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Armada, Alfonso

Alfonso Armada (Vigo, 1958). Ha estudiado periodismo y teatro en Madrid. Ha trabajado para los diarios Faro de Vigo, El País (fue corresponsal para África) y ABC (fue corresponsal en Nueva York, actualmente reportero radicado en Madrid). Ha publicado, entre otros libros, Cuadernos africanos, España, de sol a sol y El rumor de la frontera (ambos con fotografías de Corina Arranz) y Nueva York, el deseo y la quimera, además de poemarios como Pita velenosa, porta dos azares y Los temporales. Es editor y director de la Revista digital FronteraD.

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Alambre de concertina

7 de noviembre de 2013.

Para protegernos. ¿De quién? De nosotros mismos. De nuestro propio miedo. Para eso levantamos muros, alambradas, muros que coronamos de cristales rotos, alambradas con cuchillas para que los que a pesar de todas las amenazas que les esperan a este lado de la verja y a pesar de todas las penurias que han superado en el camino, y que ya se ha cobrado su cuota de muertos de hambre, muertos de sed, asesinados, ahogados, deshidratados y engañados hasta la extenuación, se corten la cara, las manos, los brazos, los muslos, las ingles, el pecho.

Alambre de concertina, que hasta suena bien. Es para disuadir, para evitar que asalten la última línea de defensa de nuestro mundo. ¿Merece sobrevivir nuestro mundo si para defenderse de los otros, de los que viven como malviven a causa, también, de nuestra costosa forma de vida, y a la vida que les dan sus dirigentes, muchos de ellos, cómplices de nuestra propia política para mantender a fuego lento la tortura de sus pueblos, cava fosos, levanta muros, apresta bayonenas, atiranta cables, observa con primáticos y barre con infrarrojos, patrulla las fronteras del imperio de la razón absoluta y del dinero? ¿Merece la pena un mundo como el nuestro que para poder vivir y dormir a pierna suelta tiene que mantener abiertas fosas comunes en el Estrecho, en Lampedusa, en el desierto del Sáhara y en el de Arizona, en las fronteras con el sur, con todos los mares, con todas las cordilleras, con todas las vaguadas y desfiladeros, estrechos y pasos, con todos los lagos y los ríos Grandes y Chicos, hordas de vigilantes bien armados para defendernos de las otras hordas, nuestros hermanos, que se nos parecen tanto que nos da pavor, porque sangran los cabrones cuando les pinchamos, se ríen cuando algo les hace gracia, lloran cuando sufren, saben ser crueles como nosotros, no aprenden a ser mejores en la escuela del sufrimiento, si ven a sus hijos morir de hambre y necesidad se desesperan, se juegan el tipo, trabajan como condenados, y entre ellos, algunos son infames, como entre nosotros, como no podría ser de otra manera, porque somos nosotros en otra posición, en otra parte del mapa, donde les tocó nacer? ¿Acaso no tienen derecho a cambiar el curso de las cosas? ¿Qué haríamos si estuviéramos en su lugar? ¿Acaso no trataríamos de escalar los altos muros, de atravesar las alambradas, aunque fueran de concertina, y nos cortaran la cara, los hombros, las manos, el pecho, las ingles y los muslos? ¿Y qué harían ellos si estuvieran en nuestro lugar? ¿Acaso no lo hacen los mexicanos con sus hermanos del sur, los brasileños con sus vecinos, los surafricanos con los que les toca como vecinos en esta gran timba universal del comercio que ha dado de comer a tantos, pero que a otros tantos mantiene a raya porque tenemos miedo de que nos roben lo que creemos que es nuestro porque otros otros creen que también es suyo y sienten y piensan que merecen comer al menos una vez al día, al menos una vez de nuestras tres?

El gobierno español, que es el mío, el que yo sostengo con mis impuestos, ha vuelto a autorizar el alambre adornado con flores como cuchillas porque si no los otros se cargan de más valor, y los que no han muerto de hambre, de sed, asfixiados de calor, para arribar a nuestra costa de la verdad. Acaso nadie les ha informado ya de que no vale la pena. No es más que una medida disuasoria: para que no lo hagan, por su propio bien, que aquí no queda sitio para más, que ya vamos camino de ser casi tan pobres como ellos, aunque no tanto, no todavía, salvo si abrimos las puertas de par en par. Entonces no habrá pan para nadie, ni para ellos ni para nosotros. ¿Es que no lo entienden? ¿Qué habría que hacer para que lo entendieran de una vez por todas y se quedaran quietecitos en su parte del mapa hasta que se les necesite otra vez?

Desde que leí por primera vez a Simone Weil he sentido que me interpelaba. Pero no lo bastante. De hecho, no he cambiado de forma radical mi forma de vida. La conciencia es un animal incómodo. Ponerse en el lugar del otro exige no solo talla moral, una ética implacable, sino actuar en consecuencia. ¿A qué estás dispuesto a renunciar? Aplazamos las decisiones importantes mientras sobrellevamos nuestra miseria moral, como mejor podemos, jugando a ser dignos, pero no todo el tiempo, no a todas horas.

Una de las mayores mezquindades que a mi entender destila el entusiasmo de tantos catalanes y vascos en España por su propia identidad y su derecho a decidir lo que carajo sea es la cantidad de energía, dinero e ideas que se han dedicado a esos empeños tan sentimentales y por lo tanto condenados a la melancolía, es que no se compadecen con el sufrimiento real y concreto de tantos. Demuestra un egoísmo formidable que forma parte del gran aparato de oportunidades para la satisfacción aquí y ahora de deseos políticos, morales, sexuales, económicos. Porque nos lo podemos permitir, porque forma parte de nuestros derechos, porque forma parte del sentido que queremos darle a nuestra vida. Prioridades. Proteger. Derecho. El nuestro antes que el de los otros, los nacidos lejos de aquí. Mala suerte, compadrito.

No soy un comentarista político. Ni sé, si puedo, ni quiero serlo. No tengo repuestas para casi nada. Pero me parece que no nos estamos haciendo las preguntas pertinentes cuando los institutos de opinión pública, los que miden los sentimientos, que a fin de cuentas nutren el pensamiento político, detectan cómo crece la xenofobia en Europa, y cómo en esos cazaderos de votos cazan sin escrúpulos políticos de todo el espectro, con la esgrima de que así se harán con el poder para mantener a raya a los que nos quieren arrebatar lo nuestro, una forma de vida que nos ha costado tantos sacrificios, tantos muertos, tanta historia difícil de digerir. Vivmos porque olvidamos. Creo que estamos matando en nosotros nuestra propia condición cuando acabamos aceptando que para protegernos de los otros y de las mafias que en las dos orillas se aprovechan de su necesidad y de nuestro miedo es legítimo, en la gran panoplia de armas, recursos, leyes y estrategias alambre de concertina, cuchillas como flores capaces de fabricar sangre instantánea como lección de vida. Pero es que además, me temo, como diría el verdadero liberal que no soy, no solo es inmoral, sino profundamente estúpido. La inmigración es la sal de la tierra. Todos hemos sido, somos o seremos inmigrantes.

Alfonso Armada

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