día soleado del Siglo XX. Y ya que estaba por aquí, al hombre le dio por eso que llaman vivir.

Sin embargo, durante mucho tiempo creyó Nuno que el mundo era sólo eso, sólo eso que se presentaba de manera circular y hermética ante sus ojos. Se asfixiaba. A veces. Pero algunos viernes o lunes por la mañana, una vocecita fresca y lejana le decía que habían otras cosas por ahí, que debían haber otras cosas por ahí.

Y un día Nuno Cobre salió y se fue a la Universidad, y un día siguió viajando y al otro también, y al otro, mientras iba conociendo a gente variopinta y devorando libros sin parar… Entonces descubrió con un cierto alivio que no estaba solo. Que habían más. Cuando llegó la hora de elegir, Cobre decidió convertirse entonces en viajero sólido y juntaletras constante, pero quería más, un más que venía del Sur. Y fue así como el latido africano empezó a morderle tan fuerte que una noche abrió la puerta del avión y se bajó en un país tropical. África.

Los temores. Llegó con cierto temor a África influenciado por la amarilla información occidental ávida de espectáculos cruentos y de enfermedades terminales. Y resultó que en lugar de agitarse, a Cobre se le olvidó la palabra nervios a la que empezó a confundir con un primo lejano. Y así fue como se llenó de paz, tiempo y vida.

Tras varios años en África, Nuno Cobre sólo aspira a lo imposible: vivir todas las experiencias mientras le da a la tecla, a los botoncitos negros del ordenador que milagrosamente le proyectan un nuevo horizonte cada día.

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Caminando por el infierno de Monrovia, capital de Liberia - (6) de (14) , “Tal vez ese tipo estuviese drogado“, por Nuno Cobre

30 de septiembre de 2015.

Seguí avanzando y me di cuenta que en la playa había dos bares. No sólo el de los rastas que ya conocía, sino otro más que deben haber abierto hace poco. Aquí, bajo unas sombrillas amarillas, se entretenían varios grupos de liberianos bailando. Más adelante, encontré el bar que ya conocía. Pero antes había salido del primer bar, un joven vestido de verde y una gorra blanca que insistió en hablar conmigo. Me preguntó algo del Metropolitan Hotel, que nos habíamos conocido, no se qué… Le dije que no me sonaba y noté como se iba poniendo violento, como me rebatía de manera agresiva. Tal vez este tipo estuviese drogado, llegó a decirme también que su padre había trabajado para Charles Taylor, “el anterior presidente de Liberia”. Luego cogió mi móvil y me apuntó el suyo con una estrella, como si fuese un contacto especial, privilegiado. Volvió a recordarme que teníamos que hablar, que tenía un tesoro guardado y que yo tenía que ayudarle a salir del país. De modo que le di mi móvil para deshacerme de él, y por fin suspiré cuando el tipo se dio media vuelta. Nunca te puedes fiar, hermano. Y aunque Monrovia, África parezca tranquila, nunca, nunca hay que bajar la guardia.

Seguí avanzando, esto ya era mi barrio. Me volvió a incomodar la mirada inquisidora del guardia que custodiaba el Ocean View Compound y seguí caminando por la playa para salir por la zona donde se lavan los coches. Todo estaba tranquilo, y aquella franja, aquel pequeño espacio, me pareció como bendecido. Aquí me encontré con Jamille al que hice varias fotos, y luego al otro colega, y a continuación a los dos juntos, y al pisar el tramo asfaltado de UN Drive y pasar por los puestitos en frente de Mamba Point Hotel, me sentí como en casa, a salvo, tranquilo, y la calle me pareció un homenaje al silencio, una posibilidad de hacerse invisible. Por aquí paso John a toda mecha y sacó la cabeza del coche para saludarme.

Yo seguí caminando y toqué la puerta de mi casa tras más de ocho horas de caminata. Hogar, dulce hogar.

EN SINKOR

Cojonudo, cuando había escrito más de media hora de mi experiencia en Sinkor, Word se ha cerrado y se ha ido todo a la mierda. Gajes del oficio que dicen. Empezamos.

Hoy tocaba Sinkor. No había dormido muy bien y me levanté tarde. En un principio pensaba llegar hasta esta zona en coche ya que este barrio está a una considerable distancia de mi casa andando, pero cuando llamé al taxista Lameen me dijo que tardaría treinta minutos en venir. De manera que decliné sus servicios y empecé a caminar una vez más. Es curioso que al igual que uno ve más y descubre nuevos detalles cuando lee un libro por segunda vez, lo mismo ocurre al pasear por los mismos sitios una vez más. Me ocurrió en UN Drive cuando me di cuenta que las humildes casitas de la izquierda acogen diferentes tienditas y además varios barecitos donde uno se puede tomar una cervecita. A considerar. Seguí caminando dejando a un lado Newport Street, bordeé el estadio Tubman y seguí bajando por Capitol Hill.

Llevaba la lección aprendida de la vez anterior. Esta lección que me decía que daba igual ser blanco si uno no iba bien vestido, o no llevaba documentos esenciales consigo. Por tanto, había que dejar atrás la pinta de mochilero molesto y arramblado. Por eso me puse mis pantalones largos de lino y salí además con mi cartera donde descansaba mi tarjeta de miembro de la comunidad internacional. Me sentía también más a gusto conmigo mismo. Además, esta vez no se me ocurrió sacar ninguna foto de los edificios gubernamentales o institucionales.

En frente del Ministerio de Asuntos Exteriores, me di cuenta de que un muro muy alto escondía un parque sombreado donde descansaban varios liberianos que se dedicaban a estirar las piernas o a leer el periódico. Me di cuenta también como le habían tapado la cara con un trapo a una estatua que vestía de chaqueta y corbata y que entronizaba el parque. Quizás esto estuviese relacionado con un acto de brujería o algo por el estilo.

Seguí caminando flanqueando el edificio celeste de UNMIL, el edificio del ayuntamiento y enseguida me planté en el boulevard Tubman, posiblemente una de las avenidas más importantes de Monrovia y del país. En el Boulevard Tubman se mezclaban los todo terrenos de las organizaciones internacionales con los taxis amarillos y demás coches y motos. Al abrirme camino por esta carretera fui descubriendo como había muchos puestitos para cambiar dinero, supermercados, hasta tiendas de mascotas. Había ritmo comercial y diferentes “business center”.

Original en :Las Palmeras Mienten



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