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Saqueo de obras africanas para los museos occidentales
22/06/2009 -

Un famoso gerente de un museo estadounidense, en particular de Nueva York y con un gran reconocimiento, una vez escribió que no podría identificar una imagen insertada en uno de mis artículos (una escultura Nok) porque su museo no contaba con ninguna pieza de esa cultura. Por supuesto, el argumento subyacente es que las obras africanas únicamente consiguen un estatus e importancia reconocidos cuando se encuentran en museos occidentales, tanto si son robados como si son adquiridos legalmente. Sin embargo, la mayoría de museos occidentales no han dudado en adquirir una gran cantidad de terracota africana. Este parece ser el caso del Museo Barbier-Mueller, en Ginebra, que está actualmente en medio de una enorme disputa acerca de la legalidad de sus adquisiciones de terracota africana.

En un artículo publicado en el periódico suizo Le Temps, Eric Huysecom, un catedrático de arqueología de Ginebra y Bamako, ha condenado el continuo saqueo de la herencia cultural africana, poniendo atención en particular, a la actual exposición llamada “African Terra Cotta: a Millenary Heritage”, organizada por el Museo Barbier-Mueller de Ginebra, que es muy reconocido por su colección de Artes africana, asiática, oceánica y precolombina. El artículo de protesta también fue firmado por Hamady Bocoum, Director del Departamento de Herencia cultural de Senegal y por Oumarou Ide, Ministro de Cultura de Níger, además de por muchos otros expertos europeos y africanos.

Como ocurre normalmente, aquellos que han sido acusados de participar en el saqueo continuo de las obras culturales africanas han recurrido a todo tipo de argumentos dubitativos y endebles, como que adquirieron dichas obras antes de que su país ratificase o implementase la 1970 UNESCO Convention on the Means of Prohibiting and Preventing the Illicit Import, Export and Transfer of Ownership of Cultural Property (Convención sobre las Medidas que Deben Adoptarse para Prohibir e Impedir la Importación, la Exportación y la Transferencia de Propiedad Ilícitas de Bienes Culturales 1970 de la UNESCO), y que la ley no es retroactiva. Aunque Suiza ratificó la Convención en 2003, la implementación de la convención por parte de las leyes suizas surtió efecto en 2005. Según los organizadores de la exposición, la mayor parte de las 200 obras se recolectó entre 1970 y 1988. Como afirmó el catedrático Huysecom, la terracota ha debido ser exportada ilegalmente desde Mali. Llegaron desde lugares descubiertos después de 1977 y aparecieron en el mercado en 1979. El decreto de Mali de prohibir la exportación de estas obras data de 1973 y es muy raro encontrar estos objetos de forma accidental.

Con todo el debido respecto a los organizadores, ellos saben que Mali estableció un decreto de prohibir la exportación de terracota en 1973, y Nigeria, Ghana y Níger tenían normas similares. Pero incluso en ausencia de tales leyes, los coleccionistas sabían o deberían haber sabido que desde la Convención de la UNESCO de 1970, la exportación de obras culturales está sujeta a controles del país de origen. Ahora no pueden pretender ignorar la ilegalidad y la inmoralidad de sus acciones. Simplemente no se preocupan y no tienen en cuenta el hecho de que el ICOM (International Council of Museums, o Consejo Internacional de Museos) ha puesto a la terracota y a otras obras de Mali, Nigeria, Ghana, Burkina Faso, Níger, Camerún y Costa de Marfil en su RedList (Lista Roja de bienes culturales en peligro). La iniciativa del catedrático Husycom debería estar apoyada por todos los que se preocupen por preservar la herencia cultural en general y la herencia cultural africana en particular. Normalmente se afirma que los africanos no tienen ideas claras sobre su pasado histórico y cultural, y lo que ocurre es que han sido saqueados, con el encubrimiento de aquellos que pretenden admirar nuestra cultura y la complicidad de algunos africanos.

