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Inicio > Bitácora africana >
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Freixa , Omer Nahum

Historiador y escritor argentino. Profesor y licenciado por la Universidad de Buenos Aires.

Africanista, su línea de investigación son las temáticas afro en el Río de la Plata e historia de África central. Interesado en los conflictos mundiales contemporáneos. Magíster en Diversidad Cultural con especialización en estudios afroamericanos por la Universidad Nacional Tres de Febrero (UNTREF) Su blog es OmerFreixa.com.ar y su cuenta de Twitter @OmerFreixa.

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1960, año promisorio en África, por Omer Freixa

16 de marzo de 2020.

A 60 años del inicio de una década de descolonización masiva en el continente

Al finalizar 1959 los países africanos independizados de las metrópolis europeas podían ser contados con los dedos de las manos y casi toda África subsahariana permanecía en poder colonial. Egipto había logrado su emancipación en 1922, Libia en 1951, Sudán en 1956, al igual que Marruecos y Túnez, y al año siguiente, Ghana. La última había sido Guinea Conakry, cuando en septiembre de 1958 votó por el no en el referéndum sobre permanencia en la recién lanzada Comunidad Francesa, la V República. Pero, a partir de 1960, algo cambió y se contó casi una veintena de independencias solo en 1960, anticipando lo que sería una década frondosa en liberaciones coloniales. En ese año la mayoría de países surgidos fueron antiguas colonias francesas.

Las causas son internas tanto como externas, si bien por mucho tiempo se han priorizado las últimas. En efecto, la palabra descolonización denota el hecho de que las independencias hayan sido más bien concedidas por la potencia colonialista, lo que no constituye una lectura completa del proceso histórico. En muchos casos el acceso a la independencia fue producto de la negociación y no una mera concesión. En otros, arrancado a la fuerza, como en Argelia (1962), Kenya (1963) y, en la década siguiente, el caso de las colonias portuguesas.

Aires nuevos

Como prueba de una nueva era, en febrero de 1960 el Primer Ministro británico Harold Macmillan, en el Parlamento sudafricano, sentenció: “Vientos de cambio soplan en este continente, y tanto si nos gusta como si no, el crecimiento de la conciencia nacional es un hecho”. El político estaba tomando dimensión del alumbramiento de nuevas naciones en África y la preocupación sobre qué alineación adoptarían en el contexto de Guerra Fría y enfrentamiento entre dos superpotencias, en nada empáticas con la idea de preservar imperios coloniales. A su vez, ya no se podía mantener, con una Europa arrasada por la guerra y muy debilitada, la “sagrada misión civilizatoria” del hombre blanco.
Si bien las dos superpotencias no intervinieron en las independencias africanas, el continente se transformó en espacio de rivalidades ideológicas y militares entre la Unión Soviética y los Estados Unidos. Esta última aspiró a que los nuevos países no se alinearan a Moscú, lo que en parte no pudo evitar.

Desde el término de la Segunda Guerra Mundial, varios cambios se produjeron en la forma en que los europeos concebían y trataron sus posesiones ultramarinas. La Carta del Atlántico (1941) instó un hito a favor de la disolución de posesiones coloniales al igual que la Carta de Naciones Unidas (1945) con énfasis en la “libre determinación de los pueblos”. Los antecedentes asiáticos también fueron inspiración para el África al sur del Sáhara, como la emancipación de India y Pakistán (1947). La crisis del Canal de Suez (1956) contribuyó a minar el prestigio y la capacidad de Francia y de Gran Bretaña.

Ante una ola que parecía imparable, se tomó conciencia de la necesidad de reformar los imperios para no perderlos y se habló de una “segunda ocupación colonial de África” con la intención de mejorar (dentro de ciertos límites) las condiciones de vida de los súbditos pero no de conceder las independencias. En otras palabras, se trató de aplacar las demandas africanas a partir de ciertas concesiones. En el caso francés lo último incluyó la cesión de ciudadanía francesa a todo habitante del espacio imperial, la abolición del trabajo forzado y otras reformas de la estructura política en general. A resultas de lo último, ciertos representantes franco-africanos pudieron participar en la política metropolitana, bajo la nueva regulación producto de profundas reformas. La idea de las metrópolis consistió en que las colonias contribuyeran a la reactivación económica imperial y la recuperación del prestigio internacional perdido.