Se ha informado de que el Director del Museo Etnográfico de Ginebra, Boris Wastiau, que también ha sido criticado por haber ayudado a juntar el catálogo de la exposición, y que por tanto, proporciona a las obras una apariencia de legalidad y legitimidad, ha afirmado que él ve los museos como titulares temporales de sus colecciones. Uno sólo puede contestar que ningún museo occidental ha sido considerado por sí mismo como un titular temporal de los miles de objetos robados saqueados en sus museos. Por el contrario, han escrito libros y artículos para justificar su continua detención de objetos culturales saqueados en África, Asia, América y Oceanía.

El catálogo de la exposición está descrito en la página web del Museo Barbier-Mueller de la siguiente manera: “el fruto de la intensa investigación, el catálogo de la exposición es un trabajo de referencia resultante de una colaboración intensiva entre 24 especialistas del continente africano. Este trabajo de 470 páginas fue supervisado conjuntamente por Floriane Morin (Conservador del Museo Barbier-Mueller) y Boris Wastiau (Director del GEM, Ginebra) y examina un tesoro de más de 200 trabajos ilustrados exquisitamente con documentos de campo antiguos y nuevos. Se ha publicado por parte del Museo Barbier-Mueller y Somogy Editions d’Art, y está disponible en francés e inglés en el CHF 90 o_59”.

El catálogo es de hecho un documento impresionante, muy bien organizado y con una alta calidad, como uno hubiese esperado, pero formula preguntas con respecto al tratamiento de las obras saqueadas. La colaboración con propietarios de obras robadas o saqueadas plantea el tema de cómo deberían tratar los alumnos a las obras que saben o deberían saber que han sido saqueadas o adquiridas ilegalmente. En un libro reciente de James Cuno, “Whose Culture?” de 2009, David I. Owen propuso de nuevo esta cuestión en su contribución llamada Censoring Knowledge: The Case for the Publication of Unprovenanced Cuneiform Tablets. El escritor critica la política del Archaeological Institute of America (AIA), Instituto arqueológico americano, y a su periódico, el American Journal of Archaeology por no publicar archivos cuneiformes sin origen, y argumenta que al no publicarlos por su falta de origen, perdemos mucha información. La prohibición de publicar o incluso hacer referencia a dichos textos impresos o en conferencias constituyen, desde su punto de vista, la censura del conocimiento.

Uno no tiene que ser un especialista para darse cuenta de que la política del AIA parece que continúa el apoyo a los objetivos de la Convención de la UNESCO de 1970. Una vez que se decida no apoyar el mercado ilícito de obras de arte, uno debe asegurarse de que no apoya el mercado ilegal a través de otras actividades. De ahí que es lógico adoptar una política, además de crear publicaciones o conferencias contra la adquisición ilegal de obras. Tampoco parecería correcto contribuir a realizar un catálogo de una exposición de objetos adquiridos ilegalmente, si no tuviese el objetivo de señalar la ilegalidad de las adquisiciones.

También es obvio que una gran parte del disfrute de poseer u observar una obra cultural es la posibilidad o capacidad de compartirlo con otros. Si no podemos mostrar a otros, o compartir con otros una obra, nuestro interés se vería muy reducido, ya que normalmente no compramos obras culturales para esconderlas. De ahí una política que nos dificulte mostrar o hablar acerca de obras de arte nos disminuye últimamente el interés por conseguir ese objeto. Si son nuestros métodos de adquisición de obras los que son desaprobados, dejaríamos de realizarlos y buscaríamos otras maneras. Ningún museo sobreviviría si no pudiese enseñar esas obras. Si los métodos de adquisición de algunos objetos son ilegales, entonces la política más sensata para todas las leyes sería la de que todas las personas no tuviesen nada que ver con esos objetos y en definitiva, que no actuasen de ninguna forma que pudiese aumentar el valor de esas obras, porque de lo contrario, correríamos el riesgo de formar parte del tráfico ilegal.

En apoyo de los arqueólogos críticos con la exposición del museo Barbier-Mueller, el catedrático Sylvester Ogbechie ha señalado que “los magníficos catálogos publicados de la exposición que celebran estas colecciones son cómplices, ya que sirven para presentar objetos robados como objetos viables de disertación, y lo que finalmente permite que sean subastados por un alto precio”.