Por su parte, las potencias coloniales menores, España, Portugal y Bélgica, no llevaron a cabo reformas sino hasta que la oposición anticolonial comenzó a articularse a finales de la década de 1950. En junio de 1960 Bruselas negoció una independencia rápida y desorganizada con los líderes nacionalistas congoleños que poco tiempo más tarde hizo estallar al ex Congo belga. España otorgó la independencia a su única posesión subsahariana, la actual Guinea Ecuatorial, luego de una intensa negociación, en octubre de 1968, mientras que la cuestión del Sáhara Occidental recién sería noticia a mitad de la década siguiente. En el caso portugués, la intención de preservar el último imperio colonial europeo en África llevaría al proceso de descolonización más violento, resuelto a mediados de los años 70. Similar en violencia al caso de Francia en Argelia (1954-1962). África austral constituyó un tema aparte de resistencia y lucha contra, en su mayoría, regímenes de supremacía racial blanca, con Sudáfrica como el exponente más conocido.

Nacionalismos y élites, bases del proceso

El avance del nacionalismo fue, en algún modo, un producto colonial y de la reticencia a ceder el poder. En el caso de las colonias británicas, se demandó mayor autonomía o autogobierno, en las francófonas una mayor asimilación en la nación francesa. Los futuros líderes de las independencias africanas se habían integrado a una élite occidental en ascenso, como Kwame Nkumah (Ghana), Jomo Kenyatta (Kenya) y Léopold S. Senghor (Senegal), entre muchos otros. Ya sea dialogando o, al muy al contrario, entrando en conflicto directo con la metrópoli, en muchos casos se convirtieron en líderes de masas pronto investidos primeros mandatarios de las nuevas naciones surgidas, mientras otros sostuvieron actitudes colaboracionistas mostrándose leales a las metrópolis. Esta auspiciosa oleada independentista fue liderada por una joven generación de líderes de independencias.

Pese a las concesiones y la represión, el descontento siguió en aumento. Las demandas de los años 40 fueron vehiculizándose en la década de 1950 en movimientos de masas, bajo la conducción de élites urbanas, que veían como único horizonte la libertad política y, superando diversos conflictos, aunaron voluntades disímiles, incluso entre sectores rurales, en torno a un nacionalismo anticolonial para crear un Estado moderno, apropiándose del lenguaje político del colonizador. Esta estrategia fue vista como la única opción para expulsarlo. Para estos partidos modernos la única solución posible era la soberanía popular y la independencia. También era necesario generar una identidad nacional que superara las divisiones étnicas y otras limitaciones.

En general, las autoridades coloniales y metropolitanas asumieron el compromiso de negociar las independencias. Solo en el caso en que la reticencia de las primeras fue muy fuerte, la oposición anti-colonial se radicalizó, como en los casos expuestos líneas arriba, donde fue una constante el discurso revolucionario y socialista, así como la convergencia en una retórica marcadamente anti-imperialista, aunque sin desmerecer al Estado como instrumento de la transformación social y de resistencia contra la colonización.

En suma, con el basamento de la libre determinación, las independencias consistieron en una trasferencia del poder de la autoridad metropolitana a las nuevas élites africanas, las occidentalizadas, apropiándose del control estatal de las estructuras, africanizándolas, y, en algún modo, siendo herederas del antiguo aparato colonial y, como antes, arrogándose el derecho de no inmiscuirse en los asuntos de los vecinos, desde la premisa del reconocimiento internacional. Los nuevos regímenes modificaron más o menos las estructuras heredadas. Sin embargo, al día de hoy se insiste en que el injerto del Estado moderno en África es un obstáculo para el desarrollo y sobre la falta de legitimidad. A ello hay que sumar la dependencia y el carácter periférico del continente en el sistema global.
En suma, la independencia no fue la panacea para todos los problemas de la era colonial.

- Bibliografía consultada:

• Alicia Campos Serrano (2000), “La aparición de los Estados africanos en el sistema internacional: la descolonización de África”, en Francisco J. Peñas (Ed.). África en el sistema internacional. Cinco siglos de frontera, Catarata: Madrid, Cap. I, pp. 15-40.

Original en : ceaboletin.blogspot.com



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