Ogbechie muestra un paralelismo interesante entre el gran almacenamiento de obras saqueadas y el depósito de fondos de estado robados en cuentas suizas: “Hay una correlación directa entre las actividades por las que se acusa al museo Barbier-Mueller y aquellas de los bancos suizos. Ambas instituciones operan bajo el principio de “buscadores y coleccionistas”, lo que significa que les parece correcta la adquisición de obras de arte y fondos de dudoso origen y que protegen a éstas personas imponiendo una ola de secretismo. Es cierto que los países africanos han sido cómplices de estos crímenes, y que los gobiernos africanos más progresistas carecen de poder o no pueden obligar a estas instituciones a que revelen los procesos de adquisición”. Ogbechie termina su artículo provocativo y calculado concluyendo que: “Actualmente, debemos empezar a acusar a los eruditos que dan legitimidad discursiva a estos objetos robados, como a los museos y coleccionistas de arte que los almacenan”.

Ahora que un grupo de expertos ha identificado la presencia de terracota africana saqueada en la exposición “Terracota africana: una herencia milenaria”, se esperaría que los organizadores examinasen, con expertos, los objetos incriminados con vistas a devolverlos a los países de origen si han sido realmente saqueados en dichos países. Está indicado que muchos de los 197 objetos del catálogo son objetos saqueados y que muchos están proscritos por la Lista Roja del ICOM. También se esperaría que los estados africanos afectados que tengan representantes diplomáticos en Berna y en Ginebra envíen solicitudes oficiales tanto al museo Barbier-Mueller y al Gobierno suizo para que se restituyan los objetos incriminados. Además deberíamos mencionar que la UNESCO tiene un organismo, The Intergovernmental Committee for Promoting the Return of Cultural Property to its Countries of Origin or its Restitution in case of Illicit Appropriation (Comité Intergubernamental para la Promoción del Retorno de los Bienes Culturales a sus Países de Origen o su Restitución en Caso de Apropiación Ilícita), que ofrece sus servicios de bienes para solucionar disputas relacionados con la propiedad cultural. Esperamos que los países se preocupen por involucrar a la UNESCO en este asunto, ya que dicho comité está tratando actualmente la solicitud de Tanzania de que se le devuelva una máscara de ritual Makonde, que fue robada del Museo Nacional de Tanzania y que ahora se expone en el museo Barbier-Mueller.

Muchos directores de museos, traficantes de obras de arte y casas de subasta occidentales parecen que no tienen más que desprecio por las normas y regulaciones, en particular, por las internacionales, que tienen como objetivo controlar el tráfico ilegal de obras, y que ellos perciben como un intento de limitar sus derechos de adquirir obras de cualquiera manera. No es asombroso que en los últimos años muchos de ellos hayan estado involucrados en escándalos y en casos criminales que no se reflejan en su prestigio. Todavía hay directores de museos y otras personas que tienen más simpatía hacia los saqueadores que hacia los legisladores que intentan controlar el mercado ilegal.

Todos los que han estudiado el problema del saqueo de objetos africanos han concluido que a menos que los países occidentales limiten su demanda de obras africanas, no hay manera de controlar este tráfico ilícito. Sin embargo, añaden que los estados africanos podrían hacer mucho si estuviesen preocupados de verdad por la reducción sistemática de sus herencias culturales.

Los saqueos de obras africanas para llevarlas a Occidente, que llegó a su punto álgido en el momento de la invasión de Magdala, Etiopía (1868), Kumasi, Ghana (1874) y Benin, Nigeria (1879) aún continúan actualmente, aunque con métodos y personas diferentes, pero con efectos devastadores en la herencia cultural de los países africanos. ¿Terminará esto en algún momento?

Kwame Opoku

Publicado en The Guardian, Nigeria, el 9 de junio de 2009.

Traducido por Patricia Herrero Pinilla, alumna de la Universidad Pontificia Comillas de Madrid Traducción /Interpretación, colaboradora en la traducción de algunos artículos.


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